Creación

Pachira aquatica

«Me entretuve leyendo la etiqueta pegada en el macetero de plástico: "Pachira aquatica (árbol del dinero/castaño de Guayana). Evitar la luz directa. Riego moderado". Entonces, ¿era una planta o un árbol?». Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Cuando finalmente me decidí a marcar su número sonó el timbre. Por un momento pensé en ignorarlo, pero alguien seguía llamando con una exasperante insistencia. Puse un ojo en la mirilla de la puerta. Al otro lado se veía la figura deformada de Bernardo que agitaba con brío el dedo meñique que tenía introducido en una oreja. Ahora éste qué quiere, me pregunté y, tras dudar dos segundos, le abrí. Me saludó con pereza, moviendo la cabeza y dándome un manotazo en el hombro, y entró como si fuera su casa. Yo me lo quedé mirando mientras caminaba arrastrando los pies por el pasillo y desaparecía tras la segunda puerta. Cuando entré en el salón, ya estaba instalado en el sofá, los brazos apoyados en el respaldo, las piernas estiradas y cruzadas, una especie de Jesucristo en chándal de mercadillo y zapatillas deportivas de imitación.

Descarté hacer la llamada debido a la inesperada visita. Le había dicho mil veces que no viniera sin avisar porque podría no estar, o estar ocupado, o simplemente no apetecerme recibir a nadie, pero Bernardo siempre hacía lo que le daba la gana. Yo tenía el móvil aun en la mano, lo dejé en una estantería y acerqué una silla del comedor porque su físico descomunal ocupaba todo el sofá. Me pidió un café para espabilarse pues, según me dijo, apenas había dormido por culpa de la vecina de arriba y sus invitados. Se le veía ojeroso, es cierto, y se movía con más pereza de la habitual. Tener vecinos es una mierda, aseveré en voz alta con la intención de hacerle sentir mejor, y Bernardo asintió.

Encendí la cafetera, introduje una cápsula de las del súper y presioné el botón. En el momento en que la máquina comenzó a hacer su característico, desagradable y estruendoso ruido escuché que Bernardo me decía algo desde el salón. No entendí nada, por supuesto, y le grité que esperara. Le llevé el café, largo, sin azúcar, como a él le gustaba. Me senté en la silla, expectante, estaba claro que algo quería. Hoy es el cumpleaños de Tania, me dijo tras unos segundos de insoportable silencio. Al ver que yo no contestaba me pidió que lo acompañara; había organizado algo en su casa, me explicó, y no quería presentarse solo. Sentí lástima o algo así, al verlo abatido, apesadumbrado. No sé por qué lo llamaba por su nombre y no le decía papá. De pronto se había hecho viejo, le había crecido la barriga y unos pelos oscuros le brotaban de las orejas cada vez más grandes; la papada le caía, las arrugas de su rostro se habían hecho más profundas, la piel de sus manos se había vuelto hojaldrada, pero inexplicablemente conservaba una abundante y negrísima cabellera.    

Hacía un siglo que no veía a Tania y, sinceramente, lo que menos me apetecía era aparecer en su casa sin avisar y protagonizar un patético reencuentro. Era inútil, una pérdida de tiempo, pero a pesar de las evidencias él insistía. Era algo que tenía que ver con el deber, eso creo, de simbolizar algo, de proteger una figura que se había vuelto irrelevante, al menos para mí. Sospecho que Bernardo pretendía que Tania y yo nos lleváramos bien, que yo la acabara considerando una especie de madre sustituta. Además, y esto sí es una certeza, él seguía enganchado. Lo que pasa es que Tania no quería vernos ni en pintura, lo cual era absolutamente comprensible. Fue ella quien decidió mandarnos al carajo después de una relación complicada con mi padre –un maltratador psicológico- y conmigo, un niño de cinco o seis años con serios problemas de conducta al que cualquier persona sensata habría atado a la vía del tren.  

Accedí a acompañarlo, pero le advertí que sólo me quedaría el mínimo tiempo imprescindible para darle a Tania un abrazo de mentira y tomarme una cerveza de importación a su salud en un rincón mientras ella nos ignoraba. Deberíamos comprarle un regalo, dije. Bernardo me miró con cara de fastidio y preocupación, no se le daba bien lo de comprar regalos. A mí tampoco, la verdad. Al fin y al cabo, Tania era una desconocida para mí, y lo único que yo podía hacer era sugerir esto o aquello. Pensar que tendríamos que dedicar horas a buscar un regalo en un centro comercial abarrotado de gente me irritaba y me daba una pereza descomunal. Además, había quedado en hacer esa dichosa llamada.

Sin pensarlo demasiado decidí dedicarle un par de horas al asunto. Si hay que hacerlo vámonos ya, le dije, quitándole la taza de café de las manos. Bernardo farfulló algo ininteligible que interpreté como un insulto y se levantó protestando. Cuando él empezó a cruzar el pasillo con el lento y pesado caminar de un enorme dinosaurio, yo ya había abierto la puerta y lo estaba esperando impaciente en el rellano de las escaleras. Nos fuimos en mi coche y atravesamos la ciudad sin mayores complicaciones a casi cuarenta grados y con las ventanillas abiertas porque el aire acondicionado no funcionaba. Nada más entrar en el centro comercial Bernardo se convirtió en un niño. Lo miraba todo embobado, con una curiosidad inaudita como si fuera la primera vez que veía rótulos de neón, maniquíes en los escaparates vestidos con las prendas de moda, tiendas de electrodomésticos de última generación, restaurantes y cafeterías de diferentes cadenas.

Entramos en varias tiendas. Yo le hice algunas sugerencias: un monedero, un fular, unos guantes. Las rechazó, una tras otra, alegando que esos eran regalos muy vulgares para Tania. Qué se le compra a alguien que lo tiene todo, repetía sin parar, las manos en los bolsillos y una expresión de abatimiento. Puede que tuviera razón, motivo suficiente para irnos cuanto antes y abandonar la pésima idea de presentarnos en casa de Tania con un regalo cutre. Pero Bernardo parecía poseído por un impulso irreprimible que lo obligaba a humillarse una y otra vez. ¿Y si le llevas un ramo de flores?, le pregunté ya al borde de la desesperación. Me contestó que las flores eran para los enamorados o para los muertos; sin embargo, le pareció buena idea comprarle una planta. Págala tú, después te doy el dinero, me pidió. Al salir del hipermercado me dejó cargando la planta mientras iba al lavabo. Me entretuve leyendo la etiqueta pegada en el macetero de plástico: «Pachira aquatica (árbol del dinero/castaño de Guayana). Evitar la luz directa. Riego moderado». Entonces, ¿era una planta o un árbol? Observé el tronco trenzado y las hojas alargadas de un verde sintético. Debía tener una altura de aproximadamente un metro. Ochenta euros.

Colocamos la planta en el suelo del coche, entre los asientos, con cuidado de no dañar las hojas. Tardamos poco más de media hora en llegar. Tania vivía en una urbanización de casas adosadas idénticas construidas en una pequeña loma con vistas a la ciudad. Aparqué a la sombra exigua de uno de los árboles raquíticos plantados cada diez o doce metros. Bernardo se ocupó de la pachira y nos acercamos al número 27. Se le veía nervioso, inseguro. Unos minutos y nos vamos, que tengo cosas que hacer, le recordé, mirándolo con impostada severidad. Revisé el móvil, no había notificaciones. Tania estaba en el minúsculo jardín tomando el sol, rociándose el pecho y la nuca con un pulverizador de plástico. Se levantó de la tumbona de un brinco en cuanto nos vio, y se tapó torpemente con un pareo. Qué hacéis aquí, preguntó acercándose a la valla. Bernardo estiró los brazos por encima de la valla, que le llegaba a la altura del pecho, ofreciéndole a Tania la planta. Feliz cumpleaños, dijo finalmente. Tania titubeó unos segundos, pero acabó sujetando el regalo con dificultad y dejándolo a su lado, en el suelo. Feliz cumpleaños, dije yo también. Gracias, contestó ella de forma automática, sin mirarnos.

Tania nos dio la espalda y entró en la casa. Pasen un momento y se toman algo frío para refrescarse, nos dijo. Bernardo empujó la cancela sin dudar. Yo cogí la pachira en brazos y le seguí. Las cortinas estaban echadas y las persianas bajadas casi por completo. Había una temperatura agradable y una oscuridad transparente. El olor a sándalo se me hizo repugnante, supongo que debido al calor. Tania abrió la nevera y permaneció inmóvil unos instantes. ¿Agua o cerveza?, preguntó. Agua, contesté yo de inmediato, a pesar de haber escuchado el tintineo de las botellas de cerveza checa que bailaban en la puerta. Yo también, dijo Bernardo limpiándose el sudor de la frente con el reverso peludo de su mano. Dejé la planta en una esquina, como si fuera un objeto inservible. Bebimos sin apenas respirar. Tania nos miró desconcertada. Parecía estar a punto de pedirnos que nos fuéramos. Estábamos por aquí cerca, le expliqué, y pensamos en pasar a felicitarte. No era necesario, nos dijo ella ajustándose el pareo a la cintura, los dedos larguísimos, las uñas fluorescentes. Habría bastado con un mensaje, zanjó. Eché el brazo por encima de los hombros de Bernardo, tenía la camiseta empapada y pegada al cuerpo. Bueno, nos tenemos que ir, dije, conduciéndolo hacia la puerta.

Yo me apoyé en el maletero del coche. La carrocería aún estaba ardiendo a pesar de estar aparcado a la sombra. Ellos se quedaron hablando separados por la valla. Tania estaba visiblemente enfadada; había recuperado el pulverizador de agua y se rociaba el rostro mientras gesticulaba moviendo los brazos en todas las direcciones. Bernardo se limitaba a escuchar, quieto sobre la acera, derritiéndose bajo el sol. Saqué el móvil del bolsillo. Voy a llamar, pensé. Abrí la agenda y busqué el número. ¡Como vuelvas a venir o intentes contactar conmigo iré a la policía!, gritó Tania, completamente fuera de sí. Me acerqué corriendo, cogí a Bernardo del brazo y lo obligué a subirse al coche. Al arrancar miré por el retrovisor. La pachira salió volando y se estampó en el asfalto hirviendo, la tierra húmeda derramada como sangre oscura y espesa.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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1 comment on “Pachira aquatica

  1. Hermoso! Gracias por tan linda entrada. Te mando un gran abrazo!

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