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Confesión general de José María Conget

El título del libro proviene del último texto, en el que se reconstruye una confesión general, o sea y para los profanos, aquello que los chicos que vivimos el franquismo y nos educamos —digo, es un decir— en colegios religiosos teníamos que acabar cumpliendo, enajenados por nuestra pésima, perniciosa y pecaminosa conducta.

Salir del confesonario: la literatura sin pecado concebida de José María Conget

/ por Javier Pérez Escohotado /

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Confesión general
José María Conget
Editorial Pre-Textos
Valencia, 2017
204 páginas
Edición en papel: 20,00€

Como crítico, tal vez no sea yo, todavía, alguien que imparta tendencia, pero como lector soy de una fidelidad altamente recomendable. He de confesar  que, por sistema, no leo ningún best seller, y mucho menos si ha conseguido algún premio de renombre. Sin embargo, he de reconocer que se trata de un despreciable prurito o, mejor, de un puritano escrúpulo de conciencia, no fuera que ese concurso estuviera amañado…, aunque, como todos sabemos, es que no. En cambio, sigo leyendo a José María Conget, quien, hasta donde yo puedo lealmente saber, nunca se presentó a ningún premio, aunque los merezca.

Cuando abro un libro de los más vendidos en la Feria, lo suelo abandonar hacia la página 120, o antes. Para no mentir, pues sería mortal pecado en esta Confesión general, la última novela más comprada la he aguantado hasta la página 69, porque en todo me gustaría llegar al final y, si es posible, a la vez que el autor, juntos, como dicen que llegan los que han leído mucho. En cambio, cuando abro un libro de Conget, me encuentro casi siempre, ya desde las primeras páginas, y con frecuencia en las primeras líneas, con la Literatura. Uno compra un molinillo y espera que muela café; compra una novela y espera encontrarse con la Literatura. Reconozco que nadie me obliga y no todos pagan por leer y opinar, por eso leo sólo lo que me da la gana; pero siempre, eso sí, distingo la Literatura, de otros géneros, por ejemplo, los libros de autoayuda o los que publican algunos semovientes mediáticos que aparecen en la tv y tienen enorme presencia virtual en redes sociales, encerrados con su solo juguete. Es más, si no me encuentro a la Literatura en las primeras páginas, pues olvido el libro sobre la mesa del jardín, donde las urracas picotean los bordes abandonados de la última pizza y mi gato toquetea el libro como a un ser que no reacciona al golpe insistente de su garra ni a la muelle caricia de sus almohadillas.

Martín de Riquer, y algunos otros con él, decían envidiar a los que no hubieran leído todavía el Quijote, a lo que añado que si alguien, por casualidad, no hubiera leído nunca una obra de Conget, se puede considerar un afortunado porque puede comenzar a leerlo por esta Confesión general, que le va a transportar, sin excusa ni remedio, a los paraísos literarios desparramados de La bella cubana, La ciudad desplazada, Palabras de familia, Cincuenta y tres y octava, El olor de los tebeos, Viento de cine. ¿Sigo? Hasta el fin de los cuentos, Vamos a contar canciones, Una cita con Borges, Pont de l’Alma, Espectros, parpadeos y Shazam!, La mujer que vigila los Vermeer, Bar de anarquistas, Todas las mujeres, Quadrupedumque, Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias y Gaudeamus. Estas últimas, las primeras, han acabado conformando una trilogía «seminal» de José María Conget, denominada Trilogía de Zabala, por el personaje que las unifica y que también aparece en «Todos los miedos el miedo» de esta Confesión general. Aquí nadie se libra de aparecer. Aparecen los personajes y aparece el propio autor y su familia, con sus «esqueletos»; aparece el lector y el protagonista y el hombre y la persona y la ex y la dentista y el amigo y  el portero  y los progenitores y el restaurante griego de las esquina, y ya estamos todos, implicados en esta comedia humana, todos culpables, testigos reos de vivir y morir de risa.

Confesión general incluye 10 textos, término éste que conviene usar siempre al hablar de las distintas obras de Conget, no fuera que fueran novela o cuento o relato o memorias, autobiografía, ensayo o prosa poética, que lo son. Otros prefieren hablar de «libros de difícil clasificación», aunque toda la literatura siempre es cosa del yo, la persona del verbo que admite mayor número de máscaras.

Por el riguroso texto «Esqueletos en el armario», conocíamos algunos “mezquinos montoncitos de secretos” —resueltos en una visión final de extraordinaria piedad— de cuando la revista Turia le dedicó, hace exactamente ahora un año, un merecido «Cartapacio»; pero todos los demás son «nuevos de trinca», de llevarse mucho esta temporada, aunque aquí Conget ha tirado de fondo de armario, de memoria personal, para escribir tal vez los textos más redondos y magistrales de todos los que lleva escritos, y son muchos, los  buenos quiero decir. En esta Confesión general no hay duda, ni temblor, ni vacilación ni vacilancia. Hay pulso, tono, control de los tiempos, las intensidades, los secretos y los olvidos, lo confesado y lo citado, y lo callado: gobierno completo de la corriente de conciencia, ese río que nos lleva. Hay, además, mano, mucha mano —polluens y medicans—, imaginación, experiencia y «palo que te crió». ¿He mencionado la técnica? Cualquier situación trivial de la vida, incluso la de acudir al dentista, transporta al lector a un mundo que nos subsume no porque la vida parezca escasa a propósito, sino porque la vida es compleja sin quererlo, y Conget la convierte en el relato de un idiota lleno de ruido y furia, cuyo significado él nos aclara.  Así, «Dentista» o «Sueños compartidos», entre los demás textos, son ejemplo de esa dimensión escondida y densa de la vida cotidiana que sólo un escritor sutil y perspicaz como José María Conget puede alcanzar a ver y contar. En el conjunto de Confesión general, está perfectamente equilibrado el peso narrativo y literario de cada uno de los relatos, en cuyo centro, como joya engastada, brilla «Tres canciones francesas», una reconstrucción de la historia que hay detrás de la música y la letra, memorables y melancólicas, de Nantes, popularizada por Barbara (Monique Serf);  Avec le temps, de Léo Ferré («y uno se siente canoso como un caballo rendido»), y Le tourbillon de la vie, de Serge Rezvani, interpretada, claro, por Jeanne Moreau. Estas tres canciones permiten recrear también toda una época y un modo de vivir la pasión que da el conocerse, no sólo de cuando éramos jóvenes —algunos lo siguen siendo—, sino de los años 60, 70 y siguientes hasta hoy, sin omitir las remisiones cinematográficas (Jules et Jim, por citar una), que Conget  domina de memoria, como un ciego borgiano palpa su propia biblioteca: C’est une chanson qui nous ressemble.

El título del libro proviene del último texto, en el que se reconstruye una confesión general,  o sea y para los profanos, aquello que los chicos que vivimos el franquismo y nos educamos —digo, es un decir— en colegios religiosos teníamos que acabar cumpliendo, enajenados por nuestra pésima, perniciosa y pecaminosa conducta: poluciones nocturnas —voluntarias e involuntarias—, masturbaciones en grupo, mentirijillas, pequeños descuidos, deseos insatisfechos, fantasías eróticas, poco y porco amor al prójimo, ninguna dádiva, óbolo ni limosna, poca humildad, menos solidaridad, amor sin freno a nuestra vecina, descubrimiento científico de la anatomía propia y ajena, egoísmo, escaso amor al Señor, poco paternóster y avemaría, ninguna lectura piadosa…, a veces confesábamos haber llamado a la vez a todos los timbres de un portal o no haber compartido la merienda con el niño gratuito de la clase. Había que inventar pecados, digamos de marca blanca, para cruzar aquellas horcas caudinas. Sin duda la puntillosa educación jesuítica de Conget —no falta la cita de los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola— es la que le ha permitido afinar y profundizar tanto, no sólo en la denuncia del fantástico y «seminal» sentimiento de culpa, sino en la casuística y el probado método de la confesión general, imprescindible si había que alcanzar el universal perdón y librarnos del fuego eterno o de una temporada en el purgatorio, donde no encontraremos ni  a Rimbaud. ¡Qué invención del sadismo humano antes de que el propio marqués de Sade popularizara el fouet! En este relato, el protagonista tiene que buscar un confesor ajeno al colegio religioso donde estudia, pero acaba encontrándose frente a la sebosa rejilla de un confesonario —¡magnífica portada!—, frente al foco de la mirada escrutadora y azul de un dominico que a mí me evoca la mirada de Jorge de Burgos, el fraile ciego de El nombre de la rosa. La confesión, decían los autores morales del siglo XVI, esa «pequeña inquisición».

El sentimiento de culpa es tal vez una de las peores lacras que pueden imprimirse en el alma humana, por ser también una de las más resistentes y difíciles de erradicar. No estamos hablando de la responsabilidad moral de nuestros actos, sino de esa sensación de estar en siempre en falta, de estar en pecado, o de que se pueda incurrir en falta no sólo por «comisión», sino por omisión, a lo que deben añadirse las penas imaginarias concomitantes: muerte, juicio, paraíso, infierno, purgatorio y otras postrimerías suplementarias… Una cosa, insisto, es hablar de responsabilidad moral, civil o penal, y otra hablar de sentimiento de culpa. Eso sin mencionar las perversiones que pueden llevarse a cabo en nombre de la propia fe. La idea del paraíso es tan perniciosa como la del infierno. Por ir al paraíso, uno puedo inmolarse y por ir al cielo, también, a veces, con los daños colaterales que conocemos. Y excuse el lector el sermoncillo: sirva para fijar el justo valor de esta Confesión general.

Con motivo del  500 aniversario de las 95 tesis de Lutero, repasaba estos días, en paralelo a esta severa Confesión general, la vida del supuesto “reformador» y resulta más que curioso comprobar el ingenioso sistema argumentativo que fray Martín utilizó no sólo para librarse él —en parte sólo— del insoportable sentimiento de culpa y de pecado, sino para abominar de toda esa utilería que dicen necesaria o imprescindible para salvarse: confesión vocal, indulgencias, misas, peregrinaciones, sermones, comuniones, obras de caridad… Con el principio de la justificación por la fe, por la sola fe, de un plumazo sepultó en el polvo del olvido el sentimiento de culpa y, en una cascada de argumentación lógica elemental, derribó, como en un juego de naipes, toda la curia romana, casi todos los sacramentos, las buenas obras, el purgatorio, la autoridad papal, la interpretación profesional de la Biblia, los santos cánones, las órdenes religiosas, la autoridad de los concilios, los votos religiosos…  En el complejo entramado de todas las disquisiciones teológicas del siglo XVI, destaca, por su simplicidad, el sentido pragmático de Lutero, que desecha tanto la culpa como la pena por medio de ese hábil recurso —simplificando mucho— a la fe, con lo que, de un papirotazo, se libera de que haya que sentirse culpable de pecado simplemente afirmando que el creyente está, por la sola fe, entera y definitivamente salvado, lo que le permite acceder al exclusivo club del elegido. De aquí, como decimos, se deriva que no se precise ninguna reparación ni cumplir pena alguna por los pecados, pues ni siquiera las buenas obras sirven para redimir el hombre. La justificación por la fe sola, doctrina esencial del luteranismo, «hace al hombre libre, mientras que la doctrina que prescribe la necesidad de obras lo hace esclavo de la ley», tal como escribía el también jesuita  Ricardo García-Villoslada en su monumental biografía de Lutero.

La otra alternativa literaria al insoportable sentimiento de culpa es la que adopta Robert, el protagonista de las Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado (1824), de James Hogg,  obra muy alabada por André Gide, cuya inspiración hay que atribuir a Johannes Agricola, fundador del antinomismo y seguidor, con matices, del mismo Lutero. No está de más mencionarlo para llegar a entender la diferencia que se puede dar entre el complejo de culpa —uno de los peores complejos que la formación de los países católicos haya podido inocular en sus feligreses— y lo que yo diría el complejo contrario, el de los antinomistas, que, en algunos territorios que cayeron bajo la disciplina protestante, se apoya también en la teoría de la justificación por la fe, pero con el matiz de que si las buenas obras no contribuyen a la salvación, las malas no la impiden. Repito: las malas no la impiden. Defiende, además, su interpretación del evangelio como ley e instancia superior para la organización social, y esto es ya Calvino en rama. En estas memorias, menos memorias y confesiones que verdadera novela gótica, Robert, el protagonista se alía con Gil-Martin, en realidad una encarnación del mal o demonio, para perpetrar toda una serie de crímenes horrendos, basándose en que, por ser y creerse un elegido, no tiene culpa ni responsabilidad ninguna sobre sus actos, de donde se deduce que tampoco tiene que pagar ninguna pena.

Se trata, pues, de tres vías alternativas al sentimiento de culpa y tres modos de entender y manejar la sensación de que, hundidos hasta el cuello en el cenagal de la culpa, unos pecan inevitablemente y deben redimirse con obras; otros, los elegidos, se creen justificados por la sola fe y finalmente hay otros que pueden permitirse el lujo de cualquier exceso sin que les tiemble el pulso, como Robert, el energúmeno “justificado» de James Hogg.

Pero esta Confesión general logra elevarse por encima de esa íntima ponzoña del sentimiento de culpa, gracias a estar generosamente regada con un buen chorro de humor que lo emulsiona todo. Conget consigue así no sólo poner en solfa y desnudar los sentimientos más bajos y elementales, comunes y corrientes y miserables, propios de la humana condición, y darles una vuelta de tuerca, sino que su striptease, completo y con barra, lo ejecuta usando el más descacharrante sentido del humor, el más descarado ludibrio. En esa milimétrica distancia entre la confesión descarnada y el humor cirujano y sin piedad, está la clave de lectura y el éxito desopilante de esta Confesión general.  En fin, y con la venia del Señor, literatura absuelta, señor Conget.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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