Crónica

Irán y el hueso de la cereza

Otra forma de mirar (en) Irán.

En Irán, las cerezas nos ayudan a saciar el hambre y la sed en los largos y calurosísimos trayectos por el desierto de Lut, dicen que el lugar más cálido del planeta, que recorremos entre Shiraz y Teherán. La furgoneta tiene una pequeña nevera portátil y un compañero de viaje compra cerezas en un puesto de la carretera y las guarda allí, entre el hielo. Al comerlas, resultan un caramelo muy frío y muy dulce.

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Desierto de Lut

Irán es uno de los principales productores mundiales de cerezas.

Además, Irán es Persia, es Irán, es el islam chií, es una revolución triunfante y vigente, es el uranio enriquecido, es el calor abrasador en el desierto, es la intransigencia en lo moral y el puritanismo religioso, es el ramadán, que hace que apenas haya turismo durante el mes sagrado, es un actor político principal, es un país muy seguro para viajar, es gente hospitalaria, amable, habladora, inquieta… Irán es un viaje fascinante, impactante, indeleble. Es el antídoto contra el miedo, contra el desconocimiento, contra el miedo que nos quiere con parálisis, para, conservador como no hay otro sentimiento, tratar de encerrarnos en casa con temor no de Dios, Dios es la excusa, como tantas veces: con temor del otro.

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Viajo primero a Estambul, frontera aérea, aeropuerto de tránsito, híbrido, zona franca entre Occidente y Oriente. Como tantas veces, como en todo lugar, la indumentaria de las mujeres en el aeropuerto, que va de la casi desnudez que el escándalo público permite a la ocultación prácticamente total, revela el grado de tolerancia moral de una sociedad. Y me vuelven a hipnotizar las pantallas que indican los destinos: Misurata, Pristina, Tirana, Dar es-Salaam, Riad, Medina, Doha, Almatý… Me vuelven a hipnotizar los peregrinos hacia La Meca, de blanco.

Al final, en la pantalla, aparece Shiraz.

¿Cuándo empieza el viaje, cuándo comienzan a viajar ustedes? Cuando se empieza a pensar en un destino, aunque no se haya materializado aún en un paisaje físico. Cuando se cumple el rito de la compra de la guía. Cuando el pasaporte incluye el visado.

Cuando, en Barajas, la chica del mostrador de facturación de Turkish Airlines dice: «Tiene sus billetes para Madrid-Estambul-Shiraz. ¿Prefiere pasillo o ventana?».

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Shiraz

Shiraz es una ciudad enclavada en el suroeste de Irán, a casi mil kilómetros de Teherán, destino final del viaje. Desde Shiraz y hasta llegar a la capital, recorremos una parte de Irán, muchos kilómetros por el desierto de Lut, con paradas para conocer, para descansar, para tocar con las yemas de los dedos el país. Para vislumbrar grupos de nómadas, sus animales, sus tiendas de campaña.

En Shiraz, visitamos las tumbas de los poetas Sa’di y Hafez. Hafez, que, en traducción de Clara Janés, dice: «Si aquel turco de Shiraz mi corazón deleitara, / por su lunar hindú le daría Bujará y Samarcanda». La Ruta de la Seda se nos pone delante, con un par de versos.

Pero Shiraz es, sobre todo, la ciudad desde la cual se visita Persépolis. Y su necrópolis. Y Pasargada.

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El Sol sin piedad. El sudor. La ceguera. El calor. El abrigo del atuendo obligado para las mujeres en Irán: cabeza cubierta, y el cuello y el escote y los brazos y las piernas; ropa floja, camisas largas, colores apagados. El Sol en el desierto de Lut y en las rocas excavadas para sepultar, en la necrópolis de Persépolis; al mediodía, al atravesar la plaza del Imán, en Isfahán. La llamada del Sol, tan irremediablemente magnética, solo inhóspita hasta que te agarra definitivamente.

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Persépolis, capital palaciega de la dinastía aqueménida desde que Darío I el Grande comenzó a levantarla, fue otra de las víctimas de Alejandro Magno. En el transcurso de su vida, Jerjes y Artajerjes la hicieron mayor y su visita es una impresionante lectura del imperio de los aqueménidas, de los pueblos que le rendían pleitesía, de sus mitos y sus representaciones. Y si seguimos al norte nos encontramos con la necrópolis de Naqsh-e Rustam, y aquí vienen a la cabeza Petra y el Valle de los Reyes, en un territorio personal, en un mapa propio y mezclado, que responde a territorio físico y cuya vivencia se apuntala viaje a viaje y se convierte en una experiencia que solo puede vivirse de modo íntimo. Y, más al norte, Pasargada, la imponente y austera tumba de Ciro II el Grande.

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Viajo a Irán en el mes sagrado del ramadán. Restaurantes y supermercados están cerrados durante todo el día, hasta que anochece y el muecín cumple con el rito más sensual que yo he descubierto viajando: la llamada a la oración de la caída del Sol; en mis viajes, unida inseparablemente al calor y al té. La letanía que rompe el ayuno permite que las familias, que ya ocupan jardines, orillas de los ríos, parques, plazas, mausoleos, cenen. Es una celebración bulliciosa y pantagruélica. Es festejo comunitario y público. Es una de las mejores experiencias cuando se visita territorio del islam.

En Irán, la coincidencia del verano y del ramadán hace que sea temporada baja para el turismo. Muchísimo calor, poquísima variedad de lugares para almorzar, contención de comer, beber y amar en público durante el día. ¿Ventajas? Dos fundamentales: la visita en soledad de lugares repletos en otras épocas del año y observar la experiencia del ayuno.

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La siguiente parada es Yazd, ciudad del desierto. Al llegar, se nos advierte a las mujeres que vistamos de modo más contenido, con colores oscuros y ropas largas y amplias. Yazd es una ciudad muy conservadora en donde casi todas las mujeres, desde niñas, visten chador negro. Como poco, y una minoría, colores oscuros.

En Yazd, nos topamos con el zoroastrismo, que cuenta aún con practicantes, que, como minoría reconocida, tienen puesto reservado en la asamblea nacional. El templo del fuego de la ciudad es el más importante de Irán, sede de quienes siguen las enseñanzas de Zoroastro. A las afueras, dos impresionantes torres del silencio, tumbas del zoroastrismo, ubicadas en sendas lomas, para, así, que los muertos tengan más corta su trayectoria al cielo. Y que los buitres, en estas tumbas descubiertas, cumplan su profiláctica función.

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Vista aérea de Yazd

El paseo por el barrio antiguo de Yazd, caluroso y casi vacío, nos lleva a una panadería, con el horno sin parar. En Irán, el pan tiene forma de torta y es fino, a veces muy crujiente. Se cuece en las panaderías, se compra recién hecho. En el barrio antiguo de Yazd, nos dispensan, por extranjeros, del ayuno, y podemos beber a media tarde zumo de flores.

Comemos en el viaje, además, kebab, carne en las brasas de pollo, de cordero o de vaca. Muchas veces acompañada de arroz con azafrán. Con pasas. Lentejas y sopas. Tomates asados y berenjenas. Y los riquísimos pistachos. Y dátiles que parecen crema.

Es imposible encontrar alcohol de modo legal. De modo ilegal, peligroso.

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En Irán les atrapará Persia, que cumple con todas las ensoñaciones sensuales maceradas por los relatos que rozan la leyenda y con todo el mito histórico de los grandes guerreros, las invasiones terribles, la hazaña de la ruta de la Seda. Pero también les atrapará Irán, en Irán, actor político fundamental en el planeta, con una revolución exitosa reciente y sólidamente asentada y con una vitalidad plena.

Irán, nombre del país desde 1935, no se entiende sin Persia, son la continuidad de la misma cosa, y en no pocas ocasiones se confunden, sobreponiéndose.

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Seguimos recorriendo el desierto de Lut para llegar a una ciudad de cuya existencia tenía dudas, Isfahán. Es imposible que exista Isfahán, me decía, fuera del relato legendario. Son posibles los caravasares, es posible el destino de la ruta de la Seda, caravasares muy conservados, en Meybod, en donde el Sol nos recibe otra vez poderoso, y otro en medio de la carretera, en uso, desvencijado, que cumple su función de guarda de dromedarios. Compartimos un té con galletas, té en el desierto, con el pastor, viejo y desdentado, y con su ayudante, silencioso y joven. El pastor nos explica que la dromedaria, recién parida, tiene las patas atadas para que sus crías no puedan mamar y así él puede alimentarse con su leche.

En la carretera, parada obligada en el puesto de la policía, ya que circulamos por otra de las salidas del opio afgano y pakistaní.

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Mirar. De cerca. En Irán, muchas mujeres visten de chador negro. En los lugares más conservadores, casi todas, desde niñas. El chador es una prenda iraní, obligada en los lugares sagradísimos, como los mausoleos.

Al llegar, impresiona esa aparente uniformidad. Al poco, los ojos se acostumbran y ya no choca. Más tarde, se distinguen los rostros. Después, se descubren en los bazares las telas negras, que no son la misma. Si se mira de cerca, observamos en las telas estampados, también hay telas lisas. Las mujeres en los bazares comparan los tejidos y se deciden. Si se mira de cerca, la uniformidad del chador negro se diluye. Hay bocas, cejas y ojos y barras de labios y gafas. Hay telas bordadas y telas lisas. Hay mujeres y niñas. Si se mira de cerca, sin el pudor de la discreción, como se debe hacer en el viaje, cada chador negro es único.

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Sí, Isfahán existe. Les aseguro que Isfahán existe. Existe una ciudad a la que atraviesa el río Zayandeh, el río que da vida, cruzado por hermosísimos puentes de madera, patrimonio de la humanidad, construidos en tiempos de la dinastía safávida, cuyo shah principal fue Abbás I.

Está el puente de los Treinta y Tres Arcos. Bajo él y a su pie, para regatear el calor intensísimo, hay baños durante todo el día. Está el puente Khaju. En sus balcones, los hombres cantan, al anochecer.

Cuándo comienza el viaje, puede ser un poco antes o un poco después. Cuándo acaba el viaje, nunca. El viaje nunca acaba, Penélope, el viaje nunca acaba. Cuándo culmina el viaje. En este caso, el viaje se colmó a mitad de su recorrido, en Isfahán, que es real, en el puente de los Treinta y Tres Arcos, al atravesarlo al anochecer y recibir allí todas las voces de todos los muecines de la ciudad, en un eco hipnotizador a cuarenta grados, entre tanta gente desconocida, entre tanta curiosidad recíproca.

En Isfahán, está el barrio armenio, buen lugar para cenar, y su iglesia, llena de colores. Al lado, un museo que relata didácticamente el genocidio y en el que aprendemos historia y costumbres.

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Plaza del Imán (Isfahán)

Pero, en Isfahán, está la indescriptible plaza del Imán. Está la plaza del Imán, grandiosa plaza enmarcada por cúpulas, grandiosa al modo de la plaza del Registán, en Samarcanda. Está el grandísimo bazar, con sus calles que se salen de la principal ocupadas por los gremios, que fabrican cerámicas o cacharros de cobre. Y los puestos de alimentación, con especias y pistachos al natural o aliñados con limón o con azafrán.

La plaza del Imán es una plaza orgullosa y lo sabe. El orgullo le viene de estar enmarcada por el palacio Ali Qapu y las dos fastuosas mezquitas.

La plaza del Imán es mercado bullicioso; soledad abrasada al mediodía, rota por el canto del muecín; encuentro de todas las familias, con sus manteles, comida e infiernillos, risas y oraciones, para el fin diario del ramadán. El mundo es espacioso, pero no sé cuánto habrá en él que pueda competir con la belleza total de la plaza del Imán.

Caminamos hacia la plaza del Imán para atisbar la manifestación que se celebra cada último viernes del mes sagrado del ramadán, instaurada por Jomeini, a su vuelta a Irán, en el año 1979, con motivo del International Quds (Jerusalén, en árabe) Day. Quienes se manifiestan reclaman la unidad islámica para apoyar a Palestina y lanzan invectivas contra Israel y Estados Unidos, alternadas con alusiones a Alá.

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Bukowski dijo que el sexo es como dar patadas en el culo a la muerte mientras cantas. No llevaré yo la contraria al escritor, que sabía bien de lo que hablaba. Me tomo la libertad de añadir que viajar también es dar patadas en el culo a la muerte, como en el sexo, aferrándonos a la vida al abrazarnos al otro.

También puede conjurarse la muerte saboreando las cerezas, como sabemos desde el taxidermista de Kiarostami.

Entre Isfahán y Teherán, la parada en Kashán, llena de adobe y de mermelada de granada. Visitamos la casa del rico mercader Borujerdi, lujoso oasis en medio del oasis que es la ciudad. Más patios, más estanques, más espejos, más Persia, más la savia de las grandes rutas comerciales.

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En Irán, se habla lengua persa con alfabeto árabe. Las imágenes de los dos líderes supremos de la República Islámica, el fallecido ayatolá Jomeini y el actual líder, Alí Jamenei, están por todas partes. Como las torres del viento, erguidas como los minaretes, para refrigerar el interior de los edificios.

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Teherán es la última etapa del viaje. A pocos kilómetros de la capital, sigue en construcción el mausoleo del imán Jomeini, fastuoso, enorme, con visitantes que acampan en sus jardines.

En la ciudad, hay ocasión de visitar otros lugares igualmente fastuosos, como el Palacio Golestán o el Museo de las Joyas del Tesoro Nacional, en una caja fuerte del Banco Central. Les recomiendo su visita, si viajan a Irán. Aunque parezca que no les interesan las joyas, se maravillarán ante el lujo y la belleza de las piedras y el oro, y se espantarán ante la terrible e hiriente ostentación que supuso para el pueblo persa su uso por las dinastías Qajar o Pahlaví.

Para cenar, restaurantes en las montañas del norte de la ciudad, donde en verano, por primera vez, no notamos el calor omnipresente.

Y, si viajan a Teherán, no pueden perderse el paseo por el gran bazar, muy cerca de Golestán. Si viajan a Irán, visiten sus bazares, allá donde estén, aunque no quieran comprar nada. Allí las ciudades están llenas y vivas. Son puro corazón bombeando sangre, que se oxigena al respirar y nos enseña por qué necesitamos viajar: porque también, como el sexo, es dar patadas en el culo a la muerte. Porque no tenemos la culpa de Homero, de Constantino Cavafis y de Lluís Llach.

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(Para la escritura de este texto, amén del viaje, han sido imprescindibles las lecturas, además de las de algunas webs consultadas en desorden y de las de folletos sobre el país, de Irán, de Toni Vives; de Irán: una historia desde Zoroastro hasta hoy, de Michael Axworthy; de 101 poemas, de Hafez Shirazí. E, igualmente imprescindibles, la película El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami; y el álbum Viatge a Ítaca, de Lluís Llach.

Un hombre se prepara para festejar el fin de la jornada de ramadán, en la deslumbrante plaza del Imán, en Isfahán. Tiene cerezas en una taza. El muecín llama a la oración. El hombre coge una cereza y la mete en la boca.

Y escupe el hueso de la cereza como todos, seamos de donde seamos, escupimos el hueso de la cereza: acercando a la boca el puño cerrado, echando dentro el hueso y depositándolo en un recipiente.

Por eso, no hay temor, no hay prejuicios, no hay fundamentalismo, no hay uranio, no hay sanciones, no hay religión. Solo hay un hombre escupiendo el hueso de la cereza en su puño. Somos ese gesto. Solo somos ese gesto.


1 comment on “Irán y el hueso de la cereza

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