Un abuelo amigo de Besteiro y encarcelado por el franquismo y unos padres que en el peor de los tiempos callaron sueños, tragaron rabias, escondieron lágrimas y se apretaron el cinturón en pos de que sus hijos crecieran sin conocer la humillación y el odio homicida son el fondo genealógico desde el que José Manuel Querol piensa el siempre escurridizo ser de España. El país del idioma del que es enamorado y experto filólogo, de los escritores que le entusiasman, de los paisajes mediterráneos sin los que no podría vivir; pero también de la cruz fascista de 46 metros de altura que ve todos los días mientras desayuna, de la corrupción sempiterna, de los buenos y los honrados siempre derrotados, del Madrid desnaturalizado al que ha visto convertirse en un feo y hostil parque temático neoliberal.
Hay amor y odio en este libro con título de verso de Miguel Hernández, poeta españolísimo asesinado por la España eterna; una gavilla de textos de distinto tono en los que el autor va saltando también de lo íntimo a lo académico, de lo político a lo cultural, de lo cáustico a lo melancólico, y hasta de lo real a lo onírico. Los recuerdos del Madrid de los ochenta y su equívoca Movida o las reflexiones eruditas sobre los cantares de gesta, la literatura del Siglo de Oro o la larga vida del carlismo se alternan con fantasías de un banquete imposible con pintores y literatos de todos los tiempos, o con una carta a su hijo Gonzalo: otra España es tal vez imposible, viene a decirle, pero nunca hay que dejar de imaginársela.
No soy de un pueblo de bueyes: apuntes insumisos sobre España es el primer título de 2026 de la colección Ensayos de Ediciones Trea, que ahora dirige Pablo Batalla Cueto. Publicamos un adelanto del mismo: el capítulo «Madrid me mata», en el que el autor carga contra neoliberalización de su ciudad.
El libro se presenta en Madrid, en la Sala de Arte de la Central del Museo Reina Sofía, a las 19:00 del martes 28 de abril.

José Manuel Querol
Trea, 2026
180 páginas
16 €
A veces me avergüenza decir que he nacido en Madrid, decir que soy madrileño. Es verdad que, a poco que uno escarbe, casi nadie es realmente de Madrid del todo: esta ciudad es un crisol de todo lo malo y —supongo— lo bueno que hay en el resto de España. Pero si a mí me da vergüenza decir que soy de Madrid (ya habrá quien me esté insultando mentalmente mientras me lea) es porque estoy de acuerdo con las cosas que dicen los demás de nosotros: chulos, soberbios, poco empáticos, superficiales, arrogantes, presumidos, vanidosos, prepotentes… Podría seguir varios renglones más; no acabaría. Es muy probable que todos tengan razón. Además, no conozco otro lugar donde uno pueda sentirse tan solo y tan abandonado como en Madrid, haya nacido aquí o no. Supongo que es lo que tienen todas las grandes ciudades. La ventaja es que, si uno consigue abstraerse del paisanaje tópico —y aunque no haya maravillosos monumentos únicos, de esos que definen simbólicamente a las ciudades—, puede disfrutar de un modelo urbano que, en soledad, es de los más armónicos del mundo.
El Madrid en el que a mí me ha tocado vivir me ha expulsado a las faldas de la sierra del Guadarrama por tener demasiados trastos y libros. No podría permitirme vivir en el centro de la ciudad como cuando era niño, y ahora me arrastro cuesta arriba y cuesta abajo cruzando todos los días los puentes sobre el río Guadarrama, mirando las crestas de Abantos o de la Bola del Mundo, subiendo al rastrillo de Navacerrada los domingos o a ver a algún amigo a Cercedilla, descendiendo a los centros comerciales de las afueras a lo largo de la A-6 y, si tengo suerte, haciendo una pequeña excursión a algún acto programado en la ciudad, donde aprovecho para comer y pasear, ignorando a los que me apartan con sus paraguas o me miran cansados cuando, después de trabajar, se desplazan pesadamente hasta sus melancólicos cubículos para volver a empezar al día siguiente, sin tiempo para nada. No me extraña que no se miren unos a otros, o que me miren a mí como una excentricidad por tener una melancolía distinta.
Aquí hemos presumido de ser el centro de España, y hay alguna política de corto alcance, que dirían los viejos, que dice que Madrid es España dentro de España (todo muy, muy español); pero luego, entre ella y el alcalde, hacen desaparecer las tabernas, los cafés donde se fraguaban revoluciones en el siglo XIX, los que acogían las tertulias a principios del XX, los bares repletos que tenían el suelo cubierto de servilletas usadas y cabezas de gambas, las tiendas centenarias, los paseos con árboles, la memoria de la propia historia de este país y todas aquellas cosas que yo aprendí de joven que eran de Madrid. Todo eso se cambia por franquicias, clones americanos y bistrós neoyorquinos (pero de provincias) para hipsters de derechas.
También presumimos de ser los adelantados de la democracia en España, los que inventamos aquello la Movida, que ahora es, muy justamente, el recuerdo de una fiesta de la corte monegasca (bastante hortera, por otra parte). A mí me tocó vivir la juventud en su descorche, derramando espuma sin sustancia por la recién nacida democracia española. Dice un amigo mío —y tiene razón— que la Movida no la hicimos los de Madrid, sino aquellas chicas que venían de provincias a estudiar en la universidad o a trabajar de niñeras, y que se liberaban aquí de la moral reductora, tardofranquista, que aún respiraban sus capitales de provincia y pueblos, y se teñían el pelo llamativamente, se ponían medias de colores y se construían así como modernas, mientras los de aquí, al menos los míos, nos encerrábamos en la Biblioteca Nacional y por las noches intentábamos ligar con ellas.
Si pienso en El Sol de la calle Jardines, en el Penta, en Malasaña, en El Avión después de una sesión doble en el Fantasio, en las tardes en los Alphaville, en tantos sitios de aquella época, no encuentro un gramo de rebeldía, salvo el ansia neoliberal que se vestía alocadamente y que estaba organizada en grupos musicales de dudoso gusto y poca lírica («a la luz de un flexo nos damos un bexo; no hay marcha en Nueva York, los jamones son de York») y que hoy andan defendiendo a la señora esa que nos advierte de que somos España dentro de España (y que se sabe todas sus canciones). Pero da igual quién gobierne: la caspa de lo castizo parece un virus endémico para todos los políticos autonómicos, de izquierdas y de derechas: tenemos marquesas que quieren emular a las de Goya, chulapas atrabiliarias, aburridos nadies, versos sueltos que al final estaban bien prendidos a sus sonetos y muchos tipos más, tan castizos todos que podría hacerse con ellos una verbena, con su zarzuela adjunta.
La Movida no fue más que una pompa de jabón, un avatar social de aquella canción de Mecano, Aire (posmodernidad pura y dura a la española), que dejó el suicidio y la sobredosis a toda una generación que, estrenada su libertad, no sabía qué hacer con ella. Nadie les había advertido de que debían usarla para proteger el futuro del país, y creyeron que todo era una fiesta que pagaría papá. ¡Qué buen episodio nacional hubiera podido hacer don Benito! Su resumen es una película de Almodóvar (no entiendo el furor americano por Almodóvar, o quizás sí: son tan malas sus películas, son tan simples y pintorescas, que a lo mejor como estereotipo a ellos les fascinan).
Fue aquella Movida el único intento neoliberal, y además de dudoso gusto, en nuestra Transición: el resto estaba atado y bien atado. Y se dejó relatar por lo que han llamado la generación After Pop (otros la llaman, con más tino creo yo, generación Nocilla). Autores vendidos al mercado, personajes que solo piensan en sí mismos, vacío de ideas, mucha droga y mucho sexo para nada, ni una idea útil para los demás. Al final, podíamos pintarnos toda una generación colgados de un puente de la M-30, como un personaje de Mañas, y no fue así. Hay un canon alternativo y contrahegemónico que casi es un apéndice en la historia literaria: tan poco caso han hecho los medios a esta disidencia subterránea que parece que molestamos para la foto en la escalinata de las generaciones de españoles. Por eso le pedí a un alumno mío que hiciera una tesis sobre estos autores sin marketing, a ver si los ponemos a flote en algún galeón que hinche sus velas por esa Castellana navegable que imaginó Rafa Reig.
La emancipación de la Movida fue moral, no política; un intento de componerse como si fuéramos portada de un disco de algún grupo británico, pero arreglando coches, sirviendo mesas o comprando berberechos, simulando ser más almodovarianos que los personajes de Laberinto de pasiones o La ley del deseo. Hay quien quiere ver un modelo crítico en esas películas que incorporaron elementos de lo kitsch y del cutre-lux, fotografía de vivos colores y excesivo contraste, exteriores vulgares y degradados y una desproporción violenta entre los intérpretes humanos y el espacio urbano en el que se mueven. Pero a mí me cabe la pregunta de si esos elementos son mero decorado o realmente relevantes para mostrar algo. Si es así, no sé muy bien qué, porque no hay carga ética en su exabrupto (no es Brecht), como en nada de aquella época: lo escandaloso era moderno per se, y nada más.
Da más pena la evolución de muchos de estos personajes, su evolución política, porque, aun si admitiéramos —yo no lo admito— que su actitud estética y sus producciones artísticas fueron un discurso crítico, el esperpento quedaba muy lejos de que lo comprendiéramos como tal. Se quedaba en el aledaño de su semántica y todo se convertía en esa fiesta de niños de papá que, de repente, descubrían sus adicciones o su orientación sexual. Y que son los mismos que hoy demandan gobiernos ultraliberales, y hasta convocan al espíritu del dictador para que salve a España.
No, ese no fue el tiempo que yo viví, y lo digo sin arrepentirme de nada. Observé estos excesos, como los observamos muchos, con sonrisa divertida y un poco de vergüenza ajena, diciéndonos que estábamos en otra galaxia y que en nosotros residiría el limo verdadero de la nueva España. ¡Qué ilusos y soberbios fuimos! Al final triunfaron las medias de colores, las hombreras gigantescas y los cardados estratosféricos y, por supuesto, la estupidez convertida en alegato pretendidamente intelectual y liberador.
El Madrid de los ochenta y noventa se parecía mucho a una zarzuela, como si nada hubiera cambiado excepto el mantón de Manila (que todavía se ve), y las modistillas se reconvirtieran en murcianas a las que se les compusiera una canción degradante y chabacana («Murciana, marrana», en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón), y los guindillas fascistas repartieran golpes a diestro y siniestro, como rezaba, tal que si fuera una pintada, la letra de aquella canción de Eskorbuto (1983), tan famosa en la época: «Mucha policía, poca diversión».
Lo cierto es que estoy siendo injusto, porque hubo otra Movida que era subterránea, aunque a veces se dejaran fotografiar, y hasta trabajaran junto a los descerebrados. En esa corriente remaba gente como Alberto García-Alix, Ouka Leele, el viejo Javier Krahe y hasta la bruja Avería. Como decía Bárbara (Ouka Leele):
Fue una época muy creativa, fascinante de vivir. Estábamos las veinticuatro horas de día trabajando. Si íbamos a El Sol o al Rockola también estábamos perpetrando alguna acción artística. Estábamos muy contentos de estar ahí, éramos muy conscientes de estar haciendo historia. Y había una filosofía de vida que implicaba vivir juntos y compartirlo todo. La gente lo veía y apreciaba esa libertad y creatividad.
De todas maneras, la relación que esta corriente subterránea mantenía con los neoliberales tampoco atesoraba la conciencia política crítica que creían algunos superficiales: se orientaba a la búsqueda de una identidad íntima y generacional; de un hueco que fuera humano entre tanto desorden interior y exterior. La misma Ouka Leele lo decía también: «Yo soy Ouka Leele, la creadora de la mística doméstica. Digo esto porque creo que la gente se toma mis imágenes como una crítica social y son todo lo contrario. Es la sublimación de lo cotidiano, de lo doméstico».
Esa identidad se podía vivir como íntima y como política, y se reunía con la tradición. Eso sí, una tradición heterogénea y difusa, tanto como nuestra avidez de primera generación que se encontraba en las librerías lo mismo a Pérez Galdós o Blasco Ibáñez que a Hölderlin o Trakl, a Brecht o a Lautréaumont, y que bebía el realismo mágico en el origen del caldero: la España mágica de Valle, Torrente o Cunqueiro; en las fantasías morales de Quevedo tanto como en el cine de David Lynch o Greenaway, soñando como Decker en Blade runner, dudando si acaso no éramos replicantes, mientras nos moríamos de amor por Rachel.
Esa generación tuvo sus mayores (como Krahe, admiradísimo tanto como olvidado hoy) y sus menores (por la edad solo), que son los más cercanos a mí: novelistas honrados como Rafael Reig, Marta Sanz, Javier Azpeitia o Belén Gopegui; pintores como Antonio Argudo, Sergio Ferreiro Yanes o Cosme Ibáñez Noguerón; músicos como Roberto Mosquera y tantos otros. No invitarán a ninguno de ellos a la fiesta monegasca de la Movida, pero estuvieron allí, aunque fuera en espíritu, mamando esa primera libertad sin venderse ni a los delirios, ni a la conformidad con la gran obra urbanística de la Castellana, desde donde parecía que llovían millones, y los corruptos vendían como libertad su latrocinio, y aún lo hacen en esta ciudad.
Sí: algunos se refugiaban en pequeñas revistas, como La Perla de Labuán (luego Cuaderno Gris), universitaria y de poca difusión, pero con grandes textos; o en las bibliotecas y habitaciones de estudio (recuerda, Pepe Torres —desde tu despacho de la universidad— aquel primer texto que hicimos juntos sobre la traducción de Fray Luis de un poema de Píndaro en un ordenador que tenía una memoria de 24k); y luego salían, igual que los demás, a la fiesta de la noche madrileña en verano o a la frialdad del invierno y las drogas en la calle Valverde, donde uno podía ver de todo y aprendía a hacerse mayor con la crueldad del mundo.
Ha pasado mucho tiempo desde aquellos ya solo recuerdos, y Madrid se ha hecho vieja y aburrida. Ya ni siquiera hay escándalos, salvo los de la corrupción política y los financieros. Rescato lo que puedo de aquellos días en los que la ciudad era joven como yo y solo encuentro los ecos de aquellas imágenes que permanecen prendidas con un alfiler: el sol de mayo, los puestos de libros en junio y la feria con sus libreros haciendo de tenderos, el sonido ya lejano de un coro y una contralto en una iglesia de Recoletos, cantando el Stabat Mater de Pergolesi; los recorridos por el Retiro hasta el quiosco de música, los paseos por Arturo Soria o las caminatas desde allí hasta Rosales andando por toda la calle Alcalá, Goya y los bulevares; imágenes que quedan de los cafés y las cañas de cualquier tarde con algún amigo y las noches de verano en las que salíamos a asombrarnos de todo; las tardes en el Café de Lyon con aquel anciano austriaco que me enseñaba la literatura que no aprendía en la Autónoma; los rostros en el metro o el autobús al volver a casa, tan iguales, tan diferentes, mientras yo leía por primera vez a algún clásico; las discusiones sobre literatura, los arrebatos ante Goya en El Prado, el bullicio alcohólico y musical de la calle Huertas; las noches de jazz que ya no existen en el Whisky Jazz Club, las mañanas camino de la universidad. Supongo que todo eso también es Madrid, y, como la ciudad, no son grandes acontecimientos, sino un espacio sin excesos. Lo malo es que ya no queda nada de todo aquello, y estoy viejo para encontrar otros recuerdos. Hoy paseo por plazas asfaltadas sin bancos, cierran el Retiro cada vez que sopla el viento porque no han cuidado los árboles, no encuentro cafés antiguos porque todos se han vuelto bancos, cervecerías irlandesas o franquicias norteamericanas. Hay un tufo neoliberal que se filtra en las miradas que me cruzo, rápidas, ávidas, distantes. Nadie escandaliza ya en Madrid, pero tampoco hay orden; ese orden que antes convivía con las drogas y el arte. Permanecen los edificios que han ocupado mi vida: la Biblioteca Nacional y el Prado, y el paseo que los une. Y en el bulevar descansa la estatua de Apolo, más humilde que la Cibeles o Neptuno, a medio camino entre ellas, y que es una delicia de armonía rodeada de árboles que alguien quiso cortar. Se lo impidieron los que, debajo de ellos, miraban filtrado el cielo.
Busco lutieres por las calles detrás de Ópera, pero apenas queda alguno. Sus cuerpos arquitectónicos los ocupan algunos bares y restaurantes para modernos que tengan visa. Yo paro la memoria en fotografías familiares y recortes de periódicos antiguos para analizar los cambios. Madrid está irreconocible. Me pierdo por carreteras laberínticas que bordean la ciudad en vez de acariciar su corazón para ir de un lado a otro. Todos los edificios de los aledaños de esas carreteras son ahora de cristal, y las grandes corporaciones los revientan de dinero, pero no veo gente tras las ventanas —deben de mirar todos hacia dentro—, y me pregunto qué fue del Madrid de los treinta que no viví, y me resulta igual de fantasmal, igual de falso, que el de los ochenta que paseé y me bebí.
Una nueva nomenclatura del poder se expresa en la ciudad a cuantos flâneurs la recorren. Es la modificación de las estatuas, la falta de empatía con la memoria histórica (pobre Miguel Hernández, expulsado hasta de un recordatorio en el cementerio), las megaconstrucciones a lo largo de la M-40, todas ellas de multinacionales, la pérdida del espacio para pasear por el centro, el cemento que no deja ni alcorques para que crezca algún álamo blanco, los jardines modernos que son patios para reclusos donde el verde se mustia, la especulación inmobiliaria que expulsa a los habitantes y los ordena por renta, todo pensado para el turista o el ejecutivo foráneo o el exiliado rico venezolano. Y es la ausencia de gente acompañada, todos solos corriendo de un lado para otro, como si siempre tuviéramos que hacer algo importante. Todo Madrid ha dejado de ser aquella fiesta que nunca fue, y ahora se trasmuta en una urbanización en las afueras, con sus casas iguales, sus piscinas todas iguales, y dentro el vacío de los pocos viejos que aún resisten, y la proliferación de turistas como una plaga de insectos. Madrid ya no mata a nadie.
Hay nuevos monumentos, heridas en la memoria de un poder cruel y manipulador. Exaltan el ardor guerrero, el nacionalismo, el desprecio por los muertos republicanos que han perdido el nombre de sus calles y sus placas (así no hay manera). Hay carteles publicitarios que hieren las fachadas de la Gran Vía, convertida en un Broadway de pueblo, y que hacen saber a la ciudad quiénes son sus propietarios. Ya casi ni quedan pintadas que contesten a ese poder para que los paseantes las lean. Si hasta fueron irrespetuosos con el silencio maravilloso de un Madrid vacío, y salieron a los balcones a hacer patente su mal gusto, y hasta a convocar caceroladas porque preferían las cañas a no morirse durante la pandemia. ¿Cómo va a matarme Madrid?
He leído que una vez, hace mucho tiempo, en el in illo tempore de los cuentos, Madrid resistía, colgaba pancartas que advertían a los enemigos de que no pasarían (y como decía otro amigo mío, al final pasaron). Era aquel un Madrid sólidamente construido sobre el agua y el fuego, y donde la solidaridad nos defendía de las bombas que tiraban los gabachos fanfarrones y los fascistas. Yo no lo viví, pero me lo contaron, lo leí en alguna parte, aunque creo que de eso no quedó nada más que el gris de un tiempo muerto, y cuando tuve consciencia y las calles se pintaron de los colores escandalosos de las medias de aquellas chicas que se comían el mundo, la gente quedó tirada en los portales, con una aguja clavada en el brazo, mientras a hombres engominados les llovían los parabienes políticos y económicos. Una generación entera vio la universidad cerrada, porque estaba ocupada por todos aquellos que se inventaban que habían estado en aquel Mayo de París, y solo nos quedaba una interna solidaridad generacional, de la que ni siquiera sabíamos. Hoy mi memoria se ausenta de Madrid; lo percibo como un eco lejano que se estrella contra la sierra del Guadarrama y que no devuelve mi voz. Se ha convertido en un fantasma que viene desde el pasado a recordarme que he vivido y que me tocó recorrer sus calles y construir a cada paso una conciencia que quiere huir de ese pecado tan de Madrid, que es el casticismo que aún padece.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Madrid me mata”