Creación El Cuento Semanal

Polaroid

El Cuento Semanal es esta semana obra de Fernando Villamía.

Polaroid

/por Fernando Villamía/

A mí me encanta hablar con mi hermana, no tanto por lo que dice como por lo que hace. Es una de esas personas a las que les suceden tantas cosas, que parecen vivir varias vidas a la vez. Y contagian esa vitalidad con su simple cercanía. Cuando uno se pone al alcance de su irradiación, se siente más vivo y más ligero. Por eso me gusta charlar con ella. Además, cuando habla, mueve mucho los labios y las manos, y en los dientes le brillan chispas de sol, y esa luz embellece las palabras.

Sin embargo, estos días Marta flotaba ensimismada en una turbia bruma de aislamiento, y coqueteaba con la ausencia y el silencio. Apenas hablaba, y, cuando lo hacía, se encerraba en una melancolía monosilábica que resultaba aún peor.  Su presencia entre nosotros se había diluido un poco, y era como si el corazón de la casa latiera más despacio. Anteayer por la noche entré a su cuarto y, en lugar de salir fortalecido y tonificado como solía ocurrir, volví a mi habitación baldado de tristeza y empachado de silencios.

Algo le ocurría, era evidente, pero estaba tan acostumbrado a su dicha, que me resultaba difícil preguntarle por su pena. Así que esa misma noche al ponerme el pijama me picaron en la espalda los remordimientos y supe que la culpa iba a estropearme el sueño. Me levanté, y toqué en su puerta. Tomé su sí desganado como una invitación y me senté en su cama.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, con esa delicadeza que obliga a mi padre a bromear conmigo diciéndome que cualquier día me nombran miembro honorario del cuerpo diplomático.

—Nada —contestó ella.

—¿En serio no quieres contármelo?

—No.

Pero en aquel no ya venían empezadas las ganas de contar, y yo me acomodé un poco mejor a los pies de la cama. Se me estaban quedando los pies fríos.

—Es por la cámara —empezó.

La cámara había entrado en casa el día del cumpleaños de mi hermana. El abuelo había leído en el periódico que los de Polaroid iban a sacar de nuevo película para sus antiguas cámaras, y desempolvó su vieja SX-70, aquella réflex capaz de hacer fotos instantáneas, la envolvió cuidadosamente y se la presentó a mi hermana, seguro de que le iba a encantar. Acertó de pleno. Marta estaba entusiasmada. Fue el único regalo que de verdad la conmovió. Y es que estaba fascinada con la fotografía. Decía que quería fotografiar lo que está, pero no se ve: los presagios, las presencias intuidas, la inminencia de algo. Sorprender la imagen de esas presencias reales, cuya existencia todos sentimos, pero ninguno apresamos. Eso quería. Y la Polaroid era perfecta para eso.

El problema era que el abuelo apenas llegaba a fin de mes, y le regaló la cámara, pero sin película. «Vale más de veinte euros y…», fue todo lo que dijo. Marta sorteó la decepción con un beso, y esperó. Con el dinero recaudado en el cumpleaños había comprado la película, que en efecto era carísima. Y decidió emplearla sólo para fotos perfectas, para fotos que no sólo captaran algo, sino que perturbaran con lo que contenían. Fotos que reflejaran lo que no se puede fotografiar.

Esa noche me explicó toda su teoría y todas sus aspiraciones y, por un momento, la vi tan entusiasta y viva como la Marta de antes de la melancolía, como si el mero hecho de hablar la hubiera curado de todo. Pero no. Cuando acabó de hablar, notamos otra vez la crecida de la tristeza en la habitación y sus palabras se quedaron mustias y suspendidas de una rara pesadumbre. Se levantó, se acercó a la estantería y, de detrás de los libros, sacó un sobre. Extrajo su contenido, y lo lanzó hacia mi parte de la cama.

—Son las únicas que he hecho —dijo.

Las miré y me quedé helado. La primera foto era del tío Antonio; era él, sin duda alguna, pero como sucio, como manchado ya por la muerte que poco después le sorprendió. Allí estaba con su sonrisa escéptica, sus pelos en las orejas y una mirada espectral que daba miedo. En su cara tiritaba una suerte de desamparo, una demacrada ausencia, como si su más verdadero ser se hubiera retirado para siempre de su rostro. Marta me dijo que había hecho la foto en el jardín de casa, pero el fondo contra el que se proyectaba la figura del tío Antonio era un paisaje sonámbulo, una especie de bruma grisácea atravesada por una luz inmaterial y borrosa. Había algo sobrecogedor en ella. Y si alguien me hubiera preguntado por una imagen de la tristeza, habría escogido sin duda esa foto.

La otra era un retrato de la madre de Megan, una amiga de Marta. También ella era reconocible, y en la imagen se imponía su pelo hecho de seda y viento y aquella belleza frutal y retadora que aún suscitaba ensoñaciones raras entre los hombres. Era su pelo, su boca escueta de labios finos, su nariz osada y respingona. Pero había también una escarcha triste en su mirada, una suerte de furia vencida en que se adivinaba el embrión del desaliento. Y en el fondo de la foto latía de nuevo esa luz lacia y desvaída que daba a la figura un desvalimiento general, una especie de zozobra.

—¿Te das cuenta? —dijo Marta—. He fotografiado la inminencia de la muerte, quizá la muerte misma.

Los dos nos quedamos callados porque lo que estábamos pensando no cabía en las palabras, en ninguna palabra posible.

—Hice la foto del tío, y a las cuarenta y ocho horas murió —y levantó la mano para callarme antes de que hablara—. Ya sé que me vas a decir que estaba enfermo y todo eso; pero llevaba mucho tiempo enfermo y nada hacía pensar que fuera a morirse tan pronto. Y la madre de Megan…

—Eso fue un accidente —corté, antes de que me lo impidiera.

—Ya sé que fue un accidente; pero está muerta. A los dos días de que yo le hiciera la foto —hizo una pausa, y el silencio se volvió solemne—. Yo creo que es la cámara.

—¿Cómo la cámara?

—La cámara, la cámara con la que hago las fotos; la que me regaló el abuelo. Yo creo que está maldita.

—¡No digas chorradas, Marta!

Se quedó callada, pero con un silencio rencoroso y triste. Se sentía abatida y dominada por una fuerza que no lograba controlar. Yo no solía discutir con ella, porque perdía todas las discusiones. Pero, al verla así, decidí continuar.

—Lo que te pasa es que estás muy afectada y te da por pensar cosas raras.

—Que es la cámara —insistió ella.

—¡Marta!

—Ya sé que parece absurdo, no creas que no lo he pensado yo primero miles de veces. Y no creas que no me está costando trabajo decírtelo ahora mismo. Sí, sí, no me interrumpas ahora, por favor. Ya sé que vas a pensar que me he vuelto loca, porque yo pensaría lo mismo de ti si te presentaras con esto. Pero lo que es seguro es que voy a volverme loca si no se lo cuento a alguien, pero loca de verdad. Tú solo escucha, por favor. Parece absurdo, parece delirante, y lo sé, pero estoy convencida de que la cámara tiene algo, no sé, maldito o raro o como quieras llamarlo; pero algo que causa desgracia. Ya está, ya lo he dicho, y quiero que se quede ahí, sin comentarios, sin nada, ¿vale?

Creí que iba a llorar, pero se contuvo. Y entonces se me ocurrió la idea, y de inmediato se la propuse. Podíamos probar con el canario que mamá alimentaba en la jaula de la cocina. Marta se negó al principio alegando que el pobre bicho no tenía culpa alguna. Pero, al final, accedió.

Esperamos a estar solos en casa. Y, con un sigilo que procedía de la mala conciencia más que de la innecesaria cautela, nos acercamos a la jaula del pobre pájaro. Al ver a Marta temblorosa, me ofrecí a hacer la foto. Pero ella se negó.

—Tengo que ser yo. No podemos cambiar las condiciones. Además, ahora que lo dices, se me ocurre que, a lo mejor, no es la cámara, sino la persona que hace la foto, o sea, yo.

—Por eso mismo, debería hacerla yo.

Eso la convenció. Cogí la cámara como quien coge una enfermedad o un arma. Apunté al canario que trinaba alegre en su inocencia, y disparé. Esperamos ansiosos la salida de la foto, su lento revelado. Empezaban a adivinarse los contornos del pájaro, y las pequeñas rejas de la jaula. Por fin, apareció todo. La foto era normal, no presentaba el fondo desdibujado ni la penumbra melancólica de las otras fotos. La imagen era nítida, y se distinguían con claridad los perfiles de las cosas: el pájaro, la jaula, los azulejos de la cocina, la esquina de la ventana… Todo estaba en su lugar preciso, y la foto no permitía conjetura alguna sobre extraños presagios o funestas inminencias. Era la foto de un canario enjaulado, sin más.

Durante unos minutos contemplamos al pájaro, para ver si sufría alguna modificación de conducta o de aspecto. Nos apenó su inconsciente felicidad, aquella despreocupada manera de lanzar trinos y gorjeos cada vez más melodiosos. La pesadumbre se hizo mayor cuando se adornó con algunos saltos y vuelos cortos, y volvió a cantar. Y las primeras lágrimas brotaron de los ojos de Marta cuando el pájaro picoteó un poco de alpiste y mojó el pico en el agua. Como cualquier ser vivo, se creía inmortal en la felicidad del instante. El pájaro no sabía que, con la foto, le habíamos robado el alma, y su inocencia multiplicaba nuestra culpa.

A las cuarenta y ocho horas, el canario de mamá seguía vivo y la cámara nos volvía a parecer inofensiva. Marta estaba feliz, y no paró de hablar durante la cena. Cuando nos acostamos, la alegría hormigueaba en nuestra sangre y el corazón nos latía con una extraña sensación de libertad.

A las cuatro de la mañana me desperté zarandeado por Marta. Estaba nerviosa y había llorado.

—Ven a verlo —dijo.

El pájaro estaba tendido en el fondo de la jaula. Parecía tan poca cosa allí tirado, con las plumas ya sin luz, los ojillos como adormilados y aquel aire general de quebranto. Su cuerpecillo derribado entre restos de comida y montones de excrementos hacía más injusta su muerte. A Marta le temblaba la voz; a mí, las manos.

—¿Estás convencido ya? —me preguntaba sin preguntarme.

Yo no estaba convencido, sino confundido, aterrado ante el poder letal de aquella máquina, ante el cuerpo ya destituido a mera piltrafa de aquel pájaro tan leve y vulnerable. Tenía miedo. Miedo del pájaro muerto, de la cámara asesina, de mi propia hermana. Me sentía muy frágil allí, en la cocina, con aquella luz desangelada, con la boca seca y en pijama.

Volvimos a la habitación de Marta, y colocamos la cámara en la estantería más alta, como si alejándola de nosotros mitigásemos su poder. Nos pasamos el resto de la noche cuchicheando y el fatigado amanecer nos sorprendió con un acuerdo. Les contaríamos a mamá y papá lo de la cámara.

No fue fácil escuchar las explicaciones de Marta y mirar al mismo tiempo a papá y mamá. Marta hablaba con la vehemencia y la convicción que siempre mostraba; papá la escuchaba al principio con seriedad; pero pronto asomó a su cara una mueca de sarcasmo, un escepticismo zumbón, pero no por ello menos doloroso. Y mamá también le prestaba una atención descreída y maliciosa, como si le estuvieran gastando una broma. Ni mi hermana ni yo habíamos previsto la posibilidad de que nuestros padres no aceptaran su discurso. Menos preparados estábamos aún para la ironía. Pero eso fue lo que encontramos. Al percatarse, Marta se enfadó tanto, que mis padres recapacitaron. Pidieron pruebas, sin embargo.

—¿Queréis más pruebas que lo que acabo de contaros? —se enfureció Marta.

Al día siguiente, papá se presentó con un hamster recién adquirido: era la víctima del experimento. Yo no quise hacer la foto, de modo que él mismo se encargó. El ratón resistió más tiempo que el pájaro: tardó casi una semana en morir. Y esa dilación desató toda clase de conjeturas: ¿estaría perdiendo su poder la cámara? ¿habría muerto igualmente el ratón sin recibir la foto?

Ante el cadáver del hamster, papá diseñó una estrategia de silencio y olvido. Nos hizo jurar que no contaríamos nada a nadie, y aseguró que iba a esconder la cámara en un lugar inencontrable. Cuando Marta sugirió la destrucción total del aparato, papá levantó la mano derecha y, solemne, casi marcial, dijo “tú déjame a mí”.

Al cabo de unos meses, nos habíamos olvidado casi de la cámara. Cierto es que Marta se había vuelto más taciturna y melancólica; cierto también que los animales domésticos habían quedado proscritos en casa. Pero habíamos recuperado la tranquilidad y la vida volvía a sus ordenados quicios.

Hasta la otra tarde. Marta, mamá y yo habíamos salido de compras en busca de un regalo para el cumpleaños de papá, y él se había quedado en casa. Regresamos un poco antes de lo esperado y, al entrar de forma súbita, sorprendimos a papá asomado a la ventana, con la cámara colgada del cuello y apuntando con el objetivo hacia la casa del vecino. Al oírnos, se dio la vuelta. La cámara bailaba en su panza con aire inofensivo, pero todos sabíamos que en su interior se ocultaba el baile de la muerte. El silencio sonaba a reproche. Y papá esbozó una excusa tartamuda.

—Era una broma.

Un olor a decepción nos golpeó desde su boca.

—Es el vecino de la discusión del otro día, el que se negaba a que la comunidad asumiera los gastos de lo del garaje. Pero le apuntaba sólo como terapia. No estaréis pensando que iba a hacerle la foto, ¿no? —agregó papá, y señalaba la cámara como si fuese un juguete. Papá rebajó su acción a travesura para obtener una indulgencia que se adivinaba improbable; Marta, en cambio, la ascendió a traición, y se fue a su cuarto llorando.

La cena fue difícil. Cenamos ensalada de rabia con unas gotas de furor, lágrimas de segundo y de postre mal café. Empezamos en un silencio que se parecía a la tregua, pero en el ruido de los platos y cubiertos ya venía emboscada una agria hostilidad que anunciaba un menú de gritos, bronca y reproches. Empezó Marta exigiendo a papá que rompiera la cámara y nos deshiciéramos de todos y cada uno de sus trozos. Ya había causado bastante daño, y estaba claro que, si la manteníamos, acabaría por causar más. Papá buscó sus gestos más apacibles y su voz más blanda para conceder a Marta que, tal vez, aquella cámara encerraba el mal. Pero que el mal siempre había existido y que lo importante no era ignorarlo, sino saberlo controlar. Marta se rió con desprecio y sugirió que ya habíamos visto cómo papá dominaba el mal, coqueteando con el deseo de matar al vecino. Papá levantó la voz para decir que a él no le hablara así. Y Marta le dijo que él le había hablado como si fuera tonta. Papá dijo que si le había hablado como si fuera tonta era porque a veces lo parecía. Y luego ya fue todo un borrón de gritos y voces y llantos que, no sé cómo, mamá logró detener.

La paz, precaria y frágil, ha durado hasta esta mañana. En el desayuno, Marta ha formulado un ultimátum: le ha dicho a papá que, si al acabar el día la cámara seguía en casa, ella se marcharía. Papá no ha dicho nada. En la comida el ambiente era glacial y la tensión masticable. Si levantabas la vista del plato —cosa que ninguno hemos hecho— podía verse un ciclón cerniéndose sobre la mesa. Hemos procurado no mirarnos tampoco y comer rápido para ver si se acababa ese momento. Pero Marta no ha perdonado.

—¿Ya has roto la cámara, papá?

Papá ha seguido comiendo como si nadie hubiera hablado.

—Pregunto que si has roto ya la cámara, papá.

—No —ha contestado—. Como te dije, me he limitado a guardarla en un lugar seguro.

—¿Seguro? No hay ningún lugar seguro de nuestros deseos. ¿No lo entiendes? Cualquier día cualquiera de nosotros podría desear usar la cámara. ¿Y entonces?

—Está en lugar seguro, y no tengo nada más que decir.

En casa todos sabemos que, cuando papá dice un lugar seguro, se refiere al doble fondo que hay en el cajón izquierdo de su mesa de despacho. Desde pequeños sabemos que es ahí donde esconde las cosas. Nunca se lo hemos dicho por esa rara piedad filial que tan buena prensa tiene desde La Eneida. Pero Marta lo sabía, claro.

Se ha levantado como una fiera de la mesa, y ha ido corriendo al despacho de papá. La hemos oído trajinar ruidosamente allí, hemos oído sus pasos precipitados por el pasillo y hemos escuchado el grito repetido de «¿sabes lo que voy a hacer con esto? ¿sabes lo que voy  a hacer con esto?». Casi de inmediato, la hemos visto aparecer como una furia por la puerta del salón, con la cámara en la mano y el rostro desencajado por la ira. Y hace cuatro horas y seis minutos la hemos visto tropezar en la alfombra, trastabillar dos veces y, sin querer, por supuesto, presionar el botón que dispara la foto. Ha sido como una arruga en el aire. Y todos nos hemos quedado repentinamente quietos. La foto ha empezado a salir; el gris unánime inicial ha empezado a cuartearse y, brumosas, imprecisas, han empezado a perfilarse las primeras imágenes. Todo ha empezado a terminar. Y quiero repetirlo más: empezar, empezar, porque es una palabra que quizá no emplee ya. Al principio hemos querido creer que no, que sólo eran la silla y el mantel, que aquella mancha informe era sin duda la alfombra, pero por fin hemos tenido que aceptar que sí, que allí estábamos los tres, papá, mamá y yo, un poco serios en la foto.

Cuando Marta ha visto lo que había hecho, nos ha mirado a los ojos y no sé qué habrá visto en ellos, pero ha girado la cámara, la ha dirigido hacia ella misma y se ha disparado una foto. Ha salido rara. Su cara parece haber perdido toda disciplina muscular para desfondarse en una fláccida renuncia, en un abandono todavía gruñón y retador, pero falto de energía. Es una instantánea tirada de cualquier manera, un adiós en blanco y negro que trasmite plenamente esa especie de furia débil que Marta padecía en ese momento. Es eso: la foto de una suicida abismada en su infausta decisión. Nosotros, a su lado, hemos salido favorecidos.

Las fotos han quedado sobre la mesa.

Y nosotros aquí estamos, esperando.


Fernando Villamía Ugarte es catedrático de instituto de lengua y literatura españolas y escritor. Desde siempre ha sentido la necesidad de agregar al mundo algunos personajes de ficción, algunas vagas quimeras y el orden suntuoso de los sueños. Por eso escribe. Aunque la mayor parte de su producción se ciñe al relato corto, también cultiva la novela: Judith y Holofernes (2008) y El cuento de la vida (2016). Ha obtenido numerosos premios literarios. Entre los más destacados, en lo que al ámbito del relato se refiere, cabría mencionar algunos como el  XXX Concurso Hucha de Oro  (2002), el Premio Gabriel Miró (2008), el Premio Internacional de Cuentos Max Aub (2013), el Premio Internacional de Relato Corto Encarna León (2013), el Premio Tierra de Monegros (2014), el Premio de Relatos Antonio Segado del Olmo-Villa de Mazarrón (2015) o el Premio Internacional de Relato Fernández Lema (2018). El sistema métrico del alma, de próxima publicación, reúne en un volumen sus relatos.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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