Creación Cuentinos tristes

Ojalatera

Un nuevo cuentín triste de Juana Mari San Millán.

Cuentinos tristes

Ojalatera

/por Juana Mari San Millán/

… Pa’ que la realidad no se sufra tanto,
ojalá que llueva café en el campo.
Pa’ que en Villa Hidalgo oigan este canto,
ojalá que llueva café en el campo.
Pa’ que todos los niños oigan este canto,
ojalá que llueva café en el campo.
Ojalá que llueva, ojalá que llueva,
ojalá que llueva café en el campo…

Lloró, gritó, pataleó. Tendría ocho o nueve años. A esa edad no había tenido tiempo todavía, por fortuna, de conocer un hospital, ni quería adentrarse ahora en ese edificio gigantesco, apabullante a sus ojos. Pacita pasó el sarampión y la escarlatina y las paperas en casa, atendida por la esmerada diligencia de su madre y las visitas esporádicas del médico del pueblo. Hasta la fecha se había comportado como una nena comprensiva, una paciente dócil. Por eso sorprendía tanto esa pataleta furiosa, esa rabieta. La madre, avergonzada, no sabía dónde meterse, asomada al mostrador de admisiones del vestíbulo del centro hospitalario con la niña enganchada, aferrada a su falda, presa de un ataque de histeria extraño por completo. Dirigió una frase aturullada de disculpa a la recepcionista que ponía hocico detrás del mostrador vestibular y salió a la calle, tintada en esos instantes de un aire de color cerúleo, tirando fuerte de una mano de la rapaza. Entonces cesó como por ensalmo el enojo infantil. La madre se agachó, abrazó a la pequeña, le secó las lágrimas.

—De acuerdo, Pacita, hija. Ahora iremos a casa de la tía Maximina y esta noche dormirás conmigo, dormiremos juntas, cariño. Pero tienes que prometerme que mañana por la mañana ingresarás en el hospital para que los médicos te operen y te curen los dolores de la tripa.

Pacita, aquejada de una apendicitis aguda, asintió, dijo que sí como lo suelen decir los niños al acabamiento de una perreta: moviendo la cabeza de arriba abajo y sorbiéndose los mocos mientras el pecho salta a la comba a golpes de hipo. Cumplió su promesa a rajatabla. Al día siguiente entró por la puerta de aquella, a sus ojos, mole hospitalaria como si tal cosa, tan campante.

Pacita tiene ahora ochenta años, si no alguno más. Vive, por desgracia, más tiempo en un hospital que en casa por culpa de la columna, la vesícula y otras dolencias incontables. No acierta a explicarse por qué rendija de la veleidosa memoria se le escurrió por arte de encantamiento ese berrinche remoto, ese recuerdo baladí de cuando habitaba en el país de Nunca Jamás —aunque algunos se empeñaran en cercarlo de concertinas con el propósito de vedar el paso a las niñas—, si tan solo le quedaba transitar, como buena ojalatera ella, por las tierras del reino de Ojalá:

—Ojalá que me muera pronto, que no quiero ser una carga pesada para mis hijos, que bastante tienen con lo suyo, ojalá que me muera pronto.

Y canta, canta y canta porque su memoria, con el paso de los años, se ha transformado en un recinto desbaratado repleto de cantares. Un rebosante cancionero hinchado de bruma.

Ojalá que llueva, ojalá que llueva,
ojalá que llueva café en el campo.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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