Poéticas

‘La edad de las piedras’, de Luis T. Bonmatí

El escritor y editor alicantino publica un poemario escrito poniendo la vida en perspectiva. Sabiendo ya qué ha sido y qué le resta. Qué queda en esta hora de ella, cuando sobre la mayor parte de las cosas (alegrías, desconsuelos, utopías, «aquel cuerpo que fue otro cuerpo»…) lo mejor es ya «desentenderse». José Carlos Díez lo reseña aquí; reseña que acompañamos de una selección de poemas y textos de otros libros de Bonmatí.

La edad de las piedras, de Luis T. Bonmatí

/por José Carlos Díaz/

Los poemarios de la colección Signos, de Huerga y Fierro, salen de la imprenta con la misma pulcra austeridad con la que se reedita a los clásicos; apartados de cualquier señuelo de diseño moderno, huérfanos de ilustraciones ornamentales o de colorines estridentes, alérgicos a las tipografías pretenciosas o al papel barato. Esa solemnidad minimalista, esos generosos márgenes blancos que enmarcan lo impreso, eximen de antemano al poema de todo tributo a cualquier moda. Le dotan de una intemporalidad perfectamente apropiada para quien pretenda sobreponerse a escuelas, trincheras o usos implantados. Son, por eso, la horma perfecta para La edad de las piedras, de Luis T. Bonmatí, escritor y editor alicantino, de no demasiada obra publicada, pero toda ella escrita con riguroso e inspirado oficio.

Conocí a Luis hace cuatro o cinco años. Después de un largo viaje en tren, y tras dejar la maleta en mi hotel de Alicante, tomamos juntos rumbo a Rojales para participar en un asunto mitad mundano mitad literario. El trayecto discurría por la vega baja del Segura, en la oscuridad de una autovía a cuyos lados un sinfín de luces pespunteaban la noche con hilo dorado. Luis me iba señalando qué pueblo era cada caserío iluminado. Por dónde caía el mar. Dónde se levantaba a duras penas algún cerro en medio de la planicie. Y en qué tramo del camino se tomaba la desviación a Catral, su pueblo, del que había escrito unos años antes una novela urdida en cuentos que tituló La llanura fantástica (Huerga & Fierro, Madrid, 1997). Tenía en ese texto el lugar una iglesia en la que un día aparecieron desorientadas dos cigüeñas, y unas charcas donde a veces las ranas se encaprichaban de los veraneantes, y vivía en él una misteriosa mujer que convirtió durante una noche en animales diversos a una partida de tahúres, y también un campanero viudo y sordo que crío en el campanario a un Ícaro. A Luis no le hizo falta de inventarse macondos para fabular con envidiable ingenio, con mucho humor y con apego al terruño que lo vio nacer, sobre la vida y milagros de las gentes y los parajes de Catral, al que, eso sí, le menguó el nombre hasta dejarlo en aquellos relatos de inspiración mitológica en sólo un punto llamado C.

El Catral de la infancia de Luis era un pueblo de casas bajas, «estampado contra su llanura como sobre una piel, gris y arañada por los costurones de un sinnúmero de azarbes, escorrentías y avenadores. Cuando el sol se tiraba a peso contra la llanura, ésta se ponía a arder implacablemente en toda la extensión de su piel, las casas echaban vaho por las ventanas, la humedad chorreaba de las paredes y, tras la tanda de riego, la cosa se hacía aún más caldosa». Allí regresaba el niño Luis a finales de junio, tras terminar el curso escolar. Y allí descubrió su pasión por la literatura buscando en esas tardes bochornosas el fresco entre los libros de su padre.

Sin que entonces pudiera aún ni sospecharlo, el resto de su vida iba a ser en buena medida los libros: leería cuantos pudiera y le apetecieran, poseería unos cuantos en propiedad (aunque eso ahora ha dejado de importarle excepto en unos pocos casos que ama), escribiría alguno, fabricaría e intentaría vender muchos otros. Los libros iban a darle tantas alegrías y problemas, suministrarle tantas decepciones y tanto entusiasmo como las personas, pero de otro modo.

Así lo contaba en tercera persona, la misma que emplea en casi todos sus poemas, el propio Luis T. Bonmatí en una de las mejores descripciones que uno haya leído a propósito de cómo actúa en las almas el veneno de la literatura (El sexto continente, en el diario Información, 31/1/2008).

Un veneno que nos trastorna a veces hasta la obsesión, como se confesaba en el párrafo final de su primera novela Último acorde para la Orquesta Roja (Aguaclara, 1990): «al acabar esta obsesión o novela…». Y nada más acertado era que calificar como obsesión aquel pormenorizado relato de un obstinado empeño: el del hijo de un antiguo espía ruso que busca denodadamente a su padre, a la vez que trata de rehabilitar la memoria de ese hombre que había llegado a creer muerto y al que había dado por traidor. La historia cierta de Luc Michel Barcza, nacionalizado español y locutor de radio en Alicante, que a finales de los ochenta intenta que un escritor acreditado y eficiente replique lo que años antes se había contado en La Orquesta Roja por Gilles Perrault, quien narrara el papel que en la segunda guerra mundial jugaron los espías soviéticos infiltrados bajo la denominación Orquesta Roja. «Esa obsesión de un tipo de 46 años por su padre me puso a escribir», afirma el narrador, un Luis T. Bonmatí que, a su vez, deja traslucir tanto en las palabras con que abre la novela («A mi padre muerto como una desgracia: cerca. Para su padre, vivo como una fe: lejos»), como en el párrafo que a continuación transcribo, con el que volvemos a Catral y que habla de la muerte de su propio padre, la predisposición a convertirse en la pluma que diese forma a aquella obsesión nacida de una ausencia paterna:

[…] Llevaba intactas todas sus maravillosas arrugas: aún era mi padre. Le di un beso como si le estuviera diciendo hasta mañana, y fui adonde mi madre recogía y mojaba las cosas que el tiempo y la compañía acumulan en el cuarto de un enfermo. Antes de entrar en la oscuridad del depósito de cadáveres, donde él había llegado antes que nosotros, miré arriba y vi abrirse una noche de agosto en la que sólo faltaba la Vía Láctea que él me enseñó de niño. Pocas veces he ido a su tumba. No hace falta: allí no está mi padre porque a mi padre yo siempre lo llevo en el bolsillo ya que era risueño, limpio de corazón y no pretendía dirigir a nadie. Ni siquiera necesito ver su foto para verlo.

Lo que allí, en ese extracto de la novela casi encargada, se dejaba traslucir a través de un recuerdo narrado con dolor, toma forma de largo poema en el nuevo libro de Luis T. Bonmatí: La edad de las piedras, concretamente en los versos que llevan por título Tabaco y colonia, jazmines y sábanas: «Padre olía a tabaco mezclado con colonia/ y Madre lo vio dar, vivo, todos los años/ y sus ojos azules a la muerte». Un poema que es una más de las hojas amarillas que, desprendidas del árbol del tiempo, caen como piedras a un camino que se acaba. Así se explica lo que sigue en la Entrada del libro, un soneto que da noticia de lo que el lector se va a encontrar al pasar esa página y leer el resto: «un presente crepuscular desde el que se recuenta el pasado», como acertadamente queda descrito por Ángel L. Prieto de Paula en el cierre del libro.

La edad de las piedras se ha escrito poniendo la vida en perspectiva. Sabiendo ya qué ha sido y qué le resta. Qué queda en esta hora de ella, cuando sobre la mayor parte de las cosas (alegrías, desconsuelos, utopías, «aquel cuerpo que fue otro cuerpo»…) lo mejor es ya «desentenderse» de ellas (Presente pasado). Cuando se consumió nuestra existencia en esos sueños nuestros que a veces querríamos extirpados, pero que sin los cuales seríamos «apenas madera desvaída […] sobre el papel mojado de la vida» (La adivinanza). Cuando, eso sí, aún resiste el recuerdo de los amigos, de las hazañas nocturnas en aquel entonces en que no había más compromiso que conjurar la sombra en compañía (La noche joven, en deuda con Virgilio). Y se guarda memoria de las tardes rojas de pesca, que a veces se volvían casi relatos de adulterio —el propio con la soledad, que se tenía por amante furtiva, y el de otros, más carnal, entrevisto junto a las vías del tren— (La tarde roja). Y se siente nostalgia de quienes nos hicieron, la madre que olía a jazmines y el padre a tabaco y colonia (¡qué poema más hermoso! El ya mencionado Tabaco y colonia, jazmines y sábanas).

En las páginas de La edad de las piedras se le va dando forma a esa materia moldeable que es lo que se tuvo y se recuerda, que es lo que se conserva y se tasa, a través de composiciones que rumian el hueso de la memoria en poemas largos, narrativos casi siempre, y que se apoyan para ese aliento sostenido en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos; de poemas que desprecian, además, la tentación de cualquier sentimentalismo, autoconmiseración o avío atenuante. El recorrido, como cualquier trayecto transitado, y la vida lo es, está jalonado de hitos cifrados. Los títulos de los poemas van precedidos de una numeración que arranca del 0 (0 Presente de pasado), llega al 10 (10 La manera de no ver) y disminuye hasta alcanzar de nuevo el 0 al final (0 Presente de futuro). En el Presente de pasado se glosa la futilidad de las ilusiones perdidas. En el Presente de futuro, atisbado «desde el punto de vista de esos cielos/ en que ya nadie mira», desde el descreimiento entonces, se ordena en piedras maestras, antes de que el hombre como el mundo se deshaga, el laberinto incomprensible de la vida. Traza así Bonmatí, como en una pantalla de constantes vitales, el perfil topográfico de su propia existencia. En los valles de inicio y fin de ese pico que fue ascendido y del que se ha ido descendiendo, un soneto por Entrada que anuncia los «años y leguas» a recorrer, y un Apéndice vermicular —la fauna del humus espera— donde se reflexiona sobre la volatilidad de la palabra como empeño de permanencia «un túnel transparente de vacío».

Aquella noche que conocí a Luis, y tras rematar el lance al que habíamos acudido juntos, fuimos a cenar cerca de una noria antigua y monumental que luce junto al puente ilustrado que salva en Rojales el cauce del Segura, un río que llega exhausto por el regadío a las calles del pueblo. La noche era agradable y silenciosa. La charla franca, como de amigos aun sin serlo todavía. Volvimos a Alicante casi a las dos de la madrugada. No paré de hablarle  en el camino para que no se me durmiera al volante. A la mañana siguiente me recogió en el hotel. Dimos un garbeo por la ciudad. Los cielos habían amanecido limpios y las calles, sin embargo, emporcadas por la huelga del servicio de limpieza. Tomamos café en un mirador que se asoma a la bahía sobre la playa del Postiguet. Quiero creer que, como en los versos finales de La oscilación de la eternidad, Luis pensó entonces: «Esto es vivir […] y aún me gusta». Que por eso calló un momento mientras fumaba mirando al horizonte. Con esa falta de prisa con que me pareció que ya lo hacía todo. Dispuesto, como me confesó, a transitar sin acucias la vejez de su vida: leyendo, sobre todo, publicando libros y disfrutando, cuando le dieran oportunidad, de sus pequeñas nietas. Y puliendo a solas, con cincel amargo, ahora lo sé, las piedras del recuerdo.


Selección de poemas y textos

LA LENTITUD DE LOS RÍOS

Cierta vez, no hace mucho,
cuando vio a otro moverse
despacio por el mundo
él anotó:
«Ese no
tiene prisa en morir.
En llegar a las aguas
de la ciénaga ciega
donde los ríos, madre,
van a dar al salirse
de madre. Esa llanura
ancha y larga, anegada
de agua oscura e inmóvil,
tan distinta del mar
eternamente vivo,
semoviente, al que fueron
a caer y salarse
los deseos extintos
que los ríos transportan».

Cuando acabó la nota,
tras conseguir alzarse
con dolor de la mesa
crujiéndole los huesos.
encamino unos pasos
lentos por el pasillo
a la cocina, lejos,
para hacerse un café
que lo tranquilizase.

Entonces reparó
en que él también ahora
camina y serpentea
cada vez más despacio.

TABACO Y COLONIA, JAzMINES Y SÁBANAS

Padre olía a tabaco mezclado con colonia
y Madre lo vio dar, vivo, todos los años
y sus ojos azules a la muerte. Ella, sola,
estaba con él, solo, poco antes de las doce,
en una habitación del Cardiovascular.
Y aquella misma noche de agosto con luceros
se lo contó a los hijos velando al aire libre
mientras en su camilla el cuerpo adelgazaba
exento bajo un lienzo. «En su pueblo seguro
que de las casas vuela ese olor vegetal,
de las pilas de pieles que en el suelo se arrugan
cuando se las desprende de las almendras nuevas,
ese olor verdinegro.» «Si no hubiera fumado».
«Todos necesitamos muletas para andar
por aquí.» «Pero si él no se tragaba el humo.»
«Ni el humo ni otras cosas.» «Los pequeños miraban
desde abajo hacia arriba, él salía despacio
al balcón y agitaba la mano y sonreía.
Pero ellos ignoraban que estaba despidiéndose.»
«Cuando dos se despiden es que antes ya se ha ido
al menos uno de ellos.» «Me miró al vaciarse
con esa mansedumbre.» «Se espantan cuando van,
pero cuando han llegado todo es docilidad:
he visto el moridero.» «Me escribió unas poesías…
Discutíamos mucho.» «Poco a poco el relente
nos ha desapegado de la ropa, anda, alcánzame
la rebeca.» «A las ocho empezaré a llamar.»
Madre olía a jazmines y a sábanas muy limpias,
y muy poco después se volvió a enamorar
de aquel que ya no estaba: cualquiera pudo verlo
en su forma de hablar a solas, o con él,
o a veces con los hijos; y cuando cocinaba
lo que a él más le gustó para comerlo a solas
con una devoción sacramental; y cuando
le rezaba optimista; y en lo que comentase
al ir por algún sitio al que antes fueron juntos
y al mirar en papeles o en fotos el pasado
que ya estaba virado al sepia en su recuerdo.
Más tarde y con más tiempo ella empezó a observar
de otro modo sus manos, unas manos que nunca
había descuidado, largas, finas, blanquísimas,
con uñas sin pintar pero bien recortadas,
perfiladas a lima, sin huella de padrastros
y cuya nívea piel aún suavizaba más
la crema de Nivea. Con ellas desde siempre
había mantenido una amistad muy fiel.
Antes tuvo interés en otras pocas cosas:
su salud, por ejemplo, sus pastillas, la casa
y la limpieza, el libro de rezos bien ceñido
por una goma elástica, y las plantas del patio,
y aquellos nietos dulces que crecían haciendo
que brillaran sus ojos; y la inquietaban mucho
los hijos segregados, a los que interrogaba
siempre que iban a verla sobre ellos y sus cosas,
la marcha de la vida, para después, a veces,
llorar por el futuro. Pero cuando empezó
a mirarse las manos de aquel modo fue como
si estuviera embarcada ya hacia alguna otra parte
o ya hubiera alcanzado otra forma de piedra.
Oía, sí, las cosas, miraba y preguntaba,
pero aquel interés no era más que educado:
sobrevolaba el mundo porque estaba de vuelta
y ya sabía cuanto tenía que pasar
antes de que pasara: todo estaba reunido
en sus manos y todo con ellas se frotaba.
Cierta vez, acercando a sus ojos el dorso
de su mano derecha, dijo: «Precisamente
ahora, mira tú, me viene el nombre de esto;
me lo enseñó mi padre cuando yo aún era joven».
Sobre su piel flotaba, como un charco marrón
en una blanca sábana, lo que ella señalaba:
una mancha de bordes difusos, complicados
por falta de colágeno. «Es Flor de Cementerio»,
dijo y miró una nube. Y luego se calló
y volvió tiernamente a flotar sobre el caos.

La edad de las piedras, Luis T. Bonmatí (Huerga y Fierro Editores, 2018)


Ícaro

El fantasma silencioso y muy educado que vive en este campanario es el de Pascual Bernabé Menárguez.

Hijo del tío Congris, un padre pobre al que, con su nacimiento, dejó viudo, Pascual consiguió sobrevivir precariamente a su propio parto sólo gracias a los buenos oficios de una célebre comadrona, de corazón tan amplio y envolvente como sus carnes y su lengua. Don Trino, aquella especie de cura o vendaval llegado del otro lado de los montes que resultó tan desbocado como generoso —sólo de corazón, no de bolsillo—, dotó al padre de Pascual con el ensordecedor oficio de campanero para que, pudiendo alimentar a su hijo, sobreviviera pese a su nueva soledad. Y antes incluso de que echara a andar, Pascual ya había sido encerrado con ternura en el paralelepípedo vertical adosado la fábrica de la iglesia, de donde, como un Quasimodo de aldea, nunca le fue permitido salir. Se ignora si su padre lo destinó a vivir aislado a la perfección entre el cielo y el suelo sólo por deseo de tenerlo poseído de modo extraordinario, o también para reproducir en aquel hijo único la locura que desarrolló a raíz de la conjunción en su biografía de estos dos hechos: uno, la pérdida de su mujer; y dos, la adquisición de una sordera feroz, a causa de los campanazos, que lo dejó separado para siempre.

El caso que, durante su corta vida, Pascual sólo habló con un padre que no hablaba demasiado y todo lo conoció a través de las palabras gritadas que éste le dirigía como cordeles de cáñamo destinados a incorporarlo al enredamiento neurótico que había ideado para mantener a su hijo enclaustrado para siempre. Al niño nunca se le permitió trascender desde la torre hacia el mundo escamoteado. Fue amamantado por las manos intrincadas de un loco, habilísimas en la creación de laberintos por los que Pascual se perdía con un aire podrido, y creció entre esas manos como una marioneta, sin compañeros de juego ni enemigos de escuela. Se vio obligado a aprenderlo casi todo pero de otra manera: a jugar solo, no para divertirse, sino para no aburrirse; a andar, sí, pero con pasitos cortos para hacer más largos sus caminos limitados y más altos aún los peldaños de su escaso territorio; a leer en un libro monótono y monocromo cuyas páginas únicamente podía pasar su padre; a trabajar con los números contando los bancales y las gentes que andaban por abajo; a hablar algo de lenguas extranjeras para entenderse con los vencejos, las golondrinas y los murciélagos, aunque fuera sólo por señas: antes de cumplir nueve años, Pascual ya estaba sordo también y, como su padre o mucho más que éste, sólo era capaz de vivir en su interior. No llegó a conocer la risa, porque eso es algo que debe aprenderse por imitación y su padre jamás soltó delante de él el trapo de las carcajadas.

Dispuso, a cambio, de toda la vega y, mirándola, aprendió los colores cambiantes de la tierra, que por un lado, el oeste, cesa al pie de las sierras de Crevillente y de Callosa, y, por otro, hacia el este, más allá de Santa Fe, y a diferencia del mar, desaparece sin una sola ola o temblor bajo una raya móvil de mar azul o verde, según los días, entre las desembocaduras secas de los ríos Segura y Vinalopó. Tan sólo hizo como los demás lo inevitable, crecer; y esto le enseñó a contar el tiempo.

Cuando cumplió diez años, comprendió que desconocía el mundo, porque había descubierto su existencia. Algo poderoso se movía a sus pies, más acá del cementerio viejo hoy desarbolado como un desierto y, no podía ser menos, enterrado bajo de sí mismo tras ser vaciado de muertos. En efecto, por las mañanas, con el sol veía salir a los hombres, cada uno montado en su bicicleta, hacia La Erica, Lo Zabala, Lo Chicharra o en dirección a La Roba: pero los hombres siempre iba disparados, nunca miraban hacia arriba, no lo miraban a él. Luego, los hijos marchaban a la escuela y las mujeres empezaban poco a poco a moverse como gallinas negras haciendo sus mandados, barriendo y rociando las puertas de sus casas sin parar de cacarear, hasta que, poco después de que se metiera cada una debajo de su tejado, un sinfín de tiras de humo empezaba a salir por las chimeneas y a Pascual, enseguida, le llegaba el olor mezclado de todas las comidas. Alguna de estas buenas mujeres, a veces, levantando la vista, miraba extrañamente, naturalmente, la figura sorda y apenas perceptible que asomaba allá arriba, debajo de las campanas, por alguna de las altas ventanas sin cristal.

Perdido y aislado, pues, en el invisible dédalo creado por el padre enloquecido, sin posibilidad de transgredir jamás las leyes no escritas que le habían sido impuestas, no era posible que Pascual acertara con salida alguna. Pero, cuando tuvo quince años, una tarde su padre se distrajo y le contó —por señas, claro— que cierta vez un tal Elías había subido a los cielos volando en un carro de fuego. Aquella misma noche, sin moverse, él soñó que quería tener alas; que, andando con naturalidad, abandonaba la inmovilidad de su encierro; que poco después llegaba cada día hasta un trabajo cada vez mejor pagado; que su padre no estaba la tarde en que él vio pasar, rasando naranjos, un ultraligero que podía tocar con sus manos sólo con extenderlas despacito; que el ultraligero se alejaba por los caminos abiertos del aire llevando a un chico de su edad. Todo esto soñó y, también, que casi durante tres años, cada semana, al volver al tajo, él guardaba en su campanario, bajo una piedra secreta, el dinero que había ganado. Para que el padre no pudiera robarle el sueño.

Así, hasta que llegó un momento en que Pascual ya no podía seguir vivo si no montaba en un estrépito como el que había visto volando. Entonces levantó la piedra, recogió su dinero y se compró unas alas con motor. Subió a su ultraligero, se apretó el barboquejo del casco y despegó hacia el sol, que, como era el de enero, en C estaba blanco y alto y frío, sin despedirse de un padre al que dejó abajo gritando algo que él no pudo oír: quizás le prevenía o quizás rechinaba con la frustración de ver irse su obra.

Sólo un instante voló libre sobre los árboles y las barracas sueltas de la huerta, pero fue el instante más largo y maravilloso de todos los instantes y le alcanzó hasta para darse cuenta de cómo era el mes en que iba a morir. Salido de fiestas, en este punto, aunque nieve sólo cada setenta años, enero es un mes blanco: el sol se pone pálido, muchos trozos de tierra blanquean abarbechados en espera de ser sembrados o plantados, la escarcha se transparenta fría mojando las mañanas, las alcachofas y las habas tienen sus verdes sucios como de cal, los árboles se aclaran dormidos, muy quietos, y una humedad imposible, contra la que no existe defensa, ensabana el aire, humedece los huesos de la gente y empapa las fachadas, que chorrean manchas oscuras. Pascual enfiló su aparato hacia El Cabezo y se hundió de pico en la tierra como si ésta continuara siendo el mar que había sido siglos antes, como si él fuera un martín pescador en busca del pez imposible.

Al enterrarlo, la tierra apagó dentro de su ceniza clara el ruido del pequeño motor: y es que Pascual Bernabé Menárguez, que lo había soñado casi todo, había olvidado soñar el aprendizaje del vuelo.

Al día de hoy, se desconoce qué tal le va de muerto adulto. Como ni en el cementerio nuevo ni en el viejo ha habido jamás tumba alguna a su nombre, su alma debe de continuar entre cuatro campanas. Perdidica.

La llanura fantástica, Luis T. Bonmatí (Huerga y Fierro Editores, 1997)


[…] Uno, más o menos, dedica la vida a aprender a escribir. Lee, comenta, aprende, ensaya, va recogiendo elementos dispersos con los que, en cierto momento, compondrá un puzzle maravilloso. Escribe poco: a veces porque no quiere, a veces porque no puede, a veces porque no lo dejan o no sabe. Acierta de tarde en tarde en pequeños intentos, que los amigos le alaban. Le dan algún premiecillo o empujoncete. Recibe críticas de desconocidos, por lo general buenas. Y llega un momento en que uno se ve dueño de la escritura y conocedor de la vida; entonces puede escribir una novela. Abandona en ciertos momentos. Desespera. Pero el absurdo de escribir algo decente vuelve a salir siempre, cada vez con más frecuencia y poder según la edad aumenta pero el tiempo disminuye. Hasta que se fija como un clavo, y entonces ese absurdo —al ser el único que a uno lo mantiene con vida, pero al no acabar de conseguirse— se hace innumerable. Si cesa, entones uno está perdido para siempre. Y muchas veces cesa. Conozco casos.

Hace más o menos un año que empecé a fabular mi novela. Un año tan desastroso que no pude escribir ni una línea; pero esta vez sólo por falta, lo que se dice ausencia, de tiempo. Durante ese año fue creciendo desde casi la nada hasta convertirse primero en un mundo paralelo, que ha venido conmigo a todas partes nublándome el resto, desvaneciéndomelo. Luego en una patria desde donde he mirado para las demás como si fueran una novela.

Y, como un año de fijación da para bastante, no tenía sólo el argumento. Tenía también la estructura, las partes en que iba a dividirla, la cita que la abría, el título, los subtítulos, los tiempos verbales y las personas gramaticales en que iba a ser cada parte escrita, los puntos de vista que había determinado emplear, el tono o mejor dicho los tonos —porque se trataba de una novela tan amplia como un río circular que atravesara varios países—, los personajes, las acciones, la trama o mejor dicho las tramas, y la documentación: en fin, todo. Pero todo estaba en un cajón, que nadie podía abrir para leer mi novela porque para eso sería necesario que se me trepanara. Y una novela, si no es leída, ni es novela ni es nada. Como la vida.

Último acorde para la Orquesta Roja, Luis T. Bonmatí (Editorial Aguaclara, 1990)



La edad de las piedras
Luis T. Bonmatí
Huerga y Fierro, 2018
90 páginas
14€


José Carlos Díaz Pérez (Gijón, Asturias, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).

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