Narrativa

La moral del comedor de pipas

La última novela de Pedro de Silva, 'La moral del comedor de pipas', es una aventura fantástica y real a la vez, y hondamente vitalista, cuyos personajes podrían ser vistos como superhéroes si no fuera porque parecen encontrar su refugio en lo que para el orden del sistema sería el inframundo, dando a entender que solo en este habría alguna salvación. Publicamos una reseña de Pedro Luis Menéndez, el primer capítulo del libro y algunos de los dibujos de Álvaro Noguera que lo ilustran.

La obra literaria publicada de Pedro de Silva (Gijón, 1945) se plasma en una veintena de títulos de ensayo, poesía, teatro y novela, además de sus colaboraciones periodísticas, que incluyen una diaria para el Grupo Prensa Ibérica desde hace un cuarto de siglo. En la novela ha cultivado géneros diversos: ficción política (Proyecto Venus letal. Júcar, 1989), anticipación (Dona y Deva. Alfaguara, 1995), erótico (Kurt. Tusquets, 1998; La mosca. Laria, 2005), negro (Una semana muy negra. Losada, 2003), costumbrista (El tranvía. Losada, 2006), si bien con un denominador común: casi siempre son novelas de acción e ideas, se complacen en cierta provocación y denotan, sin excepción, un empeño en trascender la realidad aparente, lo que les proporciona una atmósfera de inquietud. Son ésas también las claves de su última novela: La moral del comedor de pipas (Trea, 2019), una aventura fantástica y real a la vez, y hondamente vitalista, cuyos personajes podrían ser vistos como superhéroes si no fuera porque parecen encontrar su refugio en lo que para el orden del sistema sería el inframundo, dando a entender que solo en este habría alguna salvación. Paródica, delirante, salvaje, irreverente y procaz, de apariencia disparatada y, a la vez, de una severa racionalidad de fondo, tanto en su radical registro crítico como en su estructura y dicción narrativas, La moral del comedor de pipas adopta el tono de una épica contemporánea (la epopeya de unos seres que deambulan por el delgado filo entre la realidad y el delirio), volviendo así al origen mismo que suele atribuirse a la novela, aunque a la vez, bajo su humor escatológico, insinúa una propuesta ética de calado. Lo que sigue es una reseña de Pedro Luis Menéndez sobre el libro y su primer capítulo, así como algunas de las ilustraciones de Álvaro Nogueira que lo salpimentan.

Pedro de Silva

La moral del comedor de pipas

/una reseña de Pedro Luis Menéndez/

Un colega muy querido comentaba con frecuencia que él medía la calidad de un diccionario a través de la comparación entre los términos conejo y liebre. Si el artefacto a juzgar definía conejo como «animal parecido a la liebre» y a liebre como «animal parecido a un conejo», mejor entendíamos que los lexicógrafos (esa gente tan seria que elabora diccionarios) ni son tan serios como simulan ni tienen ningún deseo de serlo. Si se pregunta usted qué relación guarda esta anécdota un tanto absurda con La moral del comedor de pipas, última novela recién publicada por el escritor Pedro de Silva, le diré que alguna relación sí que tiene, y si se pregunta que por qué le estoy contando esto, le responderé que porque me ha venido a la cabeza.

Aunque tal cosa no ha sido lo primero que me evocaron estas páginas, ha sido otra: la película de Alan Parker Pink Floyd – The Wall, y sus secuencias animadas. Con esas imágenes arrancó mi lectura, pues desde los primeros capítulos de La moral del comedor de pipas me sentí sumergido en una película de animación, eso sí, a su manera. Y su manera no es la turbación sobrecogedora de Gerald Scarfe y Roger Waters, sino una enorme sonrisa (o esa risa corta sin grandes aspavientos) que fluctuó a menos o a más durante toda la lectura incluso en los momentos en que la sonrisa se convierte en una mueca amarga, asunto no deseable éste de pensar si se atienden las instrucciones de los de abajo.

La incorrección radical de sus páginas, buscada y hallada, fue para mí el detonante de un regreso a los modos de leer de la adolescencia, atropellados y potentes como pelotazos que rebotan una y otra vez con las paredes hasta hacerlas tambalear y derrumbarse. Y en su caída empezaron a mostrar aquella frescura que, las más de las veces, la literatura contemporánea española ha abandonado con la vergüenza del nuevo intelectual, para quien el humor y la sátira juegan en ligas menores, olvidándose así (tal vez porque no ha conocido otra cosa) de que ambos dos —tanto el humor como la sátira— están en las raíces de todo cuanto fuimos, si es que alguna vez fuimos algo.

Así que empezaron a desfilar por mi cabeza El Bosco y su infierno, Brueghel el Viejo y su muerte triunfante, el Príncipe Galeoto y sus siete damas, Chaucer y su peregrinación a Canterbury, Juan Ruiz y sus serranas, el buen Patronio y, por supuesto, Lázaro, don Pablos y una larga hilera de tipos cachondos (y de tipas) guiados por la imaginación de un ejército de escritores que no han logrado sobrevivir a esta época tan correcta. Y quizás cerrando la procesión, me encontré a Kafka mientras leía sus relatos ante las carcajadas de sus amigos, o a aquellos estudiantes de Salamanca que se partían el culo con Maritornes o con las cagaleras de Sancho.

Por todo esto, y por otras cuantas sinrazones, he disfrutado como un niño de la lectura de La moral del comedor de pipas pero, también como un niño, he sentido las punzadas y las espinas que te esperan en los dobleces del libro, porque un sabio sin cierta dosis de amargura (y si se quiere, cinismo) no es un sabio, es un bobo; inocente pero bobo. Y es posible que ya lleguemos con retraso a la edad de la inocencia, en este siglo XXI de vallas interiores, de castillos cerrados que castran toda posibilidad de que brote la fiera, hoy reclamo de un parque temático, domesticada al gusto del cliente.

Aquí no, aquí uno acaba por encariñarse (mal que le pese) con Luca(nor) y con esas andanzas y desventuras que nos pasean por sus olores, sus partes no tan íntimas ya a nuestros ojos, y sus lides más o menos conyugales o apareatorias con la Leti, la Magnolia, la Jana y demás seres que pueblan estas páginas densas o ligeras (según se quiera ver) de un mundo en guerra desde antes de que tuviéramos memoria de su propio existir. Si es que tiene un existir propio y no se trata de una gran pantalla, de una pantalla gigantesca que, en ocasiones, permite que nos asomemos al otro lado, al del miedo que acompaña a la risa. O al revés.

Ya decía en su momento (y van años) Mijaíl Mijaílovich Bajtín que la novela —a propósito de Rabelais— expresaba la cultura popular carnavalesca, y que este género bufo servía como contrapunto al modo de ser rígido —propio de la aristocracia— de la realidad. Y si no le parece mal que siga con Bajtín, éste cuestionaba del formalismo ruso justamente eso, que sólo atendiera a lo formal, porque no entendía que el creador pudiera desentenderse de un plano ético, entretejido con el estético.

Algo (o mucho) de carnavalesco tienen también las ilustraciones de Álvaro Noguera, que esbozan, desde la misma portada de esta edición, la difícil línea entre lo de fuera y lo de dentro o, si se quiere, entre los dos lados de la valla, que se traspasa una y otra vez con el ritmo fluido con que se desenvuelve el relato, de modo que, como ya señalé con anterioridad, resulta complicado detenerse en algún momento de su lectura (a pesar de la división en capítulos cortos), como ocurre exactamente cuando comemos pipas, ansiosos y al tiempo temerosos de que llegue la última, la última pipa y la última página, y nos precipitemos en ese vacío que ocultan los puentes.

¿Qué diría Topo a todo esto? ¿Acudiría a su amigo Guillermo, el criador de burros, o se limitaría a contemplarnos con sus ojos amorosos? ¿Recordaría los buenos tiempos, aquellos que son fruto de nuestra invención, o abandonaría, resignadamente aterrorizado, cualquier posibilidad de vínculo sea del tipo que fuere?

Tal vez, en un último intento, se detendría a pensar en las vocales, más bien a obsesionarse con las vocales, con esa perdida fijación del miope cuando se quita las gafas y, de tanto mirarlas, desde esa risa sonreída y tierna que marca el fin, terminaría por convertir La moral del comedor de pipas en La moral de don Pedro de Silva para, liberado ya de consonantes, afrontar una segunda lectura y disfrutar. Más.


Ilustraciones de Álvaro Noguera

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Primer capítulo del libro

[Momos]

No tengo muchos recuerdos de mi abuelo que valgan la pena, pero me han quedado bastantes lecciones y refranes, y uno que debería enseñarse en las escuelas: «cada cual se la menea como mejor le sube el jaboncillo». Mientras la mayoría de la gente se ocupa en meter las narices en la vida de otros (y si pueden las manos, hasta por encima de los codos), mi abuelo, y luego mi padre, me enseñaron a no hacer esas cosas, aunque nunca me dijeran una palabra sobre no meterme el dedo en la nariz. Hay distintos modos de educar a los niños.

El Perro es de los tipos que quieren meterse como sea en la vida de uno. En la oficina está pendiente de nosotros, de las llamadas que hacemos, los correos que nos mandan o lo que tenemos en la pantalla del ordenador, pero si lo hace no es para que no distraigamos el trabajo o por ahorrarle dinero a la empresa, sino intentando descubrir algo de nuestra vida privada. Cree que es el pastor, nosotros las ovejas, y tiene propiedad sobre nuestra vida, incluso con derecho a montar a alguna oveja si se siente apretado.

Cuando lo veo acercarse dejo caer al suelo el Código del seguro, que siempre está sobre mi mesa.

¡Blaaam!

Los ojos del Perro, que me tenían clavado en el punto de mira, se van hacia el libro que ha quedado tendido en el suelo, todavía envuelto en algo, una especie de fuerza, como si aún tuviera el ruido revoloteando alrededor. Aprovecho para salir del correo y volver a las casillas de la póliza. Luego me agacho a recoger el libro, un poco de lado para no poner la popa en la enfilada del sátiro, y vuelvo a sentarme.

El Perro examina mi pantalla, echándome por encima un aliento a güisqui barato, pues se mete uno después del desayuno. Todo en orden. Luego mira las dos pantallas de mis ojos —que protejo detrás de las gafas— para descubrir algo, miguitas de una comida que yo le haya ocultado. Pero tengo los de ver muy bien entrenados. Se los muestro sin aguantarle la mirada (el imbécil se siente mejor cuando el que tiene delante la baja: a veces después me da una palmadita en el cuello, como a un caballo dócil), luego los vuelvo a colocar en la pantalla y empiezo a teclear.

El Perro sigue su ronda. Ya no pasará por aquí hasta dentro de media hora más o menos. Abro otra vez el correo.

Mensaje a Cool:

—Esta mañana los momos debían de andar entre los jardincillos que hay debajo de mi casa, pues noté una idea extraña que empezó a hacerse en mi cabeza sin previo aviso. Como aún no sé cómo sacar al animal salvaje, por mucho que lo llamo, hice lo que me indicaste, empecé a mover la cabeza para los lados a la vez que decía no, cada vez más deprisa y más alto, hasta llegar a dar grandes voces: ¡nooo!, ¡noOO!, ¡NOOO! Entonces la idea se fue, o sea que los momos debieron de salir corriendo. Lo malo es que también salió asustada Leticia de casa y se puso a tranquilizarme en medio de un corrillo de vecinos paseantes de perros, y hasta Pompeya se restregaba contra mis piernas, y no como suele hacer cuando le sube el amor, pues me miraba con ojos angustiados. Para que no me tomaran por loco de remate empecé a golpear con el dedo el periódico deportivo que llevaba en la mano diciendo en voz muy alta «¡no hay derecho a que hagan esto con la afición, no y no!», con lo cual creo que los vecinos se fueron algo más tranquilos, y solo comentaban «a algunos el balón les hace perder la pelota», «el fútbol los pone locos», «es un tipo raro, pero no le veía yo tanto genio», y cosas así.

Cool, al contestarme, pide que concrete para hacer su parte de guerra. Quiere saber de qué tipo eran las ideas que se me iban metiendo en la cabeza. Como no le entiendo bien, se lo digo y me aclara que lo que quiere es el argumento. Hago un rastreo por lo que recuerdo y se lo pongo:

—Tenían que ver con los mismos jardincillos por los que andaba. De pronto me parecieron muy descuidados, lo que me causaba angustia, y me sentía empujado a limpiarlos y recortarlos de inmediato para encontrarme bien otra vez. Luego empecé a pensar en cómo limpiarlos y me acordé de haber leído algo de un spray para que no crezcan hierbajos. Veneno. Luego me vino de pronto una oleada de amor por Leti, y me embargó   la dicha con solo imaginarnos rodeados de hijos disfrutando todos juntos del hogar, mirando los anuncios de la tele en familia y viendo cómo se iban haciendo mayores los chicos mientras nosotros nos hacíamos viejos.

Me contesta en seguida:

—Ya. ¿Nunca habías pensado en eso antes?

Al leer esto me sentí ofendido, pero reaccioné sin perder la calma:

—Coño, sargento, la duda ofende; Leti está loca por tener enanos, pero de solo pensarlo me entra tiritona.

Tardó un poco en responder:

—Bien, ya, entiendo. Momos. Sin duda son momos. ¿Te imaginaste a tus hijos salir corriendo de casa a despedirte con un beso cuando te vas temprano con la cartera y ellos aún no han terminado de desayunar? Seguro que sí. Y, ¿a que huelen a colonia infantil y a nada que recuerde al cuerpo, y Leti, que te dice desde la puerta «adiós querido» con ojos tiernos, atufaba a desodorante?

No era exactamente ese el pensamiento, pero muy parecido. Este Cool adivina lo que tengo en el tarro.

Salgo otra vez del correo, mando todos estos mensajes a la basura y luego los borro para siempre. El Perro, a veces, se queda fuera de hora para revisar nuestros archivos.

Se acerca Brianda, expulsando feromonas como de costumbre, se agacha para decirme algo y me habla muy cerca. Cool dice que eso nunca debe hacerse, pues es meterse en el «fanal fenomenológico» de uno. Así lo llama,«fanal fenomenológico». Brianda, cuando me ronda, me deja perdido de sus dichosas feromonas, sobre todo en primavera, y no puedo evitar que me la ponga dura al tiempo que me dan arcadas (un asunto curioso). Cuando ven ya cerca la meta de los treinta el cuerpo les pide a gritos apareo y fecundación. Ella al andar por la oficina va polinizando lo que encuentra a su paso. Yo no le gusto, por supuesto, no se trata de eso; el caso es regarlo todo, como si echaran un insecticida. Nos ven como cucarachas.

Magnolia es otra cosa, la mujer más guapa que he visto nunca, y encima una compañera que te ayuda siempre que puede y procura poner apodos cariñosos a los colegas. A mí me ha puesto Luc desde el primer día y he entendido siempre que era por Luc Skywalker, el valiente y guapo jovencito de las primeras entregas de La guerra de las galaxias (aunque haya envejecido mal en las últimas). Sé que es un amor imposible pues, además de tener mucha más clase que yo y todos los de la oficina juntos, por la alegría que tiene en el cuerpo y se le estira en la sonrisa da la impresión de estar bien follada, lo cual es como atacar un castillo con foso y sin puente levadizo. Ella, que me lleva bastante más de veinte años, me mira con cariño como de madre, y yo a ella con amor como de hijo algo salido, pero con tanto como y como no hay comida y ni me acerco al plato. El Perro la codicia y creo que la acosa y, al no dejarse ella, le hace putadas con las pólizas. «Un día tendrá su merecido», le dije a Magnolia cuando después de una trastada del Perro la vi haciendo pucheros.

«Jaboncillo», decía mi abuelo en la frase que me dejó en herencia. Una palabra rara. Nunca supe  si se refería al canuto o al jugo del canuto. Puede que él tampoco. Debió de habérsela llevado del pueblo cuando de joven dejó el olivar, con tanto aire puro y tanta hambre, para subir al Norte buscando trabajo en las fábricas con ese humo que alimenta. Hace unos años, poco antes de cascar con más de noventa en el Distrito Federal (que en el barrio donde vivíamos tenía algo de pueblo), solía ponerse gorra visera y un blusón con el que iba inflado como un globo y se iba a pasear con su bastón terminado en garrota. Cuando iba vestido así se le veía en su ser, como si hubiera recuperado el primer envoltorio, y usaba muchas palabras de esas que nos vienen tan de lejos y tienen dentro más sabiduría que una guía telefónica, el libro con más personajes que yo he visto nunca.

No creo que la frase del jaboncillo la haya sacado, como otros dichos y refranes suyos, de El conde Lucanor, el único libro que había leído en su vida y que me entregó poco antes de morir como un sagrado legado. No lo he leído todavía, pues los libros me dan una especie de repelús, como de emparedados incomestibles, pero a través del abuelo me han llegado sus enseñanzas.


La moral del comedor de pipas
Pedro de Silva
Trea, 2019
288 páginas
18€

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