Mirar al retrovisor

Crímenes ejemplares: de la bomba Orsini a la furgoneta blanca

Joan Santacana compara y, en cierta medida, equipara dos crímenes separados por 125 años: la bomba del Liceo de 1893 y el atentado yihadista de las Ramblas de Barcelona de 2017.

Mirar al retrovisor

Crímenes ejemplares: de la bomba Orsini a la furgoneta blanca

/por Joan Santacana Mestre/

Max Aub cita en su libro Crímenes ejemplares este texto, revelador de la poca importancia que a veces los asesinos dan a la vida, especialmente cuando no es la suya: «¿Cristianos éstos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos ésos que temen a la muerte cuando les prometen la resurrección? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables! Emponzoñan el aire. Los que temen morir no merecen vivir. Los que temen a la muerte no tienen fe. ¡Que aprendan, de una vez, que existe el otro mundo ¡Sólo Alá es grande!».

Hoy quisiera escribir sobre crímenes ejemplares, porque son modelos que se repiten una y otra vez.

La prensa de Barcelona del día 10 de noviembre de 1893 habla de un atentado terrible que dejó huella en la ciudad: la bomba del Liceo. El teatro estaba lleno a rebosar; se estrenaba una opera nueva: Guillermo Tell. Eran las diez horas y catorce minutos; la soprano Virginia Bameri estaba finalizando el segundo acto y la gente ya estaba aplaudiendo cuando, de pronto, un estruendo enorme sacudió el Coliseum barcelonés. La platea y los palcos se conmovieron; miles de astillas de madera y una densa humareda salió de la platea. Se oyó un clamoroso espanto; alaridos y gritos. Los espectadores, turbados inicialmente, buscaron las salidas en una enorme estampida. La confusión fue horrorosa. Pasados unos segundos, el espectáculo era aterrador:  A mano derecha, desde la fila catorce, había unos enormes charcos de sangre; el periodista de La Vanguardia que se desplazó al Liceo casi a los pocos minutos, dado que la redacción estaba próxima, describió horrores como el de «una señora vestida de blanco, con la cara completamente destrozada, lo mismo que la parte superior del tronco, de tal manera abierto que dejaba al descubierto la cavidad torácica, convertida en una masa enorme de pulpa sanguinolenta». O el de «una señorita joven vestida de blanco, a la que su propia sangre salpicaba de un modo horrible, empapando en grandes manchas la blancura del traje». En el salón de descanso «había una señorita joven y hermosa, vestida de blanco, que tenia un agujero en la sien y destrozada la órbita del ojo derecho». Murieron diez chicas jóvenes, dado que aquel día muchas de ellas estaban celebrando su puesta de largo, vestidas de blanco. Sus nombres eran Dolores Torres, Eulalia Oller, Consuelo Guardiola, Marta Giraudier, Mercedes Plaja, Nieves Cardellach, Basilia Cardellach, Flora Esteve, Margarita Moreu y Bendetta Pellegrineschi. También murieron sus acompañantes, nueve hombres en total, y una gran cantidad quedaron mutiladas o heridas: Elisa, Rosita, Rosa, Josefa, Dolores, Mercedes, Luisa, Josefa, Navidad, Romana, Irene, Leonor y Pilar, junto con doce caballeros.

La policía empezó en seguida a detener a jóvenes anarquistas por centenares, puesto que se había declarado la ley marcial y cualquier garantía constitucional estaba suspendida. Muchos detenidos, conducidos a las mazmorras del lúgubre castillo de Montjuïc, fueron sometidos a torturas durante días.

Las pesquisas policiales permitieron identificar a los autores materiales y a los encubridores del atentado. El autor material era un joven turolense de apenas treinta y un años años que se llamaba Santiago Salvador Franch. No era de extracción pobre, ya que sus padres eran campesinos acomodados de Castelserás. Él tampoco era un marginado, aun cuando se escapó de su casa amenazando a su padre con un revólver. En aquel entonces se le atribuían ideas carlistas o integristas. Fue a Barcelona y allí se casó, siendo padre de dos niñas. Abrió una taberna, pero no tuvo éxito y se endeudó, con lo que perdió el negocio y tuvo que trabajar de asalariado y en pequeñas estafas ilegales. En la ciudad conoció a otros jóvenes anarquistas y es de suponer que le impresionaron las ideas de la acracia. Cambió, al parecer, el carlismo por el anarquismo. En aquellos tiempos, en los círculos anarquistas de Barcelona, circulaba la idea de que las huelgas no doblegarían a los empresarios: era necesario pasar a la acción directa y aterrorizarlos; que sufrieran en sus propias carnes la tragedia.

Santiago Salvador

Aquel día, Santiago había decidido escarmentar a la burguesía catalana: en la platea estaban las hijas de aquella odiada clase social, aseadas y educadas, con sus lindos acompañantes. Eran la flor y nata de la burguesía; lo que ellos y ellas más apreciaban: sus hijas vírgenes. Además, Santiago Salvador era amigo de otro joven anarquista de su misma edad, Paulino Pallás: un revolucionario anarquista que lanzó dos bombas orsini contra el estado mayor del capitán general de Cataluña, Martínez Campos, sin alcanzarle. Los motivos para este atentado eran la represión y el ajusticiamiento de campesinos anarquistas en Jerez de la Frontera. Santiago Salvador quiso recuperar sin éxito el cuerpo de su amigo, que había sido fusilado en Montjuïc. No pudo y entonces decidió hacer lo mismo que su amigo héroe de la acracia.

Aquel día, Salvador se puso en la faja dos bombas del mismo tipo, llamadas orsini en honor de su inventor, fue al Liceo, subió a los pisos altos y eligió como momento para lanzarlas aquel en que estaba todo el mundo dentro, aplaudiendo. Luego, entre la confusión y el caos generado, salió tranquilamente y se fue a su tierra, en Aragón. Lo detuvieron porque en las tabernas se jactó repetidas veces de haber vengado a los suyos y matado a los burgueses catalanes. Posteriormente, en el juicio confesó que «no me propuse matar a unas personas determinadas. Me era indiferente matar a unos o a otros. Yo sólo quería sembrar el terror y el espanto». ¡Y lo consiguió!

Al cabo de 125 años, frente al mismo escenario que había atentado Santiago Salvador, hubo otra matanza. Eran las cuatro de la tarde del 17 de agosto de 2017; las Ramblas de Barcelona estaban llenas de gente, turistas en su mayoría que paseaban tranquilamente, saboreando helados y haciéndose selfis. En esta ocasión el atentado fue mediante un atropellamiento masivo con una furgoneta blanca, provocado por un grupo de jóvenes imbuidos de ideas yihadistas. También en este caso, los asesinos salieron tranquilamente del vehículo homicida y se fueron del escenario del crimen. Murieron en esta ocasión 16 personas, entre ellos dos niños de corta edad; hubo 130 heridos entre los atropellados. Días después, las pesquisas policiales dieron con los autores. El cabecilla y autor intelectual de la masacre era un joven marroquí Abdelbaki Es Satty, influido por las ideas antioccidentales del llamado Califato Islámico. También en este caso no importaba quien muriera; el objetivo era sembrar el terror. Lo expresó claramente el conductor de la furgoneta que atropelló a los transeúntes de las Ramblas cuando dijo en las redes sociales, cuando tan sólo tenía diecisiete años, respondiendo a la pregunta «En tu primer día como rey absoluto del mundo, ¿qué harías». Contestó: «Matar a los infieles y sólo dejar a musulmanes que sigan la religión».

Los dos episodios de violencia gratuita, indiscriminada, separados más de un siglo en el tiempo, diferenciados en sus planteamientos ideológicos, muestran cómo no es la desesperación lo que conduce a la locura, sino el odio. Los autores de ambos crímenes no eran jóvenes desesperados, ni tan siquiera miserables, sino odiadores de un grupo distinto del suyo, al que identificaban como la causa de todos los males de su mundo. Fuera en nombre de la sagrada acracia o en el de la sagrada yihad, mataron a inocentes

Vuelve a ser Max Aub quien en su relato titulado Crímenes ejemplares antes citado nos describe los motivos de un crimen en tan sólo una línea: «Lo maté porque era de Vinaroz».


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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