Breviario de falsedades Creación

Breviario de falsedades (5)

Trece nuevos microrrelatos de José Manuel Vilabella.

Breviario de falsedades (5)

/por José Manuel Vilabella/

[AMIGO] Cuando Noé regresó de su periplo ultramarino y las bestias se bajaron del arca a todo correr y poblaron nuevamente la tierra, solo el perro volvió la cabeza, movió la cola con gratitud y se quedó a su lado para toda la vida.

[AGONÍA] Un momento antes de morir, de expirar dando un gran grito, el cabello negro de Jesús de Nazaret se volvió blanco y le salieron en la cara cientos de diminutas arrugas que enmarcaron sus ojos y se refugiaron en la comisura de sus labios. Tenía 33 años pero Dios le concedió el privilegio de ver cómo hubiera sido su vida si no hubiese tenido que morir en la cruz: en un instante se enamoró, tuvo hijos, luchó contra el romano, se hizo rico y se arruinó, fue pescador y contador de historias, vio crecer a los suyos y los vio morir de crueles enfermedades, tuvo un nieto extraño que nunca sonreía, un joven mago petulante y rebelde, revolucionario y engreído que andaba sobre las aguas y no creía en el valor de las parábolas. Un joven que amaba la acción hasta la violencia y que podía ser cruel y también misericordioso. Jesús le aconsejaba prudentemente que fuese dúctil y que aprendiese a inclinarse ante el viento pero el muchacho no le hizo caso y fue prendido y torturado, muerto y sepultado, resucitó al tercer día y antes de prender el vuelo, un instante antes de irse de este mundo, lo distinguió entre los miembros de la familia que lo observaba atónita  y al ver el sufrimiento que le embargaba le enjugó las lágrimas, le acarició el rostro y le rogó que le acompañase al más allá. «Vente conmigo, abuelo», le dijo en un susurro. Y el pobre viejo de pelo plateado que tenía el rostro deformado por las arrugas y el dolor, siguió al muchacho al otro mundo y, durante el viaje a las alturas no dejó de darle sabios consejos de abuelo y le rogó que se comportase con prudencia delante del Creador del universo: «Que los dioses, Luzbel, pueden ser muy crueles cuando se dejan llevar por la ira».

[MOISES] Moisés le hizo tantas preguntas tontas, solicitó tantas aclaraciones complementarias que, al final, Dios no se fió del anciano atribulado y prefirió darle las instrucciones resumidas y por escrito.

[VEJEZ] El capitán de barco jubilado que por cuestiones económicas había fijado su residencia en Zamora, abría el armario ropero, se ponía las gafas de miope y oteaba el horizonte del mueble empotrado, y no sabía si ponerse el uniforme de los naufragios personales o el traje azul marino de los hundimientos de la familia.

[DESORDEN] El viudo reciente regaba la casa vacía de lagrimones redondos y como no sabía todavía dónde estaban las cosas miraba hacia arriba, al techo, al cielo, y preguntaba, a veces cabreado: «María, coño, ¿dónde has puesto el azucarero?».

[RAQUEL] La mujer de Lucas, la enigmática Raquel, la de los largos cabellos negros, se levantó con sigilo cuando comprobó que su marido roncaba plácidamente y tomó del arcón el voluminoso manuscrito. Durante tres horas lo examinó con detenimiento y algunas hojas las fue poniendo en un montón aparte. Al amanecer llegó el jinete y ella le entregó el cofre y le deseó buen viaje. Cuando dejaron de oírse los relinchos del caballo y el eco de la galopada, regresó a la casa y quemó en la chimenea el material sobrante y aventó las cenizas. Nadie se enteró nunca de su intromisión y con los años incluso ella llegó a olvidarse de su mala acción. Raquel y Lucas murieron de viejos, fueron una pareja feliz y tuvieron seis hijos que no pasaron a la historia: Jesús el bondadoso recolector de caracoles; María, la fértil paridora; José, el habilidoso pescador de caña; Joaquín, el ambiguo contador de historias; Ana, la feliz; y María del Monte Carmelo, la bizca maligna y caprichosa. A Raquel no le gustaban todas las historias que escribía su marido, pero era incapaz decírselo claramente porque sabía que le iba a producir un dolor inútil. Tal vez por eso eliminó la parábola del niño gordo que quería volar; censuró el pasaje aquel en que Jesús se enamora de la bella Elisabeta, la de los ojos color de miel; mutiló sistemáticamente las dudas, los interrogatorios destemplados y los malos modos del casto José; hizo desaparecer el nombre de Casimiro, el apóstol albino; sembró dudas sobre los amores de Cristo y Magdalena y añadió por su cuenta, y sin venir a cuento, el absurdo e increíble prodigio de la multiplicación de los panes y de los peces.

[CREPÚSCULO] Cuando el gato se levantó del sillón y la habitación se quedó vacía, el soldado de plomo y la pastorcita de porcelana corrieron desesperadamente hasta la ventana para contemplar como su amigo, el día, se iba silbando hacía el oeste arrastrando sus pies de moribundo.

[ESPÍRITU] En los ojos de la paloma que se posó suavemente sobre el tosco madero, reconoció los ojos del Señor y el ánimo que le infundía con los zureos de bestia bondadosa. Fue entonces cuando le dijo mirando a la bestia: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». Y la paloma, a su modo, le sonrió con ternura infinita y juntos levantaron el vuelo.

[RUPTURA] Solo en dos ocasiones se encontró con Lázaro después de haberle ordenado regresar y, por la intensidad de su mirada, su semblante serio y el desconsuelo de su figura, supo que su vecino y compañero de juegos, su camarada de los dorados años de la niñez, el cómplice de sus travesuras de niño, había dejado de ser su amigo.

[NEPTUNO] Venía siempre envuelto en una capa de niebla y se abrigaba con una bufanda de ventiscas y al hablar lo llenaba todo de olas diminutas y rizadas. Decía que era el tío Manolo, el pescador, pero nosotros sabíamos que era Neptuno, el rey de los océanos.

[ENCUENTRO] Se encontró con su primer amor en un ascensor, volvió a ver a aquella mujer que le había roto el corazón y arruinado la vida y, como no supo que decirle, le preguntó muy fino: «¿A qué piso va, señora?»; ella contestó indiferente: «Al tercero; voy al tercero, al callista», y él, durante todo el trayecto la estuvo  mirando fijamente para comprobar los estragos que había hecho en sus ojos el paso del tiempo.

[MATUSALÉN] Matusalén, que era un mentiroso redomado, decía que había cumplido cuatrocientos años cuando no tenía ni doscientos cincuenta.

[DESPEDIDA] Sabía que no la volvería a ver. Llamó al taxi y se empeñó en meter el mismo las voluminosas bolsas en el maletero; cuando llegaron a la estación su yerno, Anselmo, cansado de insistir, le dejó pagar la carrera y después los cafés y los botellines de agua mineral. Hizo un movimiento de hombros y ella, con un gesto significativo, le pidió que le dejase hacer y él sonrió con ternura. «En diciembre nos volveremos a ver; siete meses pasan pronto, papá», le dijo mientras le abrazaba. El marido, Anselmo, no dejaba de hablar de Australia, de los canguros y de los grandes espacios abiertos. Era su primer trabajo y estaba exultante. «Yo me apunto a un bombardeo», decía una y otra vez para convencerse de que no le asustaba la aventura. Doscientos diez días eran demasiados; el doctor Garrido había sido claro, terminante, realista, acaso descarnado como se decía ahora en la jerga médica: 60 días sin dolores, 30 con molestias tolerables y 30, 40, como máximo, con sedantes. El yerno, Anselmo, colocó las maletas en el compartimento y ella le saludó desde el pasillo y le dijo: «Ya sabes, papá, nada de lágrimas». Él asistió y la miró a los ojos con valentía. Sabía que nunca la volvería a ver, pero digan lo que digan los médicos, siempre queda un resquicio por donde se cuela la esperanza. El tren inició la marcha y ella le dijo adiós con la mano y él estuvo allí, parado, hasta que el andén se quedó vacío. Tenía los días contados. Se sentó en un banco de madera y no pudo contener los sollozos y se puso a llorar primero en silencio pero después casi a gritos; las lágrimas le caían por la cara y le empaparon el cuello de la camisa. Nunca, jamás, la volvería a ver. Lloró con desconsuelo, con desesperación, como no había llorado nunca. Un maletero se acercó y con un gesto de compasión, casi de ternura, le preguntó qué le ocurría. Él le contestó que nadie de su familia lo sabía pero que tenía los días contados. El maletero aparcó la carretilla, se quitó la gorra, se sonó ruidosamente con un pañuelo de cuadros y se sentó a su lado y él tuvo las confidencias más íntimas que había tenido con nadie; le abrió de par en par su corazón, le explicó con todo detalle el proceso de la grave enfermedad y las escasísimas esperanzas que había de curación. Una enfermedad de la que únicamente se conocían los síntomas. Tenía los días contados y no la volvería a ver; su hija, sí, estaba muy enferma, tenía los días contados y el único médico que podía hacer algo por ella era el doctor Oelman, un Premio Nobel de medicina que había iniciado una investigación a fondo de esa dolencia y que vivía en Melburne, al otro lado del mundo, donde su yerno, Anselmo, por un capricho del destino, había encontrado su primer trabajo. Pero él intuía, sospechaba, sabía que nunca, jamás, la volvería a ver.


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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