Laberinto con vistas

Materia prima

Antonio Monterrubio escribe sobre 'El Ángel Azul', la película que catapultó a la fama a Marlene Dietrich; y sobre aquellos que asumen posturas rígidas y son partidarios de los interdictos a placeres inaccesibles, pero cuyo punto de vista vira cuando milagrosamente logra procurárselos.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

Los hombres revolotean a mi alrededor,
como las polillas alrededor de una llama,
y se queman, a fe mía,
pero no por mi culpa.

La rutilante Lola-Lola canta este breve Manifiesto de la Mujer Fatal en el gris y desangelado antro paradójicamente llamado El Ángel Azul. El nombre del local da título a la película de Joseph von Sternberg que, en 1930, lanzó al estrellato a Marlene Dietrich. La acción se desarrolla en una pequeña ciudad portuaria de lo más tradicional. El severo profesor Raat lleva con mano de hierro a unos alumnos que se vengan cambiando su apellido por Unrat, es decir, «basura». Al enterarse de que algunos son asiduos de un cabaré, decide personarse allí para cortar de un tajo tan improcedente conducta. Cautivado por la amabilidad y el esplendor de la vedette, la corteja y termina por casarse con ella. En una escena premonitoria, durante el banquete nupcial, ambos miman a una pareja de aves de corral.

Nos encontramos ante un clásico relato de femme fatale caprichosa que atrae a los hombres, los seduce y esclaviza a su capricho y finalmente los desecha. «Estoy hecha para el amor de la cabeza a los pies», canta Lola-Lola en uno de sus números más populares. El profesor ha sucumbido, víctima de una pasión que llegó a su vida no como una ola, sino como un tsunami. La catástrofe se lleva por delante su pobre barquilla, sin velas desvelada y entre las olas sola. Se trataría pues de un cuento moral sobre una caída en picado, sobre la degradación y destrucción de un honrado ciudadano por una malvada hechicera, una nueva Circe. A esta interpretación se abonan enciclopedias e historias del cine que despachan el asunto con la rotunda condena de la cabaretera y la absolución del probo maestro.

La película está basada en la novela de Heinrich Mann El profesor Unrat, publicada en 1905. El texto presenta las tribulaciones de un respetado (que no respetable) docente maduro, rígido, cuadriculado y, en el fondo, abyecto. Alberga una feroz crítica del corrupto sistema de valores de la clase media alemana, de su hipocresía, su esclerosis y su doble o triple vara de medir. La entrada de la cantante, llamada aquí Rosa Fröhlich, marca un punto de inflexión que lo conducirá de modo inexorable a la decadencia. Ahora bien, acusar de la miseria moral del personaje a la alegre Rosa, tildándola de frívola, cruel, mundana, ambiciosa o insensible, es moverse entre el tópico machista y la incomprensión social.

El guion solo ha conservado la atracción fatal del protagonista por la mujer, que acaba por estrujarlo hasta reducirlo a polvo. La acción está centrada en ella, y él baila a su alrededor cual moscón irritante. Pero el propio filme contiene elementos que permiten ir más allá de una historia de tentación y demolición. La seducción acentúa su vileza constitutiva.

«Se subleva contra las convenciones y abandona la escuela por El Ángel Azul, que corresponde a la calle. […] El aspirante a rebelde se somete de nuevo, no a los antiguos principios burgueses, sino a fuerzas mucho peores. Es sintomático que aparezca cada vez más como víctima del director de la compañía que como esclavo de Lola-Lola; el amor se ha desvanecido, solo queda la sumisión incondicional […]. El Ángel Azul propone, una vez más, el problema de la inmadurez alemana y muestra sus consecuencias» (Kracauer: De Caligari a Hitler).

Lejos de un brusco viraje, estamos ante nuevos derroteros de una ruindad de base. El sujeto que abusa de los débiles y se humilla hasta la degradación con los fuertes es la materia prima del fascismo. La película se estrenó menos de tres años antes de la conquista del poder por Hitler.

Tomar únicamente una parte de cualquier historia puede dar un vuelco a su sentido. En la novela, esta continuidad en el carácter siniestro de Unrat está más clara. Su degradación se deriva de su personalidad autoritaria y estrechez de miras. Lola-Lola es una femme fatale de libro, del estilo de aquella Marie Dorval que afirmaba: «Yo no soy guapa, yo soy peor». En su calidad de catalizador, la artista Fröhlich, como el autor se refiere a ella repetidamente, acelera la velocidad de reacción sin cambiar nada más. Solo hace visible con mayor rapidez esa vileza, pero ni la crea ni la incrementa.

El relato nos invita a gustar la mediocridad del pedagogo y su pose de pseudoerudito. Proclama unas altas miras que son meras excusas para comportarse cual malandrín con sus alumnos a los que, con el pretexto de disciplinarlos, inflige un sinfín de vejaciones. Ha instaurado un régimen más coercitivo que persuasivo, más penal que educativo. Y como es habitual en los perseguidores malvados y mendaces, su paranoia le lleva a creerse víctima de las insidias de los otros, cuando es él quien alimenta un alma de verdugo. Es un personaje del tipo de los que ahora tenemos en la cresta de la ola, el clásico pequeño dictador dispuesto a todo para ser fiel a «su sino, que no es otro que odiar al género humano».

Como tantos que asumen posturas rígidas y son partidarios de los interdictos a placeres inaccesibles, su punto de vista vira cuando milagrosamente logra procurárselos. El nuevo aprendiz de superhombre llega a la conclusión de que «el hombre forjado en la cultura humanística puede prescindir tranquilamente de las supersticiones morales de las clases inferiores». Y dentro de ellas se encuadran también «las leyes morales […] de los burgueses, esos filisteos vulgares y corrientes». El antiguo patrocinador de camisas de fuerza morales y cinturones de castidad mentales abandera ahora las huestes de quienes pretenden estar más allá del bien y del mal. ¿Cambio o permanencia? Más de lo mismo.

Una historia de amor tan frágil es endeble cimiento para una dicha perenne. La ambición y el resentimiento van a intentar apuntalarla. La perversidad del protagonista se desboca, y no duda en utilizar el encanto de Rosa a fin de destruir a sus enemigos imaginarios. Tras su expulsión del instituto por conducta impropia, son necesarios aportes extra para mantener el derrochador estilo de vida de la pareja. Así, no sin dolor, se ve obligado a consentir las artes adúlteras de su esposa. En plena cima de su buenaventura aparece el monstruo de los ojos verdes, encarnado en un alumno al que tenía entre ceja y ceja. Obcecado con la idea infundada de que están juntos, se le impone el pensamiento de que su mujer merece la muerte, aun si eso lo condena también a él. Cuando los ataca, lleno de ruido y de furia, la artista Frölichlogra escabullirse encerrándose en una habitación, y el joven lo contempla alucinado.

«¡Vaya pinta tenía ante sí! Un intermedio entre araña y gato, con ojos dementes sobre los que caían gruesas y coloreadas gotas de sudor, sus mandíbulas batientes estaban inundadas de espuma. No era muy agradable verse acosado por aquellos tentáculos». Esta descripción, que podría corresponder a algunos de nuestros vecinos cuando oyen hablar de feministas, catalanes o podemitas, corrobora que nada ha cambiado en Unrat tras su periplo. Le mueven el rencor y el odio. Cualquier otro sentimiento habrá sido un intruso coyuntural en una trayectoria presidida por la constante tentación autoritaria y paranoica. El conato de tragedia se torna misterio bufo. El misántropo desquiciado y la alegre cabaretera dan con sus huesos en la trena, cual vulgares delincuentes.

Vistas con gran angular, tanto la novela como la película exponen la mezquindad rutinaria de un hombre cuyas características negativas no mejoran al contacto con la cantante. Sigue siendo una conciencia egoísta, rastrera, ávida indistintamente de dominio y sumisión, en ningún caso de libertad (la de verdad), igualdad y fraternidad. Su vileza constitutiva es la materia prima con la que el nazismo construirá su reinado de terror. No estamos ante una gigantesca convulsión telúrica que trastorna el paisaje y el biotopo previos. Más bien sería una nevada que se limita a cubrir lo que sigue incólume debajo y reaparecerá en todo su esplendor con el deshielo. Lo que aparentaba ser un flujo turbulento sin puente alguno sobre sus aguas se revela, en una mirada más profunda, como laminar, perfecta y ordinariamente regular.

Cada semana asistimos a acontecimientos históricos que no cambian nada real, a virajes decisivos que desembocan en la misma carretera y a giros de 180 grados que acaban siendo de 360. Resumiendo, plus ça change, plus c’est la même chose. En cuanto a la pervivencia de los cimientos de la catástrofe, tenemos comprobación empírica todos los días. Ese espíritu de hermandad universal que iba a traer la pandemia queda desmentido por los hechos. Basta pasear una mañana por la ciudad o el campo para encontrar toneladas de basura dejadas en cualquier sitio la noche anterior por sujetos tan ciegos que no debían de ver las papeleras o contenedores que tenían a unos metros. Es una muestra de las muy visibles manifestaciones externas de esas innobles almas que siempre han engrosado las filas de los verdugos. Aquellos que defienden una justa comprensión del mundo, basada en la lógica, la razón y la conciencia ética, se parecen cada vez más a salmones remontando el río a contracorriente.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


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