/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Hace unos años, en Santa Fe de Granada, conocí la existencia de los piononos. Son pastelitos dulces que, según se dice, elaboró por primera vez un pastelero granadino hacia 1897, en el conocido obrador Casa Isla. Pasado el tiempo, los pasteles siguen siendo sabrosos, pero no ocurre lo mismo con su titular, el pontífice romano Pío IX, a pesar de que en el año 2000 el papa Wojtyła lo declaró beato. Una reciente visita a la basílica de San Lorenzo Extramuros de Roma me recordó que precisamente en esta extraordinaria joya de la arquitectura antigua descansaba Giovanni Maria Battista Pellegrino, que así se llamaba el que fuera ascendido al trono papal en 1846.
Prescindiendo de quien era, quisiera centrarme en lo que hizo este Papa que murió en olor de santidad a los ochenta y cuatro años, despues de treinta y uno de pontificado. Cuando fue elegido Papa, tenía fama de hombre liberal, cercano a la causa patriótica de una Italia unida; pero las circunstancias políticas que le tocó vivir lo convirtieron, como veremos, en uno de los papas mas reaccionarios de la historia de la Iglesia.
Sus obras lo definen perfectamente. En su encíclica Quanta cura, promulgada el 8 de diciembre de 1864, condenaba «los errores principales de nuestra época tan desgraciada», en especial la libertad de conciencia y de culto, así como la separación de la Iglesia y el Estado. La condena era absoluta, total, sin fisuras, tal como se puede apreciar en este párrafo de la encíclica mencionada que anatemiza a quienes
«no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, […] esto es, que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad —ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera—, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma».
El texto, como queda claro, niega al mundo moderno la libertad de conciencia, la libertad de culto y la libertad de expresión oral y escrita.
También el Papa condena de forma absoluta la democracia cuando afirma que entre los males del mundo hay quienes
«dejando a un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son consumados, tienen ya valor de derecho».
Naturalmente, ataca «el funestísimo error del comunismo y socialismo» y en consecuencia «todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas determinadamente especificadas en esta Carta, con Nuestra autoridad apostólica las reprobamos, proscribimos y condenamos; y queremos y mandamos que todas ellas sean tenidas por los hijos de la Iglesia como reprobadas, proscritas y condenadas».
Esta encíclica tenía un apéndice conocido como Syllabus Errorum, en el que se condenaban las doctrinas e ideas anteriormente mencionadas, incluido el racionalismo; se reafirmaba la condena al matrimonio civil; se defendía el derecho de la Iglesia a utilizar la fuerza para imponer su verdad; se desautorizaba y reprobaba la escuela pública laica y se defendía el derecho natural de la Iglesia a controlar la enseñanza.
Esta doctrina pontificia, que cuestionaba lo que en aquel entonces se consideraba progreso, fue ampliamente contestada en toda Europa, y quizás fue también una de las causas que influyeron en el atraso científico de aquellos países en donde la Iglesia controlaba al Estado, como era el caso de España.
¿Qué fue lo que convirtió a aquel Papa de un hombre liberal en uno de los pontífices más contrarios a las ideas de su siglo? ¿Cuáles fueron las causas del cambio de pensamiento de Pío IX? Sin duda alguno fueron los hechos a los que tuvo que enfrentarse, en primer lugar la revolución romana desde enero de 1848, cuando se desató en la Ciudad Eterna un movimiento revolucionario que invadió la plaza del Quirinal, en donde estaba el palacio apostólico. La multitud pidió al papa que bendijera la revolución y, ante el miedo a que la revolución degenerara, consintió, pero el orden público entró en una fase de caos, el monseñor jefe de la policía papal renunció a su cargo y el Papa fue obligado a conceder una Constitución en Roma. En agosto el jefe del Gobierno romano, el conde Pellegrino Rossi, fue asesinado por los revolucionarios y Pío IX tuvo que dejar Roma y refugiarse en Gaeta, bajo la protección de los borbones napolitanos.
A partir de estos hechos, el Pontífice, una vez repuesto en su trono temporal en Roma, inició una transformación de sus ideas que acabó en los textos antes mencionados. Luego, la historia se precipitará, y él, que había defendido el poder temporal del papado, verá como las tropas del Reino de Italia sitian la Ciudad Eterna y derrotan al ejército pontificio. Ante este ataque, que iba a privar al Pontífice de su poder temporal y de la posesión de sus Estados, todavía utilizó un último recurso: el 18 de julio de 1870 proclamó el dogma de la infalibilidad papal, según el cual el papa quedaba preservado de cometer un error cuando promulga una enseñanza dogmática en temas referentes a la fe y la moral cuando habla ex cátedra. Como esta doctrina de la infalibilidad es una verdad de fe, ninguna discusión se permite dentro de la Iglesia católica y se debe acatar y obedecer incondicionalmente.
Ello no impidió que el 20 de septiembre de aquel mismo año de 1870 las tropas de Garibaldi entraran en la ciudad y Roma se convirtiera en la capital del flamante Reino de Italia bajo la dinastía de los Saboya. El papa dejó de ser soberano de un Estado y se declaró prisionero de Italia, encerrado en los muros vaticanos. El cuerpo de Pio IX sigue incorrupto en San Lorenzo, y aunque Juan Pablo II lo declaró beato, parece que Francisco I no está por la labor de santificarlo. Son, cómo no, cosas del tiempo.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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