Creación

Silencio, aplausos, otra vez silencio

Alejandro Fernández-Osorio, escritor y psicólogo, explora en este relato las entrañas de la cotidianeidad en los tiempos de la pandemia doméstica y las extrañezas que nos depara el miedo y las incertidumbres.

/ un relato de Alejandro Fernández-Osorio /

El nido es la tumba del pájaro.
Eloy Tizón

Hoy hace justo un año que compramos el piso. Recuerdo el día perfectamente. Era la tercera vez que pisábamos el pueblo y la última visita que necesitamos para convertirlo en el destino definitivo de nuestra historia. Siempre hemos tenido cierta inclinación a ese tipo de decisiones rápidas que hace la gente a la que le ha ido bien la vida; que ha tenido suerte desde la primera aparición y nunca se cuestiona que no vaya a seguir siendo así, como si en su inercia natural residiera la repetición de la fórmula perfecta de la dicha; como si el éxito fuera la deriva lógica de la sucesión. Tal vez por eso creíamos en una mano benévola que nos adornaba el camino de oportunidades y terminó por empujarnos a comprar el primer piso que visitamos. Este tipo de decisiones tomábamos, meditadas y reflexivas en la intendencia, pero con esa pátina de puerilidad que inunda a los afortunados. Éramos felices, y tráeme aquí a un hombre feliz que logre escindir con precisión la felicidad de la manía; una euforia que no incube el huevo del desastre. Nadie nos había regalado lo que habíamos conseguido, de eso no cabe duda, pero tampoco nada nos lo había arrebatado injustamente. Estábamos, por decirlo de algún modo, confiados como los hijos que somos de unos padres democráticos.

Así nos movíamos por el mundo y así nos presentamos cogidos de la mano ante el notario. Deduzco que, dado que eran las dos de la tarde, el niño aún estaba en la guardería. Aprovechamos su tiempo de escuela para firmar la hipoteca y la compra de la casa. Así es. La guardería del niño. Solía llevarlo yo a las nueve de la mañana y lo recogíamos uno u otro indistintamente a las tres y media de la tarde. Una jornada laboral para una criatura de diez meses. En eso consistía nuestra rutina, tres jornadas laborales compenetradas para comprarnos una vivienda. Y así fue. Un piso bonito, con tres habitaciones y un trastero habilitado bajo cubierta, un salón grande con terraza, zonas comunes, piscina, plaza de garaje. De repente, una vida definida. Treinta años dictados por un hombre miope, con los hombros echados hacia adelante, gordo de incontención, verborréico y con ese halo de superioridad que atribuye dictar la vida de los otros bajo un cargo estatal por oposición. Recuerdo como si fuera ahora que tuve que retirar dos veces las manos llenas de su saliva. Por respeto o esa maldita tendencia a hacerme cargo de la miseria de los otros a fin de que estos no se sientan avergonzados, las dos veces me limpié la mano en el pantalón. A lo importante: firmamos la hipoteca y la compra de la casa en menos de media hora y la vendedora se puso a llorar el desprendimiento de «los años más tranquilos de su vida». Que lo mismo será el piso para nosotros, vaticinó. Incluso ella, octogenaria con insuficiencia respiratoria que acababa de recibir cuatro cheques impronunciables a cargo de nuestro nuevo banco, consideraba el futuro como un espacio de certidumbre. Nada como el dinero para alumbrar y negar al mismo tiempo nuestra insignificancia.

La mujer tenía tres hijos a los que repartió de forma equitativa tres cuartas partes de la venta, el resto sería íntegro para ella. Nos dijo que entre sus planes estaba hacer un crucero por el Bósforo. Que no sabía muy bien dónde estaba ese mar, pero que iría con su hija divorciada, la cual insistía en que era precioso. No sé si lo habrá hecho. Da bastante igual de todos modos; el Bósforo no es un mar. Nosotros cogimos las llaves y salimos de la firma con un porcentaje insignificante de propiedad y toda la ingenuidad que exige la sensación de victoria. Laura llevaba una camisa color azul cielo con los cuellos de punta. Al notario le gustó como iba. Dijo, qué color más bonito, casi como tú. Así. Un notario es un notario. Yo no supe qué decir y tal vez eso es algo que ella nunca logró perdonarme. Lo cierto es que iba conjuntada con el día que, luminoso y templado, anunciaba la proximidad de un verano que estábamos deseosos de disfrutar, como si el futuro siempre fuera la reiteración constante del mejor de los pasados. Jugar a hacerse el muerto en la densidad de una alberca donde nuestro cuerpo, ínfimo y aún así radiante, podía ser considerado el centro del mundo.

Me pregunto en qué momento nos vemos obligados a ver al próximo que siempre ha estado ahí. A observar cómo celebra y se descompone, como van desprendiéndose sus átomos poco a poco sin vuelta atrás, a lo sumo de forma más contenida tras múltiples intentos de mantenimiento hasta que, de repente, plof, se rompe. Tal vez tiene que despedazarse uno para empezar a mirar hacia fuera. Me refiero, el mismo año que compramos el piso, Laura se inyectó ácido hialurónico por primera vez en los labios. Yo la acompañé a la clínica y le dije que iba a estar preciosa. Todas sus amigas lo habían hecho con el Dr. Fresas. Dr. Fresas, por dios, cómo no pudimos verlo. Nos pareció bien a los dos del mismo modo que nos resultó la mejor de las ideas firmar los treinta años futuros con un interés fijo. Hay un romanticismo escondido en esa sensación de imbatibilidad. El que no se hipoteca no es más rebelde ni más libre sino más iluso. Fresas le perfiló sobre la cara la opción de los pómulos, la papada y las bolsas de los ojos, y pautó una sucesión de intervenciones contra el envejecimiento para los próximos dos años; metódico y contundente como un general antojadizo. Que a las puertas del próximo verano, este que viene, podrían reducir las cartucheras. Deduzco que se refería a operar por abril o mayo para que, llegado junio, con la apertura de la piscina comunitaria, pudiera volver a hacerse la muerta segura de sí misma. Por poco me convence a mí de la intervención en las ojeras. Le dije, recuerdo, que era cosa del estrés y de no dormir, y me contestó que él tampoco duerme pero no se lo nota nadie. Que lo que importa siempre es lo que se ve, y en base a lo que otros ven, somos. Y en eso no voy a quitarle la razón al Fresas; a través de la ventana de la habitación de invitados donde ahora duermo se ve un arce frondoso y verde que se levanta diez o doce metros del suelo sin la menor preocupación. Yo veo al árbol, pero el árbol no me ve a mí. Sin apenas darnos cuenta, en septiembre del año pasado, después de una obra de acondicionamiento, entramos a vivir en el piso.

La casa es bonita. No es muy grande, pero tampoco pequeña. Está en una urbanización de pocos vecinos que en unos minutos saldrán en comunidad a aplaudir a la ventana. Son gente amable a la que la vida también les ha ido sonriendo sucesivamente. Laura se entendió bien con ellos desde el primer momento; yo apenas tenía tiempo a detenerme. Apenas tenía tiempo… No se me ocurre mayor denuncia de la ridiculez. Ella fue a la primera junta y llamó a todas las puertas para avisarles de que haríamos una obra un poco pesada pero finita. Lo de usar la palabra finita fue idea mía, me pareció original. Aunque todos sabemos que no hay nada infinito, a veces conviene recordarlo para que, con el percutor del parquetista sobre tu cabeza, no olvides que un día terminará la ira y todo volverá a ser como antes. Y aquella misma palabra fue la que utilizó Laura hace unos días para explicarme el recorrido que tienen todas las cosas, en concreto el deseo y el amor. Así, de repente, nos volvemos finitos. El mismo discurso que usé para convencerle de la hipoteca y de la obra integral lo usó ella para hablarme de la epifanía que había sentido una tarde en el balcón, mientras aplaudía junto al resto de vecinos las gestas heroicas contra la pandemia. El niño jugaba en la bañera y yo limpiaba la cocina compulsivamente. Ella llegó y se lo noté en los labios hielorunizados, que eran un descriptor preciso de emociones, irónicamente debido a la muerte plástica que retenía en un lugar u otro la piel según lo que Laura sintiera. Yo acababa de echar el chorro azul de detergente sobre la encimera y recibía las primeras bocanadas químicas cuando ella apareció por la puerta. Me miró a los ojos y me preguntó, juraría que liviana, ¿sabes de qué me he dado cuenta mientras aplaudía en el balcón? No me lo imaginaba. A decir verdad nunca he sido capaz de imaginarme las malas noticias. Dudo de que esta vez haya aprendido a hacerlo. Qué, le dije. Que en los cuarenta días de confinamiento no has salido ni un día a aplaudir conmigo ante los vecinos. No era consciente de ello igual que Laura no lo era del uso de la preposición “ante”. No quise mirarla y volví a detenerme en la encimera donde me dediqué a esparcir el detergente de una esquina a otra. ¿Y?, le pregunté. Ella parecía tenerlo más claro y tardaba menos tiempo en contestar. Que ya nada es como antes. Nada. Dejé la bayeta sobre el fogón más grande de todos y compuse la pupila de un ojo ciego que tampoco lograba verme. No seas exagerada, todo es finito, también esto pasará. Contesté al aire, aún no entiendo por qué. Ella no dudó: No me seas ridículo. Intenta responder por una vez sin frases hechas, por dios. Me quedé planchado. Resulta que además de toda la importantísima realidad de la que parecía no ser consciente, tampoco sabía hablar sin frases hechas. Me lo dijo con el labio paralizado y supe que esa era la señal inequívoca de que su muerte plástica había llegado al tuétano de nuestra relación. Ante eso, me limité a contarle que en el arce del jardín había visto a un par de cotorras coger ramas del doble de su tamaño para hacer un nido. Que se dejaban caer del árbol y volaban sin problemas con ella en el pico. Me miró en silencio un rato y luego me dijo que no podía creerse que se hubiese equivocado tanto en su anterior vida, como si en este encierro hubiera muerto para resucitar en otro espacio-tiempo lleno de iluminación. No fue lo más adecuado, he de reconocerlo, pero le dije que tenía que dejar de hacer yoga con la loca esa del Youtube.

La casa era perfecta. Un dormitorio matrimonial grande con baño y vestidor donde entraba la luz serena del atardecer y convertía la pared en un Turner. Un salón grande donde jugaba con el niño al balón y bailábamos mis canciones preferidas. La cocina silenciosa y tibia al café de las 7:30, cuando le pegaba el primer sol y llenaba la pared de rendijas de luz y sombra convirtiéndola en una cárcel ingrávida. Los árboles del jardín como una representación inequívoca de la serenidad que nunca tendremos. En fin. He llenado todas mis redes sociales de fotos a través de las cuales puedo visitar cada uno de estos sitios cómodamente cada vez que me dé la gana. A la gente le gusta. La de la cocina simulando una cárcel de luz, en concreto, es la que más éxito tiene. Incluso Laura le ha dado un like. A veces pienso que todo lo desencadenaron unos padres amables y democráticos. Me pregunto a dónde nos ha lanzado toda esa esperanza y tibieza. A mi madre también le gusta la publicación de la cocina. He pensado en regresar a su casa pero lleva mes y medio sin salir para protegerse del virus; siempre ha considerado que seguir las indicaciones dadas es la forma de recuperar el optimismo. Dónde voy yo con lo que tengo dentro. Lo he descartado porque el tiempo pasa como una bala y volverá a colocarnos a cada uno en nuestro sitio. Incluso a Laura y a mí. Todo volverá a ser como antes porque nada puede dejar de ser como antes. Así lo considera la directora de nuestra sucursal bancaria. Es igual de optimista que mis padres. ¿Ves?, le dije a Laura, ¿Por qué nosotros no? Ella dice que no era así, que fui yo quien la convirtió en esto. Que todavía no logro comprender que es esto porque no dejo de mirar mi ombligo. Y vuelve con lo de finito, plagiándome una vez tras otra. No se ha dado cuenta de que hay cosas que, aun siendo finitas, tenemos que vivir como si no lo fueran, que en eso consiste la supervivencia.

Ya comienza a oírse el rumor de los primeros aplausos del vecindario. Es una especie de ola comunitaria que crece paulatinamente para trazar una campana de Gauss sonora con vítores predeterminados a héroes, nombres propios, reyes y cuerpos del Estado a quien debemos estar agradecidos por salvarnos. Cuando el clamor roza su máximo esplendor, la pareja de cotorras que trabajan el arce escapan en desbandada como si tanto entusiasmo les resultara amenazante. Yo me limito a mirar un hacer y otro sin decantarme por ninguno. Sé que al otro lado de casa Laura y mi hijo aplauden al sol del atardecer rodeados del resto de vecinos. Que sonríen encarnados por la luz tibia que se retira de de sus rostros igual de perdurables que el propio día. Los aplausos, tras pasar el pico que espanta a las aves, entran en su descenso de la curva y va perdiendo adeptos. Cada vez hay menos armonía grupal. En tan solo un minuto todo volverá al estado anterior. Las cosas finitas sucediéndose una detrás de otra. La mayor grandeza de las victorias no es la supervivencia sino su insignificancia. Con la derrota pasa exactamente lo mismo. Hay un vecino detrás de la arboleda que aprovecha el silencio recién estrenado para gritar al cielo: «Paula, te quiero». Alguno lo secunda con aplausos. Todo ello debe de resultar inocuo para las cotorras que vuelven juntas y decididas al arce verde. Termino de ver cómo se posan en una rama que se balancea sin llegar a romperse, igual que un trampolín del que nadie salta. En ese balanceo frágil hay una verdad que en unos segundos habrá terminado sin que nadie haya sido capaz de aprenderla. Yo me olvidaré de ello, como me olvido siempre de las cosas.

[EN PORTADA: Villa Excelsior interior, de Federico Granell]


Alejandro Fernández-Osorio (Villayana, Asturies, 1984). Psicólogo y escritor. Ha publicado los libros de poemas Frontería (2011) y Magaya (2015) —traducido del asturiano al inglés por James Womack, Pomace(2017)—y la novela JC (2016), por los que ha recibido los Premios Asturias Joven (poesía y narrativa) y el Premio de la Crítica de Asturias. Master en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid, ha cursado estudios de crítica de cine en la ECAM. Ha publicado sus textos críticos y literarios en las revistas Clarín, Cuaderno de Lluvia, Koult y El cuaderno. Reside y ejerce en Madrid.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Silencio, aplausos, otra vez silencio

A %d blogueros les gusta esto: