Poéticas

Joan Alcover, un poeta mallorquín

Alberto Wagner Moll ofrece traducciones al castellano de tres poemas de Joan Alcover, uno de los poetas mallorquines más reconocidos a nivel internacional.

/ por Alberto Wagner Moll /

Joan Alcover (1854-1926) es uno de los poetas mallorquines más reconocidos a nivel internacional. Escribió sus primeros textos en español, pero la muerte de su mujer y  de sus hijos supuso un acontecimiento de tal importancia en su vida que se volcó en la producción en catalán, su lengua materna, buscando la sinceridad que solo el lenguaje más propio permite. Por ello, aunque la mayor parte de su obra está en castellano, son sus textos en catalán los que alcanzan las cotas de calidad que le caracterizan.

Su estilo, como integrante de la Escola Mallorquina (grupo poético muy notorio de los siglos XIX y XX de la isla de Mallorca), se caracteriza por influencias bucólicas y románticas, aunque está a caballo entre dichos movimientos y el modernismo. Sus poemas destilan un canto idealizado a Mallorca y la tranquilidad de la vida rural de aquellos tiempos, aunque su poesía trata, a través de estos anclajes isleños, temas universales, como la pérdida de los familiares o el paso del tiempo.

Su poemario más célebre, Cap al tard (Hacia el atardecer), aparece editado en 1909, siendo la obra que le consagró como uno de los poetas más reconocidos de la historia de la literatura catalana.

A continuación se recogen una serie de poemas de este libro, traducidos al español.

La Balanguera

La Balanguera misteriosa,
como araña de arte sutil,
vacía y vacía la rueca,
de nuestra vida saca el hilo.
Como una parca bien cavila
tejiendo la tela del mañana.
          La Balanguera hila, hila,
          la Balanguera hilará.

Girando la vista hacia atrás,
acecha las sombras de los ancestros,
y de la nueva primavera
sabe dónde se esconde la semilla.
Sabe que el tronco más crece
cuanto más adentro puede enraizar.
         La Balanguera hila, hila,
         la Balanguera hilará.

Cuando viene la pareja recién casada,
ya ve y cuenta los nacidos:
ve cómo bajan a las fosas
los que ahora viven de ilusiones;
los que en la plaza de la villa
salen a reír y cantar.
         La Balanguera hila, hila,
         la Balanguera hilará.

Moviendo la madeja, el hilo enrolla,
y de la patria la visión
hace latir su corazón de vieja
bajo la sarga del jubón.
Dentro de la profunda noche tranquila
intuye el alba que vendrá.
         La Balanguera hila, hila
         la balanguera hilará.

De tradiciones y esperanzas
teje la señera para la juventud
como quien hace un velo de nupcias
con cabelleras de oro y plata
con la infancia de quien enhebra
con la vejez de quien se va.
          La Balanguera hila, hila,
          la Balanguera hilará.

Desolación

Yo soy el esqueje de un árbol, esplendoroso ayer,
que a los segadores hacía sombra en la hora de la siesta;
mas las ramas, una a una, rompió la tempestad,
y el rayo, hasta la tierra, mi tronco destrozó.

Brotes de impotentes hojas coronan el trozo
abierto y sin entrañas que de mi tronco queda;
he visto arder mi leña; como el humo de un ritual,
he visto ir hacia el cielo a la mejor parte de mí.

Y el amargor de vivir absorbe mi raíz esclava,
y siento nacer las hojas, y siento subir la savia,
y me ayuda a esperar la hora de caer, un sol conciliador:

cada herida muestra la pérdida de una rama,
sin mí, nada hablaría de la mitad que me falta;
yo vivo solo para sufrir lo que ha muerto en mí.

Murió joven

En recuerdo de Emília Sureda

Veo todavía en sus ojos
aquella dulce obsesión
        del que escucha
como un eco de murmullos
que hablan desde el interior.

No escuchaba los ruidos
         de loores
que sonaban al lado
de la gentil juventud;
no miraba la belleza
en el espejo de vanidad;
mas, avanzando por la vida,
llevaba en el espejo del corazón
           reflejada
la belleza que no muere.

Cantaba de ánimo, obedeciendo
a la íntima embriaguez,
como el ruiseñor, atrapada
por la fiebre del instinto.
Húmeda la frente de la luz
            allá arriba,
llevaba al pobre y al enfermo
            el perfume
de su corazón caritativo,
con el ritmo de una santa
graciosa que sonríe,
de su virtud ignorante,
y todo el mundo, salvo ella,
            sabe que es bella,
confundiendo el olor suave
del ángel y de la mujer,
sin saber si le atrae
porque es bella o porque es buena.

Pasa la gente somnolienta
delante de la hermosa natura;
pasan siglos, y no menciona
ningún rasgo de la hermosura;
mas una alta criatura
en su espejo la presenta,
bañada de inspiración,
y no nace hasta aquel día
la hermosura que existía
desde el tiempo de la creación.

Oh campiñas olorosas,
oh rasgos del campesinado,
que cobrasteis en los cantos
de la musa, vida nueva;
montañas y cultivos,
claros de luna, goteos
         de la cueva;
doradas espigas
que una jornada la visteis pasar
         al bailar
entre el polen de las eras;
¡caminos, sombras y senderos
que conocéis su huella!
         La habéis perdido
aquella amorosa hada,
que, dejando la lengua aprendida
por amor de la vivida,
glosó la vida campesina;
cuando aquella habla, bebida
en la leche de la infancia,
         como un grito
despertó la poesía
         que dormía
en el fondo de su espíritu. Murió joven, doloroso
privilegio de los elegidos;
mas, espirituales afectos
hacen un nimbo piadoso
en su sombra, que flota
como aparición devota
en nuestra mirada añorante:
en la mirada de los que sueñan
          despiertos,
los socorros por ella ofrecidos,
la visita de un consuelo
que dejaba un olor de ámbar
en la misteriosa cámara
de los infantes desdichados.


Alberto Wagner Moll es estudiante de filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas. Publicó el poemario titulado Jaima en la editorial Ars Poética en el año 2018 y fue segundo premiado en el certamen Florencio Segura del mismo año.

Acerca de El Cuaderno

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