Mirar al retrovisor

Entre el Corán y la Biblia de Trump

El Imperio hispánico duró 300 años; el francés unos 130; el británico algo más de un siglo, y el soviético medio siglo. El Imperio norteamericano lleva escasamente 75 años y parece eterno, pero en realidad, ¿cuánto tiempo le falta? Un artículo de Joan Santacana.

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Afirman los medios que este mes de junio de 2020, ante una oleada de manifestaciones que mantienen a la Unión en estado crítico, el presidente de los Estados Unidos de América, después de ordenar reprimir una manifestación pacifica ante su residencia oficial, ha salido y se ha hecho una foto con la Biblia. ¡Marketing con símbolos religiosos! ¿Qué significado puede tener esta escenificación grotesca mientras muchas ciudades el país están ardiendo? No, no arden sólo por los afroamericanos indignados de tanta brutalidad y desprecio: arden porque los infirma mundi aprovechan la ocasión de la debilidad policial para saquear tiendas, almacenes, edificios públicos e incluso alguna mansión. Son los que se sienten miserables los que queman y saquean. Todo un símbolo en el país —teóricamente aún— más poderoso de la Tierra.

Cuando se analiza el pasado resulta evidente que grupos culturales potentes y prósperos colapsaron y cayeron en una decadencia profunda. Hay casos paradigmáticos de lo que comentamos. Si un hipotético extraterrestre hubiera visitado la Tierra y el Viejo Continente en el siglo X, sin duda alguna habría concluido que la cultura islámica era la más potente, la más sólida y la más desarrollada de aquellos tiempos. Nuestro extraterrestre hubiera presenciado una autentica edad de oro del islam: científicos, ingenieros, filósofos y comerciantes contribuían enormemente a la hegemonía de la religión musulmana sobre todas las demás culturas. Ciudades como Bagdad, El Cairo o Córdoba representaban su esplendor máximo. Pero esto ya no era así pocas décadas después. En el siglo XI, la ciencia y la cultura islámica evidenciaban ya que su etapa más floreciente había pasado, si bien todavía quedaban científicos brillantes, como Averroes o Ibn Jaldún. Aquella ruina de la ciencia islámica era síntoma de un hundimiento general, tanto económico como político. El camino que condujo a los califas a expansionarse por las antiguas provincias del Imperio bizantino, heredando su riqueza y su potencial demográfico y económico, también les condujo a heredar sus problemas: un mundo de campesinos sometidos y un artesanado cada vez más aplastado por cargas fiscales de todo tipo. Territorios prósperos como la antigua Mesopotamia no pudieron mantener sus antiguos y eficaces sistemas de regadío mientras que Egipto, que había sido el granero de Roma, dejó de ser una tierra próspera, capaz de alimentar a los millones de personas a los que antes había alimentado. Algunos autores musulmanes creen que fueron las invasiones procedentes de las estepas asiáticas, como los mongoles, lo que arruinó al Califato; pero ello no debe de ser cierto, porque los invasores mongoles jamás pisaron Egipto ni la antigua tierra de los sumerios y, sin embargo, esas tierras se empobrecieron. Los califas fueron incapaces de solucionar las enormes desigualdades económicas y sociales de tales territorios, y de ahí su proceso de ruina.

Ciertamente el islam sobrevivió como religión y como cultura, pero ya no tuvo jamás el potencial científico y cultural del que había gozado hasta el siglo XI. El desarrollo científico técnico que habían tenido quedó estancado, como hibernado. La causa de este estancamiento no es fácil de dilucidar, pero la preponderancia que fueron adquiriendo los sectores clericales dentro de la cultura pudo ser determinante. Parece como si, a partir del siglo XI, la sociedad no tuviera necesidad de razonamientos científicos. Los clérigos, con sus dogmas, sustituyeron a los científicos. Los sabios pasaron a ser los que conocían la teología, los expertos del Corán. No había necesidad de otro tipo de conocimientos. Estos razonamientos, aparentemente simplistas, fueron sostenidos por algunos historiadores de la ciencia, como John D. Bernal (1901-1971) y otros.

Otras muchas sociedades habían colapsado anteriormente por causas similares. Cuando se generan desigualdades insalvables entre los más poderosos y las mayorías sociales, la ciencia se convierte en un estorbo y lo que los grupos oligárquicos requieren es autoridad, fuerza y dogma. En todo caso, todo ello pone en evidencia que no hay un camino recto y ascendente hacia el progreso y los imperios: al igual que cualquier otro gran colectivo, en un momento dado empiezan a evidenciar síntomas claros de agotamiento. Toda esta reflexión nos la sugiere la situación actual de nuestro mundo; de las potencias que lo han liderado en último siglo. La URSS perdió aquel papel hegemónico que le otorgó la vitoria de 1945 sobre los nazis. Hoy los Estados Unidos mantienen aparentemente la hegemonía mundial; pero sólo aparentemente. ¿Quién hubiera dicho hace tan solo diez años que, ante una pandemia tan grave como la que estamos sufriendo, la potencia hegemónica abdicaría de su liderazgo? Y, sin embargo, hoy los Estados Unidos son líderes en número de infectados por cada mil habitantes y gravedad de decesos. En nuestro mundo, son parte del problema y no de las soluciones. También en el centro mismo del poder norteamericano se genera la más profunda brecha social; divisiones raciales que han sido incapaces de superar y al mismo tiempo ascenso imparable de los dogmas políticos e incluso religiosos. La violencia que se genera, cada vez con más frecuencia, contra minorías étnicas, como la que late contra los afroamericanos, los de origen hispano o algunas minorías asiáticas, aparece a los ojos del mundo como algo brutal; y ante esta problemática, en las elites económicas hay tan sólo indiferencia. Se impone una reflexión: el Imperio hispánico duró trescientos años; el francés unos 130; el británico algo más de un siglo, y el soviético medio siglo. El Imperio norteamericano lleva escasamente setenta y cinco años y parece eterno, pero en realidad, ¿cuánto tiempo le falta?


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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1 comment on “Entre el Corán y la Biblia de Trump

  1. Como siempre, clasificador comentario. Y seguimos sin aprender de «tozudez» de la historia, y claro, el poder cada vez más interesando de que nos desentendamos de la historia, olvidando, o queriendo olvidar, que vamos todos en el mismo barco.

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