Mirar al retrovisor

¿Son tontos los grandes conspiradores mundiales?

Joan Santacana escribe sobre el auge conspiranoico al que asistimos en la actualidad atribuyéndolo a la erosión de la educación humanista y crítica.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Yo no soy creyente en la teoría de la Gran Conspiración Mundial, aquella que presupone que en el mundo existen unos círculos de poder, desconocidos por la mayoría de la gente, que mueven los hilos de casi todo lo que ocurre, programan catástrofes mundiales para beneficio propio, controlan las grandes multinacionales de la información, de la sanidad, de la producción de armamento, dirigen a los bancos y son la última causa de todos nuestros males. Comprendo, sin embargo, que estas teorías, por simples, resulten atractivas. Son simples y lo explican todo. Es como una llave maestra que es capaz de abrir cualquier misterio, desde el cambio climático hasta la COVID-19. Y tienen millones de seguidores en todo el mundo, sin distinguir mucho entre países pobres y países ricos, ya que la mente humana es de naturaleza similar en todo el planeta.

Digo que no creo en todo esto porque lo asimilo a una fe religiosa. Cuando estudiaba historia de la ciencia, recuerdo la existencia de métodos en medicina, a mitad del siglo XIX, que pretendían haber hallado «la causa de todas las enfermedades». El doctor Le Roy, parisino, de gran renombre, postulaba que la medicina purgativa era un remedio universal. Afirmaba el buen doctor —famoso en su tiempo y muy traducido en todas las lenguas cultas de aquel entonces— que el cuerpo humano es un gran depósito de fluidos o humores en equilibrio: los fluidos portadores del germen de la vida y los portadores del germen de la muerte. Cuando los segundos se imponian sobre los primeros, aparecía la enfermedad. Por lo tanto, era preciso eliminar en lo posible los humores corruptos, portadores del germen de la muerte, y la mejor forma era purgando. Así, la purgación resolvía todos los problemas, desde el dolor de muelas hasta el cólera. La teoría era simple, se podía visualizar, era casi gráfica, por lo que tuvo un gran éxito y millones de europeos, hacia 1850, se purgaban con regularidad. Hoy sabemos que purgarse puede ser útil si se anda estreñido, pero no es la panacea de la medicina.

Las teorías conspiratorias me parecen argumentos de una naturaleza similar, simples y fácilmente asequibles para cualquiera. Mis razones tengo, obviamente, y una de ellas es de índole histórica, ya que teorías conspiratorias sí las ha habido siempre, pero el tiempo las ha destruido con la misma facilidad con que crecieron. No me voy a remontar a los romanos para discutirlas, y me bastará las aparecidas en los dos últimos siglos, cuando se atribuyó al diablo el éxito militar del ejército de Napoleón. En aquella época no buscaban en la conspiración a un grupo de nigromantes financieros, sino al propio diablo, la encarnación del mal. También había sido el diablo el que había creado una especie de conspiración de las brujas; la brujería era cosa de mujeres; para ser bruja no era necesario tener un laboratorio clandestino, ya que la brujería se basaba en pensamientos malignos y conjuros. Por lo tanto, resultaba indetectable y, además, cualquier problema, desgracia o enfermedad podía serle imputada, sin demostración posible. La brujería se convirtió en una poderosa arma utilizada contra las mujeres, contra cualquier mujer.

También el nazismo descubrió la existencia de una conspiración mundial de los judíos contra el mundo y singularmente los arios; todo el andamiaje de los sabios de Sion y de la conjura judaica, creída por la inmensa mayoría de los alemanes de los años treinta y alentada por la élite nazi, sirvió para ejecutar el plan de exterminio. Y podríamos seguir enunciando la existencia en el pasado de creencias en teorías conspiratorias. Resultaba fácil culpar a los judíos de todo lo que ocurría, desde la perdida de competitividad de los negocios hasta envenenamientos masivos. ¡Incluso la gripe española de 1918 les fue imputada por determinados círculos!

Pero todo esto resultó falso. Hay que desconocer mucho la historia para creer en estas conspiraciones universales. El estudio del pasado no es tan simple, como no lo es la medicina, y de la misma forma que no hay una causa de las enfermedades, tampoco existe una causa para los hechos históricos.

El desconocimiento de la historia conlleva a menudo graves consecuencias. Yo recuerdo que hacia los años ochenta del pasado siglo, asistiendo a una conferencia organizada por un gran grupo bancario, un gurú economista, en nombre de un supuesto círculo de estudios, planificaba el futuro de la educación y afirmaba que era necesario que los alumnos supieran matemáticas, pues el mundo se rige por ellas. También que era preciso que supieran lengua oral y escrita, ya que es la base de toda comunicación. Sobre la tecnología resultaba importante conocer los principios básicos de la mecánica y la electricidad y, finalmente, se aseveraba que había que aprender lenguas extranjeras a un nivel suficiente para leer las instrucciones de las máquinas. Y ya estaba. En el coloquio se les preguntó que pensaban de la enseñanza de la literatura o la historia y la respuesta fue clara: estas enseñanzas conciernen al ámbito de las aficiones, como quien practica un deporte; de la misma forma que existen clubes de hockey, de tenis o de ciclismo, pueden existir clubes literarios y de historiadores, pero estas disciplinas no deberían tener nada que ver con la enseñanza obligatoria. Yo quedé pasmado ante tanta seguridad, pero pensé que su criterio nunca se impondría. Para mí, enseñar no era igual a educar. Enseñar es transmitir conocimiento; educar es introducirnos en el pensamiento critico; y el sistema educativo, o transmite pensamiento crítico, o es simplemente un reproductor de técnicas elementales para poder ingresar en el mundo del trabajo.

Pero el tiempo en que vivimos pienso que les ha dado la razón a los gurúes banqueros; hoy ya no se enseña historia y la literatura se ha convertido en un adorno prescindible para la mayoría. Ellos acabaron por imponer su criterio, no sólo en España sino en gran parte del mundo. Y por esta razón las teorías de la conspiración mundial están arraigadas hoy. Pero los hechos suelen ser tozudos. Hoy, como siempre, hay conspiraciones, grupos que trabajan para imponer sus criterios, que subvierten la verdad y la cambian por supercherías y mentiras, gobiernos cuya única tarea es enriquecer a los suyos e ideologías malignas que intoxican las opiniones públicas. Por lo tanto, sí que hay conspiraciones, pero no hay una gran conspiración mundial. Recuerdo que cuando se desencadenaron las dos guerras de Iraq —la de Bush padre y la del hijo— aparecieron las famosas teorías de la conspiración universal en la que intervenían la CIA, los principales bancos, las grandes petroleras y un grupo selecto de poderosos, que conspiraban a favor del gobierno universal de los norteamericanos. Han transcurrido suficientes años desde 2003 hasta hoy para darnos cuenta de que la teoría de la conspiración fracasó. Norteamérica no sólo no ha conseguido dominar el mundo, sino que ni tan siquiera controla el Próximo Oriente. Hoy Siria, Irán e Iraq están más lejos de ellos que antes; la beneficiaria de estas guerras ha sido Persia —el Irán de los ayatolás— y una Turquía más islámica que antes junto con la Rusia de Putin, con más bazas que en 2003. Estos son los jugadores dominantes en aquel tablero. Y mientras, hoy China es el mayor tenedor de deuda pública estadounidense, con casi 1,2 billones de dólares. En la época en que comenzó la guerra de Iraq, la deuda publica norteamericana era de unos seis millones de euros; hoy su deuda publica ya sobrepasa los dieciocho millones, mientras que China no llega a los seis mil. Los conspiradores mundiales, o eran muy tontos o no eran norteamericanos, sino iraníes y chinos.

Ante ello, algunos de ustedes (si su lectura ha llegado hasta aquí es que el tema les interesa) se preguntarán hasta que punto la solución está en la enseñanza, como creían los ilustrados del siglo XVIII. Tienen que desengañarse: no vendrá de la enseñanza, o como mínimo de este tipo de enseñanza. Vendrá, en todo caso, de la mano de una nueva forma de educar que tenga en cuenta otros valores.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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1 comment on “¿Son tontos los grandes conspiradores mundiales?

  1. Dolors Roig Puig

    Purgar, també eren administrades les «lavatives» pels seus efectes curatius. Ens de purgar i levativar de tanta estupidesa i creencia limitants.👍🍀

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