Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (23)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago los dimes y diretes sobre vacunas en una cola en el mercado, la desolación de tirar un bolígrafo ya agotado o un caracol sobre el empavesado.

/ textos de Tomás Sánchez Santiago / fotografías de Encarna Mozas /

El fontanero que llega a casa tiene 64 años y está deseando dejar el oficio. Lo dice así: dejar el oficio. Los trabajadores de ciertos ramos nunca emplean el verbo jubilarse porque intuyen que les va a perseguir la melancolía de su pericia, ya agotada. Al cansancio natural, a pesar de su apariencia aún rocosa, este hombre ahora debe añadir los impuestos exigentes, agravados por el gobierno (también los trabajadores de ciertos ramos llaman así al abuso, con miedo abstracto: «el Gobierno»). Todo ello ha hecho al fontanero decidirse por el retiro laboral. «¡Nos llevan a la hecatumba!», me dice abriendo mucho, con expresivo espanto, unos ojos azules y venosos. Hecatumba, sí. ¿Pero algún sabidillo del idioma podría expresarlo con mayor justeza?

¡Mi pequeña ciudad, apiñada y pudorosa! Siempre que entro en ella, lo hago casi tanteando: sé que es una ciudad de sombras. Merodeos iniciales por este barrio de aluvión, más allá del puente. Calles pequeñas de nombres inesperados e irónicos: travesía del Progreso, callejón de Pablo Montesino (parece una burla municipal: un callejón sin salida para el pedagogo visionario). A las puertas de los bares, hombres ociosos de mirada vacuna. Algunos se saludan con despecho altisonante. En un escaparate enormes gatos rubios. Fruterías de mercancía soñolienta en plena acera, con los precios pintados con caligrafía rupestre en cartones arrojados sobre las últimas naranjas y las cajas de fresas. Cruzan pájaros bajos sobre la fruta. Aquí he venido a estar unos días, junto a todo ello. Asistiendo en silencio a escenas de vecindario donde abundan la saliva, los ademanes bruscos y el tabaco.

Dos mujeres charlan en el mercado de abastos. Han posado sus bolsas y hablan bien alto de las vacunas que nos van a inocular, gesticulando entre palabras vivarachas. Es como si hablasen de diferentes clases de lechugas: AstraZéneca, Moderna, de hoja de roble, Janssen, romana, moronda, Pfizer, maravilla… Me paro disimuladamente a escuchar la conversación. Está en la misma cuerda de las infames tertulias televisivas —uno de los grandes males de la humanidad junto a los pantalones de campana—, cuando hablan de vacunas como si fueran marcas de refrescos, dándose argumentos extravagantes para preferir esta o la otra. Y es que todo el mundo parece tener sobre ello su opinión, fundada en otra opinión que ha oído en cualquier parte. El país ha sido invadido por especialistas seglares en la materia. Es, sí, la ignorancia ilustrada.

¿Y nadie vendrá este año con lilas a casa? Cada abril hubo lilas aquí. Llegaban a revolver con su aroma carnal el orden estadizo de la vida. ¿Y nadie las traerá?

¿Veis cómo es el pasado el que viene hacia mí a tirarme de la manga? Abro una caja de latón en lo alto de la biblioteca. No la recordaba. Encuentro en ella dos manuscritos autógrafos de mi bisabuela paterna Marcelina Serrano. Uno sobre el arriendo de una casa y otro, de 1930, con disposiciones para su propio entierro, que ha de ser en Villarramiel con cruz de plata y armonio y los pobres del pueblo llevando velas (dispone que se les dé medio pan a cada uno). La caligrafía es estirada y filiforme, como un baile de espadas, con algunos tropezones y lágrimas de tinta estrelladas por aquí y por allá. Hasta aquí han llegado estas dos hojas. Ni siquiera yo sé cómo ha sido, quién las metió en el fondo de esa caja, qué me llevó hoy a revolver en ella detenidamente hasta encontrarme con este guantazo del pasado. Por menudos que sean, en cada uno de nuestros actos se mezclan insospechadamente el azar y el destino para darles la dimensión definitiva. Nadie sabemos dónde acabarán nuestras palabras ni en manos de quién. Ya en el siglo XV Diego de San Pedro avisaba sobre ello: «Si el lugar que tienen las palabras para ir tuviessen para tornar a volver, a cada uno sería otorgado escrevir y hablar en todo lo que quisiese […] Mas como lo bueno o lo malo que una vez es dicho es para siempre dicho, todo hombre debe atar el seso a la lengua». Una vez, en su ignorada sabiduría, Ana Fidalgo resumió aún mejor lo que es la prudencia verbal: «La mejor palabra es la que está por decir».

Mientras hago cola en la gasolinera, veo un anuncio flamante: «Ya tenemos mascarillas con los diseños de la temporada otoño-invierno». Lo tomo como la advertencia inquietante de que debemos prepararnos para que la muerte nos pille a la moda.

Aceptémoslo: en los postreros tramos del viaje de la vida entran tentaciones de detenerse, volver atrás y colocar donde lo vimos por primera vez todo aquello que en su día habíamos cambiado de lugar porque no nos parecía que aquel fuera su sitio o porque en nuestro ánimo todo lo presidía entonces la inconformidad. Pero no, no cederemos a ningún envite sentimental. Nunca nos gustó el orden del mundo y hemos tratado de desordenarlo un poco, al menos con palabras. En cuanto pudimos, buscamos a oscuras un idioma que rebotase contra el sentido. Pusimos bajo sospecha las certezas que otros nos entregaron con sus manos manchadas. Nunca firmamos pactos ruidosos. Sigamos, pues, así, silenciosos y disimulando el pavor de estar vivos, lavándole la piel a lo desatendido, contentos de haber repartido manotazos y caricias fuera de la fila, lejos de la visibilidad. Ahí, entre los que se conforman con la alegría secreta de la respiración.

Cuando tengo que tirar ya un bolígrafo agotado, me entra algo parecido a un desconsuelo íntimo, inconfesable. Procuro utilizarlo hasta que ya no puedo más, hasta que lo aprieto y apenas se señala la tinta en el papel. Luego, cuando lo tiro, me pregunto inevitablemente qué palabras quedaron atrapadas en él. Palabras sin poner que no quisieron saltar al mundo y quedaron ahí dentro, enroscadas en el enjambre sombrío de lo desestimado. Todo eso cabe —adiós, adiós— en un bolígrafo muerto que ha perdido utilidad. Y peligro.

En cuanto a la propensión de algunos poetas a sobreponerse a los demás hablando solo de sí mismos, David Refoyo me recuerda aquel letrero que había a la entrada del bar Marbella en mi ciudad: «No hable demasiado de usted; ya lo haremos nosotros cuando se haya ido».

Justo al salir del portal, un caracol sobre el empavesado. Es grande. Y está solo. Como tantos otros animales de la lluvia, habrá salido a su llamada. Cuando volví de la compra allí seguía, un poco más a la izquierda, eso me pareció. Por la tarde volví a verlo, ya arrimado celosamente a una pared. Y hoy volveré a buscarlo. Espero encontrarlo aún. Contra la actividad frenética y productiva de las hormigas —de tan buena prensa—, prefiero el desentendimiento del caracol, su falta de molestia, su quietud, esa posibilidad de encogerse y desaparecer. Siempre he creído que traen buenos augurios.

Han vuelto ya las cigüeñas. Otra vez caen del cielo antes del atardecer y pueblan los pastos cercanos de La Candamia con su trajín elegante de pico y patas, una danza esbelta y afilada en busca de comida misteriosa. Sí, han llegado las cigüeñas. Quizás las del año pasado o quizás otras nuevas. Da lo mismo. Siempre necesito saber que abril ha desbaratado el temblor del invierno, el espasmo del frío y su coreografía de naranjas heladas, que ya han quedado atrás. Me gustó siempre el frío pero cuando viene abril, necesito signos —lilas, cigüeñas— de que volverá a chistarnos el aviso infalible de la vitalidad.

No olvidar las pastillas (todas las pastillas) ni las gafas (todas las gafas) ni la crema ultraprotectora solar que me ha exigido el médico ni el cargador del móvil ni la radio para consolar mi insomnio ni la tarjeta por si acaso ni un par de mascarillas de repuesto ni la gorra visera ni la baraja y los amarracos para el mus… La pequeña tiranía de las necesidades y las costumbres nos condiciona la vida ya en exceso. Pero es así ahora: se procura cambiar de lugar por unos días sin trastocar hábitos para no asustar demasiado al cuerpo ni al alma. Qué diferencia de aquellos otros viajes juveniles sin apenas dinero, sin apenas ropa, sin apenas peso en la pequeña mochila. Todo cabía en el solar ilusionado de la aventura. Se trataba entonces de salir a la carretera y esperar a que te llevase alguien a alguna parte. «¿Dónde pasaré hoy la noche?», me preguntaba siempre. Y notaba el dulce cosquilleo de la emoción estremeciéndome el estómago. Así lo viví entonces; y así lo vivo ahora. Aquella alegre imprevisión insensata es ya cautela para hacerlo todo con movimientos contados. Con movimientos contados, eso es.

Al atardecer, la cuchillada rosa del cielo sobre las laderas amodorradas de humedad. Se enciende un poco el brezo, vibra el tono amustiado de su color. En el aire hay una determinación indescifrable que nadie osa estorbar. Y los seres se van, revolcados y mohínos, hacia los últimos ángulos rotos de la tarde, al abrigo de esa advertencia general que siempre trae la noche entre las manos. Cae del revés la vida, una vez más. Atardece en El Bierzo. Con Ana, con Isidoro, con Chus.

Pasar la noche en una caravana, al lado de un río que murmura sin tregua y oyendo los gatos, su borrascoso maullido de lija oscura. Extraña manera de volver a recibir así al sueño. Ya no me lo esperaba.

Días más tarde vuelvo a encontrar al caracol, algunos metros más allá de donde lo vi por primera vez. Unos niños han jugado con él y lo han dejado al lado de unas pequeñas ramas que han dispuesto como si fueran a hacer un fuego de campamento. Y  allí, a su lado, embutido en su concha, el caracol. Qué hermoso destino el suyo, llegar de la lluvia a servir para que jueguen los niños; y eso basta.

Guantes para no rozar el riesgo de lo inmediato. Todo ahora son himnos de prevención corporal. Y yo recuerdo el verso de aquel poema de Herberto Helder, mudado por Gamoneda: «No toques los objetos inmediatos: la armonía quema».


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Los cuadernos pálidos (23)

  1. Carmen Martinez Rascado

    Me emocionan cada vez «los cuadernos pálidos», consiguen que me sienta parte de lo que va relatando y su ritmo tranquilo me esponja el alma y contemplo lo que cuenta, ayudada por las logradas fotografías. Gracias.

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