Tengo de coger la flor

Atardecer en la playa

«Ocurrió en la playa de San Pedro de la Ribera. [... H]asta mi reloj, que tan pronto decía tic como tac, empezó a decir tac, solo tac». Nueva entrega de la sección «Tengo de coger la flor», de Pepe Monteserín.

/ Tengo de coger la flor / Pepe Monteserín /

Ocurrió en la playa de San Pedro de la Ribera.

Las aves enmudecieron, los perros mostraron un nerviosismo estrambótico, no sé, ladridos sin cuento y carreras locas detrás del rabo, y las temperaturas bajaron sensiblemente: tuve que ponerme el jersey. Fue un cambio como de la noche a la mañana, pero al revés.

La ensaladilla rusa se volvió frarigollo de Guinea, y eso que le había puesto yo mayonesa asgaya y patata temprana; al Godello tiñó el crepúsculo de Prieto Picudo. Y enseguida se despintaron las montañas, la arena rubia de la bajamar fue tornándose arena del Sablón o de Pumarabule (que viene a ser la misma), y las olas y la espuma de las olas se ensombrecieron con la tinta de todos los calamares del Cantábrico que, espantados, tiñeron el agua de temor.

La blanca sonrisa de mi mujer se tornó cárdena y se deslució presto su alegría; las gaviotas se disfrazaron de cormoranes y empezaron a revolotear enormes mariposas de orejas y uñas en las alas; príncipes de ojos saltones croaban desde el cañaveral suplicando un beso, y los grillos salían, cric-cric, de sus agujeros, obnubilados con las tinieblas. Se ensimismaron las verónicas y se abrazaron los pétalos del mastuerzo, atosigados por el eructo noctámbulo del cardo; mi sobrina-nieta cerró sus ojos y el cuento de Blancanieves, y se abrió en mis manos uno de Lovecraft: «En la sombra de los tiempos».

Todo se había alterado en pocos minutos. Una energía inefable y velada había alentado a los búhos a costa de mutilar y quitar la razón a las alondras. Algunos coches escarbaban con las ruedas su propia trampa en la arena, un gato pardo y cojo jugaba con pardos cangrejos de una sola tenaza, y hasta mi reloj, que tan pronto decía tic como tac, empezó a decir tac, sólo tac.

Cometas rojos cruzaban el arco de la oscuridad y me orienté con las luces de gálibo de los camiones, sorprendidos en el altísimo puente que une la rasa de Oviñana con la de Salamir. Poco a poco, fueron llegando las estrellas, infinitas estrellas incapaces de devolver al firmamento la claridad.

El Sol se había ocultado tras los eucaliptos de Olieros, en la Punta Oeste de Malperro. De tan insidiosa manera, una vez más, nos sorprendió la noche mientras cenábamos.


Pepe Monteserín Corrales (Pravia, Asturias, 1952) ha escrito novelas, relatos y ensayos (algunos publicados en Trea), viajes, teatro, documentales para televisión, cuentos infantiles, letras para canciones, unos seis mil artículos para Prensa Ibérica, y ha colaborado en programas de radio y televisión. Su obra literaria ha obtenido múltiples reconocimientos en todos los géneros. Su último libro es Diccionario humorístico de un escritor: miles de definiciones, textos eruditos y chistes ad hoc (2022).


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1 comment on “Atardecer en la playa

  1. Agustín Villalba

    ¡ Genial !

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