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La poesía entre los días

'A salto de mata' es el título con el que presenta sus diarios José Luis Zerón Huguet, cuyo segundo tomo lee atentamente Santiago Montobbio. Un libro de carácter vario y heterogéneo, en el que tiene su sitio la poesía como vivencia y punto de meditación.

/ una reseña de Santiago Montobbio /

«Los poetas vienen de madre», afirma don Quijote, y de madre, literalmente, proviene el título A salto de mata con que presenta sus diarios José Luis Zerón Huguet, pues es expresión, sabemos al leer la «Nota del autor» que los abre, que emplea la madre del poeta oriolano. La poesía nos une y nos acerca. Recuerdo la acogida que José Luis Zerón Huguet dispensó a mi poesía en la revista Empireuma, su invitación para que participara en el libro que editó con motivo del centenario de Carlos Fenoll, una reciente y bonita carta en relación a algo que escribí sobre Pavese. También nos acerca este libro que me envía, el tipo de escritura que reúne, pues soy un gran lector de diarios y literatura íntima, de ensayo, el ensayo que abre Montaigne y en el que ha sido parco el castellano y por esto es bienvenida toda aportación valiosa a la libertad que con ese género el gran escritor francés inauguró. Si uno mismo es el tema de su libro, si uno mismo en él se dice, vamos a ver alguna cosa que nos dice José Luis en esta «Nota del autor» con que lo abre. Escribe el poeta oriolano:

«Este volumen, como el anterior, tiene una estructura híbrida. Difícilmente podría ser de otra manera, pues un diario no es un trabajo argumentativo con una vocación unitaria, sino más bien un cajón de sastre. Aquí encontraréis numerosos recuerdos, intuiciones, anécdotas personales y muchas recomendaciones literarias, musicales y artísticas. En esta ocasión, y como novedad, añado algunas notas relacionadas con acontecimientos políticos o cívicos, aunque sin abusar de ellas, ya que considero que el apartado político merecería un volumen aparte, con una mayor contextualización».

Poco después, una declaración de intenciones: «Lo que busco es escribir con sensibilidad y tacto, pero sin renunciar a la valentía». Y una explicación más detallada de cómo ha estructurado el libro:

«En esta ocasión, vuelvo a utilizar la misma estructura que a algunos les ha gustado y a otros no tanto, pero que a mí me convence: cuatro partes. La primera, como su título indica, tiene mucho que ver con la literatura y las artes, y recoge críticas, reseñas breves, apuntes sobre libros, cuadros, piezas musicales y breves reflexiones de corte estético. En el segundo bloque abundan las anécdotas cotidianas aureoladas de cierta magia, las estampas literarias, los recuerdos, las impresiones después de mis paseos por mi pequeña ciudad o la naturaleza que la rodea, notas impresionistas y reflexiones sobre la vida, la muerte, el universo, el peligro de las nuevas tecnologías, etcétera, así como apuntes sobre poesía. A veces, una simple anécdota desencadena un “ars memorativa” que abre numerosas vías de lectura».

Nos dice su autor, aun antes de que lo empecemos, el carácter vario y heterogéneo de este libro, como por otra parte ya podíamos esperar por su forma de composición y por este género en que se inscribe y del que soy un aficionado lector. He leído con agrado sus referencias a su juventud y a la aventura de la revista Empireuma, y me ha agradado también cómo transmite en sus anotaciones a Orihuela. En este cajón de sastre hay motivos de reflexión y centros de preocupación y de atención muy varios. Pero lo escribe un poeta, y la poesía tiene también un lugar en estas anotaciones. La poesía entre los días restalla como vivencia y punto de meditación, sobre el que preguntarse y al que volver. Los recuerdos, los sueños, la muerte y la profundidad de la muerte. Quiero destacar la presencia de la poesía como motivo de reflexión, por el que preguntarse, entre los días que encontramos en estos diarios de José Luis Zerón Huguet, y por esto voy a repasar el libro y algún pasaje a este respecto traeré, sin voluntad didáctica ni de antólogo, casi ni siquiera crítica. El poeta se dice a sí mismo en este género que ha escogido, y es muy grato encontrar entre estos pasajes estas meditaciones acerca de la poesía, a veces más concisas, a veces respecto a un punto más particular que la distingue, y a veces hay anotaciones que constituyen un verdadero manifiesto.

En la sección «Lampos», neologismo que se refiere a un género que también me ha tenido siempre como lector, está también presente de manera muy significativa la poesía. Leo: «Cuánta jerigonza inauténtica, cuántos discursos hinchados para analizar el lenguaje genuino de la poesía». Así es, José Luis, pensamos, y que los pasajes que encontramos acerca de la poesía en sus diarios —la poesía entre los días— venturosamente escapan a esta jerigonza. «Uno va buscando su centro en los márgenes», dice otro lampo, y dice algo que también encontramos en la vida de José Luis y cómo nos la refiere en estos diarios, algo que está en la raíz de una búsqueda. Dos lampos en la página siguiente, la 353: «Percibo los fogonazos y resonancias que encierra la palabra “alba”»; «La palabra poética ilumina rincones que la definición no alcanza. Revela, no delimita». El siguiente lampo que traigo es el primero de la página 356, que lleva el epígrafe Micropoética 8: «La poesía no es un púlpito». No, no es un púlpito. Y su verdad no se dice desde un púlpito. Se puede decir en los márgenes y en anotaciones de diario y en los poemas mismos. El último lampo de la página siguiente, 357, con el epígrafe Micropoética 10: «Anteponer la atención a la intención». Las atenciones de Guillén en las que en mi diálogo con él y sus poemas de manera especial me fijé. Y la muerte en un lampo, la muerte que como he dicho sentimos en su profundidad y su verdad —y su misterio— en alguna anotación de estos diarios. Así en este lampo: «Vivir consiste en asumir la muerte, aunque no sepamos cómo». En la página siguiente, 360, dos lampos sucesivos: «Mi poesía creo que ha ido evolucionando en espiral. No es una sucesión, sino más bien una superposición, un solapamiento de estructuras, temas y sentidos»; «El poeta no es ni sabio ni poderoso, pues habita en una interrogación permanente». Así vamos a ver y sentir estas anotaciones relativas a la poesía que se encuentran en sus diarios cuando los repasemos. La Micropoética 13, que traigo sin comentarios: «La escritura poética es a la vez un acto de conciencia e inocencia». Y los últimos lampos que cierran este apartado del libro se refieren de modo muy significativo a la poesía: «El poeta olvida a menudo que la etimología del término poesía significa dar a luz»; «Poetas: limpiad la pátina consuetudinaria del poema, huid de la costumbre, dejad que la epifanía os trastorne. Traspasad todos los umbrales, no seáis timoratos. Llegad hasta donde no hay cánones, silencios temerosos ni renuncias»; «Que mi discurso no deje de progresar, de dialogar, de discutir»; «La poesía es una buena anfitriona, pero cuidado: también es una visitante exigente e intempestiva».

Y vamos a los diarios. Traigo una primera anotación, que acaba con un poeta para mí muy querido, Roberto Juarroz (página 113):

EN estos tiempos de nomenclaturas, en los que es necesario acuñar palabros (cada cual más horrible) para denominarlo todo, la proliferación de tecnicismos poco eufónicos y de neologismos pretenciosos, más que enriquecer nuestra lengua, la está empobreciendo y afeando. Más que aportar sabia precisión, amplían la ceremonia de la confusión. A los santones de la nomenclatura solo les interesa la eficacia del nombrar en beneficio del informe burocrático; para nada les importa la estética, el misterio o la amplitud de miras que encierra el lenguaje vivo. Recuerdo unos versos de Roberto Juarroz que no pueden ser más acertados para denunciar la cultura del informe y el abuso del tecnicismo, escritos cuando aún no estaba tan extendida la costumbre de etiquetarlo todo:

Toda nomenclatura es triste.
Huele a campos tapiados,
a cadenas de lúgubres adioses,
a pisadas que aplastan,
a papeles manchados,
a descarnadas corrosiones.

Aunque se enumeraran ángeles,
aunque se encolumnaran rosas,
aunque se indizaran amores.

Toda nomenclatura traba
la azul enredadera
cuyos brotes demuestran
que el silencio es un verbo.

Toda nomenclatura atrasa
el reloj sin cuadrante
del ritmo que es la vida.

En la página siguiente, 115:

«MARINA Tsvetáieva definió lo poético como la máxima intensidad y añadió que no puede ser excesivo lo lírico, pues lo lírico en sí mismo es excesivo. Concuerdo con ella. Aun la poesía más despojada, reflexiva y sobria de dicción resulta excesiva. La desmesura es la condición absoluta de la poesía, entendiendo como excesivo una suerte de afán codicioso por penetrar en la realidad hasta llegar a su sentido más hondo e íntegro, una necesidad extrema de desvelar sus contradicciones, sus crueldades, su fealdad, su sinsentido y también la belleza y el misterio de sus maravillas y prodigios. Esto provoca una férrea alianza del arte y de la vida. La poesía es extrema porque, como escribió Saint John Perse, “el amor es su hogar, la insumisión su ley”».

La poesía, y el arte, esta vez con unas palabras en relación con una película también por mí muy apreciada (página 137):

«Una de las paradojas de la creación artística es la búsqueda de la armonía desde la imposibilidad de alcanzarla plenamente. Esa aporía es la que mueve al artista, al poeta, al intelectual idealista. No hay arte sin dolor, incertidumbre, imperfección, perplejidad, temor y conflicto. Tarkovski lo definió muy bien en su libro Esculpir en el tiempo a propósito de su gran película Andréi Rubliov: “Los artistas no pueden crear en el vacío ni en condiciones ideales, porque entonces no podrían crear nada. Debe existir algún tipo de presión. Los artistas existen porque el mundo no es perfecto. Si fuera perfecto, el arte sería totalmente inútil, pues el hombre ya no buscaría armonía, sino que viviría en ella. El arte nace de un mundo mal diseñado”».

Vamos a acompañar al poeta, lo estamos acompañando al repasar este volumen de sus diarios en busca de la poesía entre los días. Pienso no ha de desagradarle, y nos lo puede hacer así pensar esta anotación que resulta tan recapitulatoria de una vida de poeta y tan definitoria de su intención (páginas 181-182):

«ME piden un poema y repaso mis inéditos. Como todo me parece un ejercicio fútil que a nadie puede importarle, estoy a punto de inventarme una excusa para no enviar el poema. ¿Quién va a atender lo que me conmueve, si cada cual se inclina hacia su propia soledad? Mi fe en la poesía está llena de plenitudes y dudas, y cuando estas últimas se manifiestan como un ejército al asedio, me dan ganas de dejar todo lo que tenga que ver con la escritura poética. Pero pronto salgo de mi extravío para seguir perseverando en una labor que, aunque se tenga por inútil, para mí resulta inevitable. Las rutas del anonimato son oscuras y escarpadas, cierto, pero como dijo Georges Bataille: “Nadie puede acusar al poeta de no ser multitud”. Me basta con que alguien venga a sentarse junto a mí. Alguien que, al leerme, escarbe en mis raíces y justifique mi entrega a la poesía».

Leemos en una anotación en la página 189: «Quiero percibir el misterio de lo que se manifiesta y lo que permanece oculto». Así buscamos la poesía entre los días. Y la muerte, a la que me he referido. Así la encontramos en la página 200: «Platón dijo: “De la muerte nadie sabe nada”. Por tanto, ante nuestra incapacidad para representarla, la muerte no existe o, al menos, resulta irreal. Lo que sí sabemos es que la muerte depende de la vida, que no hay vida sin muerte y que de esa relación paradójica entre existencia e inexistencia surge el equilibrio dinámico de lo múltiple y de lo uno».

Algo del sentir de la juventud —página 229—: «Podría decirse que siento una euforia lírica, un bienestar físico, con destellos de nostalgia que me transportan a mi infancia tardía y adolescencia, cuando, junto a mi reducido grupo de amigos, vivíamos inmersos en el Romanticismo. Éramos alegres y soñadores, aunque con un trasfondo melancólico. Estábamos absolutamente convencidos de que la dicha que nos proporcionaban el arte y la poesía no pertenecía a este mundo». Más adelante —página 251—, también la juventud y la revista Empireuma en que se apreció y acogió mi poesía, y Orihuela, donde se hacía: «Gracias a mi encuentro inesperado con el poeta Jorge Cuña y su compañera, la profesora Lola Varela (ellos me ayudaron a integrarme en la realidad de mi tiempo), ingresé, junto con mis amigos de siempre y con los que año y medio después fundaría la revista Empireuma, prematuramente en lo que entonces era la vida cultural de Orihuela, muy dinámica y vibrante, por cierto, y que poco tenía que ver con la imagen eclesial que yo (y todos con los que me junté) tenía de Orihuela».

He dicho que tienen un diferente carácter estas anotaciones relativas a la poesía que podemos espigar en los diarios del poeta. En las páginas 257-258 encontramos dos anotaciones que se refieren a ella y son de gran intensidad y profundidad:

«EN la escritura poética, la audición es fundamental. El poeta no escucha el poema en un sentido musical stricto sensu, sino desde una llamada interior que tiene mucho que ver con la fe (fides ex auditu). A esto mismo lo hemos llamado inspiración o estado de gracia; sin embargo, la inspiración, al igual que llega, se va. Va y viene. No hay reglas ni modos que puedan convocar la llamada, solo se trata de entregarse a ella cuando se manifiesta, ya sea desde una experiencia cotidiana, erótica, dolorosa, etcétera, confiando en su fugacidad y sabiendo que nos confronta con nuestros frágiles entendimientos y anhelos.

“SOLO la ilusión es fértil, solo ella es origen”, escribió Cioran. El poeta sabe —o debería saber— que debe ejercitarse en el fervor sin dejar de pisar tierra firme. Ha de dar cuenta de la existencia devastada y reconciliarse con los arrebatos y los excesos, no deleitarse en demasía con los venenos de la pasión, pero tampoco someterse a las ataduras de la quietud, al falso consuelo de la autosatisfacción, a la nulidad de la obnubilación irreflexiva, o a los páramos de la indiferencia y la resignación.

El poeta ha de moverse entre la exorbitancia y la continencia, en los límites de la imaginación y la concreción; ser un creyente sin dejar de dudar, para evitar que las llamas del fervor devoren y reduzcan a cenizas su entusiasmo, condenándolo al final a los infiernos del hastío. Los progresos del poeta dependen de su desprendimiento de la realidad y de su más ambiciosa entrega a ella; de sus adherencias y sublevaciones; de su capacidad para avanzar por el desapego sin privarse de las razones, de su aptitud para saborear la decadencia del mundo sin zozobrar en el fango de los horrores, convencido de que solo puede alcanzar la embriaguez de lo múltiple al no discriminar entre lo real y lo ilusorio».

En la página 265 también encontramos dos anotaciones seguidas que se refieren a la poesía, y nos dicen y vemos que el poeta no habla de ella desde un púlpito, y ello nos agrada. Nos agrada el carácter confesional y sincero de estas anotaciones, en este sentido comprometido. Aquí estas dos anotaciones:

«ME atrevería a decir que hay tres clases de poetas: aquellos que escriben y plantean siempre la misma poética en sus distintos libros, con leves variantes; los que construyen una poética reconocible que no es monolítica, pues va mutando por ciclos; y, finalmente, los que mutan en cada libro y, por ende, son difícilmente reconocibles. Yo creo que soy de los segundos. Mi poética no es unívoca ni del todo polifónica, o eso quiero creer. Me gustaría que no fuera ni opaca ni redundante, ni dispersa hasta resultar irreconocible.

HE aquí una paradoja frecuente en la escritura poética: el poema solo puede concebirse como un ejercicio de reflexión, lejos de la velocidad, las prisas y las premuras de editores, tendencias o escuelas. La poesía es el espacio de la reflexión del lenguaje y reivindica la lentitud como acto de rebeldía contra la urgencia de la sociedad productiva. Sin embargo, el poema mismo urge a nuestra conciencia, nos insta a desarrollarnos de manera inmediata y pugna por salir a la luz y crear un territorio. Es por ello que su insistencia exigente y agotadora nos genera ansiedad. Precisamente en el momento en que se manifiesta el poema con su obstinación arrolladora es cuando no hay que sucumbir a la impaciencia. No debemos apresurarnos a responder a las demandas de inmediatez del poema; debemos tratarlo con paciencia, cariño y firmeza hasta lograr embridarlo, evitando que la operación de doma borre su identidad, su fuerza, su misterio y su primitiva esencialidad. Al lector debe llegarle la corriente emocional que ha dado vida al poema: la vibración, el caudal de estremecimiento, el temblor del proceso de escritura, que es una emoción nueva no vivida antes del acto creativo».

Así acaba una anotación que se encuentra en la página siguiente —267—: «Hablamos de los misterios del universo. ¡Ay, Dios! Hay tantas preguntas y tan pocas respuestas». Así al pensar la poesía, así nuestro sentirla y preguntarnos por ella entre los días.

Leemos esta anotación en la página 273: «En el prefacio a la traducción en prosa de El cuervo, célebre poema de Poe, Baudelaire escribe, refiriéndose al autor norteamericano: “Tenía realmente un gran genio y más inspiración que cualquiera, si por inspiración se entiende la energía, el entusiasmo intelectual y la facultad de mantener sus facultades despiertas”. Pues bien, eso mismo entiendo que es la inspiración». Me agrada esta referencia a Baudelaire. Muchas veces he recordado una sentencia espléndida que escribe en una crítica pictórica —«Salón de 1846. A los burgueses»—: «Podéis vivir tres días sin pan; sin poesía, jamás; y aquellos de vosotros que dicen lo contrario, se equivocan: no se conocen». Y, en esta corriente esteticista de su época, que puede representar aquel aforismo de Oscar Wilde que asegura que no hay libros morales ni inmorales sino libros bien y mal escritos —«simplemente», creo que apostilla—, Baudelaire matiza y hace una precisión muy pertinente, muy oportuna, y es que aunque sea la belleza el fin primordial que ya así decía su querido Edgar Allan Poe, el arte ofrece una vía de depuración de los sentimientos, de las pasiones. Así que la exigencia estética, el que sea para nosotros fundamental, no impide y ha de conjugarse también con el carácter catártico del arte. Precisión, como digo, que me parece muy oportuna, porque aun el arte que se tiene por más estético en su intención y realización no ha de ser inane, ni puede dejarnos por completo indiferentes. No nos interesaría en ese caso. Así que el acudir a Baudelaire en esta anotación por parte de José Luis Zerón Huguet me parece significativo y un acierto.

Aquí una anotación que constituye un verdadero manifiesto sobre la poesía, un manifiesto en que con la poesía están —y es muy justo y muy oportuno— Grecia y el misterio y la mística:

«MEDITO sobre la palabra “entusiasmo”, que viene de enthéos y para los griegos significaba sentirse “habitados y habitando al dios”. El entusiasmo se relaciona con el misterio (mistés) que designaba en Grecia a la persona iniciada en los ritos secretos.

Dejando a un lado las creencias religiosas, porque carezco de ellas, sí tengo un alto concepto del misterio y creo, aplicándolo a la poesía, que sin él esta no es posible, o si lo es, el resultado es desustanciado, mediocre, insulso y carente de intensidad. Entiendo por misterio una apertura a lo que nos rodea y nos constituye, incluyendo todo aquello que no vemos o no podemos concebir. El interés por todo lo inefable y sublime que nos aterra, pero que está en nuestra realidad; el rechazo de la mezquindad y la egolatría que todo lo corrompe; el espacio (¿en el cerebro, en la mente, en el espíritu?) donde acontece lo tremendo y lo gozoso y lo que hace posible que podamos convivir con todas nuestras incompatibilidades haciéndolas fértiles. El misterio nos rescata de lo desapacible reconciliándonos con el mundo; el misterio nos impele a mirar hacia los orígenes y hacia las postrimerías. El misterio nos escamotea las certezas, pero nos proporciona el entusiasmo, la intensidad y la fascinación de la búsqueda. Hay puntos de convergencia, pues, entre el poeta y el místico, pero también hay diferencias. Comparten la inefabilidad, la iluminación, la emoción, el entusiasmo, cierto, no así la certeza. El místico reafirma la certeza; el poeta accede a la iluminación desde la perplejidad, la cautela, la incertidumbre, y nunca llega a resolver sus dudas. El poeta no se enfrenta a la razón, sino que la asimila y permite que convivan las emociones y el razonamiento o juicio. El místico cree que el misterio le ha sido revelado; accede a él por una vía unitiva que no alcanza el poeta. Este siempre rondará el misterio, pero no llegará a desvelarlo, y en esa búsqueda carente de certezas se encuentra, en mi opinión, la esencia fascinante de lo poético.

No concibo, pues, la poesía sin misterio y a los poetas sin entusiasmo, es decir, habitados por ese dios que unos sueñan, otros niegan y muchos añoran y que para mí no es más que el pulso redentor de las palabras, que muchos poetas creen haber perdido, quizá porque nunca lo experimentaron».

Estamos leyendo un diario, que tiene por tanto carácter heterogéneo y vario. Podemos encontrar que la anotación siguiente hace de contrapunto a esta tan altamente meditativa, y a la vez que también podemos leerla como un poema —la poesía entre los días—:

«DOMINGO. Once de la mañana. Cielo encapotado, temperatura agradable, luz crepuscular. Suenan los preludios para piano de Scriabin. No tenemos previsto salir de casa. Trato de leer, pero me cuesta concentrarme. El laborioso estrés de no hacer nada. El gozo de ser casi feliz. Un olor a humedad y a café recién hecho. La belleza trivial y bulliciosa de unas muchachas que caminan por la pasarela. La sonrisa de nuestra vecina de balcón —madre joven— que me da los buenos días con una “parece que va a llover, ¿no?”. La culpa de no estar haciendo nada y el placer de asumir la pereza. Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Dolce far niente».

El carácter vario del diario, la reflexión en él, y la meditación sobre la poesía. Montaigne decía que la conversación era uno de los ejercicios más fecundos del espíritu, y la escritura diarística está cerca de ella. De la conversación. Y de la conversación leemos en una anotación —página 289—: «Las magníficas aventuras del hablar, con todas sus sutilezas y aristas, con discursos puramente subjetivos plagados de errores o imprecisiones, pero también de lucidez y clarividencia».

Conversación y amistad se unen en esta anotación. Los libros también una amistad, la lectura. Otra vez el poema y el misterio en esta anotación que encontramos en la página 307: «EL poema es un ejercicio de maravillosa frustración. Los poetas nunca lograremos transmitir el fuego súbito que nos llegó durante el alumbramiento poético. Al cabo quedará el rescoldo insuficiente del misterio de la poesía, su insignificante materialización. Pero la emoción del vislumbre poético justifica con creces el dolor que nos produce el tratar de reproducirlo».

El carácter confesional al que también me he referido y es natural tengan unos diarios puede ser representado por el final de una anotación y que encontramos en la página 311: «Solo he querido escribir, decir lo que tenía que decir y hablar de aquellos egregios (en el mejor sentido del término) que, como yo, escribieron por necesidad, sin esperar demasiado del futuro. Quizás he malogrado mis esfuerzos; a veces tengo esa sensación. Pero seguiré haciendo lo que debo hacer, lo que necesito hacer para sentirme vivo, ahora, en el presente, aunque el futuro ya esté riéndose de mi fracaso».

Otra vez la muerte en la página 315:

«He pasado toda la mañana como un sonámbulo, sin poder creer lo sucedido. En estos casos, el lenguaje deja de ser una morada: no cobija, no es capaz de conjurar la ausencia definitiva de la muerte.

Uno quiere comunicar todo lo que siente, pero le resulta incomunicable; el intento es vano y lo condena a la indigencia del dolor, a sufrir la terrible prueba de la pérdida irrecuperable. La muerte es imprescindible para que exista la vida, pero su voracidad es aborrecible.

Se busca consuelo en el movimiento continuo de los ciclos y esquemas evolutivos, en la armonía del eterno retorno, en la renovación del universo, en la autofecundación, en disolución engendradora. Uno quiere, pero no puede…».

Y la poesía. La poesía al final de la anotación que se encuentra entre las páginas 316-317, y, tras ella, una anotación que también podemos leer como un poema. Con ellas quiero despedir mis palabras. Aquí la poesía entre los días que aparece y cierra el final de esta anotación que se encuentra entre estas páginas que he mencionado:

«Pienso en la oposición entre acción y poesía, que no es tal, aunque para el común de la gente exista una relación indiscutible entre poetizar y contemplar. La poesía persiste, sobre todo, en el conflicto. Las constantes contradicciones y tensiones hacen de la poesía el lugar del asombro y también del desasosiego. Si no hay cuestionamiento, no hay creación. Tampoco si existe la incertidumbre. La escritura poética conlleva casi siempre la dificultad de no saber hacia dónde te conduce. Recuerdo un aforismo de René Char leído en Furor y misterio: “Ser poeta es tener apetito de un desasosiego cuya realización, entre los remolinos de todas las cosas existentes, provoca, en el momento de darse, la felicidad”»

Coincidentia oppositorum. La carencia y el exceso son consustanciales al poema, y la felicidad que nos produce la solvencia de su vuelo nunca sería posible sin los sentidos abiertos al desasosiego.

Y, por último, esta anotación ya poema:

«LA ciudad amanece sudada y morena, como si la diurnidad aún llevara en su piel restos de noche. La mañana bronceada parece asomarse tímidamente, sin irrumpir con la prepotencia solar de días pasados. Entre las nubes hay un resplandor caótico, como el destello de espejos rotos o linternas a punto de consumirse. La luz matinal tiene algo de farol macilento o de llama aturdida, insinuando fondos de aljibes y fuentes umbrías. En el conflicto de la visualidad, uno no sabría decir si es de mañana, si amanece o si se anuncia el ocaso. Hay una ambigüedad inquietante entre sol y sombra que activa mis zonas más sensitivas. No sé si lo que bulle en mi interior es la conciencia del declive o de la plenitud».


Encrucijadas. A salto de mata, 2
José Luis Zerón Huguet
Polibea, 2025
400 páginas
22 €

Santiago Montobbio (Barcelona, 1966) publicó por primera vez como poeta en la Revista de Occidente en 1988, y su primer libro, Hospital de Inocentes (1989), mereció ya el reconocimiento espontáneo de ilustres autores (Onetti, Sabato, Vilariño, Delibes, Cela, Martín Gaite, Valente, entre otros). Su libro El anarquista de las bengalas fue finalista del Premio Quijote 2006, que concedía la Asociación Colegial de Escritores de España al mejor libro publicado en el año mediante votación de sus socios. Su vasta obra poética, traducida a un buen número de idiomas, ha obtenido una difusión, un reconocimiento y una trascendencia internacionales. Se han publicado libros con una antología de su poesía en París, Brasil, Países Bajos e Italia. En su fecunda trayectoria destacan los once libros que ha publicado estos últimos años en la histórica colección de poesía El Bardo. Sus libros más recientes son Días en Venecia (2024) y La libertad de la poesía (2025), publicados ambos en la colección Nueva Biblioteca Íntima de Ònix Editor. La hispanista brasileña Ester Abreu Vieira de Oliveira ha publicado un libro dedicado a su obra poética, con un estudio de la misma y también una antología de su poesía en edición bilingüe castellano-portugués: A arte poética de Santiago Montobbio (Análise e Traduçao) (Editorial Opçao, Brasil, 2017). A su labor de creación le acompaña y corresponde, desde sus inicios como escritor, una labor como ensayista y articulista. Ha colaborado en las primeras revistas de España, Europa y América. Desde el año 2010 colabora en Revue d’Art et de Littérature, Musique, de cuyo Equipe rédactionnelle forma parte y en la que tiene un Espace d’auteur. Esta casa editorial francesa le concedió su Prix Chasseur de Poésie 2012.


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