/ una reseña cinematográfica de Jorge Praga /
Stanislaus Joyce, el hermano de James Joyce, pasó por algunos apuros escolares cuando se le rompieron las gafas en el colegio. El escritor guardó la anécdota durante años para incorporarla a su personaje Stephen Dédalus, el protagonista de Retrato del artista adolescente. Atropellado por la bicicleta de otro colegial, Stephen acude a clase sin sus gafas. El profesor de latín accede a que no copie los ejercicios, pero con la llegada al aula de otro jesuita, el padre Dolan, la excusa no se acepta y se lleva una terrible tanda de palmetazos en las manos. El remoto castigo de Stanislaus se convierte en una página exitosa en la obra de su hermano James: un malabarista del lenguaje que, sin embargo, nunca dejó de alimentarse de lo que su experiencia y su memoria le suministraban. El origen de una obra artística tiene a menudo unas claves privadas que solo afloran por la voluntad del autor o la indiscreción de sus cercanos. Luis García Berlanga cifraba el origen de su película maestra El verdugo en una imagen que le agobió y obsesionó durante un tiempo, la de un condenado a muerte y su verdugo, ambos mareados y débiles, que tienen que ser ayudados por sendos grupos de personas para llegar al lugar de la ejecución. David Lynch transformó las dificultades de su vida personal en Filadelfia —un barrio conflictivo y sucio, un bebé que lloraba y no le dejaba dormir, un horizonte de pareja incierto— en las notas básicas para componer Cabeza borradora, su alucinado debut en el largometraje.
En Amarga Navidad se han buscado claves de la vida personal de Pedro Almodóvar, desde la aparición fugaz de su pareja durante varias décadas a los guiños sobre Chavela Vargas o el retrato de su asistente oculta tras la interpretación de Aitana Sánchez-Gijón. También los homenajes o los préstamos velados desde otros autores. Fellini o Bergman, en las obras finales de su carrera, son nombres que se deslizan en los diálogos. «Es una película que claramente me refleja. Hay mucha ficción, pero ningún invento. Estoy absolutamente presente y totalmente ficcionado. En realidad, si hiciera una película hablando de mí, seríamuy aburrida. La ficción es necesaria siempre», declaraba Almodóvar a Álex Vicente en El País. Esta intromisión de las experiencias del director en la película es casi una constante a lo largo de su obra. En cierta manera su extensa filmografía estratifica las distintas etapas vitales del director: su juventud gamberra empuja títulos como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón o Laberinto de pasiones. Cierta madurez y asentamiento económico deja rastro en Matador o en La ley del deseo, sin perder la chispa generacional que enciende Mujeres al borde de un ataque de nervios. La muerte de su madre le lleva a la revisión de sus orígenes: La mala educación, Volver. Y cuando el cuerpo se agosta y las ilusiones aflojan su cine empieza a mirar al sufrimiento y a la muerte en Hable con ella y sobre todo en Dolor y gloria. La hipótesis de esa cercanía entre vida y obra se refuerza si observamos que las películas con menos fuelle que rueda son las que olvidan sus raíces: Los amantes pasajeros o Madres paralelas.
Amarga Navidad se hace eco de muchos rasgos personales de Pedro Almodóvar, de las heridas del tiempo en su edad ya avanzada; también de la mirada de su generación. Pero lo que la hace diferente a las obras anteriores es que, más allá de los chispazos temáticos, incorpora ese reflejo especular a la estructura de la película. Ya en Dolor y gloria había dado vida a un director de cine con bastantes coincidencias con él. Pero en Amarga Navidad es el propio proceso de escritura y creación cinematográfica el que se cuenta. Para ello la película se desdobla en dos estratos: el trabajo de guion por parte del veterano director Raúl Rossetti para una película cuyo título quiere ser Amarga Navidad, y por otro el discurrir en imágenes de ese guion en crecimiento cuyo protagonista es ahora una mujer, también directora de cine con su propia vena creativa. Vemos crecer el proyecto empujado por el director, y el proyecto de la directora en la ficción. Un artificio complejo de muñecas rusas. Raúl Rossetti traslada a la película lo que le pasó veinte años atrás: un ataque de pánico, sus migrañas, ciertas fiestas, el intento de suicidio de alguien cercano. En algún momento balbucea una explicación para justificar el uso de esos materiales íntimos: «Es autoficción», le dice a su asistente para defenderse. «¡Y una mierda!», le contesta ella. Porque el espejo no solo devuelve los esplendores, sino también las miserias, las propias y las de los alrededores. El alter ego de Almodóvar es un tipo que ha perdido la gracia, la inspiración. Busca casi con desesperación rematar un guion en el que todo encaje. Su asistente le recomienda que se contente con los homenajes que le prodigan, que no vaya más allá de una peliculita breve y que no vuelva otra vez sobre la figura de su madre. Pero él responde que su única pasión, lo que llena en exclusiva su vida, es el cine. Es fácil entrever en ese bosquejo muchos rasgos de Almodóvar sobre un espejo nada complaciente. Y para el que roba en la vida propia y ajena situaciones y hechos de irresistible fuerza dramática y narrativa.
En el que promete que va a ser su último libro, y así lo sugiere el título de Despedidas, Julian Barnes echa una mirada retrospectiva a su vida desde la atalaya de los ochenta años. La memoria y la fiabilidad de los recuerdos es uno de sus temas centrales, más el uso que un escritor hace, o puede hacer, de esos materiales anclados en su cabeza. «Yo escribo sobre todo ficción, lo cual requiere que la vida se someta a un cierto compostaje para convertirse en material utilizable», anota. Pero en este libro se cruza una historia que, según parece, pasa a las páginas tal y como el autor la vivió, sin apenas compostajes o cambios salvo dar nuevos nombres a los protagonistas y poco más. Un amigo y una amiga suyos se conocieron por su mediación en los años estudiantiles, se hicieron pareja y pasado unos meses se separaron. Cuarenta años después los vuelve a encontrar y de nuevo con su mediación se emparejan otra vez. Eso sí, Barnes ya es escritor consagrado y los dos le piden que no use de ninguna manera esa historia de doble emparejamiento. La novia incluso hace que lo prometa con un juramento sobre la Biblia. Barnes dice que sí a todos esos requerimientos, pero no deja de anotar lo que pasa y cuando tiene oportunidad lo lleva al papel. Ha esperado a que ambos hayan muerto, solo queda el testigo del perro de la pareja que curiosamente pasa a vivir con el escritor: «Había tratado a Jean y a Stephen como si fueran personajes de una de mis novelas, pensando que podía encaminarlos delicadamente hacia los respectivos finales que yo deseaba. Había confundido la vida con la literatura».
En la despedida de Barnes y en la película de Almodóvar se plantea de manera bastante explícita el uso de intimidades ajenas para la construcción de una obra. Barnes detalla con esmero la traición al juramento que hizo a sus amigos, sin apenas ofrecer justificaciones ni dejar señales de remordimiento. Era una materia de una fuerza novelable que no podía resistir. La ética del procedimiento, o el faltar a una palabra, no parece preocuparle demasiado, acostumbrado a confundir la vida con la literatura. En Amarga Navidad hay una larga secuencia final en la que Raúl Rossetti discute agriamente con su asistente, que le acusa de haber llevado al guion el intento de suicidio de una persona de su intimidad. «¿Pero cómo te atreves?», le grita ella. El director se defiende con la razón artística, con la fuerza dramática de lo robado, con su necesidad argumental. Basta un cierto maquillaje para que nadie advierta el origen, dice en su defensa. La tarde va declinando en el parque donde tiene lugar la conversación, Raúl se queda solo con el guion encima de la mesa y de nuevo vuelve a caer en la tentación del robo: esa mujer que acaba de lanzarle fuertes acusaciones es el rostro y el carácter que estaba buscando para enderezar el proyecto. Otra vez la vida le regala una veta artística a la que solo es preciso prestar atención. Y ponerse a trabajar. «Es así, para bien y para mal. Yo escribo todos los días», confiesa desde el otro lado de la cámara el propio Almodóvar.

Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999), Cartas desde Omedines (2017), Tierra de Campos infinitamente (2021), La belleza del afuera (2023) y La mirada de un tiempo (2025), y ha participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.
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