texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Óculos)
Los ruidos primordiales. Esos que ya existían antes de la voz. No son sonidos, no contienen intención articulatoria ninguna pero dejan siempre esa impresión de inigualable compañía bárbara. Es el ruido del aire chicheando entre ramas secas, el del agua del río moviéndose con la soltura salvaje de los estremecimientos, el de la vaharada del fuego irguiéndose en su masticación, sin otro argumento que su presencia. Bastan estos ruidos: el del aire, el del agua, el del fuego. Ponerse cerca de ellos es comprender mejor cuánto nos hemos alejado de la Naturaleza para dominarla ensordeciéndola.
El niño juega a arrojar la peonza, que ya no es de madera ni su rejón de hierro. Es más bien un artefacto autónomo de plástico, sin aquella gracia de implicar nuestras manos en él para arrollar el cordel, lanzarlo con maestría, recogerlo de nuevo con mimo en la palma tensa… Bailar el peón, así se decía. Ahora este niño lo hace a su modo. El juego ya es algo exterior a él. Cruzo unas palabras sobre todo este asunto con su madre: los cambios en los juegos de los niños, las relaciones perdidas entre nosotros y las cosas, la falta de concurso del cuerpo… De golpe, sin permiso me viene a la memoria un nombre: Evaristo. «Los mejores rejones de punta de lanza son los de Evaristo», decíamos los niños entonces. Pero ¿quién era Evaristo? Nunca llegué a saberlo; de él solo conocí su nombre, su fantasmal pericia y que regentaba un negocio en la calle Balborraz. Pero bastan esos trazos difusos para que Evaristo, el hacedor de rejones, siga vivo en la mitología de mi niñez. Como los héroes antiguos, que solo conocemos por los relatos, Evaristo está en el repertorio de otros seres egregios de mi infancia, tal uno de aquellos protectores manes romanos. Y es muy posible que sea yo el único en el mundo que lo recuerde así todavía; saber eso me provoca una suerte de fidelidad a aquella época en que la vida era saber bailar un peón y mirarlo girar sobre un rejón de punta de lanza, una bailarina que antes o después acababa por desmoronarse. Y vuelvo a decir en voz alta «Evaristo, Evaristo» y casi me sale «Rosebud, Rosebud».

¿Por qué en los cafés y en los bares de España se piensa que vamos a escuchar música en vez de ir a hablar?
Un encuentro fortuito. Es un compañero de colegio que luego acabó regentando una pescadería en el mercado de abastos. Aún sé su nombre completo —Roberto Iglesias Martín— y eso lo facilita todo. Tras los saludos, va de cabeza a contarme algo. Al parecer, le salvé de suspender el latín de un curso de bachillerato pasándole a hurtadillas el examen, una vez hecho por mí a toda prisa, para que lo transcribiese con su propia letra. Él me lo cuenta con mucho detalle, como si todo hubiese sucedido hace un par de horas, aunque la verdad es que yo no tengo de ello ni la más remota idea. «Nunca lo he olvidado», me hace saber más de cincuenta años después. Lo cierto es que yo solía hacer esas cosas entonces. Era mi manera de burlar aquella autoridad que curas y profesores creían infalible. Pero qué va. A pesar de su severidad, que a menudo era pura crueldad, nosotros nos reíamos de ellos, les aplicábamos motes, resistíamos su mirada tras la bofetada pública y, si podíamos, los engañábamos en los exámenes para librar del fatídico suspenso a los que menos sabían. A mi compañero Roberto, aquel profesor de latín (en realidad un capitoste paniaguado del franquismo local) le dijo cuando lo aprobó: «¿Ve cómo cuando usted quiere sabe hacerlo?». Ni se imaginaba aquel hombre a qué se estaba refiriendo.
«Ya rumba la truena», oigo decir a una mujer en cuanto se oyen los primeros bramidos de la tormenta que llega.

Desesperados o ignorantes o ávidos de un escarmiento ciego. No se me ocurre otra cosa para imaginar por qué tanta gente jalea a la extrema derecha no solo entre nosotros, sino en buena parte de la Europa próxima. Ayer en un bar un hombre proclamaba ante los demás las virtudes de Milei, su «gran inteligencia de economista, que ha dado conferencias en las mejores universidades de Estados Unidos», como si eso compensase su comportamiento desaforado. Y poco después, refiriéndose al nuevo partido de extrema derecha surgido en España: «Si lo llego a saber, le voto a esos». Está visto que va predominando un tipo de voto que ya no es una herramienta de la democracia sino un arma. Votar así ha pasado a ser un acto violento. La gente se está educando políticamente en el odio. Y las campañas electorales son, en efecto, campañas en aquel sentido militar: un espacio abierto donde se desata el arte de ofender.
Vuelvo a ver Labradora de Toro, ese cuadro de Delhy Tejero que han llevado desde el Museo Reina Sofía a la exposición del Patio Herreriano de Valladolid. Y siento lo mismo de siempre ante esa pintura, ante esa mujer que parece contener fuerza germinal y gracia. Las de la propia Naturaleza. Su rostro muestra cárcavas y restos de una morfología racial que la hace más creíble así, sedente y vestida de ceremonia, como si ella misma fuese a casarse —y quizás es que es así— y estuviera resguardando ese puñado de guindas, justamente contra su seno, en el cuenco formado por sus dos manos. Esa ofrenda votiva siempre tuvo para mí un valor simbólico a partir del cual se lee el cuadro de otra manera. Y todavía lo sigo haciendo así.
Un letrero en una vivienda de Casares de Arbás: «No tengo timbre. Grita y de paso te desahogas». No está mal esta terapéutica directa de la voz en tiempos de teclas y ondas, de comunicación diferida para todo.

A mi escuela iban aquellos misioneros de barba larga y sandalias impropias que arrebataban la imaginación a los espíritus ávidos de lo exótico; más adelante, a los institutos llegaban componentes de fuerzas militares que desplegaban maniobras de lucimiento en busca de alevines para engrosar sus milicias. Ahora me cuenta el profesor de un centro público que un joven novillero ha ido a impartir una charla a los escolares sobre su oficio. Así ha ido derivando esa pedagogía de reclamos en los centros escolares: la religión, el ejército, el espectáculo. Ya vemos que continúan en pie las sutiles formas del adoctrinamiento.
Junto a un contenedor, listo para que los servicios de la basura se lo lleven, espera un gran cartón, casi a tamaño natural, con la figura de Cristiano Ronaldo. Al día siguiente el cartón sigue allí, entre las nuevas inmundicias de la jornada; parece que ya no interesa a nadie. La fama tiene esa travesía extrema: tras el esplendor de su reinado, la persistencia entre lo hediondo muestra a las claras que ni siquiera la indulgencia de los basureros, que no se llevaron al final del día esa imagen sonriente del ídolo, va a conseguir redimirla. Mañana sí se la llevarán y la trituradora iniciará con ella esa labor que completará el olvido.

He aquí la despedida amarillenta de la tarde antes del hematoma del crepúsculo. Hay esa luz desalada que sigue a las tormentas de junio y detiene a los últimos pájaros sobre cables y cornisas mojadas. Abismo y fervor ante esta hora violeta, como la llamó Eliot. Y de repente se impone el jirón de un poema:
…o cuando
el cielo retira la luz entrecocida del verano
y los insectos imprudentes se desorientan tanto:
abismo y fervor
«Hay que tener dicho para cuando digan de una», dice una mujer en El Bierzo con mucha gracia como para justificar las críticas reiteradas que estaba haciendo sobre alguien.
Con varas de nardo en la mano, los pequeños colegiales se mueven entre los puestos de los hortelanos en el mercadillo al aire libre. Llevan poco dinero. Lo justo para saber comprar una pieza de fruta o una mano de aceitunas. Su presencia lo llena todo de alegre irrealidad, como si los precios de las cosas se desmayasen ante ellos con su caligrafía sonámbula.

CIRCUITO CERRADO
Primero llegan las palabras; luego las ideas; después las dudas y el pavor; por fin otra vez las palabras, ya emplazadas para siempre en un papel con su alegre fijeza irremediable.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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