Creación

Futuro literario

Un relato de José Manuel Ferrández Verdú ambientado en el año 2011, cuando en el planeta se ha conseguido limitar la población a unos diez mil millones de personas más o menos humanas, pero ha sido imposible evitar que la cifra de escritores de novelas se desmadre.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Año 2100. En el planeta se ha conseguido limitar la población a unos diez mil millones de personas más o menos humanas, pero ha sido imposible evitar que la cifra de escritores de novelas se desmadre. Más de dos mil millones escriben novelas y las publican de manera profesional. Otro contingente parecido lo hace con los versos. Aunque algunos se leen entre ellos, lo hacen muy poco y solo por el placer de saber quién es más idiota. Cosa que también puede ser agradable de alguna manera. Pero apenas unos pocos miles de personas en todo el mundo todavía leen por el puro placer de adquirir preocupaciones imaginarias, informarse o enterarse de fantasías o chismes. Son los lectores primarios profesionales o bien LPP. Viven ocultos bajo tierra en lugares desconocidos o bien protegidos por empresas de seguridad peligrosísimas. El resto de la humanidad se limita a vivir y entregarse a las emociones habituales. Un best seller es un libro leído por seis o siete personas, quizá ocho.

Aunque el rumbo de las ideas, las creencias y el pensamiento en general es impredecible en su conjunto, si alguien influye algo en aquel son los lectores profesionales. Mediante la elección de títulos, los LPP ejercen cierta influencia y crean opiniones. Los LPP se habían hecho famosos, aunque fueran inaccesibles, y bastaba que algún desaprensivo fuera diciendo que tal título había sido hojeado por alguno de ellos para que se convirtiera en un súper ventas y fuese adquirido por cuatro o cinco personas más, llegándose así a conseguirse tiradas de hasta diez o doce ejemplares y convirtiendo aquel título en un fenómeno editorial. Un éxito entre los lectores profesionales. Se establecieron galardones para premiar a aquellos lectores que hubieran elegido, entre los cientos de millones de títulos, uno que no fuera ilegible del todo, que contuviera alguna línea o incluso algún párrafo medio qué. Entender la diferencia entre una obra y otra se había convertido en una capacidad tan asombrosa que quien fuera capaz de ello se convertía en una celebridad. Pero solo unos pocos poseían el don de disfrutar de verdad con la lectura de libros, y por lo tanto de poder discernir el trigo de la paja.

Uno de los más célebres lectores de aquellos años se llamó Amedeo Eraepsekahs, Ripsech para los amigos, y era natural de la aldea albanesa de Pachova. De joven sus padres lo obligaron a escribir diecisiete novelas de terror y tres óperas, amén de un sinfín de cuentos, poemas, narraciones policiales, de aventuras, costumbristas, psicológicas y de espionaje internacional, de manera que al cumplir los veinticinco años sus obras completas constaban de trescientos volúmenes en cursiva. Un día, al terminar de escribir todo eso, salió de su casa y conoció a una joven que le preguntó si había leído alguna vez un libro. Esta pregunta lo sumió en la desesperación y en dudas tan profundas y tremendas que se hizo político y durante diez años se dedicó solo a insultar. Al cabo de ese tiempo, cuando su alma se hubo purificado, un día, mientras atravesaba ensimismado una autopista de diecisiete carriles y medio, dio una patada a un semáforo y aparecieron ante sus ojos los trescientos volúmenes de la enciclopedia japonesa de Ikebana, encuadernados en infolio con tapas de piel de murciélago lituano tratada con nitrocloruro de metilacetato pentateluroso. Los trescientos tomos le llamaron la atención allí mismo, y puesto que solo tenía encargadas ciento cincuenta novelas más, por unos primos de Soria, que también eran escritores, y a su vez le iban a enviar a él treinta y cuatro cantares de gesta y doce poemas épicos acerca de asuntos de su pueblo, entonces se puso a leer todos los tomos de Ikebana. Pasó tres largos años junto al semáforo leyendo aquello y al terminar cayó en la cuenta de que la lectura era mucho más divertida, para él, que la escritura. Era un mundo nuevo e intacto, cosa que comunicó convenientemente al ayuntamiento y al obispo de la diócesis para que le hicieran un hueco.

A los pocos días, recibió el encargo de una agencia especializada, la cual le envió doce palabras escritas por un colectivo de ochenta y tres escritores de Brihuega para que las leyera y diese su opinión. Aquello trataba sobre la saga de los fundadores de la vieja ciudad castellana y sus osadías y episodios más melodramáticos, todo ello sintetizado en pocas palabras pero intensísimas. La lectura de este opus le entusiasmó hasta tal extremo que se matriculó en la universidad de Pensilvania, pero se le olvidó llevarse su propio pen y su propio pene. Allí conoció a una profesora de Lectura Salvaje, que se llamaba Silvania Pen, del Pen Club, que tenía varios penes guardados en un pen, con la que hizo muchas migas con morcillas y habas. Pero una de las morcillas estaba tan bien apretada que al tocarla les explotó en los morros, por lo que tuvieron que dejar la comida para el día siguiente, y por eso desde entonces, para referirse al día siguiente de hoy, en la Universidad de Pensilvania, dicen tus morros, en conmemoración y honor de la horrísona y explosiva morcilla morrocotuda. Luego continuó asistiendo a las clases de lectura donde aprendió a comprender algunos textos muy complejos y de difícil comprensión, y a disfrutar con ellos. Así por ejemplo, leyeron el famoso texto en forma de cornamusa que dice lo siguiente: «Palo pelo pelota pícame la bota». Cuya comprensión cabal ocasionó el entusiasmo de toda la clase.

Poco a poco Amedeo fue acostumbrándose a leer libros, hasta que un buen día cogió un libro con sus propias manos y se lo aproximó a la nariz peligrosamente. Luego las letras se le quedaron medio muertas y abrió unos ojos como planetas. Aquello parecía haber sido escrito con la mano. Toda esta experiencia lo volvió loco de alegría y se alejó de todos y de todo y de nada. Los periodistas lo perseguían y lo acosaban con preguntas acerca de cuál sería el próximo libro que tenía pensado leer, o si actualmente estaba leyendo alguno y si les podía adelantar algo de lo que llevaba leído ya. En Chicago, dio una conferencia sobre cómo coger un libro para leerlo sentado en una mecedora gótica del siglo XIII, con respaldo de pelusilla bávara de ratón normando. Sus técnicas para sostener el libro en equilibrio con dos dedos, mientras con otros dos despellejaba una morcilla de Burgos y con los restantes tocaba Dame más de lo nuestro de Woody Allen, ya son parte del manual del lector organizado. En enero del año siguiente tomó un taxi en Soho y se fue a la tundra ártica, donde se estableció y abrió un restaurante para sordos. Pero fue un gran fracaso, ya que ningún sordo escuchaba el precio de los manjares.

Ya era lector profesional. A partir de ese momento, su vida adquirió unos tintes melodramáticos de color oliva. Jaurías de escritores vagabundos cargados con sus obras completas recorrían el bosque helado y sombrío en busca de lectores profesionales ocultos entre el matorral o en madrigueras. La persecución y captura de estos se convirtió en una práctica habitual. Cuando daban caza a uno de ellos, escuchándolo subido a algún inmenso abeto, a cuarenta metros del suelo, o bien oculto en el fondo de alguna caverna leyendo textos en convivencia con otros animales del submundo, lo ataban y lo obligaban a leer atentamente hasta el agotamiento o la ofuscación toda la literatura que llevaban encima. Esto fue la edad oscura. Pero Amedeo Eraepsekahs consiguió burlar durante años a las hordas de Poetascritores-depredadores, o PDRS, haciéndose pasar por vendedor de morcillas a domicilio. Al verlo cargado con las ristras de morcillas gallegas, no podían obligarlo a leer, ya que uno de los principales artículos del código no escrito de la ética de los PDRS era el respeto a dichas morcillas, de manera que se hacía imposible obligar a una persona a llevar muchas de ellas encima y poder leer al mismo tiempo las obras completas de alguno de aquellos energúmenos capaces de escribir varias obras completas cada día…

Una noche Amedeo entró en una taberna de una aldea al norte de las Montañas Miserables y pidió un vaso de vino tinto de la Alpujarra. La tabernauta se llamaba Olga Setnavrec y había cursado ciencias tabernarias y concupiscencia avanzada. Al ponerle el vino le preguntó

-—¿Te pongo unos panchitos?

 Y él quedó tan fascinado por esa frase que, diez años después, le declaró su amor súbito e improvisado. Cuando volvió de nuevo al cabo de diez años ella estaba todavía allí. Él pidió otro vino y ella le dijo:

—Te vuelvo a repetir: ¿quieres panchitos o no?

Entonces él se arrojó sobre ella para besarla y cayeron ambos al suelo rompiendo muchas cosas y tirando un montón de vasos y botellas de vino de vodka de ginebra de agua mineral sin gas de agua mineral con gas de cerveza de whisky de coñac de champagne de tequila de licor 43 de 501 de 103 de borgoña de bourbon de anís de sidra de vermú de martini de chartreuse de orujo de absenta de aguardiente de sake de mezcal de lambrusco de burdeos de oporto de jerez de licor de pera de licor de tomate de licor de ajo de licor de frambuesa de licor de boniato de licor de centeno de matarratas de vino peleón de vino de mesa de vino de silla de vino de camastro hanseático etcétera. Pero a ella no le importó mucho, ya que, por encima de todo, lo que más admiraba de su establecimiento eran los pósteres que tenía del Che, de Einstein, de Lenin, de Manolet, de Gandhi, de Charlot, de Jaime el Barbudo, de Marilyn, de Suiza, de Perito Moreno, de Himalaya, de Zaragoza, de Palencia, de la Alpujarra, del mar Menor, y de un mal menor, de Paris, de Hollywood, de Polonia, de nueva Inglaterra, de las ballenas…

Estos lectores que vivían solitarios una vida salvaje se llamaban lectores solitarios y salvajes, LSS en clave secreta, y estaban todos codificados y espiados por satélites también salvajes y solitarios. Las editoriales se ponían en contacto con ellos a través de tales satélites, desde los que les lanzaban libros, a través del espacio. Con una precisión milimétrica, los libros iban a caerles los martes y jueves en la cabeza para que los leyeran. Luego, por medio de catapultas electrónicas que algunos lectores salvajes adquirían en el mercado negro de catapultas electrónicas, los enviaban a vuelta de correo otra vez hasta las editoriales, hasta donde entraban los libros volando a través de los grandes ventanales acristalados, ocasionando ocasionales destrozos cada vez que un libro llegaba hasta la editorial volando por el aire puro y frío desde algún lugar del planeta. Tales libros, una vez de vuelta a la editorial, eran depositados en basureros ad hoc, donde una legión de críticos provistos de dentaduras de hierro forjado los machacaban hasta demoler sus letras y argumentos y los convertían en sopa para pobres y para pollos. Pero un día algunos decidieron hacerse escritores de nuevo, ya que la vida de lector era solitaria y aburrida aunque salvaje, mientras que los escritores se pasaban todo el día peleándose y tirándose los libros a la cabeza o bien corriendo detrás de espejismos y visiones, y siempre había muchos en muchos lugares.

-—El lector es un ser desmaterializado que ha perdido los instintos. El hombre auténtico es el escritor, que se pasa la vida intentando convencer a los demás de sus propias virtudes y defectos y que cuenta cosas interesantísimas que no le importan a nadie por lo que tiene que cabrearse y estar siempre en guardia de corps.

-— Sí, pero hay mucha gente mala.

—Para eso están las guerras.

Uno de los lectores que más dinero ganó leyendo libros, y al que se acusó de ser demasiado pesetero, ya que no lo hacía por placer sino para cobrar las sumas gigantescas que algunas editoriales pagaban para que alguien leyera sus libros, se hizo construir una mansión castillo en lo alto de un acantilado en una desolada región de la Antártida. Pero incluso hasta allí lograban desplazarse algunos editores y escritores desesperados, a veces disfrazados de pingüinos y cosas así para poder aproximarse inesperadamente y tratar de sortear y sobrepasar la infinidad de barreras y controles y obstáculos, amén de alarmas y sensores que delataban la presencia de agentes literarios o genios de las letras. Algunos de tales sensores, extraordinariamente suspicaces, eran capaces de detectar la presencia de poetas a más de treinta kilómetros, comenzando a pitar con tal estruendo que parecía llegado el fin de los tiempos poéticos o no. Su alboroto podía ser escuchado en Maguncia. Era frecuente ver a literatos de toda clase vestidos como funcionarios, tractoristas, gánsteres, juglares e incluso strippers para no ser identificados.

Una de las lectoras más guapas de la época se llamaba Filomela y vivía de incógnito en las Alpujarras, en una casa pintada de blanco, y todos los días bajaba en burro hasta el valle con la excusa de ir a por agua, pero en realidad se iba a leer a un convento de monjas generatrices que tenían algunos libros viejos y varias cornucopias.

El sindicato de escritores llegó a ser tan poderoso que obligó al gobierno a redactar leyes que obligaban a leer libros. Así todo el mundo tenía que cumplir ciertos mínimos de lectura, cuya elaboración y elección de títulos era un proceso tan oscuro como el propio sindicato. Se hacían exámenes periódicos donde la gente tenía que demostrar que había leído doce libros mensuales de la lista. En el trabajo muchos debían aprovechar los tiempos muertos, o ir al retrete para poder leer clandestinamente a los clásicos griegos y latinos o a los vanguardistas de todas las edades, ya que las exigencias literarias eran de mucho nivel y los trabajadores apenas tenían tiempo para atenderlas con suficiencia. En los autobuses y transportes públicos, sin embargo, era obligatorio ir leyendo alguno de los libros que le correspondía a cada persona y había espías disimulados o bien los conductores tenían la misión de velar por el cumplimiento de tales detalles, comprobando las fichas y documentos oficiales que debía llevar cada persona con sus lecturas del mes. En casos de incumplimiento eran conducidos a mazmorras-biblioteca donde se les obligaba a realizar trabajos de crítica, hermenéutica y exégesis apologéticas de los textos más complicados del barroco y el clasicismo antiguo.

Una tarde de noviembre, el Gobierno cayó en la cuenta de que los escritores eran personas mucho más convencionales, en general, que el resto de la población, más fáciles de convencer acerca de las bondades y cualidades positivas del dinero y, por lo tanto, seres, en general, más fáciles de manejar y de manipular con ideas conformistas, ya que aunque al principio todos decían lo mismo y renegaban de lo que no poseían, conforme ahorraban alguna pieza, por pequeña que fuera, se convertían en fanáticos de sus ahorros. Una nación de aspirantes a ricos sería más fácil de manejar que un pueblo que solo deseaba la libertad para hacer lo que le viniera en gana. Se dictaron leyes que obligaban a todo el mundo a escribir novelas.

Luego hubo que dar marcha atrás, y los gobiernos se comprometieron a pagar una pensión a todo aquel que jurara sobre la biblia no publicar nada de nada nunca. Muchos poetas-pensionistas (PP, en clave) se suicidaron porque no podían prescindir de la pensión y sin embargo los seguía atormentando la necesidad de un reconocimiento universal.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes,  admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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