Escenario Quid novi ex Africa

África en dos actos: las últimas películas de Mati Diop

Alison Posey, la experta en África de EL CUADERNO, reseña las fortalezas y debilidades de 'Atlantique' y 'Dahomey', dos aclamados filmes de la cineasta francosenegalesa Mati Diop, el uno sobre el drama de la migración, y el otro sobre la reivindicación de la restitución a sus países de origen de obras saqueadas por el colonialismo que siguen expuestas en museos europeos.

/ por Alison Posey /

Un recuento de todos los directores africanos que han ganado el Grand Prix del Festival de Cannes no va más allá de uno: Mati Diop. Con el enigmático drama de 2019 Atlantique, Diop se convirtió en la primera directora africana y en la primera mujer negra en recibir el premio. El año pasado, la joven directora marcó otro hito en el cine afroeuropeo con su documental Dahomey, por el que recibió el codiciado Oso de Oro de la Berlinale. Con este último premio, Diop, hija de padre senegalés y madre francesa, pasa a formar parte del selecto grupo de directores galardonados con el gran premio alemán, como Carlos Saura, Carla Simón, Emilio Martínez Lázaro o Claudia Llosa.

Tanto Dahomey como Atlantique ahondan en las profundas desigualdades que medran en la África central del presente siglo como causa del largo legado del colonialismo europeo. Con Atlantique, el primer largometraje de Diop, la directora palpa la frontera entre el antes y el después de la inmigración irregular entre Senegal y España. En un barco destartalado procedente de los barrios obreros de Dakar viaja el adolescente Souleiman (Ibrahima Traore). Tras ser estafado por un magnate corrupto, el joven se ve obligado a abandonar su país en busca de un trabajo digno en Europa. Deja atrás a Ada (Mame Bineta Sane), la joven protagonista, de quien Souleiman está profundamente enamorado. Hasta la marcha imprevista del joven, los dos llevan una relación clandestina, ya que Ada, perteneciente a una familia musulmana devota, ya ha sido prometida en matrimonio con el rico Omar. Sobre los flacos hombros de esta joven cae la fuerza de un realto que mira la inmigración al revés.

Con su característica lentitud, Diop expone paulatinamente las secuelas de la partida de Souleiman y otra docena de jóvenes dakarois para los que han quedado atrás. Esta perspectiva invertida permite a la directora centrarse en personas que pocas veces aparecen en los titulares sobre inmigración. La fuerza motriz de Atlantique gira en torno a las hermanas, hijas, esposas y amigas de quienes se han ido y, como se revela posteriormente, han desaparecido en alta mar. La carga emocional de feminización de la inmigración —una mirada no muy común en el cine contemporáneo europeo, lo que la hace aún más necesaria— dificulta la circulación indiscriminada de los mismos bulos de siempre sobre África y de los que proceden de ella, comulgando así con filmes españoles como Extranjeras (Taberna, 2003) o Las cartas de Alou (Armendáriz, 1990).

Cuando un incendio premeditado amenaza su boda con Omar, Ada defenderá su inocencia y la de todas las que han quedado atrás, a la vez que es violentada y fetichizada por la cultura misógina que la vende sin pestañear al mejor postor. Pero poco a poco se ve obligada a enfrentarse al poder sobrenatural que, por las noches, se apodera de ella y sus amigas. La astuta, si bien lenta, síntesis de los horrores reales de la inmigración irregular entre África y Europa con los fantásticos mantiene la relación estrecha entre Ada y Souleiman en curso. A la vez, deja a Diop meditar sobre la (im)posibilidad de vivir y amar en tiempos de intensa migración. Al final, más allá del trasfondo continuo, el océano que da nombre a esta película sirve de metáfora central no solo de la fuerza implacable de la historia africana, sino también del amor y la esperanza.

A diferencia de Atlantique, cuyo ritmo sosegado a veces roza lo demasiado lento, Dahomey, de 2024, es un documental escueto, elíptico. En 2018, a petición del presidente francés Emmanuel Macron, los académicos Felwine Sarr y Bénédicte Savoy publicaron su Rapport sur la restitution du patrimoine culturel africain, o «Informe sobre la restitución del patrimonio cultural africano». En él se recomendó que Francia empezara a devolver de manera permanente las obras adquiridas de forma ilegal, es decir, a través del pillaje colonial del continente africano. Se señaló específicamente al museo parisino Quai Branly-Jacques Chirac, que poseía aquel año una colección de más de 70.000 obras africanas. Desde 2018, algunos de los museos y universidades más importantes del mundo, como el Smithsonian y la Universidad de Cambridge, han restituido objetos de sus colecciones a sus países de origen.

El documental de Diop se impregnó de este contexto. Así, la voz narrativa de Dahomey resulta ser la obra número 26, la última de las que serán devueltas en la primera tanda que viaja desde el Quai Branly en Paris hasta Benín, sede del antiguo reino de Dahomey. Con la voz ronca de alguien que no ha hablado en mucho tiempo, la obra número 26 —en concreto, una enorme estatua de madera que simboliza al rey Gezo— lamenta las largas décadas en que estuvo apartado de los suyos. Con su soliloquio (escrito por el autor haitiano Makenzy Orcel) se entremezcla una gama de tomas estáticas con las que Diop acompaña las obras en cada paso de su restitución. A través de la vista paciente de la directora, el público llega a percibir el olor a cerrado que acompaña al rey Gezo en su baúl mientras es enviado de vuelta a África.

La extraordinaria decisión de Diop de emplear una obra de arte para narrar el documental es uno de sus puntos más fuertes. El timbre resonante de la voz de la escultura-narrador inquieta al público mientras la prosa de Orcel nos cautiva con su transformación del pillaje colonial de la África francesa en obra poética. Pero también es su punto débil: el filme pierde velocidad y urgencia con excesivas tomas estáticas sin narración. Aunque la inclusión de un debate estudiantil entre los alumnos de la universidad de Abomey-Calavi inyecta cierta energía al desenlace de Dahomey, no llama la atención tanto como la perspectiva del difunto rey, cuyo protagonismo mengua mientras los jóvenes polemistas cuestionan insistentemente la falta de una restitución completa por Francia. Tanto en Dahomey como Atlantique, el poder de Diop se deriva de su destreza de contar historias inesperadas, fantásticas, surrealistas. Y, aunque se pierde un poco el hilo fantástico en Dahomey, seguramente lo recupere en su siguiente filme.


Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.


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