/ un relato de Fernando Prado Eirin /
Las aceras están llenas de mangos caídos de las imponentes matas que llevan décadas creciendo sin parar a un lado y otro de las calles. Llego al quiosco esquivando la fruta reventada y podrida y le pido al isleño unos caramelos mentolados. El hombre esconde un brazo curtido detrás del mostrador metálico y saca un paquete de envoltorio azul y plateado. Suelto unas monedas encima de una pila de periódicos que apestan a tinta, de esos que, tras hojearlos, dejan los dedos manchados.
El barrio está tranquilo a esta hora. Apenas se ven algunas personas mayores yendo y viniendo, hombres con los periódicos y el pan debajo del brazo, mujeres cargando una bolsa de plástico o paseando al perro. «Por ahí viene tu amigo», dice el quiosquero, mirando por encima de las gafas y entre las revistas que cuelgan de un alambre a la altura de su cabeza. Me meto un caramelo en la boca y carraspeo al comprobar que, en efecto, se acerca Nicanor.
Viene despacio, balanceándose ligeramente, las piernas arqueadas a lo cowboy; la camiseta verde pálido, apretadísima, hace que su barriga parezca más prominente; las mangas cortadas a tijeretazos dejan ver una pelambrera negra en el sobaco. El tipo me mira de arriba abajo con ojos de buey y me ofrece una mano sudorosa de saludo. Yo la rechazo, como siempre, sin intentar disimular. Canarito, dame un cigarro, dice Nicanor, que apoya el codo derecho sobre la pila de periódicos, se acomoda el paquete que hay debajo de unos pantalones cortos minúsculos de color vino tinto con manchas de lejía y cruza las piernas.
El reloj de plástico en mi muñeca marca las 9:37. Teo ya debería estar aquí, pero siempre llega tarde. Paseo el caramelo de un lado a otro de mi boca, lo muerdo hasta que se rompe en pedacitos. Nicanor fuma sin ganas, se mete una mano por debajo de la camiseta y se soba la barriga. Me da asco: huele a meados y tiene mirada de animal hambriento. El isleño se entretiene haciendo crucigramas; escribe hundiendo el bolígrafo de tinta azul en el papel de la revista de pasatiempos, traza caracteres redondos con la torpeza de quien está aprendiendo a escribir, o más bien olvidándose.
«¿Adónde vas tú tan bonito?», me pregunta Nicanor, el cigarro humeando entre los dientes de alien. Carraspeo con fuerza y me saco unas flemas que escupo cerca de sus pies pequeños de dedos gordos y peludos, largas uñas amarillentas y talones callosos. El tipo se separa del quiosco, se descalza las chanclas de petróleo e infla el pecho como los palomos; así hasta parece más grande. Vete adonde el portugués y tráete dos quintos, le urge el quiosquero con el brazo extendido y los dedos en forma de pinza, sujetando un billete arrugado. Nicanor se pasa la lengua por los dientes y se muerde el labio inferior; agarra el billete y se va pasando a mi lado y dándome un empujón con el hombro.
En eso aparece Teo corriendo hacia el quiosco, la camisa arremangada, la corbata colorida asomando por el bolsillo del pantalón. Llega gimiendo, respirando con fuerza, los cabellos alborotados, los ojos aún legañosos. «¡Vámonos!», me urge. Subo el brazo y lo coloco a la altura de sus ojos. Van a ser las diez y media, le digo señalándole el reloj, ya no llegamos a tiempo. Se queda ahí de pie, impasible. Bueno, ese trabajo no era para nosotros, sentencia. Y quizás tenga razón. ¿Quién le compraría una batería de cocina o un juego de café a unos tipos como nosotros?
En el bulevar hay un viejo cine que aún hace sesión matinée. Entramos a ver la película sin siquiera consultar la cartelera. La pequeña sala está vacía; Teo y yo somos los únicos espectadores. Huele a trapo mal lavado y ambientador barato. Las butacas chirrían al sentarnos. Tenemos que salir de esta miseria, me dice Teo con una voz atiplada, un poco ridícula para su tamaño. Lo miro en la oscuridad e intuyo su cara de figura de yeso; nunca he conocido a alguien tan inexpresivo. Le quiero reprochar que no fuimos a trabajar por su culpa, era nuestro primer día, pero para qué; al fin y al cabo, él vino tarde a propósito y yo tampoco quería ir.
La pantalla se ilumina. Muchachas raquíticas y muchachos imberbes caminan y se detienen, se tocan, posan, se provocan luciendo una marca de bluyines. No hay sonido. Arranca otro anuncio, esta vez las muchachas raquíticas y los muchachos imberbes están en una playa paradisíaca: toman el sol, salen del agua cristalina, se persiguen, se abrazan y beben cerveza al atardecer. De pronto la pantalla se queda negra. Minutos después veo un haz de luz dando brincos por el pasillo. No me digas que nos quedamos sin película, dice Teo poniéndose de pie. El acomodador, el mismo viejo que vende las entradas, nos explica que el proyector se ha estropeado y que hagamos el favor de acompañarlo a la taquilla para devolvernos el dinero.
Recorremos el bulevar caminando a contracorriente entre el gentío y nos subimos en un autobús. Hacemos el trayecto de pie, sin mediar palabra, sujetándonos de las anillas que cuelgan de una barra de aluminio. La música está tan alta que logra que la ciudad parezca muda. Al llegar al barrio todo me parece deprimente: los altos edificios habitados por familias de clase media defenestrada y algún que otro nuevo rico venido a menos, las imponentes matas de mango soltando sus frutos maduros sobre los tejados de uralita de los aparcamientos exteriores, los carros viejos estacionados de cualquier manera, Teo y yo transitando por las calles de aceras rotas y pavimento en pésimo estado con las camisas blancas por fuera del pantalón, las corbatas en los bolsillos y los zapatos sucios.
Pasamos por delante del quiosco oxidado del isleño y lo saludamos con un gesto. Nicanor está ahí, para variar, observándonos como si fuéramos presas. «A ti te agarraba yo por ese pelito», dice, dirigiéndose a mí. Le salto encima y un segundo después estamos revolcándonos en el suelo. Teo y el quiosquero nos separan con dificultad. Yo me pongo de pie y me acomodo la camisa rota, el corazón palpitando con fuerza en el ojo izquierdo, el párpado medio cerrado. Nicanor se queda tendido en la acera muerto de risa, con sangre entre los dientes y la barriga al aire. Échame una mano, le pide al canario, que se agacha y lo ayuda a levantarse.
Ya es mediodía. El barrio es un hervidero, todo ruido y humo. Hace calor, la humedad y el sudor hacen que la ropa se pegue al cuerpo. Las moscas zumban alrededor de los excrementos regados por las aceras, las guacamayas emiten graznidos insoportables, los perros ladran desde los balcones, los conductores histéricos tocan las bocinas, los zamuros vuelan en círculos sobre nuestras cabezas, el cielo azul imposible se va llenando de nubes algodonadas como las que dibujan los niños. Teo y yo nos alejamos del quiosco y nos refugiamos a la sombra de una mata de mango. Arranco con cuidado el exoesqueleto de una chicharra que estaba adherido al tronco y lo coloco sobre la palma de mi mano. «¿No crees que sería interesante desprenderse de la piel y convertirse en otra cosa?», le pregunto a Teo, ensimismado. «Eso es ciencia-ficción», me responde, diciendo que no con la cabeza y limpiándose el sudor de la frente con la palma de la mano. ¡Qué pendejada!
Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.
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