Creación

Aquel verano

En una residencia robotizada del futuro, a sus 87 años, un anciano recuerda el primer amor de adolescencia. Un relato de Eduardo García.

/ un relato de Eduardo García Fernández /

Este verano mi hija me ha dejado en una residencia, pues se va de congreso a Londres y a continuación realiza un viaje de quince días en un crucero por el Mediterráneo, con su nueva pareja. Así que aquí estoy, a mis 87 años, desayunando con la compañía de un robot similar a R2D2, que me dispensa las pastillas. El robot posee unas luces que parpadean para indicar que todavía no he tomado la medicación, pero, una vez cogidas y engullidas, el sensor deja de parpadear. Todavía puedo caminar, aunque despacio, y apoyándome en un bastón de auténtico roble que pinté con dibujos psicodélicos hace bastantes años, así que voy al jardín a sentarme y ver las flores tan esplendidas y olorosas, pues mi nariz todavía cumple su función. Cómodamente instalado, observo el cielo límpido, aunque con algún cirro lejano. La tecnología hace una década que ha conseguido que cada dos días llueva por la noche de forma pausada durante dos horas. Este control de la lluvia hace que la vegetación sea un auténtico vergel (en el Primer Mundo, claro: el resto es un auténtico erial o puro desierto inhabitable).

Intento leer una novela que metí en la maleta apresuradamente, mientras mi hija me metía prisas, pero no puedo concentrarme: los recuerdos de la adolescencia y la juventud me tienen alterado desde hace unos días. Será que estoy chocheando. Me llega a la memoria con total nitidez el rostro de Elena, la primera chica con la que salí, y de eso hace más de setenta años. ¿Como es posible? La memoria, siempre tan caprichosa. El caso es que el recuerdo me llega de un lugar antiquísimo y, a la vez, con la extraña sensación de haber sucedido ayer mismo. Recuerdo su voz, el color de sus ojos, cómo nos abismábamos mirándonos, sin ser conscientes del paso del tiempo.

El verano de los diecisiete años —esa edad en la que se es demasiado joven para planear cosas y tener dinero para llevarlas a acabo con tus amigos, y demasiado mayor como para irte con tus padres—, conocí a Elena, de amplia sonrisa y rubia, con unas pecas en la nariz que le daban un aire absolutamente irresistible, pero que además jugaba magníficamente al ajedrez. Y en aquella época, el ajedrez era mi pasión.

A ella le encantaba andar en bicicleta y su sonrisa era arrebatadora. Estaba llena de energía y encanto a partes iguales, así que la primera partida de ajedrez que jugamos no me podía concentrar al tenerla tan cerca y sentir su olor, pues ese olor a mujer encendía todo mi cuerpo y mi sangre no iba precisamente a la cabeza, así que cuando dijo «mate», solo pude tumbar el rey y sonreírle mientras me devolvía la sonrisa con una picardía que jamás volví a ver en ninguna otra mujer, quizás solo en alguna película de cine negro, donde la femme fatale de turno es mala malísima.

Pasábamos las tardes entre tableros de ajedrez, jugando partidas rápidas en las que quien ganaba retaba al siguiente jugador, y, a veces, Elena conseguía derrotar a siete personas seguidas sin levantarse de donde estaba sentada. En definitiva, nos pasaba a todos por la piedra. Cuando terminábamos allí, nos íbamos a tomar una cerveza a alguna terraza. Un día especialmente caluroso en el que ella no quería irse para casa le comenté que me gustaría ir a nadar a la piscina cuando se hiciera de noche y estuviera cerrada. Estaríamos solos y nadaríamos desnudos. Suponía que iba a poner objeciones, pero no dudó. Me miró directamente y asintió con la cabeza como un colega al que le propusiera una última aventura. Nos tomamos una segunda cerveza en la terraza del bar próximo a la piscina, y mientras veíamos como el sol se ponía, imaginaba el cuerpo de Elena, sus curvas, y creía que al final no sucedería; en definitiva, que en el último momento se echaría para atrás y pondría una disculpa. El tiempo que duró la puesta de sol parecía haberse detenido, tanto que ya no sabía de qué hablar. Había un silencio tenso roto por una mirada como si fuese una pantera, el corazón me palpitaba al ritmo de una batería de rock, todo en mi cerebro iba a mil, me acerqué y la besé en los labios. Recibió el beso con una pasión fulgurante mientras nos abrazábamos. Al despegarnos, al unísono ambos dijimos: «¡¡¡Vamos!!!». Conocía un hueco por donde entrar al recinto de la piscina y hacia allí nos encaminamos, aunque seguía pensando que en el último momento no se atrevería. Sin embargo, atravesamos la vegetación y, una vez dentro, por el efecto de una farola algo lejana, estábamos en una penumbra o semioscuridad misteriosa. Nos desvestimos y me quité el calzoncillo, ella se quedó con las bragas y se quitó el sujetador como quién se libra de algo molesto. Salté de cabeza al agua y ella también, nadamos y a la vuelta del primer largo nos volvimos a besar con sabor a cloro y cerveza. Ambos éramos inexpertos, pero nos dejamos guiar por la naturaleza. De pie en el agua nos unimos y nos mecimos; aún hoy recuerdo sus gritos de placer. Cuando terminamos, nadamos un poco y al salir del agua volvimos a entregarnos a la pasión que nos devoraba. Fue maravilloso. Tumbados en la hierba, mirábamos el cielo y las estrellas fugaces que a veces cruzaba el firmamento hacían la noche aún más especial. Pasó un largo tiempo y entonces como si volviésemos a la cruda realidad decidimos vestirnos y marchar, pero Elena no encontraba las bragas, así que ya no había tiempo de ponerse a buscarlas. Con toda la naturalidad se subió los vaqueros y se puso el sujetador y la camiseta. Me quedé observándola y a continuación me vestí. Nos encaminamos hacia el hueco por donde habíamos entrado con toda prevención de no hacer ruido, cuando en realidad, antes, no nos percatamos de estar entregados a nuestro gemidos y gritos. Salimos corriendo y más acalorados de lo que habíamos entrado, y al verla nuevamente a la luz de la farola comprobé que estaba aún más bella en aquella noche memorable.

Una mano me toca el hombro y al instante siento una emoción recorriendo todo mi cuerpo; me giro y veo una enfermera de no mas de veinticinco años, me sonríe con la misma sonrisa pícara que Elena, el pelo igual y una expresión en su rostro que me estremece. Me dice que es hora de cenar con su misma voz. Es una replicante de nueva generación, como indica la placa que tiene en la solapa de su bata de enfermera; un calco exacto de la Elena en carne y hueso. Ya sabía que mi hija no podía dejarme aquí sin ningún regalo especial. Mientras me levanto le propongo jugar una partida de ajedrez, a lo que ella responde: «Claro que sí».


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.


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1 comment on “Aquel verano

  1. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Un cuento conmovedor y escrito con la difícil sencillez de un buen narrador

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