/ por Jorge Praga /
Imagen destacada: retrato de Riego por Marina Munárriz
Hay libros que no quieren serlo a la manera clásica, que buscan una naturaleza nueva y propia; que niegan el diseño lineal de la sucesión de páginas enganchadas a una causa y a un cierre común; que eluden la voz unívoca que discursea y monopoliza la escritura y el pensamiento; libros que rompen el cosido obligatorio y rígido de sus lomos para abrirse a otra forma de organización, a otra geometría física y sobre todo mental. Libros que llevan en su interior su propia dispersión, tal vez la semilla en marcha de la destrucción, de la negación; la semilla de la pluralidad y del desconcierto. Por qué no recordar a Julio Cortázar y su Rayuela, que en su primera página ofrecía un Tablero de dirección: «A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El lector queda invitado a elegir una de las dos posibilidades siguientes».
Tito Montero conoce bien los entresijos del montaje cinematográfico. Ha estudiado a sus teóricos, que siempre elaboran y contrastan sus lecciones con la práctica profesional, un saber empírico. Sabe lo que es disponer de un gran archivo para ir extrayendo de él fragmentos que a veces responden a un plan preconcebido y en otras encuentran en la luz de su colisión su razón de ser. Tito Montero se ha criado entre los mejores cineastas del cine asturiano de las últimas décadas, un cine que ha hecho del documental, y de la indagación en la memoria histórica un pilar fundamental. Por eso no debe extrañar que cuando afronta un libro de las dimensiones y ambiciones de Ciudadano Riego reaparezcan las estrategias, los modos, las lecciones aprendidas en sus tareas cinematográficas. Lo proclama desde la que puede ser su primera página, pues ni siquiera el comienzo está bendecido como tal: «Cuaderno de apuntes para un[a película] collage». La metodología del collage, un amontonamiento de trozos que no acaban de fundirse en un espacio superior que los absorba del todo. Y la película que se entromete entre líneas, casi entre letras, fin último de ese cuaderno de apuntes que a veces intercala imágenes intervenidas por una mano que dibuja y emborrona. Por si hace falta más, Ciudadano Riego habla así de él mismo: «Un ecolibro: biblioteca, red, tela de araña, multitud, montaje, película de archivo. Enjambre de voces que reúna palabras dispersas. Mismo espacio. Mismo tiempo».
La atención, la obsesión de Tito Montero por Rafael del Riego tiene antigüedad, recorrido. En 2019 dirige el cortometraje Un fantasma recorre […], en el que el traslado a un museo de Oviedo del retrato de Fernando VII pintado por Goya hace que se enfrente con otro retrato de Jovellanos del mismo pintor. En el medio de estos personajes, profusamente representados, se interpone el fantasma de Riego, sin imágenes pictóricas con las que reclamar un puesto en la historia del XIX. Riego es un enigma, un hueco que puede ser reducido al cliché de su himno, o disuelto en el fantasma del que no tiene tumba. Su cuerpo desapareció tras la ejecución pública en la plaza de la Cebada de Madrid y su memoria recibió los maltratos de quien llevaba la delantera de su tiempo. El cuaderno de notas de Tito Montero ha estado albergando lecturas y reflexiones sobre el político, el militar, el triunfador y el derrotado, el vitoreado y el escarnecido. Qué hacer con esa profusión de materiales que inevitablemente permean muchos otros en una red de connotaciones, de llamadas, de comparaciones, de aperturas. Como en aquel juego que Juan Marsé practicaba en Babelia y luego llevó a libro, Un paseo por las estrellas: parejas que no lo habían sido acababan conectadas por un canal subterráneo que el novelista iba extrayendo de una película a otra para acabar encelando los dos extremos del relato, los nombres desparejados unidos ahora por ese recorrido desvelado.
Jean-Luc Godard revisó con libertad escalones y enfoques de la historia del cine en una larga obra que difícilmente se puede contar y menos encasillar. La tituló Histoire(s) du cinéma. Esa sugerencia de plural rompía cualquier intento canónico, cualquier línea cronológica. Godard interpelaba el inmenso pasado del cine con su poder preferido, el del montaje, que era a la vez búsqueda y desafío. En sus películas últimas reiteró esa fuerza del collage que siempre estuvo en su filmografía, pero que domina casi sin enemigos en Notre musique, Film socialisme, Adiós al lenguaje… Y en Le Libre d’image, su última obra estrenada. Un libro de imágenes. Montero convoca para su montaje a todo y a todos los que tienen que ver con Riego, directa o lejanamente. Incluso muy lejanamente. Y sobre ese material organiza un collage con una conexión subterránea que, al igual que en las películas de Godard, lo mejor es dejarse llevar por él, más que hacerle preguntas o buscar sus intenciones. Con Ciudadano Riego compone algo que apetece llamar Libro de los encuentros, un poco a la manera del último título de Godard. Encuentros entre Jovellanos, Flórez Estrada, Karl Marx, los decembristas rusos. Con zancadas más amplias se codean en unas pocas páginas el cine asturiano de Elena López Riera, Herder y el espíritu alemán enlazando con el antropólogo Adolfo García Martínez, Covadonga y Pelayo deconstruidos según Miguel Calleja, Ernesto Giménez Caballero delirando sobre Asturias para dar paso al éxtasis patriótico de Vox en Covadonga frenado a través del 34 asturiano, su represor Franco estudiado por Villacañas, Karmen y Koltsov rodando la guerra en Asturias y su luz esmeralda, Evaristo Valle atrapándola en el color, Ramón Lluís Bande afanado en la reconstrucción de la cinematografía asturiana… hemos dado la vuelta completa al círculo, como preconizaba el juego de Juan Marsé.
Riego es la ocasión con la que excavar hacia dentro, hacia sus conflictos con el absolutismo, hacia el rastreo minucioso del Trienio Liberal, hacia su terrible ejecución. Para llegar, casi sin cambiar de calle, a figuras decisivas como Flórez Estrada, Jovellanos, Clarín. A la renuncia de Riego a ser el Napoleón que sustituya el absolutismo. Pero el libro de Tito Montero es también la expansión hacia otra España que en aquel tiempo no fue posible. Hacia su historia por tejer, siguiendo la queja de Jovellanos:
«Yo no tengo empacho en decirlo: la nación carece de una historia […] Se encuentran, sí, guerras batallas, conmociones, hambres, pestes, desolaciones, portentos, profecías, supersticiones, en fin, cuanto hay de inútil, de absurdo y de nocivo en el país de la verdad y de la mentira. Pero, ¿dónde está una historia civil que explique el origen, progresos y alteraciones de nuestra constitución, nuestra jerarquía política y civil, nuestra legislación, nuestras costumbres, nuestras glorias y nuestras miserias?».
Riego es la ocasión, un poliedro de muchas caras, todas conectadas, todas distintas, recorridas por múltiples voces. Lo mismo sucede con Asturias, abrumada y abrumadora desde el principio de la obra: «Asturias, espíritu de la contradicción. Asturias, fuerza pasoliniana. Asturias, ¿incapaz de proponer modelos propios?…». En el pensamiento asturiano, y en las actividades que despliega, hay un vicio que al final del libro recoge un texto de Manuel Granell: «Los asturianos —»cabezas claras» al decir de Ortega— siempre están en peligro de estrechar y oscurecer su juicio. El valle les rodea con su contorno aldeano, y esto amaga cerrarles a la comprensión de lo ajeno. En suma, tendríamos la angostura de visión que abomino. Quizá por ello, descubrí desde bien temprano la admirable terapéutica que yo llamo «el aire de fuera»». Este Ciudadano Riego puede servir, entre otras muchas cosas, para conjurar ese ombliguismo aborrecido por Granell. Pues sin renunciar a su punto de partida, Riego y Asturias, se expande sin freno con esa estrategia de montaje-collage que desborda cualquier frontera y revienta el candado más firme. De las voces convocantes no se sabe si aplaudir su diversidad, su brillantez, su engarce o su discordia. El lector irá decidiendo, libre para seguir la organización numérica de sus fragmentos o inventar a la manera de Cortázar su propio tablero de dirección. Sus encuentros.


Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999), Cartas desde Omedines (2017), Tierra de Campos infinitamente (2021), La belleza del afuera (2023) y La mirada de un tiempo (2025), y ha participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.
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Como en Julio Cortázar y su invitación a una lectura libre de Rayuela, o en el cine de Jean-Luc Godard y su arte del montaje, Ciudadano Riego convierte la fragmentación en una forma de conocimiento. Un libro que no se limita a contar una historia, sino que propone múltiples caminos para descubrirla.