/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
A principios de los años ochenta, la trenca con capucha y trabillas, los carapijos y el jersey de cuello vuelto, la barba ritual y el número de Triunfo bajo el brazo se sustituyeron por los imperdibles, los garfios en la oreja, las permanentes, los tupés de arquitectura imposible y los labios pintados de negro. Eran los tiempos de la Movida, aquel fenómeno social y cultural más madrileño que la Cibeles y que el felipismo patrocinó con subvenciones a mansalva: «la cultura, ese invento del gobierno», como lo describió el estilete de Sánchez Ferlosio. Un tinglado que presumía de subversivo, espontáneo y rompedor y que no fue más que una carnavalada bastante hortera, frívola y aparentemente despolitizada, pero que sirvió para hacer más digerible el bocado de la Transición, domesticar cualquier forma de rebeldía social y acabar luego en la nada más absoluta. La historia es conocida. A unos se los llevó la aguja, unos pocos más acabaron ingresando en el museo de curiosidades urbanas y otros dejaron claro en su ubicua madurez que modernismo rimaba tanto con amiguismo que acabaron pasándose de rosca a fuerza de ser cínicos. Aquí paz y después gloria. Todavía hay quien sostiene desde las más altas tribunas que los felices eitis y su despendole fueron la modernidad. Una fiesta democrática que jubiló la solemne seriedad nacional y las sosas americanas de pana con su creatividad, sus ismos callejeros y sus aires de libertad. Sí, claro, que se lo dijeran a Krahe o a los guionistas y a la directora de La Bola de Cristal. Modernidad o, mejor dicho, posmodernidad, que con el comodín sonaba aún mejor. La posmodernidad es un cuento, decía Fernando Poblet. Es más posmoderno, por ejemplo, Ramón Gómez de la Serna que todas las primas de Almodóvar juntas. Pero, qué quieren, en este territorio siempre se ha vivido mucho del cuento.
La última frase no es mía. También la escribió Poblet en un libro que se tituló precisamente Contra la modernidad y en el que se mostraba tan cascarrabias, zumbón y corrosivo como detrás de los micrófonos de Radio Nacional donde se hizo famoso en las madrugadas de los ochenta. Yo no había oído hablar del gran Ferpo hasta que leí el Diccionario enciclopédico de la vieja escuela de Javier Pérez Andújar. Ahí, entre el detective Philip Marlowe y las fiebres nocturnas de Poe, aparecía el nombre de un tal Poblet, locutor deslenguado y mordaz, descreído de todo y muy cómodo con su corona de maldito, al que «la escritura se le convertía en voz por la radio». Me puse a investigar y, qué quieren que les diga, aquello fue un flechazo. Será que uno siente predilección por esos pesimistas alegres que, como Poblet, saben que todo se encamina al desastre, pero que aún hay refugios gozosos a los que aferrarse: los buenos libros, una charla con amigos, algunas películas y discos, el amor. No es poca cosa. Lo explicaba el personaje de aquella película de Woody Allen: la clave es ir tirando mientras la cosa funcione. Los artículos y crónicas de Poblet tenían la virtud de elevar la misantropía a la categoría de ciencia y, sin embargo, conseguían sacarte siempre una sonrisa, aunque fuera helada, que enmascaraba tanto malestar. Lo dijo el escritor portugués Walter Hugo Mãe: la felicidad es el arte de distribuir la tristeza en pequeñas dosis por todos los días de nuestra vida, y así impedir que acabe por abatirnos. Poblet era un maestro en eso. Echaba paladas de ese veneno diario al carro de su Olivetti y le bastaban dos folios y medio para disimular todo su desencanto y escepticismo con golpes de ingenio y humor.
Fernando Poblet nació en 1935 en Gijón. Hizo estudios con los jesuitas y tuvo la educación sentimental de otros tantos niños de la guerra, con su pelliza de rancio casticismo, horas de tedio insondable, visitas al cine, tebeos y álbumes de cromos y pan con chocolate de grano espeso. Cursó la carrera de periodismo y pronto empezó a trabajar en los medios locales de Asturias. De las revistas y diarios donde firmaba breves crónicas televisivas y críticas de arte con pseudónimos de todo tipo (Ferpo fue el más conocido, pero también acostumbraba a utilizar el de Xuan del Muelle) saltó en pocos años a la radio. Allí se hizo enseguida conocido por su voz grave y profunda, que parecía salir del fondo de un aljibe, y por conducir programas nocturnos donde exhibía su vena satírica para dicha y goce de los noctámbulos. Poblet tenía una habilidad única para hacer más soportable y excitante la soledad de la noche y, al mismo tiempo, propiciar una complicidad con el oyente. «La radio se escucha porque Bayer aún no ha perfeccionado las grageas contra la soledad», llegó a decir. Espacios como Los Jueves, Milagro, igual que el título de la primera película de García Berlanga, o Pabellón de Insomnios lo hicieron muy popular. Con el tiempo, llegaría a ser jefe de los servicios de Radio Nacional en Asturias y una figura clave en su transformación tras la muerte de Franco. Junto a otros, Fernando Poblet fue un pionero en eso que se ha llamado «nuevo periodismo», con crónicas que revisaban la actualidad de una tímida democracia que daba sus primeros pasos y en las que no sobraba nunca un punto de ironía y acidez para desmontar tópicos y lugares comunes. De aquellos años radiofónicos sacó material para dos libros de encargo —hoy casi inencontrables— y que provocaron no pocos sarpullidos. Su Historia de la radio en Asturias era un repaso de la profesión a lo largo de casi sesenta años con calas en muchos rumores y cotilleos. Más polémica fue su Guía indiscreta de Gijón, con una notable repercusión local, y en donde compuso una historia golfa, anecdótica y humorística de su ciudad natal en la que no dejaba títere con cabeza. El periodista y escritor Juan Cueto, que hizo las veces de prologuista para varios libros de su compinche, definió a su autor como un «suicida local». Poblet resolvió que podía haber subtitulado aquello con «Cómo ganar enemigos en veinticuatro horas».
Puede que fuera la polvareda que levantaron esos dos libros, el deseo de un cambio de aires o las ambiciones profesionales, pero el caso es que a mediados de los ochenta Poblet se pasó a las ondas de Madrid y empezó a trabajar para Radio 3 en el programa Tiempos Modernos, que hacía al alimón con Javier Rioyo y Manolo Ferreras. Hay quien dice que fue el mejor de la época. Allí cabía de todo: entrevistas, lecturas de poemas, descacharrantes interpretaciones de los titulares del día, comentarios de libros, discos y películas, irreverentes retratos de actualidad y cotilleos varios. Pura anarquía. La clave era un descaro ilimitado y un puntito canalla, con el que se pasaba revista al presente acelerado de la tan cacareada modernidad, lo que les valió más de una llamada airada de los jefazos de Radio Nacional y de algún ministro que no aguantaba según qué bromas. Como quien oye llover. A Poblet, locutor malhumorado de pipa, corbata y americana de cuadros, le pillaba algo talludito toda aquella catarsis social y cultural que fue la Movida. Tampoco estaba dispuesto a esas alturas, y menos tratándose de alguien que siempre había ido a la suya, a enviscarse en aquel esperpento o a callarse lo que pensaba. Para él, el fenómeno era poco más que un sarao de niñatos bien que no perseguían otra cosa que embolsarse todo el dinero posible y llevar una vida de lujo con paradas en las revistas del corazón.
Entremezclando en sus artículos el cheli umbraliano con una prosa de corte barroco y la retranca y mala leche de quien estaba de vuelta de todo, la sección de Poblet sacaba punta no solo a la superficialidad seudoinventiva del rollo madrileño y sus diversas tribus y protagonistas, sino al simulacro generalizado que era la sociedad de los ochenta, en la que el mercado se puso a la vanguardia de todo y la cultura tuvo más de apariencia que de realidad: «A veces da la impresión de que la modernidad (pos o pis) es un complejo de inferioridad camuflado tras una cresta de punky, chaqueta de Adolfo Domínguez, un Totem, media docena de discos, esa cosa blanca que se esnifa y una ignorancia elegante». Estas diatribas para orejas espabiladas se reunirían más tarde en el volumen Contra la modernidad, ideal como radiografía intelectual y social de aquellos años, pero que, leído en el contexto actual, con otras tribus y realidades urbanas, no ha perdido un ápice de vigencia ni lucidez. No se lo pierdan. Unos años después, a punto de concluir la década, le siguió otro libro, Diabluras. Se trata de la última de sus compilaciones de artículos y crónicas (o contracrónicas) para la radio y con un título acertadísimo, pues Poblet demostró de nuevo su habilidad para retorcer el lenguaje y jugar con él a base de retruécanos, paranomasias y aceradas metáforas. Todo ello sin olvidar la pintura amarga e irónica de los más diversos asuntos. No podía ser menos en un autor que defendía eso de que «perder la capacidad crítica es como quedarse tuerto».
Me gustan mucho estos libros nómadas, sin patria genérica y escritura brillante, en los que las palabras están vivas y a cada frase salta un chispazo de ingenio, pero la mejor obra de Fernando Poblet es, en realidad, una novelita que publicó en 1983 gracias al buen olfato de la editorial gijonesa Noega (recuperada después en el catálogo de Trea) y que se titula Tú serás Baudelaire. Digo lo de novelita por su delgadez, pues, aun siendo novela corta, nouvelle o como ustedes prefieran, el libro del escritor asturiano es una de esas joyas ocultas que hay en la literatura española. En sus apretadas y perfectas ochenta páginas está encerrado todo un mundo, la memoria sentimental de una generación y un documento de época que otros necesitarían relatar en una docena de capítulos. Tú serás Baudelaire, como la brevísima Helena o el mar del verano de Julián Ayesta, es el otro gran libro de Gijón y, al igual que este, parece fruto de un arrebato por contar el recuerdo melancólico de veranos felices y de un tiempo duro y hermoso. Corte de corteza de lo que fue una época llena de vida y donde se encuentran esos instantes que uno atesora siempre. Puestos a buscarle una genealogía al extraordinario libro de Poblet, habría que mencionar también esa rareza de Francisco Umbral titulada Días sin escuela, una maravilla inédita por mucho tiempo y felizmente recuperada en la que, a través de lo que parecen apuntes cogidos al vuelo de la vida, también se desvelan los rincones oscuros y las epifanías de la infancia.

En Tú serás Baudelaire Poblet se asomaba al niño que fue y hablaba con prosa fulgurante, ritmo endiablado y un punto de socarronería de sus primeros años en Gijón, trazando el retrato de un país atrasado y cejijunto. «Yo era por entonces un niño prodigio —la mayoría éramos niños prodigio de patitas de alambre y pantalones bombachos porque no se podía ser otra cosa— así que durante la postguerra me distraía estudiando geometría aplicada en la calle. Veía un guardia civil, señalaba el tricornio y decía “mira, abuelita, un trapecio isósceles”. Después me enamoré precozmente de la actriz Diana Durbin y renegué de la geometría por toda la eternidad». Ya lo ven. Estamos ante un libro que se nutre de evocaciones personales y donde cobra relieve el mundo proustiano de las sensaciones, los olores, las imágenes, los ruidos y los sentimientos. Todo aquello que creíamos para siempre olvidado y que, mientras desfila ante nuestros ojos como los fogonazos de una película, va dejando a su paso la rebaba de la nostalgia y las ilusiones perdidas. Meses interminables de días estirados hasta la languidez y ocupados en correrías con los amigos, peripecias, descalabros, lecturas y ensoñaciones. El solitario niño Poblet, poco dado a los fervores estudiantiles y maestro en novillos, golfadas y toda clase de trucos, se escapa de casa en varias ocasiones y recibe las duras reprimendas de sus mayores. Los recuerdos de aquellas travesuras están contados con un humor cáustico, desenfadado y vitalista, no exento de cierto lirismo, pero dejan entrever también un fondo de tristeza y rabia. La desafección paterna pesa a lo largo de toda la narración como una losa y quizá sea una de esas dolorosas espinas a las que alude el poeta Hebbel en la cita que encabeza el libro: «Una corona de laurel se la lleva el viento más suave; una corona de espinas no la arranca ni la misma tempestad». En ese retrato familiar no falta tampoco el recuerdo de la atmósfera de época. La estrechez provinciana de los barrios del Gijón de posguerra, con sus neurosis religiosas, su moralismo cerril y los ambientes de casino y señoritos, contrasta con los aires más libres de los pueblos de alrededor, el lugar en donde vivían los abuelos del niño Poblet y que le sirvieron para configurarse una mitología más cercana e íntima. Es a esos lugares a los que el Poblet adulto se mantiene fiel, tal vez porque a ellos están ligadas unas experiencias primordiales. Uno, por otra parte, nunca sabe cuánto hay de ficción en todos los episodios que se cuentan en Tú serás Baudelaire. Seguramente tampoco sea importante averiguarlo. La memoria, ya se sabe, tiene ese poder deformante. El acierto de Poblet, sin embargo, fue el de haber inventado un mundo y entregárnoslo vivo y palpitante en pequeños fragmentos. La vida misma.
Fernando Poblet falleció en 2013 en la isla de Lanzarote. Llevaba años desaparecido, retirado de los micrófonos y sin publicar. Hay algo misterioso en eso de que un escritor renuncie por completo a la escritura. Dicen que, antes de morir, había terminado una continuación de Tú serás Baudelaire. A saber. En Diabluras anotó que, frente a aquellos que imaginaban la muerte de un color blanco, él prefería verla gris marengo y con pliegues. Una forma más, entre tantas, de llevar la contraria.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Divina melancolía coronada de espinas.
(Aleteo chicuelino de sombrero)