/ un relato de Germán Giner y Raga /
Inspirado en el cuadro Larmes d’adieu de Pompeo Mariani.
Arminio Cacique, sentado, apoyaba su mano sobre la mejilla derecha y, mientras escuchaba los quejidos de sus acaudillados, miraba el cuadro de aquel café de roble, de lamparones de bohemia y de sedas como telones, que representaba a dos mujeres mirando al mar. De pronto, golpeó la mesa y dijo: basta. Sus prohombres callaron y, expectantes, esperaron alguno de los sabios aforismos a los que Cacique solía recurrir: «Seamos como esta flor», indicó, para posteriormente callar y seguir mirando aquella pintura.
Entonces, uno de los suyos le pidió que no llorase, prometiendo que serían como esa flor.
Cacique comenzó a reflexionar: «Mirad ese cuadro; son claveles cantando arias tristes, recordando sueños y lamentaciones. Soy yo quien observa cómo mi amante ama a otro. Cómo llora, mas no por mí. Los amantes se marchan en columnas de dulzura olvidada y de ternuras extinguidas. Pobre ella y pobre yo, que hemos ocultado nuestras pasiones para, al final, exponer nuestra verdad. Y ante la creencia de que volveremos a experimentar los sentimientos del ayer prescrito, dejamos nuestros pétalos para quien pase, los vea y los arranque, perdiendo el perfume de nuestro interior. Señores, si ya lo he dicho: soy una flor».
Todos cantaban alegremente y reían, exclamando que eran flores. Sin embargo, el pobre Arminio Cacique, con una brillante y vigorosa sonrisa, dejó que sus lágrimas fluyeran por las mejillas. Y, al ritmo del piano y de su coro de compadres, clamaba: «¡Viva! ¡Todos somos flores!».
Germán Giner Raga (Valencia, 2002) es licenciado en derecho y escritor. En 2023 publicó su primera novela: El marqués don León. Ha estado implicado asimismo en el desarrollo de espacios de diálogo entre artistas emergentes valencianos, como El Olvido de las Letras o Espacio de Muestras Artísticas en el Espacio Sankofa.
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Tu texto destaca por su gran fuerza poética y visual. La escena del café está muy bien construida y crea una atmósfera bohemia y teatral que atrapa al lector.
La metáfora de la flor es especialmente hermosa: transmite la fragilidad del amor y de los sentimientos con imágenes muy líricas, como los pétalos que otros pueden arrancar. Además, el lenguaje tiene musicalidad y elegancia, con expresiones muy evocadoras.
El final es muy logrado: mientras todos celebran diciendo que “son flores”, Arminio llora. Ese contraste entre la alegría colectiva y el dolor íntimo le da profundidad y deja una impresión muy intensa.