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La calle, reflejo de estos tiempos

Un artículo de Eduardo García sobre el incivismo de los patinetes o la música alta en el espacio público.

/ por Eduardo García Fernández /

Fotografía destacada de Robert Aakerman

Es habitual que caminando por la acera a uno le pasen casi raspando uno o dos patinetes seguidos, como haciendo burla de las mínimas normas de urbanidad, si es que siguen existiendo para unos, porque otros más bien se las pasan por el arco de triunfo.

Cuando estaba leyendo el libro de Pedro Bravo ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa, no podía estar más de acuerdo con lo que el autor decía, pero además recordé multitud de situaciones propias y ajenas en las que una gran mayoría de la gente ni repara, ni les importa si molestan. ¿Quién no ha soportado al típico vecino que a las cuatro de la tarde de un domingo se pone a enredar con su taladro?

Recuerdo cuando a finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado era frecuente quien se compraba un coche 1430 (por decir algo) y le ponía un equipo de música (de ahí aquella tendencia tan macarra de robar el radiocasete) y subía la música a toda potencia, para que lo vieran y oyeran. Pues bien, esa conducta paleta solo se ha multiplicado. Porque ahora sucede lo mismo, pero con una música intragable. Coches y también motos enormes ponen su música para que la escuche toda la manzana de edificios por donde pasan. Sin embargo, nunca vi que pusieran una multa por esto, ni a los patinetes por ir por las aceras.

Se sabe que el ruido afecta a la salud tanto física como mental de las personas, y más en los niños, donde llega a influir en el aprendizaje y la memoria, e incluso en una mayor agresividad, pero además el ruido innecesario evita que simplemente podamos pararnos a charlar en un encuentro casual en la calle con un amigo o conocido. No creo ser un quisquilloso, ni un quejas, pero pienso que no se hace nada para mejorar la calidad de vida de las personas en su día a día en la calle, porque la calle ha dejado de existir; más bien es un lugar de tránsito o no-lugar, como dice el antropólogo Marc Augé, por donde circulamos rápido para consumir e ir de un lugar al otro mientras miramos la pantalla del móvil o hacemos que hablamos por teléfono para no pararnos a hablar con una persona que no nos apetece. La calle, hoy día, es en una pantalla que llevamos con nosotros, donde jugamos y cacharreamos viviendo una vida de segunda mano, así que ¿cómo se va cuidar que exista menos ruido en la calle o que los patinetes no te afeiten, si lo que interesa es que nadie escuche a nadie como decía Julio Llamazares?


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.


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