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Los ególatras al poder: la lección de Napoleón III

Un artículo histórico de Joan Santacana.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

La historia está llena de ejemplos de locos, psicópatas, visionarios y utópicos que alcanzaron un gran poder; sin embargo, los ejemplos disminuyen cuando se trata de regímenes democráticos, es decir, cuando se trata de personajes que la gente eligió. Y si alguna vez se coló alguno, no repitieron.

El caso del presidente Trump es insólito. Fue elegido democráticamente una vez y volvieron a elegirlo una segunda y, si se descuidan, iniciará una dinastía. Pero en el primer mandato, tenía asesores que le podian frenar; que según sabemos hoy impedían que diera órdenes absurdas, peligrosas o contradictorias. Ya le conocían, y sabían que a veces, con un exabrupto, ordenaba acciones que todo el mundo intentaba frenar. Luego se olvidaba y el peligro estaba conjurado. En definitiva, sabían qué tipo de individuo estaba al timón y frenaron algunas decisiones que hubieran resultado catastróficas. Esto que digo no es de cosecha mía; yo no conozco, obviamente, a Trump, y dudo mucho lo haga, pero he leído que antiguos asesores económicos suyos, como Gary Cohn, se autoimpusieron esa misión.

Ahora sabemos que el presidente firma muchas órdenes, se olvida de ellas, luego las recupera, dice cosas contradictorias sobre la guerra que ha iniciado y sus preocupaciones fundamentales son aumentar el volumen de negocios del clan familiar y alimentar su ego. Pero lo cierto es que muchas cosas han cambiado desde que tomó el control del país y de una parte del mundo. Hoy Putin está más contento que antes y las cosas le van mejor; Israel está cometiendo la mayor barbaridad de este siglo, cosa que sin los yanquis jamás se hubiera atrevido hacer; el sistema de valores y alianzas de la segunda mitad del siglo XX se ha desmoronado y ya no se reconstruirá y la economía mundial se tambalea, sin saber cuál va a ser el desenlace. Todo ello tiene como telón de fondo dos guerras, una en Ucrania y otra en Oriente Medio.

Pero puede que las dos guerras estén enlazadas; los servicios secretos de Israel no podían desconocer que si se incendiaba Irán, todo el Medio Oriente se encendería y con ello se correría el riesgo de desestabilizar el precio del petróleo. Con el precio del petróleo sin control, los países europeos iban a ser los primeros damnificados, y Rusia una beneficiaria. Y si esto ocurria, la guerra de Ucrania iba a decantarse a favor de Putin, el cual, antes del segundo mandato de Trump, estaba asfixiado. Ahora respirará tranquilo. Todo está enlazado en este tablero de juego. Israel y el problema de Oriente Medio ha sido el cáncer de Occidente desde 1948.

Y Trump, el ególatra, a mi juicio, ha caído en la trampa y nadie de su entorno lo ha podido impedir, porque él no son nadie. No es fácil prever el desenlace porque las guerras tienen esto: se sabe cómo se inician, pero no cómo terminan. Napoleón III, un fatuo y ególatra mandatario que gobernaba la poderosa Francia en 1870, indignado ante la posición de la pequeña Prusia frente el problema sucesorio español, declaró la guerra, esperando dar una lección a los prusianos. Sin embargo, cayó en la trampa que le había preparado el astuto canciller prusiano Bismarck y el Segundo Imperio Francés se derrumbó como un castillo de naipes, mientras la pequeña Prusia aglutinaba en torno a Berlín a la mayoría de Estados alemanes, convirtiéndose en el Segundo Reich alemán, el Imperio del káiser. En realidad, el motivo de la declaración de guerra —la sucesión a la corona española después del destronamiento de Isabel II— no importaba a nadie; Juan Prim, asustado y perplejo, no se atrevió a proponer a ningún príncipe alemán o francés y buscó a uno italiano, Amadeo I de Saboya, que podría haber sido llamado el Breve.

Hoy, como ayer, otro ególatra, al frente de un imperio inicia una guerra que cree que le dará fama y gloria eterna, instigado por el mismo diablo; creía que en tres días ganaría, pero no parece ser así. También Putin creyó llegar a Kiev y cambiar el régimen en tres días y tampoco fue así y Estados Unidos, que es el único país del mundo que ha iniciado muchas guerras, parece haber entrado en el avispero.  Y al margen de este conflicto, China, a la que se pretende perjudicar, espera agazapada, llama a la paz, se rearma y espera. China, a diferencia de Estados Unidos, casi nunca ha empezado una guerra, pero hoy el mundo está peor que ayer por culpa de dos ególatras.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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