Quid novi ex Africa

La música de la violencia

Alison Posey reseña la película 'Sirat', de Óliver Laxe; una película «en la que la capacidad destructiva de la naturaleza se ve igualada por la del ser humano» y que hace «difícil apartar la mirada de la pantalla, tanto como del mensaje, urgente si no enigmático, del director».

/ Quid novi ex Africa / Alison Posey /

Como los demás filmes del cineasta Óliver Laxe, Sirat (2025) no es para principiantes. Galardonada con el Premio del Jurado de Cannes y candidata española a los premios Oscar, la última obra del director se distancia del cine europeo canónico, sobre todo del que trata sobre África. Ante su reparto de actores no profesionales, su argumento escueto y su paisaje casi marciano del Sáhara Occidental, resultaría fácil extrañarse. Pero quizá esa sea la intención del director, que ha calificado la película —su cuarta hasta la fecha— como la más política que ha realizado. Y en una película en la que la capacidad destructiva de la naturaleza se ve igualada por la del ser humano, es difícil apartar la mirada de la pantalla, tanto como del mensaje, urgente si no enigmático, del director.

El éxito del drama, protagonizado por el veterano actor Sergi López, se deriva del malabarismo del director, es decir, de cómo Laxe logra un equilibrio entre las dos violencias centrales en torno a las cuales gira su filme. La primera se hace evidente desde la escena inicial de Sirat: la hostilidad del inmenso desierto del Sáhara lo convierte en el principal antagonista de la película. Luis (López) y su hijo Esteban (interpretado por el actor infantil Bruno Núñez) llegan a una rave en pleno desierto sahariano, donde los asistentes bailan hechizados por el ritmo abrumador de la música electrónica que resuena por todo el cañón.

Aunque la fiesta se rodó en realidad en Teruel, todo fue auténtico, como la participación de unos dos mil raveros —aficionados a la música electrónica—, varios de los cuales interpretarían después papeles secundarios en la película. Esquivando los cuerpos agitados de los bailarines, Luis y Esteban se empeñan en repartir volantes con la imagen de Mar, hija y hermana suyas, desaparecida hace unos cinco meses. Pero la búsqueda de Mar, cuya desaparición nunca llega a contextualizarse ni a explicarse, pronto resulta ser un pretexto, quizá algo incongruente, para el periplo de Luis y Esteban. Con la repentina declaración de un estado de excepción por las fuerzas armadas marroquíes, Luis y Esteban, acompañados por una gavilla de raveros taimados, se ven adentrándose, sin plan alguno, en las arenas más remotas de Marruecos y el Sáhara Occidental.

Basta una serie de tomas largas, casi abstractas, de las empinadas paredes rojizas de roca y de las interminables dunas de arena color paja para comunicar el antagonismo implacable de ese terreno yermo. El cine analógico de 16 milímetros capta sin fisuras su amenaza constante, omnipresente, que Laxe representa sin exageración ni exceso. Al igual que la música electrónica que acompaña gran parte de la película, el sol perpetuo y deslumbrante que acecha a los personajes sirve como recordatorio constante de la superioridad inherente de la naturaleza sobre el ser humano. Al prescindir de casi todo elemento que no pertenezca al mundo natural en su filme, Laxe enfatiza la debilidad humana ante un entorno indiferente e infinito.

Pero, como no tarda en demostrar Sirat, sería risible considerar la naturaleza como el único adversario cuando existen los propios seres humanos. Frente a un apocalipsis de origen desconocido que se avecina, los raveros, el padre y el hijo se ven obligados a unirse. Pero la palpable ambigüedad que caracteriza casi todas sus relaciones —salvo la de padre e hijo— desconcierta su capacidad del entendimiento mutuo. Así, chocan episodios tiernos, como aquel en el que los raveros le cortan el pelo a Esteban, dándole un aspecto muy propio de las fiestas de música electrónica, con otros más difíciles de descifrar, como el trato hacia Luis, que oscila entre la incomodidad y un parco afecto. La actitud casi antropológica de Luis y Esteban hacia los raveros y su vida nómada se ve reflejada en la de estos, dando lugar a una desconfianza general que deja clara la postura del director frente a la solidaridad humana.

De ahí surge la crítica de Sirat: en un mundo que se acerca a su fin, la cuestión no es cómo pasar los últimos días, sino qué queda ante el final. ¿Son los demás dignos de nuestra confianza? ¿De nuestra compasión? Ante el sinfín de violencias desgarradoras —tanto naturales como provocadas por el ser humano— que nos dividen, ¿en qué bando nos encontramos? La película de Laxe lo deja claro.


Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.


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