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Alfonso VII, a 900 años de su acceso al trono

Un artículo de la historiadora Sonia Vital Fernández sobre un rey ambicioso, decidido a recuperar una hegemonía de proyección peninsular mediante la reformulación de la 'idea imperial leonesa'.

/ por Sonia Vital Fernández /

El 8 de marzo de 1126 falleció en Saldaña la reina Urraca I de León. Novecientos años después —¿quién lo habría dicho, a la luz del tratamiento marcadamente negativo que recibió en las fuentes narrativas?—, su memoria ha terminado por eclipsar la conmemoración del acceso al trono de su hijo, Alfonso VII el Emperador (1126-1157).

Paradojas de la historia: en este 2026, Urraca se ha convertido en la protagonista de una efeméride que ha contribuido a reivindicar su actuación política, profundamente denostada por las crónicas medievales y cuya imagen distorsionada ha pervivido prácticamente hasta la actualidad. Ya en la Edad Media, su memoria fue vaciada de contenido y su figura histórica relegada a la condición de mero eslabón dinástico entre su padre, Alfonso VI, y su hijo, Alfonso VII, con el único mérito de haber facilitado la transmisión del poder y asegurado la continuidad dinástica. Han tenido que pasar nueve siglos para que esta reina recupere una visibilidad que jamás debió perder.

Pero, ¿qué ocurre con su hijo Alfonso? Este mismo mes de marzo se ha cumplido también el noveno centenario de su acceso al trono, una efeméride que, sin embargo, ha pasado casi desapercibida. Me propongo ahora, aunque sea brevemente, restituir su lugar en este aniversario, junto al de su madre.

Aunque la relación entre ambos reinados sigue siendo una línea de análisis escasamente desarrollada, resulta necesario entender el de Alfonso VII como consecuencia directa del de Urraca. Porque Alfonso no heredó el reino de su abuelo, Alfonso VI, sino de su madre, quien lo gobernó durante diecisiete años. Tiempo lo suficientemente largo para que el ejercicio del poder y las estrategias políticas de la reina dejasen una huella profunda. No obstante, la historiografía ha tendido a interpretar la actuación de Alfonso VII como mera continuidad del gobierno de su abuelo, en parte debido a las dificultades que marcaron el reinado de Urraca. Si bien Alfonso se encontró en condiciones de retomar algunas de las líneas políticas emprendidas por aquel, no puede considerarse, sin embargo, el periodo de Urraca como un simple impasse sin influencia en las dinámicas del reino.

En efecto, la soberana hubo de hacer frente a una serie de desafíos heredados que la obligaron a imponerse en un sistema de relaciones políticas complejo, propio del momento de plenitud feudal que vivía su reino. Durante su reinado se vieron frenadas algunas tendencias políticas y militares, tanto por el complejo contexto militar derivado del nuevo empuje almorávide sobre la frontera en los últimos años de Alfonso VI —cuando, tras la conquista de Toledo (1085), la intervención de los almorávides en la Península, en auxilio de los reinos de taifas amenazados por la presión cristiana, insufló un nuevo aliento de fuerza a lo que, en ese momento, parecían simples reductos del islam en al-Ándalus— como por la emergencia de nuevas fuerzas políticas y sociales: los burgueses (habitantes de los burgos), una Iglesia reformada y, sobre todo, una aristocracia engrandecida.

Fue precisamente con esta aristocracia, cada vez más inclinada a la autonomía en los grandes señoríos, con la que hubo de negociar Alfonso VII. Conviene no olvidar que, desde la muerte de Alfonso VI (1109) y hasta su acceso al trono, se habían producido dos cambios dinásticos que implicaron reajustes en el equilibrio de poder, circunstancia que necesariamente influyó en el desarrollo de su reinado. Los primeros años, tal como los presenta la Chronica Adefonsi Imperatoris, estuvieron marcados por la necesidad de recomponer las relaciones de poder e integrar a los magnates en su red de fidelidades. Además de los pactos, en sus páginas asoman conflictos con sectores rebeldes, indicativos de la dificultad del momento, aunque el relato proyecta la imagen de un rey victorioso que siempre logra imponerse. Es lo propio de un relato apologético que busca ensalzar su figura y su proyecto imperial.

Tras años de lucha, Alfonso VII logró estabilizar un equilibrio de fuerzas. Para ello resultó fundamental la negociación y la consolidación de estructuras destinadas a reforzar el poder regio, entre las que destaca el desarrollo de un amplio sistema de tenencias. Esta innovación político-administrativa buscaba mantener el control del monarca en una sociedad donde las formas de organización feudal venían constituyendo una amenaza constante para la autoridad regia.  

El despliegue de un sistema de gobierno delegado, basado en cargos temporales y revocables –tenencias y merinatos–, respondía así a la voluntad de afirmar el poder regio frente a la aristocracia. A través de su concesión, el rey incidía directamente en las bases de poder de la aristocracia, reconduciendo su papel político y condicionándolo cada vez más a la relación con el poder regio. Fue un proceso paulatino que se desarrolló a lo largo de todo el reinado.

De forma paralela, el reinado conoció un renovado impulso expansivo. Tras la muerte de Alfonso I el Batallador, se consolidó la expansión hacia el regnum Caesaraugustanum, en continuidad con la política iniciada décadas antes por Alfonso VI mediante la anexión de La Rioja, que había asegurado la presencia leonesa en el corredor del Ebro. Asimismo, se reactivó la expansión hacia al-Ándalus, cuyo hito más significativo fue la conquista —aunque efímera— de Almería en 1147.

La coronación imperial de 1135 dio forma a un proyecto político más ambicioso, orientado a recuperar una hegemonía de proyección peninsular mediante la reformulación de la idea imperial leonesa. Si en los primeros años el título imperial respondía a una afirmación frente al Batallador –que empezó a utilizarlo tras su matrimonio con Urraca–, en esta etapa más avanzada se convirtió en la expresión de una hegemonía adaptada a un contexto político y social sensiblemente distinto. Mediante una brillante política de vasallajes, Alfonso VII se configuró como un rey de reyes, proyectando su autoridad más allá de sus dominios directos y liderando empresas militares de gran envergadura, como la campaña de Almería, en la que participaron incluso contingentes exteriores, entre ellos genoveses.  

Ahora bien, esta hegemonía se acompañó de una cuidada elaboración simbólica y propagandística. Las nuevas fórmulas de la cancillería regia, la promoción de una crónica oficial —la Chronica Adefonsi Imperatoris— o la acuñación monetaria contribuyeron a construir y difundir la imagen imperial como expresión de un proyecto político destinado a recomponer cierta unidad en un contexto de fragmentación.

Sin embargo, la división del imperio tras su muerte pone de relieve los límites de ese proyecto. La partición en los reinos de León y de Castilla facilitaba un control más efectivo del territorio y de los poderes y reducía la dependencia de amplias redes aristocráticas, en un sistema en el que la fidelidad de los magnates resultaba esencial y exigía una negociación constante. En este sentido, la división puede interpretarse como la mejor solución para adaptarse a las condiciones feudales del siglo XII, más favorables al gobierno de unidades políticas de menor escala.

Aunque la información disponible en las fuentes es fragmentaria y procede fundamentalmente de crónicas tardías que atribuyen la decisión a determinados magnates, lo cierto es que la existencia de dos centros de poder ampliaba las oportunidades de promoción de la aristocracia y reducía la competencia entre sus miembros. Al mismo tiempo, respondía a un nuevo equilibrio territorial que no puede entenderse al margen de la correlación de fuerzas heredada del reinado de Urraca:  mientras Castilla experimentaba un dinamismo creciente, favorecido por la proyección de sus aristocracias en las tenencias de frontera, León y los territorios occidentales tendían a una mayor estabilidad interna.

En este contexto, la consolidación de Portugal como reino independiente constituye otro indicio de las tendencias centrífugas del periodo. Mientras Galicia se había reintegrado en la órbita leonesa, el territorium Portucalense avanzaba hacia una progresiva autonomía bajo los gobiernos de Enrique de Borgoña, la infanta Teresa y su hijo Alfonso Enríquez.

Castilla se configuró, además, como la principal base para lanzar las acciones políticas y militares y, por tanto, como el principal eje de expansión hacia el este y sur de la Península. Alfonso VII retomó así el ambicioso programa heredado de su abuelo, priorizando la ocupación del regnum Caesaraugustanum y el establecimiento de vínculos vasalláticos con el rey de Navarra y el conde de Barcelona; pero también la defensa de la frontera del Tajo y la expansión frente a almorávides y almohades.

Estas acciones políticas y militares consolidaron el predominio de Castilla dentro del conjunto del reino, reflejo de un dinamismo político y social que disputaba el protagonismo tradicional de León. En este contexto, la decisión de Alfonso VII de asignar a su primogénito, el infante Sancho, el gobierno de Castilla tras la división del imperio puede interpretarse como el reconocimiento de ese nuevo equilibrio de fuerzas y de su proyección futura.

En definitiva, el reinado de Alfonso VII refleja tanto las posibilidades como los límites de un poder imperial en una sociedad plenamente feudal. Su trayectoria, inseparable de la de su madre, evidencia que la construcción de la autoridad regia en el siglo XII fue el resultado de un complejo proceso de adaptación a nuevas realidades políticas, sociales y territoriales, en continuidad no solo con Alfonso VI, sino, de manera decisiva, con el legado de Urraca.


Sonia Vital Fernández es licenciada en Historia por la Universitat de Barcelona y doctora en Historia con mención de Doctor Europeus por la Universidad de Salamanca. Sus principales líneas de trabajo se centran en las relaciones de poder en el ámbito hispánico del siglo XII, analizando la compleja relación entre la aristocracia laica y el rey Alfonso VII en un contexto social y político en el que dominan las formas de organización feudal, temática a la que ha dedicado diversos años de estudio, participando en congresos, en proyectos de investigación nacionales e internacionales y realizando estancias de investigación en diversas instituciones europeas, entre las que destacan la Alma Mater Studiorum Università di Bologna (Italia) y la University of Exeter (Reino Unido). Es autora de varios trabajos científicos publicados en revistas especializadas y en actas de congresos de alcance nacional e internacional. En la actualidad, forma parte de la Sociedad Española de Estudios Medievales y participa en el proyecto de investigación Perspectivas renovadas de Historia Medieval (Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, Argentina), en el que pretende sacar a la luz el papel político de las infantas de León y Castilla en los siglos centrales de la Edad Media.


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