Arte

ARCO en tiempos infames

«Aunque podría resultar un asidero desde el punto de vista individual, un arco es un arma inapropiada cuando nos sobrevuelan drones y misiles», escribe Arturo Caballero de la última feria de arte contemporáneo de Madrid.

/ por Arturo Caballero /

Otro año más los pabellones 7 y 9 de IFEMA abren sus puertas a la feria de arte más reconocida de nuestro país, punto de referencia del mercado nacional y del hispanoamericano, como puede comprobarse por el número de galerías y de artistas representados. Y otro año más acudo, como uno más de los 95.000 visitantes de esta edición, a recorrer ordenadamente sus pasillos como un rito de acercamiento a la creatividad contemporánea, condicionada por los intereses de los galeristas que son quienes determinan el aspecto final que se ofrece a los compradores, los críticos y el público en general. Se me podrá decir que lo más novedoso lo vería mejor en eventos como Art Madrid y Just Madrid; es posible, pero no es menos real que la relación entre estos y aquella no es la misma que la existente, hace siglo y medio, entre el Salón de los Rechazados y el Salón Oficial de la capital francesa. Bueno, en una cosa sí: en cuanto pueden, los comerciantes y los creadores optan por IFEMA.

Si dejamos de lado la literatura y la estética, habremos de reconocer que los artistas del pasado, incluso del relativamente cercano, fueron unos trabajadores cuya actividad consistía (salvo en el caso de Velázquez, que siempre tuvo un cierto prurito de nobleza) en ganarse la vida con su labor. Su importancia se medía por el éxito que obtuviesen con ella. Es necesario que tengamos presentes estos aspectos económicos porque enseguida nos ponemos estupendos con la creatividad, la libertad del artista y cosas de esas que corren un velo sobre una actividad pecuniaria que los galeristas y los propios pintores, escultores, fotógrafos y demás cultivadores de actividades semejantes tratan de defender —frente al apoyo de los gobiernos extranjeros a las suyas propias—, exigiendo una bajada del IVA que pretenden se coloque al nivel de la aplicada en Francia, Portugal o Italia. El ministerio del ramo nunca acaba de decidirse. Comentando estas cosas, contaba a mis acompañantes el caso de El Greco y su disputa con el alcabalero de Illescas, sustanciada a favor del pintor, quien admitía que le pudiesen poner alcabalas sobre los pinceles, los pigmentos y los lienzos, pero que no comprendía que intentasen gravar su creatividad, que ejercía liberalmente. Pero aquellos eran, evidentemente, otros tiempos.

Estos parecen ir más deprisa, pero de un año a otro las variaciones son tan escasas que esto se asemeja a un déjà vu por la omnipresencia de autores que no paran de repetirse. A propósito: urge que Jaume Plensa, a pesar de su enorme atractivo, cambie de registro si no quiere correr el riesgo de resultarnos irrelevante tanto rostro estilizado; y eso sin que indaguemos, para verificar hasta dónde llega su intervención directa en las obras, en el número de ayudantes que usa. En 2020 eran trece y le decían al escultor, según sus palabras, que trabajan mucho mejor cuando está de viaje. Es lo que tiene satisfacer una demanda ingente, aunque deseo dejar constancia de que, a diferencia de muchos otros, no pienso imprescindible para otorgar autoría a una obra que sea realizada personalmente por quien la firma.

Tal vez sea mi estado de ánimo, pero pienso que son tiempos deplorables estos que estamos viviendo.

Hace algunos decenios, los artistas de la América central y del sur solían ser creadores meticulosos que realizaban sus cuadros y relieves dentro de la poética del Op Art; luego llegó la crítica política y desde hace unos pocos años han aparecido las nuevas realidades sexuales (Wynnie Mynerva, Galería Societé) o el cuestionamiento del colonialismo (Sandra Gamarra, Galeria Livia Benavides) que son recogidas este año, de la forma más provocadora posible, por la «artista curatora trans mapuche» Seba Calfuqueo (W-Galería), quien, desde Madrid y en castellano, propone una enmienda a la aculturación a través de unas imágenes que reproducen la ingenuidad de las estampas cuzqueñas y de una escultura (Serpiente yaciente) que se ha interpretado como un trasunto de Sierva María de Todos los Ángeles, la marquesita ideada por García Márquez (El amor y otros demonios) que se crio con los esclavos yoruba, en cuya cultura se integró y que terminó muriendo en el convento donde fue recluida para ser exorcizada.

Seba Calfuqueo
Irene Anguita, María Edwards y Belén Rodríguez

Algunos jóvenes, Irene Anguita (Galería El Chico), intentan abrirse camino expresando su rabia enlazando arte callejero y expresionismo abstracto; otros se recluyen ensimismados en torres de marfil donde tejen y destejen sus exquisitos tapices (los trabajos de María Edwards, Galería Patricia Read, visualmente me hacían recordar a Duchamp; y los delicados patchwork de Belén Rodríguez, Galería Alarcón y Criado, a cosas entre constructivistas y Dadá). No podemos olvidar que otros artistas vivieron tiempos tan infames como estos, más generalizados incluso y por partida doble. Y también realizaron exquisitas obras que todavía hoy nos sirven de referencia, como Pipa y paquete de tabaco, de Juan Gris, que soluciona con seis planos interpenetrados un bodegón que choca en su sencillez con la compleja parafernalia de un interior diseñado por Inés Figaredo para El Confidencial, que me devolvía a una infancia desgraciadamente muy lejana.

Juan Gris vs Inés Figaredo

Hoy, arte puede ser cualquier cosa. Y no lo digo necesariamente como una ironía, pero también.

Puede pasar con propuestas tan opuestas en su factura como cercanas por la nueva sensibilidad ecológica que las une. Se trataba de las sutiles creaciones de Cristina Almodóvar (Galería Fernández Braso) y los dioramas de Heike Kabisch (Galería Chertlüdde); la combinación realizada por la primera de objetos reales que se continúan, pintados, en otra superficie chocan con los de la segunda, terroríficos interiores casi surrealistas en los que agonizan ballenas con sus crías. Resulta difícil, y arriesgado, llevar a una galería de arte, o su remedo como es el del stand de una feria, cosas como estas.

Cristina Almodóvar vs Heike Kabisch

En ARCO hay diversos ARCOs. Además del programa general hay otros (Opening. Nuevas galerías; Perfiles/Arte latinoamericano; Galerías Solo Duo; Proyectos de artista) de los que ha sido destacado por varios críticos «ARCO2045. El futuro, por ahora». Aunque ya en el programa se huye específicamente de afrontar una visión propedéutica sobre lo que podría ser el arte dentro de diecinueve años (tanto desde el punto de vista de lo tecnológico [IA] como en la forma en la que pueda variar el concepto de lo artístico), no dejan de tener interés algunas de las propuestas adscritas a él.

Por ejemplo, las de Candice Lin (Galería François Ghebaly), quien crea truculentos banquetes en los que puede servirse hasta la cabeza de Henry Kissinger y expositorios de chocolatinas cuyo envoltorio oculta escenas de pervertido bestialismo. Akira Ikezoe (Proyectos Ultravioleta) presenta algunas obras de su serie Coconut Heads en los Museos, en la que se retrotrae a una primitiva fase simbólica de la relación entre el hombre y su entorno para establecer vínculos entre «formas, colores, texturas y funciones» usando —por medio de una serie de personajes (Cabezas huecas)— «este patrón de pensamiento poco científico e irracional» para trasladar la perspectiva del autor sobre el mundo contemporáneo. «Es un proceso de desaprendizaje de todas las estructuras sociales existentes y la reorganización de los componentes sin considerar su orden ni valor» lo que genera nuevas narrativas visuales en «composiciones tipo diagrama». Se trata de usar un sistema similar a la asociación de palabras extrayendo los elementos más relevantes sin considerar ningún tipo de valor cultural o comunicativo.

Candice Lin, Paula Olowska y Akira Ikezoe

Allora & Calzadilla (Chantal Crousel) en Ligado a la luz, obra realizada en vidrio soplado y fibra óptica, se inspiran en la necesidad de las lianas de buscar la claridad y pretenden mostrar la necesidad de la asociación entre especies; la misma galería presenta una serie de trabajos de Thomas Hirschhorn que ofrece, a partir de la reproducción de obras de arte clásicas, una visión de aquellas cosas que puede enseñar el arte al mundo de hoy; en el caso de Judith y Holofernes, de Artemisia Gentilleschi, el poder del acto. También han llamado la atención las frías pinturas de Paulina Olowska (Pace Gallery), que transmite en sus lienzos el aire inmovilizado de las fotos realizadas por una script de películas de época.

Barbara Bloom

Por lo que a mí se refiere, las tres propuestas (2020) de Barbara Bloom (Capitain Petzel) Deconstuido (Blow-Up); Triste historia gris: Marilyn y La idea de Glenn Gould, que «exploran cómo los objetos pueden evocar la presencia de personas ausentes o eventos pasados. En lugar de retratos, estas obras utilizan muebles y accesorios como sustitutos: sustitutos metonímicos que sugieren a una persona a través de los objetos asociados a ella». Se trata, respectivamente de una secuencia de Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966) que podemos visualizar a través de la pantalla de una cámara mientras que solo nos queda el papel arrugado con el que juegan el fotógrafo y sus dos modelos aficionadas; una pila de libros con cubiertas en gris decreciente al mismo ritmo que se desvanecen las seis fotografías de Marilyn en una tira colgada de la pared y, por último, el recuerdo del vacío dejado por el gran intérprete canadiense que se evoca por medio de la ausencia del piano del que solo nos queda su silueta.

Frente a estos aspectos sutiles, otros artistas lanzan amargas jeremiadas en las que lo difícil es encontrar el tono exacto entre forma, contenido y recepción por parte del espectador. Cuando te equivocas, caes en el panfleto o en lo risible. Y como tema esto afecta al propio arte (Álvaro Barrios, La multiplicación de los cuadros, Galería Fernando Pradilla) o cuestiones más propias del momento en el que vivimos. La guerra de Irán ha desenterrado obras que parecían adecuadas para tiempos pasados y que han vuelto a ponerse en comercio. Algunas de ellas nos impelen a tomar postura respecto a los combustibles fósiles y nos hablan de asuntos oscuros, por el color, pero claros por las intenciones que hay detrás. El venezolano Alessandro Balteo-Yazbeck, adscrito al programa ARCO2045, ha creado El último barril de petróleo (Galería Carmen Araujo) minúsculo objeto cuyo precio oscila según el del crudo en el mercado internacional por lo que, en estos días, el beneficio parece asegurado; por su parte Eugenio Merino (ADN Galería) pega la Declaración de los Derechos Humanos en blanco sobre el negro de un barril. Los mensajes no pueden ser más obvios. Me he permitido juntarlos en una foto collage.

Alessandro Balteo-Yazbeck y Eugenio Merino

Dejo para el final el trabajo que me ha parecido más interesante. Kubra Khademi fue condenada a muerte en Kabul (2015) tras realizar una performance en la que caminaba por la calle cubierta por una armadura. Consiguió huir a Francia y desde allí, cuando de nuevo su país cayó en manos de los talibanes (2021), envió, seguramente confiando en la sororidad, una carta a mujeres que tenían algún tipo de poder, reclamando su ayuda para proteger a sus compatriotas. No obtuvo respuesta. La suya, visual, vino a continuación. Ya sabemos que la estructura del poder es heteropatriarcal, pero en muchos países del Occidente civilizado ya se ha introducido mujeres a las que Kubra desnuda, tal vez como ejemplo de la infinidad de promesas incumplidas. La libertad guiando al pueblo (Galería Eric Mouchet) es la obra expuesta a la vista del observador despistado, pero en la trastienda había algunas otras en las que el mensaje se enturbia. El arca de Noé como meta final, prácticas sexuales lésbicas, desnudos de estas mujeres a tamaño mayor que el natural son más que un grito. Un alarido que, ¡ay!, parece que han encontrado compradores sin dificultad. Vaya usted a saber por qué.

Kubra Khademi

En fin, me parece a mí que, aunque podría resultar un asidero desde el punto de vista individual, un arco es un arma inapropiada cuando nos sobrevuelan drones y misiles.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con la docencia y otras actividades relacionadas con la organización escolar, entre ellas la coordinación del Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Sobre todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publicó Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.


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4 comments on “ARCO en tiempos infames

  1. fully1d6c4eee59

    Muy interesante el artículo

  2. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Insinúa usted, señor Caballero, que el hecho de que un artista trate de ganarse la vida con su trabajo es algo innoble, poniendo como contraejemplo el caso de Velázquez, cuyo prurito de nobleza por lo visto lo ponía a salvo de esta vulgaridad…

    Es que este pintor no se ganaba la vida pintando?

    Qué tiene de innoble que un albañil o un médico se ganen la vida con su trabajo?

    Y si ellos no lo son, por qué un artista sí lo es?

    Es que los artistas de todas las épocas no se han ganado la vida con su arte?

    Seguramente quería usted decir algo diferente, pero eso es lo que se desprende de un modo inmediato de sus palabras, por otro lado acertadas, de este interesante artículo, y que conste que lo considero un entendido sobre arte como pocos

    • ¡Vaya! Pues sí que me he explicado mal.

      Los casos del Greco y Velázquez, que comentaba, son diferentes y excepcionales. Y lo hacía por la polémica respecto al IVA, las alcabalas de antaño. El primero defendía la liberalidad de la pintura y como ocurría con quienes cultivaban las otras artes liberales —y no las mecánicas— no quería pagar impuestos. Velázquez, directamente, luchó toda su vida por ingresar en el estamento nobiliario; además de no pagar, que se le honrase. Creo que debo mejorar la forma de plasmar la ironía.

      Lo fundamental de lo que yo pienso respecto al oficio del pintor se puede leer en estas mismas páginas. (Realidad y pintura, julio de 2020; https://elcuadernodigital.com/2020/07/29/realidad-y-pintura/).

      Frente a las veleidades «artísticas» de mis alumnos, les solía recordar que pintores, escultores y gentes de oficios semejantes debían tener un sitio donde vivir, comían tres veces al día y, algunos, tenían hijos de los que debían cuidar. Lo lograban, como la inmensa mayoría de sus semejantes, con el producto de su trabajo. Muchas veces ni siquiera un trabajo «creativo», porque la creación no les daba para vivir. Los conceptos de arte y de artista pienso que son demasiado ambiguos.

      Sobre cosas nobles o innobles, soy de la opinión de Machado cuando glosó un lapidario refrán castellano: Nadie es más que nadie. Porque ese pensamiento resume que cualquier actividad, labremos la tierra, pongamos ladrillos, comerciemos con bienes, curemos enfermedades, entretengamos el ocio o ayudemos a reflexionar sobre lo que nos rodea, nunca podrá proporcionarnos una dignidad mayor a la de ser hombres.

      Por otra parte, y para concluir, le agradezco dos cosas: primero, que lea estos artículos; segundo, la opinión —exagerada— que tiene sobre sobre mi competencia en estos asuntos que, como decía Ortega y Gasset sobre lo que pensaban los pintores modernos de su arte, probablemente sean algo sin importancia alguna.

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