Creación

Se llamaba Andrés

Un relato antibelicista de José Miguel Trejo.

/ un relato de José Miguel Trejo /

Se llamaba Andrés, y antes de la guerra creía en cosas simples: que las manos estaban hechas para construir, que las palabras podían evitar los golpes, que ningún motivo era suficiente para arrebatar una vida.

Cuando anunciaron la guerra, sintió que el mundo se había equivocado de siglo. Pensó que era un error pasajero, una locura que alguien corregiría a tiempo. Pero no hubo corrección. Hubo uniformes. Hubo órdenes. Hubo un fusil frío en sus manos.

Al principio no disparó.

Se quedaba atrás, apuntaba al suelo, cerraba los ojos. El estruendo de los otros lo envolvía todo. Cada bala ajena era una grieta en su fe, pero todavía se decía: yo no. Hasta que un día la guerra dejó de ser un concepto y se convirtió en un rostro.

Un muchacho, casi un niño, apareció al otro lado de la calle en ruinas. Tenía miedo. Andrés lo reconoció al instante: no como enemigo, sino como espejo. El chico levantó el arma temblando. Alguien gritó. Andrés no recuerda si fue una orden o un instinto. Solo recuerda el retroceso del arma, el ruido seco, y el cuerpo cayendo como si el mundo hubiera perdido gravedad.

En ese instante, algo en él se rompió con una claridad insoportable.

No hubo gloria. No hubo alivio. Solo una certeza helada: había cruzado una frontera invisible y ya no podía regresar.

Después vinieron más disparos. Más cuerpos sin nombre. Más días sin sentido. La guerra se volvió rutina, y eso era lo más aterrador. La capacidad de acostumbrarse a lo inaceptable.

Pero lo que nunca pudo soportar fueron los niños.

Los vio en pueblos arrasados, con los ojos abiertos demasiado tiempo, como si hubieran dejado de parpadear para no perderse lo poco que quedaba del mundo. Niños buscando a sus padres entre escombros. Niños que no lloraban, porque el llanto también necesita esperanza.

Una vez encontró a una niña sentada en medio de la calle, abrazando una muñeca sin cabeza. No hablaba. Solo miraba. Andrés se arrodilló frente a ella, incapaz de sostener esa mirada. Quiso decirle algo, cualquier cosa, pero comprendió que no existían palabras para explicar por qué los adultos habían decidido destruirlo todo.

Esa noche no durmió. Entendió que la guerra no tenía propósito, ni justicia, ni sentido. Era un mecanismo vacío que trituraba vidas y luego seguía avanzando, como si nada.

Cuando todo terminó, no hubo celebración en su interior. Solo silencio.

Regresó a casa con el mismo cuerpo, pero con un peso que no sabía nombrar. Las calles eran las de siempre. La gente reía, compraba, discutía por trivialidades. El mundo seguía funcionando como si no hubiera aprendido nada.

Algunos lo llamaban «héroe».

Andrés no podía soportarlo.

Se miraba las manos y no veía medallas, veía ausencia. Sabía lo que habían hecho, aunque nadie más lo supiera. Había sobrevivido, sí, pero a costa de convertirse en aquello que siempre había rechazado.

Un asesino.

Intentó recuperar su vida. Plantó flores en el jardín. Ayudó a los vecinos. Sonrió cuando debía. Pero cada gesto tenía un eco. Cada silencio estaba lleno de nombres que no conocía.

A veces, al caer la noche, recordaba al muchacho de la calle, a la niña de la muñeca rota, y se preguntaba qué victoria podía justificar aquello.

Nunca encontraba respuesta.

Porque no la había.

La guerra, comprendió finalmente, no termina cuando cesan los disparos. Continúa en quienes regresan, en lo que han perdido por dentro, en las preguntas que no tienen respuesta.

Y en esa certeza amarga, Andrés siguió viviendo, sosteniendo la única verdad que le quedaba: que ninguna causa, ninguna bandera, ningún grito colectivo puede devolver lo que la guerra arrebata.

Ni siquiera a quienes sobreviven.


José Miguel Trejo Morente es gallego de nacimiento, aunque criado entre Valencia y Cataluña. Su trayectoria versátil combina cocina, arte y literatura. Formado en cocina en el CDT de Valencia (Centro de Desarrollo Turístico), ha trabajado en hoteles y restaurantes de toda España, adquiriendo una sólida experiencia en distintos entornos gastronómicos. Paralelamente, ha trabajado como lector y redactor en la editorial Bompiani, aportando criterio literario y capacidad analítica. Se completa su faceta creativa con la publicación de cuentos en la revista digital Anceo.


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