Spiral notebook open to handwritten poem with a large blue tear drop illustration on the page next to a worn journal labeled 'JOURNAL 07'
Creación

Tres relatos de José Miguel Trejo

«Lágrimas azules», «Luz interior» y «Relato sin identidad».

Lágrimas azules

Encontraron el cuaderno entre papeles amarillentos y cartas sin destinatario. No llevaba firma. Solo manchas de pintura, fechas incompletas y una obstinada repetición de un color que parecía haberse derramado también sobre las palabras.

En aquellas páginas, el autor hablaba de mendigos, prostitutas, ciegos y borrachos con una ternura casi religiosa. Decía que la tristeza tenía una tonalidad precisa, una temperatura, una forma de ocupar el espacio. Escribía que los cuerpos más solos proyectaban sombras más largas y que la pobreza poseía una dignidad que los ricos eran incapaces de comprender.

A veces mencionaba a un amigo muerto, como si aquella ausencia hubiera abierto una grieta por la que se escapaba toda la luz del mundo. Otras veces describía las calles de una ciudad extranjera donde el frío parecía subir desde las piedras hasta el corazón de los hombres.

Las anotaciones se sucedían entre bocetos rápidos: una madre abrazando a su hijo, un anciano encorvado, un músico errante. Figuras alargadas, silenciosas, suspendidas en una melancolía sin remedio.

«Pinto para acompañar a quienes nadie acompaña», puede leerse en una de las páginas. En otra: «El azul no es un color; es una manera de mirar».

Después, de repente, el cuaderno termina. Como si el autor hubiera comenzado a salir lentamente de aquella noche interminable. Como si el dolor, tras años de ocuparlo todo, hubiera empezado a mezclarse con otros colores.

No hace falta encontrar una firma. Hay artistas que dejan su nombre escrito en los registros y otros que lo dejan escondido para siempre en el fondo de un color. Y en este diario, cada palabra parece pronunciada por alguien que, durante un tiempo, decidió contemplar el mundo a través de una inmensa ventana azul.


Luz interior

Cuando vio a aquella mujer, él todavía creía que la luz era eterna.

Fue en el verano de 1968, en una estación pequeña junto al mar. El tren se detuvo apenas tres minutos. Ella estaba de pie en el andén, con un vestido claro que parecía hecho de viento y sal. No intercambiaron palabras. No hubo gesto, ni promesa, ni despedida. Solo una mirada.

Pero aquella mirada lo atravesó.

Él era entonces un estudiante de pintura, obsesionado con la anatomía, con la precisión de las sombras, con la fidelidad al modelo. Pensó que algún día la pintaría. No sabía cómo, ni cuándo. Solo sabía que debía hacerlo.

Pasaron los años. Pintó bodegones, calles lluviosas, retratos por encargo. Se casó. Enterró a sus padres. Cambió de estudio tres veces. El mundo giró como giran las estaciones, sin pedir permiso.

Y su vista empezó a apagarse.

Primero fue una neblina en las esquinas. Después, los colores dejaron de tener nombre. El rojo era un rumor. El azul, una sospecha. Los médicos hablaron de degeneración macular, de procesos irreversibles. Él escuchaba como quien oye una lengua extranjera.

No se desesperó.

Esperó.

Porque sabía que aún le quedaba un cuadro pendiente.

El lienzo estaba preparado desde hacía meses. Grande. Demasiado grande para un hombre que apenas distinguía el borde del caballete. Trabajaba de memoria, pero no de una memoria visual, sino de una memoria interior. No pintaba la forma exacta de su nariz, ni la inclinación precisa de sus hombros. Pintaba la impresión que ella había dejado en su vida.

El vestido era más luminoso de lo que probablemente fue. El cabello, más oscuro. La postura, casi irreal, como si estuviera a punto de desvanecerse en el aire del andén.

Quizás el retrato no se parecía en nada a la mujer real.

Quizás la mujer real nunca tuvo aquella serenidad ni aquella melancolía.

Pero eso ya no importaba.

Porque ese retrato no era una reproducción. Era una deuda saldada.

Trabajaba con pinceles más gruesos ahora. Sus manos temblaban, pero sabían el camino. Se acercaba tanto al lienzo que casi lo rozaba con la frente. A veces cerraba los ojos para “ver” mejor. Y entonces la estación regresaba. El sonido del tren. La brisa. Y aquella mirada.

Solo faltaban los ojos.

El espejo del alma, decían.

Pero ¿cómo pintar unos ojos cuando apenas se distingue la luz de la sombra?

Se sentó frente al lienzo y descansó. La figura estaba completa, salvo por ese vacío blanco donde deberían habitar la profundidad y el misterio. Ese vacío parecía mirarlo a él.

Pensó en todo lo que había aprendido. Pensó en la técnica. En los maestros. En la proporción. Y luego dejó de pensar.

Porque entendió que no debía pintar los ojos como los recordaba.

Debía pintarlos como lo habían transformado.

Tomó el pincel más fino que encontró. No estaba seguro de su forma. No estaba seguro del color que cargaba. Solo sabía que era el último gesto.

Con una precisión nacida más del corazón que de la retina, trazó la primera línea. Luego la otra. Añadió sombra donde intuía profundidad. Un brillo mínimo donde imaginaba vida.

No sabía si había acertado.

Retrocedió dos pasos. Para él, el cuadro ya era casi una niebla.

Pero en esa niebla distinguió algo.

No vio unos ojos perfectos.

Vio una presencia.

Y por primera vez comprendió que la había estado pintando durante toda su vida. No en ese lienzo, sino en cada decisión, en cada amor, en cada pérdida. Aquella mujer de tres minutos había sido una brújula invisible.

Sonrió.

La habitación se oscurecía, o quizá eran sus ojos.

Se acercó una vez más al cuadro y susurró:

—Ahora sí.

No sabía si el retrato se parecía a ella. Tal vez no.

Pero sabía que, en ese instante final, ella lo estaba mirando.


Relato sin identidad

El doctor Salvatierra aprendió pronto que la mayoría de sus pacientes no venían a su consulta por lo que decían, sino por lo que no podían nombrar. Aun así, el caso de Julián le desconcertó desde el primer instante.

—Soy invisible —dijo Julián en la primera sesión, con una serenidad que no era del todo convicción ni del todo súplica.

No era un hombre llamativo. Ni siquiera en su manera de sentarse había algo que reclamara atención. Su ropa parecía escogida para no ser recordada: tonos apagados, cortes neutros, tejidos sin textura. Salvatierra, acostumbrado a detectar síntomas en gestos mínimos, sintió algo incómodo: si apartaba la vista un segundo, olvidaba la presencia de Julián.

—¿Invisible cómo? —preguntó, anotando la palabra sin subrayarla.

—No me ven —respondió—. No en el sentido físico. Me miran, pero no me registran. Es como si no hubiera nada que retener.

El psiquiatra pensó en los diagnósticos habituales: ideas delirantes de tipo somático, quizá un trastorno de la percepción del yo. Pero Julián no mostraba la rigidez de un delirio clásico. Dudaba. Se corregía. No defendía su afirmación como una verdad absoluta, sino como una experiencia repetida.

—Cuénteme algún ejemplo.

Julián asintió, como si hubiera estado esperando ese permiso.

—Ayer, en el supermercado. Estaba en la cola. La cajera pasó los productos de la persona delante de mí, luego se giró y empezó a atender al siguiente. Yo estaba ahí, con mis cosas. Tuve que decir «perdona» dos veces. No me pidió disculpas. Me miró como si acabara de aparecer.

Hizo una pausa.

—No es la primera vez.

Salvatierra tomó nota. Podía ser una exageración, una interpretación sesgada de situaciones cotidianas. Todos hemos sido ignorados alguna vez. Pero Julián no lo contaba con indignación, sino con una especie de aceptación fatigada.

—¿Le ocurre en otros contextos?

—En todos.

Y entonces empezó a enumerar: reuniones de trabajo donde sus intervenciones no generaban respuesta, conversaciones en las que su voz parecía no dejar huella, amistades que se desvanecían sin conflicto, como si nunca hubieran existido.

—No es que me rechacen —añadió—. Eso sería algo. Es peor. Es como si no hubiera nada que rechazar.

En la tercera sesión, Salvatierra decidió hacer un pequeño experimento. Mientras Julián hablaba, dejó caer un bolígrafo al suelo. El sonido fue seco, claro. Julián no se inmutó. Ni una pausa en su discurso.

—¿No ha oído nada? —preguntó el psiquiatra.

Julián parpadeó.

—No.

Salvatierra sintió un escalofrío breve, que reprimió de inmediato. Podía ser concentración, simple atención sostenida. Nada más.

En las semanas siguientes, el médico empezó a observar detalles incómodos. La secretaria olvidaba anotar la cita de Julián con más frecuencia que con otros pacientes. En la sala de espera, otros pacientes ocupaban su silla sin notar su presencia. Una vez, Salvatierra salió a llamarle por su nombre y pasó de largo, deteniéndose dos pasos después, como si algo le hubiera tirado de la memoria.

—Julián —repitió, girándose—. Perdona, no te había visto.

Julián sonrió con una cortesía cansada.

—Suele pasar.

Aquella noche, el psiquiatra revisó sus notas. Había páginas enteras dedicadas a Julián… y, sin embargo, le costaba reconstruir su rostro con precisión. Sabía que tenía los ojos oscuros, o quizá claros. Sabía que su voz era neutra. Sabía que… no sabía nada concreto.

En la sesión número diez, Salvatierra cambió de estrategia.

—Quiero que hoy no hablemos de lo que le pasa —dijo—. Quiero que me describa quién es usted.

Julián guardó silencio. No el silencio incómodo de quien busca palabras, sino un vacío más profundo, como si la pregunta hubiera caído en un lugar donde no había nada que recoger.

—No lo sé —respondió al fin.

—Empiece por algo simple. ¿Qué le gusta?

—No tengo preferencias claras.

—¿Algún recuerdo importante?

—Ninguno que destaque.

—¿Alguien que haya marcado su vida?

Julián dudó más tiempo esta vez.

—No… no lo creo.

Salvatierra sintió que algo se desplazaba dentro de la lógica del caso. No era que Julián fuera invisible. Era que no ofrecía puntos de anclaje. Nada en él parecía generar memoria, ni en sí mismo ni en los demás.

—¿Y usted? —preguntó Julián de pronto—. ¿Se acuerda de mí cuando salgo por esa puerta?

La pregunta quedó suspendida en la consulta como una prueba.

Salvatierra, por primera vez, no tuvo una respuesta inmediata.

Pensó en la tarde anterior. ¿Había pensado en Julián entre sesiones? Había revisado expedientes, sí, pero… ¿había recordado su voz, su historia? La respuesta honesta le incomodó.

—A veces —dijo, con un matiz de duda que no pudo ocultar.

Julián asintió, como si confirmara una hipótesis.

—Eso es lo que digo. No es que no me vean. Es que no dejo rastro.

En la última sesión, semanas después, Julián llegó unos minutos tarde. O quizá no. La noción del tiempo se había vuelto extraña en torno a él.

—Creo que ya lo entiendo —dijo Salvatierra, apoyando las manos sobre la mesa—. No se trata de invisibilidad. Se trata de identidad. Usted no se percibe como alguien definido, y eso afecta a cómo los demás le perciben. Es un fenómeno complejo, pero tiene tratamiento.

Julián lo miró con una atención nueva, casi luminosa.

—¿Y si no hay nada que definir?

El psiquiatra abrió la boca para responder, pero se detuvo.

En ese instante ocurrió algo mínimo: una distracción, un pensamiento lateral, un ruido en el pasillo. Cuando volvió a centrar la mirada, la silla frente a él estaba vacía.

No había sonido de puerta. No había pasos.

Solo la ausencia.

Salvatierra esperó unos segundos, convencido de que Julián reaparecería con alguna explicación banal. No ocurrió.

Se levantó, abrió la puerta, miró el pasillo. Nadie.

Regresó a su mesa y buscó el expediente. Lo encontró, con el nombre de Julián en la portada. Lo abrió.

Las páginas estaban en blanco.

El psiquiatra se quedó quieto, sosteniendo el vacío entre las manos.

Intentó recordar el rostro de su paciente, su voz, cualquier detalle concreto.

No encontró nada.

Y, por primera vez en su carrera, sintió la inquietud precisa de una idea que no podía diagnosticar:

Quizá Julián no se había vuelto invisible.

Quizá, simplemente, había terminado de desaparecer.


José Miguel Trejo Morente es gallego de nacimiento, aunque criado entre Valencia y Cataluña. Su trayectoria versátil combina cocina, arte y literatura. Formado en cocina en el CDT de Valencia (Centro de Desarrollo Turístico), ha trabajado en hoteles y restaurantes de toda España, adquiriendo una sólida experiencia en distintos entornos gastronómicos. Paralelamente, ha trabajado como lector y redactor en la editorial Bompiani, aportando criterio literario y capacidad analítica. Se completa su faceta creativa con la publicación de cuentos en la revista digital Anceo.


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