Laberinto con vistas

De sonrisas y cuchillos

«La alienación no afecta ya solo al trabajo o al mundo circundante. El individuo se aliena de sí mismo. Termina siendo una sombra o un holograma que jamás alcanza el estado sólido». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ por Antonio Monterrubio /

La teología católica usa el término griego kénosis para definir un vaciamiento de la voluntad propia que reserva el espacio disponible a la divina. El ciudadano de la jungla posmoderna se somete gustosamente a un proceso de esa índole respecto de los intereses y designios de los beneficiarios del Tinglado, esa proterva hermandad. Ansía dejarse seducir, hacerse poseer por los rutilantes efectos de superficie de una sucesión de paraísos artificiales. Pues aparentemente todo está a su alcance, siempre y cuando pueda pagarlo. Es muy probable que acabe comprendiendo que la presunta dicha sin fin no era sino rutina, banalidad y vacío. Embriagado por un exceso de información sin descodificar, una sobreabundancia de objetos y significantes huecos, amén de un sobreconsumo de bienes y servicios tan inútiles como perecederos, la resaca puede ser difícil de sobrellevar. Más aún cuando compruebe, desolado, que la fiesta no ha dejado marca, ni huella: solo facturas.

En tiempos de desenfrenado narcisismo, la adulación es sin duda la más eficaz forma de hipocresía. Dada la proclividad del sujeto encantado de conocerse a dejar acunar su descomunal ego inflacionario, los manipuladores tienen fácil la tarea —tanto los minoristas, que buscan un beneficio rápido y seguro, como los contratistas al servicio de oscuros intereses—. Y, por supuesto, para los empresarios del teatro de marionetas, dueños de todos los hilos y entramados, es un mero juego de niños. Pero no estamos ante una comedia de enredo ni un vaudeville de baja estofa. Aquí las apuestas son mucho más altas. Como observa agudamente Donalbain, «donde estamos hay puñales en las sonrisas de los hombres» (Shakespeare: Macbeth). Pues el empeño no es solo engatusar al común de los mortales. Se trata también de conducirlos hacia mandíbulas de hierro, metafóricas o reales, que terminarán quebrando su resistencia, su voluntad y sus huesos.

El sueño del totalitarismo neoliberal es la consagración de la patente de corso individual combinada con la desaparición de toda esperanza fundada de igualdad y solidaridad. Esa exaltación desvergonzada del egocentrismo, la singularidad y los intereses particulares no merece, desde luego, el nombre de libertad. Es ombliguismo mal disfrazado, por más odas y loas que se reciten o canten al egoísmo devastador. Pero el truco funciona a las mil maravillas. Hasta en la esfera más íntima y personal, las inauténticas satisfacciones del sujeto dependen, en última instancia, del dinero y la tecnología. La gigantesca Feria de las Vanidades en la que nos hemos extraviado está estratégicamente dispuesta alrededor de las suntuosas casetas del Consumo y el Espectáculo. Allí, por ende, todo ha de ser pagado y cobrado. El mundo se ha tornado refractario al goce gratuito. Una majestuosa puesta de sol sobre el mar debe disfrutarse desde la terraza del chiringuito más caro. El secreto estriba en que lo realmente gratificante es poder permitirse —sea o no cierto— estos sibaríticos lujos. La idea de que se contemplaría con mayor provecho en silencio, lejos de toda ostentación y completamente gratis, no cabe en la cabeza del turista accidental. Hay quienes están de paso tanto en la atestada playa como en la vida. Cuando se huye de la gracia y la espontaneidad, del ocio relajado, de lo lúdico, solo queda prisa y rutina.

Hoy la vida es presente continuo, un vago deslizarse, un dejarse llevar por la corriente. Se camina sobre una cinta de gimnasio que ofrece una engañosa sensación de movilidad mientras se sigue en el mismo punto del espacio. Aun agotado y envuelto en sudor, no se ha ido a parte alguna, nada nuevo hemos conocido. Pero también el tiempo se ha detenido. Perdió su milenaria capacidad de moldear la personalidad, de marcar el tránsito de la época genial de la infancia a los años de aprendizaje de la juventud, o de ahí al estadio de adulto plenamente funcional. Hasta los insectos atraviesan diversas etapas de desarrollo: larva, ninfa, pupa… Entre nosotros, presuntos sapiens, han desaparecido los ritos de paso. Y para el individuo, a semejanza de lo que sucede en la vida colectiva, las transiciones —sin embargo tan necesarias— han decaído a meras transacciones. El ser humano vegeta en un permanente estado de inmadurez. La neotenia afecta a la cara, a la conciencia y al espíritu. Sin acepción de edad, profesión o condición, enjambres de eternos y nada tiernos infantes deambulan, más extraviados que extasiados, por los laberinticos vericuetos de la Producción, el Consumo y el Espectáculo. Y lo hacen convencidos de habitar no ya el mejor, sino el único de los mundos posibles. Ni se les pasa por la cabeza buscar la salida de las creaciones monstruosas de un Dédalo enloquecido y malévolo. Si Wittgenstein tenía razón en que la sola función de la filosofía es ayudar a la mosca a encontrar el modo de escapar de la botella, eso explica la inquina con que tratan a tan venerable materia los programas de estudios centrados en competencias y habilidades. Por mucho que esos proyectos didácticos sociopolíticamente sesgados enarbolen loables propósitos, su fin último es hacer cada vez más hermético el tapón.

El disciplinamiento psíquico, el férreo adoctrinamiento patrocinado por el Tinglado, implanta en la entraña más profunda los chips trucados de la coerción narcisista y la ambición sin escrúpulos. Marca, pues, a fuego sus señas de identidad en unos seres que jamás van a poder cumplir esas expectativas que se han incrustado en su interior. La conciencia desgraciada está servida. Las élites, preocupadas exclusivamente de satisfacer sus propias ansias, son indiferentes al sufrimiento de los más. Del mismo modo, pretenden que cada uno sea ciego a la presencia del otro, de cualquier otro, aun el más próximo. Solo estableciendo como ley natural irrevocable la lucha de todos contra todos pueden justificar su rapiña. Se fija en Narciso la idea de que la existencia es un juego de suma cero, un perverso anfiteatro donde el triunfo de un gladiador, o su simple supervivencia, implica necesariamente la muerte de uno o varios compañeros de fatigas. O, traducido a la lengua del Capital, donde lo que aquel gana lo pierde otro, unos cuantos o multitudes, según el monto de los beneficios —o de las estafas— de los que estemos hablando. Para perpetuar su reinado, el Sistema ha de crear depredadores insensibles a toda empatía, incapaces de una solidaridad que llegue más lejos de la barra del bar o el club de campo.

Afabilidades y sonrisas ocultan con frecuencia los cuchillos. Cada uno siente que la optimización de sus resultados permite, incluso exige cualquier desatino. Una ambición carente, en el fondo, de objeto y de sujeto termina devorando a la persona. La alienación no afecta ya solo al trabajo o al mundo circundante. El individuo se aliena de sí mismo. Termina siendo una sombra o un holograma que jamás alcanza el estado sólido.

No creamos ya más en demonios que embaucan
y nos confunden con esos equívocos,
que no guardan la promesa en la palabra
y nos roban la esperanza.

(Shakespeare: Macbeth)


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona viveEl tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.


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