Surrealist gallery with floating hats, fruit, blue sky, and text “GALERIE SURREALISTE” and “LE VIDE ET LE CIEL - BRUSSELS”
Creación

Brujas

Cuatro amigos viajan a Flandes con un frío en el que las máximas son inferiores a las mínimas. Un guarda del museo les prohíbe comprender a Magritte; en Gante aparece un guante solitario. Crónica surrealista de un viaje y de ese ente inexplicable llamado el grupo.

/ por José Manuel Ferrández Verdú /

Poco antes de partir hacia Bruselas había salido el libro del grupo. Durante el viaje en avión, y luego en tren, habríamos de hablar del grupo como si fuera inevitable. Aun siendo heterogéneo, el grupo mostraba una solidez inesperada. Algunos hasta preguntaban cómo había podido tardar tanto tiempo en formarse, siendo como eran sus miembros tan reacios a no formar grupos y a no amontonarse de manera espontánea en racimos de personas.

—Te hemos visto en el grupo —dijo José Manuel.

—La distancia que me separa del grupo es muy pequeña —dije.

—¿Eres del grupo tú también? —dijo Igna.

—No lo sé —dije.

—¿El grupo sabe que te has venido a Flandes? —dijo ella.

—No lo sabe, creo yo.

En el aeropuerto de Lieja, a las once y media de la noche, con un frío atroz, no nos estaba esperando ni una triste orquesta sinfónica. Tuvimos que llamar a un taxi para que nos llevara a Bruselas y el taxista, dando muestras de no tener pelos en la lengua, dijo que debíamos pagarle el viaje, cosa que nos pareció una exageración solo explicable por la gran cantidad de gente elegante que vive en esa ciudad.

Al llegar a Bruselas hacía tanto frío que las temperaturas máximas eran inferiores a las mínimas. Esto, lógicamente, nos alarmó. Enseguida pensamos en Aristóteles, cuya influencia no había llegado hasta Flandes todavía.

Esa misma noche, al llegar al hotel, decidimos salir de marcha. En las calles de gruesos adoquines hacía un frío aterrador y no se veía a nadie por ninguna parte. Esto nos animó mucho y nos fuimos de tiendas. Estas, eso sí, exhibían objetos muy interesantes, escaparates llenos de líneas paralelas, cosas viejas y gastadas, cofres, aviones, piraguas, juguetes, sillas plegables, paraguas plegables, etc., de los que no pudimos escapar. Pero nadie, excepto nosotros cuatro, se daba cuenta, a aquellas horas, de lo bien puestas que estaban allí todas esas cosas de los escaparates.

Las iglesias de los alrededores eran tan enormes, el frío tan despiadado, las calles tan solitarias y oscuras, los edificios tan ahumados y hermosos, el silencio tan solemne y los adoquines tan inhóspitos que decidimos que la juerga estaba empezando a ser demasiado divertida. Igna y Lola no salían de su asombro ante el poco calor. No hicimos preguntas tontas porque no había nadie a quien hacérselas. Pero la plaza era estupenda y el hotel Gran Sablón nos pareció un lugar exquisito, sobre todo al entrar.

Al día siguiente visitamos la ciudad. El museo. Unos niños con sus maestras intentaban ponerse de acuerdo para adoptar todas las posturas posibles. Al final, los maestros los reunieron por el consabido método de hacerles una foto a todos a la vez. Luego fueron llegando los cuadros. Poco a poco, uno detrás de otro. Sin perdonar un solo título, un solo nombre.

Cuando hubo pasado todo el museo por delante de nuestros incansables ojos, llegó la hora de Magritte. Sus cuadros trataban de persuadirnos de que dentro de ellos no sucedía nada. Que eran meros cuadros surrealistas pintados por un tipo que aparecía en unas fotos colocadas por las paredes donde jugaba a hacer cosas raras acompañado por señoras guapas, etc.

El vigilante de la sala, con gorra y uniforme, paseaba para que no se fotografiara lo más mínimo. Lola e Igna se quedaron mirando un cuadro muy misterioso donde se exhibía la esencia ontológica de algunos objetos increíbles. Resultaba tan patente como inexplicable. Ostentoso y esquivo. Entonces el guarda se les acercó y les dijo:

—¡Pardon, mesdames!, il est interdite le plaisir of comprendre a Magritte. S’il vous plaît, la promenade.

—¿Qué sucede? —dije acercándome.

—No lo sé —dijo Lola—. Parece que este cuadro tiene algo raro.

—Caballero —dijo el guarda en español—, estas señoritas estaban mirando el cuadro con perplejidad. Les rogaría que mostraran algo más de modales. Estaban intentando comprenderlo y disfrutar su misterioso encanto y eso está prohibido…

—Bien, bien —dije.

—¿Qué pasa? —dijo José Manuel.

—No está permitido comprender a Magritte ni a Chirico —dijo el guarda.

—Pero aquí no hay ningún cuadro de Chirico.

—Por eso mismo.

Entonces le alargué al hombre un billete de diez euros y se fue disimulando, como si no comprendiéramos a Magritte, y mucho menos a Chirico.

—Eso corre a cuenta del fondo —dijo Igna.

—¿Puedo comprenderlo ahora? —dijo Lola.

—Sí, pero daos prisa —dijo José Manuel.

Entonces nos pusimos a comprenderlo con el móvil y luego con los ojos. Lola fue la primera en comprenderlo del todo, aunque para ello tuvo que quitarse las gafas. Pero nosotros tan solo comprendíamos un pez que había junto a una ventana, verticalmente, pero la ventana misma no logramos comprenderla en absoluto.

Se hizo la hora de comer y visitamos la plaza del centro, gótica ella, y las calles, las galerías cubiertas llenas de tiendas de chocolates y regalos, bragas, regalos ortopédicos, muñecas…

—El plato nacional son los mejillones alemanes con patatas fritas.

—Pero ¿tú estabas en el grupo o no?

—Cuando salió, sí. Pero antes no. No supe lo del grupo hasta que salió.

—Pero también está Mar.

—Y Paco.

—Claro, él anunció que ya no iba a ayudar a nadie más.

—¿A cuántos había ayudado? —dijo Igna.

—A seis o siete.

—¿A qué les ayudó? —dijo.

—A aburrirse.

—Pero ¿eso lo sabe el grupo? —dijo Igna.

—No tiene por qué saberlo. El grupo es otra cosa. Funciona aparte.

Junto a los mejillones y las patatas llegó una pareja de recién casados, él muy joven y ella con ganas de contarnos cosas.

—Si vais a Brujas, deberéis hacer el recorrido de fuera. Nosotros hemos hecho el de dentro y nos hemos equivocado. Luego vimos que por fuera era mejor.

En Gante, varias torres muy elegantes nos obligaron a mirar al cielo y la atmósfera en general. Pero los canales te hacían bajar la vista de nuevo. Paseamos por la ciudad con la alegría propia del turista.

En la ventana de una casa de donde salía una mujer con una bicicleta, había un guante solitario, probablemente olvidado. Uno solo. No sé si este hecho guardaba alguna relación con el nombre de la ciudad. La mujer lo observó mientras se organizaba para partir en su bicicleta. Nosotros veíamos a la mujer observando aquel guante. Entonces ella advirtió que la estábamos mirando. Igna aprovechó la ocasión para presentarse e iniciar una conversación con ella. Enseguida salió a relucir el hecho inesperado de que la mujer poseía una casa en Torrevieja, lo cual nos sorprendió y nos pusimos a reír para celebrar la casualidad. Ahora todo tenía un sentido: Gante, guante, mujer, bicicleta, Torrevieja…

En Brujas veríamos, al día siguiente, otro guante solitario olvidado, o tal vez dejado intencionadamente con no sabemos qué extraño propósito, en el alféizar de otra ventana. La cosa empezaba a ponerse interesante. Pensamos que tal vez fuera una costumbre nacional, metódica, misteriosa y entretenida, como la pintura de Magritte. O quizá brujería.

Fuimos a comer a un restaurante que había junto a un canal. Al entrar, yo me dejé la puerta del restaurante abierta, con lo que el frío comenzó a entrar. Unos franceses que había allí sentados comiendo en francés me llamaron la atención:

—¿Españoles, verdad? —dijeron en francés.

—Oui —dijimos en español.

—Claro, así se explica todo —dijeron en referencia a lo de la puerta. Pero José Manuel se quedó con la copla.

Comimos felizmente una sopa y una longaniza en espiral no logarítmica, y luego algo más. Antes de irnos, los franceses se largaron dejándose la puerta abierta también en francés. Entonces José Manuel, percatado del fallo, vio llegado el momento de actuar y liberar a nuestro país del agravio. Se levantó de la mesa y desde la puerta los llamó para comentarles el detalle de la puerta. Todos nos quedamos satisfechos.

En el tren hacia Brujas, Igna se dio cuenta con estupor de lo que estaba a punto de suceder. Por lamentable que fuera la situación, lo cierto es que estábamos a punto de no habernos hecho todavía ninguna fotografía ataviados al modo de los turcomanos, con el turbante al modo de los naturales del Turkestán. En cuanto se nos pasó el efecto abrumador de tan tremenda constatación nos aplicamos a retratarnos de tan elegante manera asiática para parecer profetas en tierra ajena, o en tierra de nadie.

—¿Crees que el grupo aceptará estas fotografías como algo perfectamente natural? —preguntó José Manuel.

—No estoy seguro —dije.

Estuvimos hablando del grupo, de su estructura melodramática:

—Así como nosotros estamos en el grupo, así está él en nosotros —dije.

—El grupo me parece una pérdida de tiempo —dijo Lola.

En Brujas, José Manuel quiso hacer una foto en la que saliera toda la ciudad de un solo golpe de cámara y para ello les dijo a Igna y a Lola que se pusieran juntas las dos delante de él. Luego disparó su cámara mientras con el dedo las señalaba diciendo:

—¡Brujas!

Recorrimos las calles con la atención puesta en todo lo que había por allí: cerámica, chocolate, tapices y cojines. Por fin entramos en la cafetería donde la gente dejaba papelillos pegados a la pared con chinchetas, en los que cada uno escribía lo que le venía en gana. A nosotros lo único que se nos ocurrió fue la famosa fórmula de Euler en la que se relacionan los cuatro números fundamentales del mundo:

eπi + 1 = 0

Esto le gustó mucho al camarero, que nos permitió allí mismo pagarle las consumiciones, las cuales cobró con gran entusiasmo.

De vuelta en Bruselas visitamos el lugar donde Carlos Marx estuvo pensando sobre algunas cuestiones relacionadas con la sociedad burguesa capitalista. En la famosa cervecería «La Mort Subite» nos pusieron algunas lonchas de jamón ahumado proletario con ensalada de arenque revolucionario y una tortilla anarquista a las finas hierbas, sobre la que el orégano dibujaba el retrato del gran pensador alemán. También pedimos unos tercios de cerveza. Pero el camarero había perdido al cuñado de un antepasado de su tatarabuelo a manos de los tercios al mando de Juan de Austria, y se negó a ponernos la cerveza en tercios. Hubo que tomarla en jarras.

El último día de nuestra estancia en Bruselas, decidimos visitar el Parlamento Europeo. Teníamos tres cuartos de hora para resolver la crisis del euro. En un patio lateral había un sofá viejo a la intemperie y la gente lo miraba como si fuera un auténtico sofá a la intemperie. Había allí sentada una funcionaria del Parlamento. Nos hicimos amigos íntimos de aquella funcionaria que hablaba cincuenta lenguas, pero no recordaba cuáles.

Igna logró atraer su atención y conquistar su confianza con preguntas muy sencillas y bonitas. Entonces aquella funcionaria nos rogó que por favor intentáramos comprender que allí los asuntos eran muy complicados. Para hacernos una idea vimos una exposición de fotografías de la guerra y los desastres ocurridos en Europa en algunos momentos importantes y complejos, como cuando un campesino se comió un bocadillo de anchoas en plena llanura húngara y al día siguiente Hitler invadió Polonia con setenta divisiones aerotransportadas y acorazadas y panzerizadas y pasteurizadas. Del bocadillo ya nada se supo. La guerra lo absorbió como un fideo.

Luego vimos maquetas de colores de muchos edificios. Al final vimos una película circular sobre lo que se hace en el Parlamento, donde aparecían cientos de parlamentarios reuniéndose y hablando muchísimo, hasta dejar agotados los temas y a los espectadores.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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