/ una reseña de José Antonio Llera /
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Hace tiempo que vengo siguiendo la poesía de Carlos Bueno Vera y me encuentro ahora con un nuevo libro suyo, publicado por La Uña Rota: Una serpiente cruza un sendero. Parece que el rastreo de su huella —la del texto que deviene animal secreto, su sendero en el bosque— se le resiste a algunos antólogos de la poesía española reciente. A mí me asombra su singularidad. Sin esto último no habrá ni poetas ni poesía, así que más nos vale cambiar de anteojos y recurrir a instrumentos de mejor vista.
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Una de las marcas distintivas de la obra de Carlos Bueno es la indagación, la construcción de un pensamiento que no es el de la filosofía (la discursividad lógica y causal), sino el de la poesía, que incluye lo impensable o lo impensado. No espere el lector, entonces, una decantación hacia el realismo meditativo, en una de sus declamaciones epigonales; tenemos aquí otra cosa que rompe con lo estandarizado y que gusta de no dar nada por estatuido. Los títulos de cada poema suelen ser largos y barrocos; se parecen a los de los tratados especulativos, pero juegan con el propio texto e incluso ironizan acerca del contenido que dicen anticipar: no son nunca indicio claro o catáfora de lo que vendrá, sino que se impregnan de espirales y anamorfosis, de retrospección y prospección.
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El primer poema, «Reflexiones para un poema sobre los dominios», pareciera convocar un portrait del artista adolescente, de sus epifanías y edades, un relato (lírico) de formación donde figuran la infancia, la juventud, la madurez y la vejez intuida; sin embargo, en este plan apenas entrevisto se abren múltiples trayectorias que no casan ni con el autobiografismo plano ni con la metapoesía más convencional (aquella que carece de imaginación). «Cuando deje de ser niño, se volverá mortal» (pág. 16) habla de la caída en el mundo, como lo hizo Cernuda en «Escrito en el agua»; mientras que el Eros de la juventud surge como gracia ingrávida, al estilo de las marionetas de Kleist. El foco será la escritura misma y sus vínculos con el mundo, no solo la sucesión y los pliegues de la temporalidad o la subjetividad.
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Aprecio en este libro la ductilidad enunciativa: caben apólogos, alegorías, lenguaje sentencioso, la inclinación por un narrador testigo que observa y se oscurece. ¿De qué habla ese locutor que no sabe ni aparenta saber? Habla de la ley, motivo central en Una serpiente cruza un sendero. La palabra crea mundos, los suscita, los ordena o desordena (puede hacer sentido o sinsentido; si deja deudas, jamás las paga). Como enseñó Lacan, donde hay significante también hay pérdida o falta; lo vivido no coincide con lo dicho: «y al final lo único que los exploradores podrán atestiguar es que el amante del registro destruye aquello que registra al alejarlo del mundo» (pág. 74). Bueno Vera no sospecha del lenguaje, sino de su hybris. Sabe que fracasa ante lo presimbólico, lo salvaje o inmenso (el devenir, el acontecimiento, diríamos). Todos somos hermeneutas del Liber Mundi, pero bajo ese rótulo el poeta advierte acerca de las imposturas y los peligros de quien acaso pretende clausurar de una vez por todas la indeterminación y la duda.
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El libro se cierra con un largo poema dividido en cincuenta fragmentos titulado «Nota para un texto (Dichtung und Wahrheit)». Se trata de un poema-ensayo que va más allá de la voluntad de glosa de la obra de Goethe a la que alude. Su función es intratextual: revisa, reescribe lo dicho en los textos anteriores, los cuestiona en un ejercicio constante y autoconsciente. Recuerda vagamente a las Notas para una ficción suprema, de Wallace Stevens, pero más en la intención que en los contenidos o el estilo. La poesía no puede ser sino ficción, como la memoria, que recrea, tacha e inventa lo vivido, lo junta con lo soñado o deseado, y no puede haber escándalo en eso. Ficción no es simulacro, porque el poema contiene el exceso de lo incomunicable: «uno de los objetivos de toda escritura es mostrar la realidad pero el objetivo de la poesía es dúplice: deberá permitir ver la realidad y tener una visión del misterio» (pág. 97).
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El buen poeta se ha ganado su derecho a la distancia estética, a la ruptura del horizonte de expectativas, a quebrar con los molares las formas queratinizadas o automatizadas de la lengua. Trick or treat? Pues ni truco ni trato, ni tampoco los beneficios del contragolpe que aplauden algunos vecinos más subversivos: «incluso escribir en contra del truco / de todo truco / intentando que ese escribir en contra / no se convierta en un nuevo truco / (que también es imposible)» (pág. 107). El poeta tiene la obligación de mudar de piel, como las serpientes. En uno de los más célebres bestiarios medievales, el Physiologus, leemos acerca de este animal: «Busca entonces, en una roca, una estrecha hendidura, se introduce en ella, se retuerce contra las paredes abandonando allí su antigua piel y así rejuvenece». Lo he dicho antes: la poesía está en lo impensable y en lo imposible. Su espacio es el desierto, la grieta, el lugar, a la vez, de la tentación y de la prueba.

Carlos Bueno Vera
La Uña Rota, 2026
132 páginas
16 €

José Antonio Llera es profesor titular de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Entre sus últimas monografías destacan: Rostros de la locura: Cervantes, Goya, Wiseman (2012) y Lorca en Nueva York: una poética del grito (2013). En 2017 obtuvo el Premio Café Bretón por el dietario Cuidados paliativos y el Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria por Vanguardismo y memoria: la poesía de Miguel Labordeta. Es autor de seis libros de poesía (entre ellos Tanatografía, XL Premio Leonor) y de la novela Una danza con los pies atados (2024). Ha traducido a Robert Bly, Jack Gilbert, Jane Kenyon, Henri Cole y Ken Smith.
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