Estudios literarios

El Lazarillo de Tormes o cómo nos forjan las circunstancias

¿Es Lázaro un sinvergüenza o solo un hambriento? Andrea Riba Anglada relee el Lazarillo y encuentra un espejo incómodo: apariencias, corrupción y un antihéroe forjado por la miseria. Cuando el entorno aprieta, la virtud se estrecha. Un clásico que nos juzga a nosotros.

/ por Andrea Riba Anglada /

El Lazarillo de Tormes se presenta como una carta que Lázaro escribe para responder a «Vuestra Merced», quien le ha preguntado por «el caso»; esto es, la supuesta infidelidad de su mujer con el arcipreste de San Salvador, su señor, ante la aquiescencia de Lázaro.

Lejos de limitarse a una respuesta afirmativa o negativa, la obra pone de relieve que las circunstancias son esenciales para comprender las decisiones que acaban forjando a una persona. El niño pobre e inocente cuya madre entrega al servicio de un ciego cambia su fortuna con astucia e ingenio, habilidades que adquiere de sus distintos amos y de las penurias que sufre junto a ellos («me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa»).

En este sentido, la novela cuestiona la tendencia a emitir juicios morales descontextualizados. ¿Es ético aceptar una situación personal indigna a cambio de una vida estable? ¿Es Lázaro una persona inmoral? ¿Cómo juzgar a quien ha tenido que recurrir a todo tipo de tretas para sobrevivir?

La obra constituye, además, un testimonio de los efectos deshumanizadores de la pobreza. El hambre lleva a Lázaro a desear la muerte de otras personas porque es en los mortuorios donde más come. No es maldad, sino la degradación moral a la que conduce la necesidad extrema.

La evolución del protagonista refleja ese proceso. A lo largo de la novela lo vemos mostrar empatía por el único amo que no lo maltrata, el escudero, e incluso compartir con él la escasa comida de la que dispone. Pero también lo vemos robar, mentir, mostrarse vengativo y cruel, y aprovecharse de los demás para prosperar. Lázaro acaba siendo corrompido por una sociedad corrupta.

Casi ningún personaje encarna un modelo de virtud; ni siquiera los representantes del estamento eclesiástico, con quienes la novela se ensaña. Los sucesivos amos de Lázaro ejemplifican múltiples vicios humanos: la avaricia, la hipocresía, la vanidad, el egoísmo o la codicia. Lázaro se transforma al aprender de ellos. Es un antihéroe, pero también el reflejo de lo que llegaría a ser cualquier persona en circunstancias similares.

Sorprende también la vigencia de muchas de las críticas sociales, manifestaciones de la degradación moral generalizada. Es el caso de la obsesión por las apariencias. Del escudero, Lázaro aprende la importancia de la reputación, aun cuando no se corresponda con la realidad. Este amo aparenta nobleza, pero en realidad es tan desgraciado como el propio Lázaro («¡Oh Señor, y cuántos de aquestos debéis Vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra, lo que por Vos no sufrirán!»). Resulta inevitable establecer un paralelismo con la sociedad actual, en la que las redes sociales, sustentadas en el culto a la apariencia, favorecen la exhibición de vidas idealizadas e irreales.

Cuando la respetabilidad se convierte en una mera fachada, la corrupción encuentra un terreno propicio. Este es precisamente otro de los temas denunciados en la novela. Del bulero, su quinto amo, Lázaro —ya en pleno proceso de descomposición moral— aprende que el engaño y la manipulación son métodos válidos para medrar. La novela los presenta como el síntoma de una sociedad en la que el interés propio desplaza cualquier consideración ética. Su vigencia resulta innegable: también hoy la corrupción aflora allí donde se deterioran los valores comunes.

Al final de la obra, Lázaro consigue un oficio como pregonero, primer escalón hacia la «buena vida». Sin embargo, su precariedad explica que decida ignorar los rumores sobre su esposa infiel para seguir beneficiándose de la protección del arcipreste («no mires a lo que puedan decir, sino a lo que te toca, digo, a tu provecho»).

Esta lección resulta dolorosa, al sugerir que, en ocasiones, conviene anteponer el interés propio a la virtud, y que el éxito depende más de la astucia que de la rectitud moral. Más que justificarlo, la novela invita al lector a preguntarse si habría actuado de otra forma.

Así, la obra encierra una reflexión profunda y pesimista sobre la condición humana: las circunstancias desempeñan un papel decisivo en la construcción de la identidad, de forma que cuanto más adverso es el entorno, menor es el margen de libertad para actuar conforme a los principios («Nadie da lo que no tiene»).

Desde esta perspectiva, la novela exhorta a cultivar una mirada empática y prudente: no todo el mundo tiene las mismas oportunidades ni afronta las mismas dificultades, por lo que juzgar con el mismo rasero puede resultar injusto.

El propio Lázaro anticipa esta clave interpretativa en el prólogo al afirmar: «consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto». El punto de partida no determina por completo una vida, pero sí modifica el mérito y la responsabilidad del punto de llegada.


Andrea Riba Anglada es abogada del Banco Sabadell.


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