Poéticas

500 epigramas griegos

Álvaro Valverde reseña una antología compilada y traducida por el poeta mexicano Luis Arturo Guichard.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

No va uno a descubrir a estas alturas la excelencia de la colección Letras Universales de la benemérita editorial Cátedra (que diría Luis Alberto de Cuenca), comparable, en otro ámbito, a la acreditada Letras Hispánicas, de la misma casa. Es verdad que no todas las traducciones, con ser rigurosas y fiables, tienen el mismo regusto literario. Las hay, sí, demasiado planas, académicas y literales, al menos para mi gusto. Como no soy versado en lenguas, ni antiguas ni modernas y tampoco en la materna (el español o castellano, subrayo con orgullo), siempre he defendido la ejemplar labor de los traductores (excepciones mediante) y, en consecuencia, la traducción como género independiente. 

A esa segunda categoría, la de la traducción con gracia literaria (sin por ello perder, lo doy por hecho, el aludido rigor filológico) pertenece el libro Quinientos epigramas griegos, en edición bilingüe y traducción de Luis Arturo Guichard, poeta mexicano (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1973, residente en España desde 1997) y profesor titular de filología griega de la Universidad de Salamanca y codirector del Máster Título Propio en Creación Literaria de la misma institución educativa.

Luis Arturo Guichard

Confieso que para uno tal vez no haya un género literario (porque eso ha terminado siendo) más adecuado para expresarse en verso. Sería, me atrevo a decir, su quintaesencia. Si la poesía es, según entiendo y ante todo, concisión, exactitud y claridad, ¿dónde vamos a encontrar un modelo poético en el que se condensen mejor esas características que en el epigrama? Si hay un libro que me ha acompañado desde que empecé a leer poesía y a concebir, más tarde, la extraña aspiración de ser poeta, ese ha sido la Antología Palatina, un feliz descubrimiento gracias a otra colección memorable: la Biblioteca Clásica Gredos. 

«Cada epigrama es un pequeño universo que cuenta una historia completa en un puñado de versos, a veces en apenas dos, y que lleva al límite las capacidades expresivas de la poesía», leo en la nota editorial, que muy bien podría haber redactado el propio Guichard, quien en la página 64 afirma que «cada epigrama es un pequeño universo que empieza y termina en sí mismo».  

Por lo demás, que el epigrama comenzara siendo «una inscripción en verso para conmemorar una muerte o una ofrenda» no significa que haya quedado, ya decía, en eso. Los hay funerarios, votivos, eróticos, escópticos (satíricos), de adivinanza, de crítica literaria, descriptivos, narrativos, simposiacos (en torno a los banquetes), aritméticos, cristianos… Sí, «la variedad de temas y motivos de los epigramas griegos es casi infinita».

Como es norma en Letras Universales, el prólogo es extenso, informado y minucioso. Suelen pecar de excesivamente rígidos y académicos, pero este no es el caso. Debido a la manera de escribir del editor y a su inconfundible sentido del humor, se lee con placer y resulta muy ameno, sobre todo porque sabe muy bien de lo que habla. 

«Esta antología del epigrama griego —se nos indica en la mencionada nota— presenta un panorama completo del género, desde el siglo III a.C. hasta el siglo VI d. C., y muestra por qué el epigrama es una de las formas poéticas con mayor presencia en toda la literatura griega». Estamos, pues, ante «la historia del epigrama literario antiguo en sentido estricto».  Al género, su definición y características dedica Guichard el primer capítulo de su pormenorizada introducción. Allí se nos habla de Marcial, al que Plinio dedica, con motivo de su muerte, una palabras sobre cómo era y escribía, que servirían para definirlo por primera vez. 

La brevedad, precisa Guichard, «parece haber formado parte de la magra teoría del género desde sus inicios». Y cita a Platón: recomendaba que los epitafios no excedieran de las cuatro líneas. De ahí que se vea «obligado a la concentración expresiva, a la concisión y a la densidad, a un lenguaje pregnante y alusivo». Luego matiza: «La repetición de las mismas formas con temas y contenidos diferentes es una de las claves del género epigramático: lo mismo pero siempre diferente». Por eso otra de sus características es «el arte de la variación», que produce «una consciencia de género». 

En el segundo capítulo, «Epigrama inscripcional y epigrama literario», empieza por aclarar que todos los especialistas están de acuerdo es en «el origen del epigrama literario como inscripción en monumentos de carácter votivo o funerario» y en que «desde sus inicios es escrito». También que el funerario «estuvo siempre más desarrollado artísticamente que el votivo» y que «hay un momento en el que el epigrama se independiza del soporte y se va convirtiendo en un género poético autónomo». A este tipo es al que suele llamarse epigrama literario, aunque más exacto sería denominarlo epigrama ficcional. El cambio se produjo «a comienzos del helenismo». Su primer autor, Filitas de Cos, fundador de la poesía helenística y primer bibliotecario de Alejandría.

Nos explica Guichard, en lo que respecta a su transmisión, que nos han llegado a través de dos libros bizantinos: la Antología Palatina (catorce libros, unos 3800 epigramas y alrededor de 23.000 versos) y la Antología Planudea (2400 epigramas y unos 15.000 versos). En la época moderna se ha denominado a la suma de ambas Antología Griega.

Al epigrama helenístico y a la Corona de Meleagro (otra antología) se dedica otro capítulo. En el centro, los epigramas eróticos y simposiacos. En ellos, el sujeto poético es un yo. Asclepíades («el primer autor importante de epigramas») y Calímaco (bien conocido por los lectores españoles gracias, entre otros, a las traducciones del mencionado poeta novísimo Luis Alberto de Cuenca), «los dos primeros maestros del nuevo subgénero». Desde entonces el epigramático es «un género abierto».

Va repasando después los nombres de todos y cada uno de los autores (28) que incluye en la antología. Datos biográficos y estilísticos que ayudan a lector a situarse. Hablo de Leónidas, Dioscórides, Meleagro, Argentario («de origen hispano»), Filipo, Lucilio, Estratón, Páladas, Paulo Silenciario o Juliano de Egipto.

Mención aparte merece la inclusión de mujeres poetas o poetisas como Mero, Erina, Ánite y Nóside, para desarmar tópicos interesados. Sus poemas no son ni mejores ni peores que los de los poetas hombres. Normal. Cada cual decide.

A los poemas isopséficos (como los de Leónides, «en los que la suma de los valores numéricos de las letras griegas —que son numerales ellas mismas—  es el mismo en cada dístico, o el mismo en cada verso si tienen dos») y escópticos (como los de Lucilio, un poema que «ataca defectos corporales o de comportamiento») de la época imperial se dedica otro capítulo. Y uno más a los epigramas eróticos y cristianos de la Antigüedad tardía. Y ahí, Estratón y sus epigramas homoeróticos (que tradujo en su día otro poeta de los setenta, Luis Antonio de Villena), Rufino y Páladas.

El siguiente apartado se ocupa de Constantinopla y del Ciclo de Agatías.

A los «otros mil quinientos años de epigramas griegos» se aplica el que le sigue. «En Occidente, claro está, el epigrama desaparece totalmente después del siglo V» y en el Renacimiento, con el humanismo, aparecen de nuevo.

Al ocuparse de «esta edición», Guichard recuerda el consejo de Andrew F. Gow, «uno de los mejores especialistas en epigramas del siglo XX»: «que nadie debería escribir sobre ese «libro desconcertante» que es la Antología sin haber pasado al menos la mitad de su vida estudiándolo». «Veinte años trabajando en esto y obtengo un libro de cuatrocientas páginas», ha dicho por su parte el traductor.

Podemos añadir que es la primera vez que, en español, están representadas en un mismo libro todas las etapas del género. Además, en este se reúnen textos de todos los autores importantes y, a pesar de que el florilegio es manejable, hay «al menos un 10 por 100 del total de epigramas y de autores».

En la selección, Guichard ha tenido en cuenta lo «establecido por la tradición y mi gusto personal» y ha aprovechado (esto no lo hemos comentado hasta ahora pero está aclarado en el prólogo), «lo mejor posible», «los descubrimientos papiráceos del último siglo». Hay epigramas de Posidipo, por ejemplo, que se traducen por primera vez al castellano.

Tras analizar el «texto griego», esto es, la magna Antología Griega, aterriza en su traducción. Cree que ha abusado del uso de los dos puntos (por aquello de la «economía sintáctica») y confiesa que «no he intentado una fórmula métrica ni rítmica» y ha preferido «verter verso por línea». «Al final —sostiene— la traducción de epigramas es una combinación de estructuras fijadas  por la tradición y simple y llana astucia, como la escritura misma de los epigramas según Marcial».

Una amplia bibliografía y quinientas pertinentes notas (una por poema, colocadas al final del libro para facilitar la lectura de los epigramas) completan esta ejemplar edición. Eso y, por supuesto, los versos, lo más importante, que por su variedad de asuntos y de técnicas, nunca cansan.

Mucho ha subrayado uno al ir leyendo y muchos los epigramas que podría destacar. Lo mejor, sin duda, es que cada cual emprenda su particular lectura y que disfrute a su modo con esta maravilla poética a la que el tiempo no ha hecho más que engrandecer. Lo mantendré, desde ahora, a mano. Decía el poeta australiano Clive James que «Los versos ganan más de lo que pierden/ si se traducen bien», algo que se puede aplicar a la tarea lograda de Luis Arturo Guichard.


Selección de epigramas

Epícides, el cazador, por los montes persigue
las huellas de toda liebre y toda cierva,
soportando el frío y la nieve. Pero si alguno le dice
«toma, aquí está la presa», no la recibe.
Mi amor también es así: sabe perseguir
lo que huye, pero deja escapar lo que tiene a la mano.
(Calímaco, s. III a.C.)

Nada es más dulce que el amor y toda dicha queda
en segundo lugar: mi boca escupiría hasta la miel.
Esto lo dice Nóside: aquel al que Cipris no ha amado
no sabe qué flores, qué rosas son las suyas.
(Nóside, s. III a.C.)

Que te sea la tierra leve, miserable Nearco,
para que los perros te desentierren más fácilmente.
(Amiano, s. II d.C.)

Si lo que nos lleva te lleva, aguanta y déjate llevar;
si te resistes, sufrirás, y lo que nos lleva te llevará.
(Páladas, s. IV d.C.)

No soy amante el vino, pero si quieres embriagarme
ofréceme una copa que hayas probado antes.
Aunque sólo la hayas tocado con los labios,
no será fácil seguir sobrio y huir del dulce copero.
La copa me transferirá un beso de tu parte
y me anunciará la gloria de beberla.
(Agatias, s. VI d.C.)

Memoria y Olvido, os saludo: a Memoria
en lo bueno, a Olvido en lo malo.
(Paulo Silenciario, s. VI d.C.)

Vamos a bañarnos y coronarnos, Pródica, y a beber
vino puro levantando las copas más grandes.
Breve es la vida de los placeres: la vejez
nos lo impedirá después y, al final, la muerte.
(Rufino, s. II-III d.C)

No puedo distinguir cuándo bosteza Diodoro y cuándo
se echa un pedo: tiene el mismo aliento arriba y abajo.
(Lucilio, s. I d.C.)

Yo que antes lo hacía cinco o nueve veces, oh Afrodita,
ahora es apenas una desde que anochece hasta el alba.
¡Ay de mí! Esta cosa que ya a veces estaba moribunda,
ahora sí se está muriendo: va a reventar como Térmero.
¡Ay, la vejez, la vejez! ¿Qué no me harás luego cuando
me alcances, si me tienes ya así de decaído?
(Filodemo, s. I a.C.)

Uno estaba impedido de las piernas y otro de la vista,
pero cada uno compensaba lo que la suerte les quitó.
El ciego llevaba al cojo sobre los hombros
y seguía el camino recto atendiendo a su voz.
A eso les enseñó la dura necesidad rica en recursos:
a suplir lo que les faltaba para estar completos.
(Filipo, s. I. a.C.)


Quinientos epigramas griegos
Luis Arturo Guichard (ed.)
Cátedra, 2021
408 páginas
17 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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