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Mirar al retrovisor

¿Es esta la guerra que nos tocará vivir?

Drones de unos pocos miles de dólares contra misiles de un millón, IA que decide en minutos y ataques que paralizan países sin un disparo. Joan Santacana repasa cómo ha cambiado la guerra y advierte: cada salto técnico castiga más a los civiles.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

La guerra siempre ha sido la imposición violenta de una voluntad sobre otra. Pero sus formas han mutado tanto que el siglo XXI ha roto los manuales del siglo XX. Drones baratos contra misiles millonarios, inteligencia artificial que decide en minutos y ataques híbridos que paralizan países sin disparar un tiro. Mientras tanto, la historia avisa: quien paga el precio ya no viste uniforme.

Las formas de hacer la guerra, sin embargo, han cambiado mucho a lo largo del tiempo. En la Antigüedad, los carros de guerra asirios transformaron los conflictos durante siglos; las falanges macedonias reorganizaron los ejércitos para siempre. Ya en la época moderna, la pirobalística —bombardas, culebrinas y armas de fuego individuales— no solo cambió la manera de combatir, sino que derribó las murallas verticales y levantó los baluartes pentagonales o en estrella. La aviación marcó otro hito, y la Primera Guerra Mundial se convirtió en el laboratorio donde se ensayaron todas las guerras del siglo XX: búnkeres, ametralladoras, carros de combate. La bomba atómica completó el ciclo.

Durante décadas, las grandes potencias diseñaron su ventaja competitiva alrededor de sistemas de armamento escasos, extremadamente sofisticados y multimillonarios. Los pequeños Estados, sin el poder económico brutal de las superpotencias, poco podían hacer.

Hoy la forma de hacer la guerra está cambiando de manera radical. La democratización de la tecnología de consumo, la inteligencia artificial (IA) y un giro drástico en las estrategias económicas del combate están reescribiendo las reglas.

El primer cambio: la economía del enjambre. El uso masivo de vehículos aéreos no tripulados —drones comerciales modificados o de fabricación barata— permite saturar defensas de alta tecnología. Disparar un misil interceptor de un millón de dólares para derribar un dron de unos pocos miles resulta insostenible a largo plazo para cualquier ejército. El volumen y la capacidad de reposición rápida superan ahora a la exclusividad tecnológica. Es la primera gran brecha entre la guerra del siglo XX y la del XXI. Pero no es la única.

El segundo cambio: la velocidad de la IA. Programas informáticos avanzados fusionan imágenes satelitales, interceptaciones de señales y transmisiones en directo de drones en segundos. El tiempo entre la detección de un objetivo y la orden de ataque se ha reducido a minutos. El ritmo de supervivencia en el campo de batalla moderno ya no se mide en horas, sino en instantes.

El tercer cambio: la guerra híbrida. Ataques masivos a redes digitales e infraestructuras críticas —servicios eléctricos, sistemas de salud o financieros— pueden paralizar un país sin necesidad de disparar un solo proyectil convencional. Al mismo tiempo, campañas de desinformación a gran escala actúan de forma coordinada para quebrar la moral y la cohesión cultural del adversario antes, durante y después de los despliegues militares convencionales.

Y esta guerra futura, que probablemente muchos ciudadanos del mundo viviremos, se librará en un mundo desregulado, donde nadie respetará las llamadas «reglas o leyes de la guerra». Y sus primeras víctimas no vestirán uniforme.

La historia muestra que cada cambio importante en la forma de hacer la guerra avanza en el sentido de perjudicar más a la población no beligerante que a los propios militares. Si comparamos la proporción de soldados muertos en combate frente a los civiles desde el siglo XV hasta hoy, la relación se ha invertido. En el siglo XV, por cada diez soldados muertos moría un civil. En las guerras napoleónicas, por cada siete militares morían tres civiles. En la Primera Guerra Mundial, por cada seis militares murieron cuatro civiles. En la Segunda Guerra Mundial, por cada tres militares murieron ya siete civiles.

¿Alguien sabe cuál es la proporción actual? ¿Qué proporción hubo en la intervención estadounidense en Somalia entre 1992 y 1994? ¿Y en la guerra de Afganistán, de diecinueve años y once meses, liderada por Norteamérica? ¿Y en el conflicto iraquí, que duró ocho años y ocho meses? En todos estos conflictos, liderados por Estados Unidos, la proporción de «daños colaterales» fue terrible. Hoy vemos cómo la situación en los países víctimas de esos ataques es mucho peor que antes del conflicto.

No aprendemos de la historia.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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