/ por Francisco Liñeira /
Where must we go, we who wander this wasteland, in search of our better selves?
—Mad Max: Fury Road
— I —
Ramón Espinar se lamentaba el otro día, en La Zona, de que el Gobierno no fuera capaz de ejecutar la más mínima insolencia y que se escudara en el Estado de derecho para no evitar el desahucio de Maricarmen en Madrid. Alba Rico, siempre agudo, escribía en El País que la democracia no ha tenido fuerza suficiente para limitar al capitalismo. Ayuso está cerca de decir que lo del ático ese pasó porque le dio la real gana. Trump cambia nombres en los mapas. Rufián dice que hay que controlar las fronteras. Óscar Puente exclama que a él a izquierdista (sea lo que sea eso) y a valiente no le gana nadie. Se quiere hacer un ejemplo cruel de una pobre señora al desahuciarla, y a medio Estado encontramos, una semana después, gritando que se lo merece, y que a ver qué hizo con su sueldo y que bueno, es que esa zona es cara. Armas otra vez en el Congreso (aunque, de momento, esperpénticas). Netanyahu dando un discurso en la ONU (¡!) incitando a los cobardes que no le quieran escuchar a que se piren ya. Los tratados de amistad se suspenden porque al utilísimo Senado le suda el higo el interés general, y la amistad, ya puestos (y puestas, se presume). El sarampión vuelve. Plaga en Rusia, se dice. La policía neoyorquina zurra a manifestantes, a pesar de Mamdani. En los círculos de los reptilianos capitalistas suenan las mismas músicas de siempre: tú delinque, que ya retrasaremos el juicio para que prescriba. El fuego hará de estos prados desiertos. Un diluvio se derrama en tromba sobre la tierra enferma.
Una anécdota más, pero no menor: un partido que se define como moderado y que aspira a gobernar la Hespaña de muchas almas sube a sus redes, con gran regocijo y recochineo, a un rival político sollozando desesperado tras romperse un tendón. Quizá sea uno de los actos comunicativos más inhumanos que he visto nunca. Alegremente malévolo. Óscar Puente, desesperado, grita; dos graban. Las bases de los populares lo disfrutan. ¡Lo disfrutan! La idea de fascismo parece a veces, debemos confesarlo, un guiñol, una caricatura que concentra lo que al emisor le apetezca, pero en estas ocasiones se ve claro: es sobre todo un cáncer del espíritu. Estas elecciones que vienen son, principalmente, un plebiscito a favor o en contra de lo que este vídeo representa: la voluntad de atacar la debilidad, la distancia ante quien sufre, la lucha encarnizada en la que solo rige la ley de la selva. La depredación. Qué terror he sentido viéndolos reír.
Esto no va a gustar, pero creo que este puñado de cuestiones, todas de la lejana actualidad de las últimas semanas, muestra que estamos en una época de fuerza. «Queremos cantar el amor al peligro, al hábito de la energía y a la temeridad»(Marinetti, Manifiesto futurista). Es creencia popular que las leyes, que son refugios, parapetos y andamios, pueden y deben en ocasiones ser derribadas con gran venganza y justa furia. Cuando son injustas. El problema es si caen hacia fuera, para ampliar el refugio que constituyen, o hacia dentro, para limitarlo. Ahora ya parece la legislación más jaula que jardín, ya los pícaros y los malvados proclaman que el mundo es suyo. Esa caída del derecho y de la convivencia empieza en nuestra intimidad: ya nos apetece depredar a los viles, usar balas contra balas, consumir el tuétano de quienes han jodido el mundo, hundirlo todo y crear algo nuevo y, aunque sea brevemente, rogar por que esté limpio. Del mundo antiguo y del mundo futuro, parafraseando a Pasolini, quedará solo la ciega, cruel, castigada rabia. Estamos en época de fuerza. Estamos en época de villanos que no caben en sí, y estamos en una época necesitada de héroes. Weber predijo que el destino de los líderes heroicos era desaparecer con el desarrollo de instituciones permanentes, pero ¿qué es una institución ante el fin del mundo? No hay permanencia que valga, ni demos razonable cuando se está bajo este asalto cognitivo y estético. En momentos de crisis de las instituciones, la sociedad demanda figuras que sean capaces de condensar y representar voluntades colectivas; excepcionales, auténticos, agentes potentes de las fuerzas vivas, arriesgados y esforzados: héroes.
Digo esto —que no gustará, tras tanto hiperliderazgo terrible— aunque estos días, a cuenta de las manifestaciones por el derecho a la vivienda y las acampadas en las plazas del Estado, muchas bocas se hayan llenado sin mesura con palabras como pueblo, gente o la clase trabajadora. Que sí, que el mar bajo los adoquines y blablablá y mira cuánta bondad en las despiertas calles. Las mismas calles, por cierto, que albergaron el Noviembre Nacional o que rugen, sádicas y felices, ante los bárbaros de Desokupa. Creo que no existe un ente abstracto con el nombre de pueblo, depositario de la ética y la dignidad positivas; el pueblo que hay es complejo, mercurial, terco, voluble y muchas veces magnífico, y muchas veces terrorífico. Los héroes que de él surgen pueden ser emancipadores, pero también opresores. Y las calles son lo que se haga de ellas.
En la arena pública, salvo excepciones muy contadas, lo que vemos son actores que individualizan y encarnan cuitas colectivas a fuerza de aura e iconicidad. Personajes en la representación de la humana vida. El numantino Pedro Sánchez, Feijóo el ruin, el pechohueco afantochado de Abascal, el simpático cuñado grave que es Rufián, el digno, airado Bustinduy, el bronco y disfrutón Puente, los dejes decimonónicos (peyorativo) de Figaredo, el disfraz obrerista del mediocre Quero. Máscaras integradas en los rostros de quienes las portan. Al fondo, los monstruos: lodoso Aznar, Trump grotesco, Netanyahu demente, maquiavélico Thiel, vano Musk. Todo, todo, todo, roles en el teatro del mundo, individuales, pero algo más. La villanía está clara, y también algunos roles secundarios, pero ¿y los héroes? ¿Alguien cree que no necesitamos, justo ahora, héroes?
Pienso que pedimos héroes. Queremos héroes que superen nuestras limitaciones. Héroes insolentes. Monkey D. Luffy, en One Piece, se rebela riendo contra las leyes de un mundo tirano en el que no cabe. Representa su papel siendo quien es. Libera a los oprimidos, da agencia a los que sufren, impulsa e inspira a quienes lo ven. Aunque él sea de goma, es el mundo el que debe doblarse ante su presencia. Cuán desesperadamente necesitamos héroes que, por fuerza y voluntad y no solo con derecho, revelen y tumben los obstáculos que nos separan de justicia, libertad, bondad o belleza. Luffy pega leches como panes. Malo que pilla, malo que revienta. Más que de gestores o de —oh, terror— gente que se nos parezca, o liderazgos compartidos por cuestiones burocráticas, queremos que nos represente gente excepcional. Que reviente maldades. Que doble el mundo. Esforzada y arriesgada. Heroica. Que libre por nosotros nuestras batallas y, más importante, que las gane. ¿Por qué se creen que gusta Zohran Mamdani? No solo es de izquierdas: también gana. Como el buen samaritano, que aparte de buena idea también tenía pasta, no solo quiere: puede. En ese sentido, al conectar con el sema de resistencia que caracteriza al españolismo, Pedro Sánchez, solo ante su partido, Estados Unidos, Israel y las encuestas, ya tiene un perfil heroico. Esta, junto a la legendaria resiliencia y disposición al cambio del PSOE, es una explicación limpia que da cuenta de por qué su figura ha devenido centro gravitacional de la vida social hespañola. Debiera dar que pensar. Sin embargo, ¡ah!, la historia enseña, pero sus alumnos están fumando detrás del aula.
— II —
No quisiera yo que se entendiera que me parece bien que se sustituya el derecho por la fuerza, la cuidadosa construcción colectiva por individuos a cercén. Solo observo un anhelo. Los límites del derecho, como los de Fantasía, están en su interior, y requieren, también, héroes, aventureros y exploradores que los cartografíen y amplíen. También los héroes ganan derechos para los muchos. Habrá quien traiga a colación algo así como lo que resume La Internacional: «ni en dioses, reyes ni tribunos está el supremo salvador». Lo cita en un artículo reciente Alberto Garzón, para añadir que, a la hora de la verdad, «se necesita que alguien ponga algo de cordura, serenidad y calma en el caótico mundo de los humanos de carne y hueso». Pide, como cualquier persona sensata, liderazgo, no gestión. Orden en las ideas y en los procesos. Y ruega a las tribus galas que se dejen liderar.
He pensado estas cosas porque dice Enric Juliana, y a Juliana se le atiende siempre, que a la izquierda (sea lo que sea eso) le gusta hacer santos debido a sus raíces cristianas. No digo que no: la querencia por rasgos crísticos, del marxismo a la socialdemocracia, es clara y notoria. Se adoran ídolos sacrificiales, gusta pensar en un cielo ultraterreno y revolucionario (sea la URSS o los suburbios) donde nuestros pecados serán perdonados, el demonio del trabajo y la precariedad castigan a los pobres dolientes, y huelga proseguir. Pero quiero proponer una interpretación distinta a la del autor de Penínsulas. Porque creo que no se buscan santos, sino héroes. Gentes que condensen el deseo de cambio, de aventura, de representatividad, y que sean capaces de hacer, en época de fuerza y de forma meritoria, con riesgo y esfuerzo, prevalecer su voluntad. Que sean, en fin, capaces de hacer lo que los pobres mortales no podemos. Queremos un Monkey D. Luffy que, alegre y burlón, insolente y pirata, nos lleve al amanecer de una nueva era, mejor y más libre. Que vaya por los pueblos del mundo todo y arregle lo malo y lo injusto. Que ría como un trueno y nunca, nunca desfallezca.
En la barroca y romántica One Piece, la mayor adaptación del Quijote de la contemporaneidad, Luffy no habla ni se raya, como un héroe dubitativo. No es un flâneur. No da grandes discursos. No se mueve entre sistemas de creencias: no piensa, prácticamente. Las fuerzas que lo mueven no le permiten sentarse a reflexionar si es poco conveniente sacudirle a un esclavista. Lo hace, y punto. Y ya. Qué satisfactorio, evadirnos, como prisioneros, de la realidad, para al fin ver cómo alguien hace lo que hay que hacer y punto en boca. Qué satisfactorio, qué peligroso, qué anulación de las voluntades colectivas. Qué satisfactorio es, a veces, sentir a los héroes vigilándonos, acogiéndonos en su bondad, concentrando nuestras ansias.
No todos valen. Por lo menos, no de inicio. Existe un pecado especial cuando la sapientia, necesaria, ¡imprescindible!, se metastatiza y paraliza el sano ejercicio de las potencias alegres que caracterizan a los héroes. En ese momento los pensadores tornan en chapapote repulsivo. Los que fingen heroísmo o liderazgo se ven a la legua. Baltasar Gracián, mucho más profundo que Maquiavelo, y más sabroso, declaró que es la afectación el lastre de la grandeza. Las barras tienen que salir solas. El carisma no se finge. Los tuits no se copian. Las miniaturas de YouTubesacadas de 2015 no nos salvarán y tampoco engañan a nadie. Cada vez que una cuenta de alguien que pretende intervenir en la realidad imita una frase famosa, muere un ángel y desaparecen —mirad cómo se van, como blancas palomitas— muchos votos. No hay grandeza sin autenticidad, y sin autenticidad heroica, es decir, gigante. Gracián lo llama el despejo, el alma de la hermosura, espíritu de la prudencia, aliento de la gala, vida del valor. Nosotros quizá lo llamamos carisma, o flow, o autenticidad. Es mucho más complicado encontrar héroes que segundones. Qué duda cabe. Conviene que cada uno cultive sus papeles antes de querer recoger la siembra, so pena de que las hortalizas salgan raquíticas y tristes.
Y eso que no falta carisma en el gran teatro del mundo. El objeto cultural Trump se parece más a una sustancia negra y densa salida de los espacios freáticos en los que se mezclan este mundo y el infierno que a algo clásicamente heroico. Los MAGA, Putin y esa simpática caterva de adversarios de la humanidad también se definen así; pero no nos confundamos: para sus bases son héroes. Hacen lo que hay que hacer, sin preocuparse por el coste. Fortitudo con poca sapientia. ¿Y Mamdani? Zohran es más de casa, más humano: no deja de reír salvo cuando tiene que estar al lado del presidente de su país, pero, por lo demás, habla de cubrir baches, de organizar guarderías, de impuestos y gestión, supermercados y migrantes que se dejan la piel: todo muy alejado de la religión. Pero le echa narices, dice que va a hacer y luego lo hace. Es una heroicidad a menor escala, pero cuando no se puede aspirar a cotas mayores, me conformo con hacer senderismo por sus ríos.
La adulación, aparente y apariencial, de Trump a Mamdani se explica muy fácilmente: sabe que parte de su electorado reacciona a la fuerza, y no quiere oponerse a ella. Como la serpiente que es, evita el choque. Ya se desgastará. Hablamos de dominación, igual que con el desahucio de Maricarmen, recién muerta lejos de su casa, igual que con el PP subiendo un vídeo de Óscar Puente llorando, dolorido. Dominación. La bota en la cara. El palpitante corazón animal de las bestias que son. Que no se engañen: cuando se apoya la eliminación de las pensiones (a ver si dejamos de usar privatización, el eufemismo del adversario) nadie está hablando de eficiencia: hablamos de que les den y les duela a los viejos y de que la palmen ya; no hablamos tampoco de complicados arcanos comunicativos de psicología, aunque antes de ser fascista uno es un hijo de puta. Hablamos de filología y simbolismo. Hablamos de dominación. Hablamos de estratificación. Tú más que yo. Nosotros más que ellos.
El potencial heroico de la política será clave en estos comicios, y también en el mundo apocalíptico por venir. Todos intuimos que hay importantes movimientos bajo y sobre tierra, y que no basta, no llega con lo terrestre ni con lo humano: precisamos lo épico, lo heroico, la Numancia, la Troya, el Santo Grial, los dragones, lo larger-than-life. Queremos un Luffy que sea capaz de reventar a quienes nos oprimen y pegarse una buena fiesta luego. Mientras no se abrace el heroísmo, con los trágicos costes personales que supone para quienes sientan esa llamada y puedan contestarla, se beneficiarán tan solo las criaturas viscosas que encuentran enemigos en el migrante, en las mujeres, en los pavorosos pobres.
— III —
Queremos héroes, creo. A alguien o álguienes, pero preferentemente alguien, individuos con biografía, pedigrí y arco narrativo, a quien le podamos poner cara. También, y no se olvide, para que luego podamos despreciarlos cuando un tiempo prudencial haya pasado y hayan concluido sus labores. Personas que representen la época y nuestros anhelos, espadas de Damocles que corten el nudo gordiano por la parte más gruesa, que exhiban sublimemente fuerza, que asuman riesgos, que asuman esfuerzos, que sean mayores que la vida, que toquen la trascendencia y que bajen un pedazo más del cielo a la tierra. ¡Cuidado! Ya sabemos que estas formas de excepcionalidad, estos héroes que necesitamos, contienen una potencia antidemocrática poderosa. Hay una poderosa crisis de mediación, de autoridad, de representatividad: la emancipación, la depredación, la igualdad, el autoritarismo están mezclados. Es fácil que los antiguos héroes devengan en villanos o en payasos.
No todos somos héroes. Menos para gobernar, para liderar. Qué dejación de responsabilidades supone el término coordinador o gestor. El problema de edificar la vida en un heroísmo positivista cotidiano, de las autoficciones, los sé-protagonista-de-tu-propia-vida y los Mr. Wonderful, es que perdemos las herramientas para reconocer, en nosotros y en el resto, los rastros del verdadero, esforzado heroísmo. Hay unos que luchan toda la vida, que decía Brecht. Hay unos, digo yo, que fingen que luchan toda la vida para quedarse tranquilos. Por cierto, nada de malo en el no luchar; todo de terrible en el fingir.
Ahora, en esta encrucijada, en este crepúsculo, necesitamos seres que no solo resistan admirablemente, sino que admirablemente encarnen las fuerzas sociales y admirablemente siempre admirablemente sean capaces de llegar más alto, golpear más fuerte, defender y sostener en sus brazos el peso del mundo. Como dice Gracián, precisamente en El héroe: son gigantes los hijos de un corazón gigante; algunos, con ambiciones de infinidad, aspiran a una universalidad plausible. Los ingredientes son injustos y claros: esfuerzo, muchas veces violencia, riesgo, representación informal de colectividades, tragedia, disrupción. Una potente energía transformativa que revoluciona los espíritus. Habla Alba Rico de que la democracia habrá que defenderla sin descanso, pero confesemos que no sabemos cómo. Que vengan héroes a alargar sus fronteras. A mostrarnos la manera. Que vengan de cualquier lugar, y que traigan con ellos la fuerza que nos falta, la sabiduría que aún no nos llega.
Esto, para los siguientes ciclos, y a ver si para este, debiera ser un aprendizaje y una invocación. ¿Dónde están los héroes? Sin límites ni cercos, son como amaneceres. Las heroínas, los héroes, surgen y mueren por el mismo motivo que se consumen los meteoros, que supernovan las estrellas, que de la oscuridad surgen tentáculos largos, más largos que la noche. La política es, en parte, relato, pero basado en la acción y verosímil. Y cada vez menos relato, y cada vez más hecho; cada vez menos variación sobre la realidad, y cada vez más construcción de un mundo ficticio que rápidamente toma cuerpo. Debe haber héroes que puedan mover los ejes del mundo. Se necesitan ejes, álgebras y claves, la misteriosa alquimia de la excepcionalidad, si lo que se quiere es lograr cosas excepcionales.
Hoy ha muerto Xosé Manuel Beiras, retranqueiro, sapientísimo, emblemático, de inconfundible figura y discurso. Qué solos nos quedamos cuando las figuras heroicas se van, y cuánta compañía se harán los muertos, burlándose de los que luchamos aquí con sus ojos de vidrio y sus sonrisas huesudas. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa ahora? Los discretos evitan el liderazgo, lleno de espinas; el trono estará vacío hasta que alguien saque la metafórica espada de la piedra. Esa persona deberá asumir la necesidad de héroes de la sociedad hespañola: no solo mártires, no solo villanos, no solo viles. Sánchez intenta ser César, pero necesita el convenio de Vercingétorix si las tribus van a acudir a la batalla. La batalla no se ganará sin las tribus, en secreto cónclave. No la electoral: esa, a estas alturas, casi es más síntoma que causa. Pero ya no queda tiempo. Las víctimas se amontonan, los peregrinos vagan a los antiguos templos. Los ritos atávicos de la depredación están a la vuelta de la esquina, si no están aquí ya. La luna sangra. La tierra llora. El canibalismo está en nuestra carne, corrompe nuestro espíritu. No habrá Lothlórien al final de esta Moria, y Narsil sigue rota, y Excálibur está en un bosque encantado al que no sabemos llegar. ¿Quién hará lo que no puede hacerse? ¿Estamos solos en estos pasillos, abandonados en esta ruina? Sus enjambres se aproximan. Tambores. Tambores en lo profundo. Ya vienen.

Fran Liñeira (Compostela, 1992) es investigador, escritor y docente. Estudió una serie de cosas, la mayoría nutritivas, otras no tanto. Lee con interés a muertos y muertas, pero no desprecia a los vivos. Ha publicado artículos en torno a la crítica cultural y la literatura especulativa en Contrapunto o Amberes. Actualmente prepara una tesis sobre fantasía, mitología e ideología en La Rueda del Tiempo.
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