06 Ensayo

Edurne Portela

Edurne Portela: «Hay un sector de la sociedad vasca que sigue creyendo que los cuerpos de seguridad del Estado son una amenaza. O más que una amenaza, un enemigo. Es ese sector que sigue pensando que en Euskal Herria ha habido una guerra entre ‘el pueblo vasco’, al que ellos creen representar, y el Estado español.»

«Necesitamos representaciones que nos incomoden, que nos hagan salir de la representación maniquea de la realidad»

El pasado otoño coincidieron en las librerías dos libros fundamentales para tantear la marea de argumentos, emociones y sensibilidades que ha dejado  el llamado «conflicto vasco» cinco años después de que ETA renunciara a las armas: El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia (Galaxia Gutenberg, 2016)  de Edurne Portela y la novela Patria  (Tusquets, 2016) de Fernando Aramburu.  A propuesta de El Cuaderno, Xandru Fernández se enfrenta a la lectura simultánea de ambos y nos ofrece, una vez que ha quedado atrás el efecto mediático que les rodeó, una perspectiva de lo que aportan o  adolecen ambas miradas mediante un análisis de Patria (en la sección de crítica) y una conversación con Edurne Portela.

El eco de los disparos es un largo ensayo escrito mientras su autora contemplaba con cierto estupor los intentos de la clase política y de muchos agentes de la cultura de pasar página sin asumir responsabilidades. «Fue escrito mientras escuchaba a la gente cercana decir que lo que tocaba ahora era el olvido, que no merecía la pena revolver, como si la violencia que afectó a tantas personas dentro y fuera de los territorios vascos se pudiera circunscribir a un  pasado, como si el último muerto no hubiera sido asesinado en 2009». Edurne Portela ofrece en este libro una serie de memorias íntimas de la violencia y defiende, a través de reflexiones sobre la literatura y el cine actuales, una cultura para el presente que ayude a afrontar las heridas del pasado.

Edurne Portela (Euskadi, 1974) ha desarrollado su carrera profesional en Estados Unidos, país en el que realizó primero un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, para trasladarse después a la Universidad de Lehigh, Pensilvania. Vivió en Estados Unidos de 1997 a 2015, pero en enero de 2016 decidió poner punto final a su carrera académica en América y volver a España para dedicarse por completo a la escritura. Cuando pisó de nuevo Euskadi, hacía un lustro que ETA había anunciado el cese definitivo de la lucha armada. Tardó poco tiempo en percibir que buena parte de la sociedad española y de la vasca parecía estar dispuesta a pasar página, como si las últimas décadas de violencia hubieran sido poco más que un mal sueño.

El Cuaderno






Xandru Fernández.— El eco de los disparos es un recorrido a través de decenas de obras literarias, fotográficas y cinematográficas, persiguiendo entender las distintas visiones sobre la violencia política que toman cuerpo en ellas. Un libro de estas características implica dedicar un importante número de páginas a parafrasear tramas, a narrar lo ya narrado por otras personas. ¿Le preocupaba que esa reconstrucción alterase el sentido de los textos?

Edurne Portela.— Creo que en este libro hago una labor no tanto de reconstrucción como de análisis e interpretación, para lo cual es necesario transmitir al lector los contenidos de estas obras. Intento hacerlo desde la rigurosidad del análisis crítico, con las herramientas de comprensión que dan la teoría literaria,  la filosofía, la sociología política, y otras disciplinas. Así que mi principal preocupación al transmitir mis interpretaciones de estas obras es, sobre todo, ser capaz de analizarlas desde varios ángulos interpretativos, con los suficientes matices y con la suficiente profundidad como para ser lo más justa posible con ellas.

Xandru.— Afirma usted que este libro nace de su preocupación «sobre qué significa vivir, entendiéndola, con una herencia de violencia adquirida desde la infancia, cuando esta infancia se ha desarrollado en un contexto como el de Euskadi en los años setenta, ochenta o noventa del siglo XX, en el que la mayoría de los jóvenes sentían más repugnancia hacia y tenían más miedo de la policía nacional o la guardia civil que de los terroristas de ETA». ¿Considera que esa mayoría de jóvenes sufría algún tipo de «disonancia cognitiva» que fuera necesario explicar? ¿Es consciente de haber vivido algún tipo de anomalía ideológica?

Edurne.— Es buena pregunta. La psicología social no es mi campo y por eso creo que no  tengo autoridad para hablar de un diagnóstico, pero me parece que apunta hacia algo interesante. Y creo que desde el campo de la psicología social se podrían hacer muchos estudios sobre nuestro comportamiento durante los años de la violencia. Lo que sí le puedo decir es que hemos vivido en la anomalía ideológica, política, ética, social. Cuando la violencia se  normaliza como ha pasado en Euskadi, esto afecta de forma profunda nuestra manera de concebir el mundo y de ordenarlo, afecta la ética de la convivencia de forma radical y profunda. Cuando en una sociedad se sospecha más de la víctima que del verdugo, cuando se jerarquiza a las víctimas según tengan o no uniforme, sean de un partido político o de otro, cuando ante la muerte de un vecino volvemos la cabeza, cuando creemos que hay un proyecto político respetable detrás del secuestro, el asesinato, la extorsión, entonces estamos ante una sociedad anormal en el mejor de los casos o, enferma en el peor, como diría el escritor Jokin Muñoz.

Xandru.— Desde el cese de la violencia de ETA, esta ha dejado de ser un peligro. ¿Cree que los cuerpos de seguridad del Estado también han dejado de ser percibidos como una amenaza por parte de la sociedad vasca?

Edurne.— Hay un sector de la sociedad vasca que sigue creyendo que los cuerpos de seguridad del Estado son una amenaza. O más que una amenaza, un enemigo. Es ese sector que sigue pensando que en Euskal Herria ha habido una guerra entre «el pueblo vasco», al que ellos creen representar, y el Estado español (y menor medida el francés). Este sector seguirá viendo al guardia civil, al policía nacional, al militar como representantes de la represión, como enemigos que hay que hacer desaparecer del suelo vasco (que incluye Navarra, donde hay más presencia de estos cuerpos que en la Comunidad Autónoma vasca). Como muestra, tiene el movimiento al que pertenecen las personas que asaltaron a los guardias civiles de Alsasua y sus defensores. Las protestas de estas personas le responden mejor que yo: «Alde hemendik, txakurrak», les dicen, o sea, «iros de aquí, perros». Para ellos son amenaza y enemigos. Para el resto de la sociedad creo que esto es más complejo. Yo creo que muchos internalizamos un miedo que no era totalmente irracional. La actuación policial en Euskadi y Navarra norte en nuestra juventud era muchas veces brutal; también todavía nos rondan los fantasmas de los GAL, que tuvieron un impacto bastante fuerte en la percepción que la sociedad vasca tenía de la guardia civil y la policía nacional. Así que en el presente creo que todavía, sobre todo a mi generación y los más mayores, nos dan un poco de resquemor. Yo confieso que cuando estoy en Madrid y paso al lado de un furgón de la Policía o veo un desfile de militares, me tenso. Hay actitudes difíciles de sacudir.

Xandru.— «Yo soy parte de esta historia y mi punto de vista para contarla es el del testigo; un testigo que, por muchos años, si no indiferente al problema de la violencia en el País Vasco, sí le dio la espalda, eligió no querer entender porque hacerlo resultaba demasiado complicado y emocionalmente agotador». El eco de los disparos está trufado de viñetas autobiográficas que ilustran el conflicto vasco. Pero no hay ninguna viñeta en la que explique cómo se produce ese cambio de mentalidad o de carácter hacia una actitud menos tolerante con la violencia política.

portada el eco de los disparosEdurne.— Posiblemente la respuesta a esta pregunta se sugiera en la parte del libro que en teoría es menos personal, la parte del análisis cultural, pero es cierto que no dedico ningún pasaje autobiográfico a ese cambio. Igual es porque no tiene que ver con un hecho concreto, sino que es parte de un largo proceso personal. Creo que necesitaba la distancia temporal y geográfica para empezar a ver las cosas más claramente. Para cuando me fui al extranjero a hacer mi doctorado estaba harta del «conflicto», asqueada por tanta brutalidad, harta de ver a los que vociferaban «ETA mátalos» adueñándose de todos los espacios públicos, contaminándolo todo con su violencia. Mi tolerancia era nula para ese entonces, pero mi reacción fue no querer saber nada del tema. Durante años me dediqué a estudiar la representación de la violencia en la cultura, pero en Argentina o, si era en España, enfocándome en la guerra civil y sin tocar el tema vasco. Supongo que necesitaba cierta madurez intelectual y personal para volver la cabeza hacia lo que realmente había marcado mi interés por la violencia. Y cuento en el libro que hay un evento puntual, que fue conocer al periodista irlandés Paddy Woodworth, que escribió un libro magnífico sobre los GAL, lo que me hizo consciente de que la fruta estaba ya madura. Fue cuando él me dijo que yo escribía sobre todas esas otras violencias porque en realidad quería entender la que había vivido yo y que ya era hora de que me enfrentara a ello. Ese comentario me dejó huella, pero después el proceso de escribir el libro ha sido muy largo. Lo empecé como todo lo demás que había escrito, con una aproximación académica que pretendía ser objetiva, mostrando todas las herramientas teóricas (bastante crípticas por cierto) en las que fundamentaba mis interpretaciones, con una voz distante. Hasta que me di cuenta de eso que usted cita, de que yo estaba muy implicada en esta historia y que no era honesto escribir de ella sin reconocerlo y sin elaborarlo. También, cuando comencé a escribir el libro pensaba que tenía todo muy clarito, casi que tenía la verdad en la mano. Y luego, cuando dejé que los afectos y las memorias personales entraran en la construcción del libro fue cuando todo se me hizo mucho más difícil, cuando empecé a ver la complejidad de lo que tenía entre manos. Y bueno, el libro creo que lo refleja de alguna manera.

Xandru.— El núcleo de su análisis es la diferencia entre «imaginación ética» e «imaginación contaminada». Confieso que no he conseguido entender qué proceso de depuración lingüística podría hacer posible una imaginación «no contaminada», pero aun siendo esta posible, ¿no cree que recrear, en una obra de ficción, un conflicto como el vasco implica necesariamente algún tipo de representación incómoda?

Edurne.— Creo que aquí hay que diferenciar varias cosas. Yo no hablo tanto de depuración lingüística, sino de ampliar nuestra imaginación a través de una profundización en el conocimiento de lo que nos ha pasado. Para ello precisamente necesitamos representaciones que nos incomoden, que nos hagan salir de la representación maniquea de la realidad, que incluyan los afectos que más han sido transformados por la violencia: el odio y el amor, y de ahí todos sus derivados. En este sentido, lo que ha contribuido a crear una «imaginación contaminada» es exactamente la representación simplista de la realidad, que es lo que hace embrutecernos. Por ejemplo, hablo en el libro de que, en nuestro contexto, todo lo asociado con lo español y España pertenecía automáticamente al campo semántico de «enemigo». O, por otro lado, que cuando se representa a un terrorista tiene que ser, siempre, o muy malo o muy tonto. Estas son representaciones «cómodas», es decir, a una persona de la izquierda abertzale le resulta cómodo imaginar al español como enemigo y, a una persona que no lo sea, imaginar al etarra como un monstruo o como un imbécil, o las dos cosas. Así, la obra de ficción que puede transformar una imaginación contaminada, reducida y maniquea, es aquella que nos muestra que nada es tan simple como parece, es aquella que nos incomoda y nos hace replantearnos nuestras propias convicciones. Esto no significa que no condenemos ciertos hechos: el asesinato en sí mismo es una aberración, ahí no hay posibilidad interpretativa dentro de una ética aceptable, pero una cosa es el hecho concreto y otra es cómo imaginamos a la persona que lo perpetra, en qué contextos, con qué relaciones afectivas. Es decir, con qué matices lo representamos para que nos permita profundizar en nuestro conocimiento, hacernos unas cuantas buenas preguntas, y de ahí también ampliar nuestra imaginación, nuestra empatía, que es la reconstrucción imaginativa de la experiencia del otro, y así caminar hacia esa «imaginación ética».

1434997955_583553_1434998102_noticia_normal

Xandru.— Declara que «la violencia uniformada no controló ni diseñó el imaginario lingüístico en el País Vasco, cosa que el nacionalismo vasco sí ha hecho, y de forma eficaz». Es una tesis fuerte. ¿En qué la sustenta?

Edurne.— En el libro hablo con bastante detalle de la injerencia de la ideología nacionalista en el lenguaje, cómo se han transformado ciertas palabras que han tomado, en Euskadi, un cariz muy negativo. Como decía arriba, por ejemplo, español se convierte en un insulto, también constitucionalista, y otras. Esta es una tesis que defiende ya Manuel Montero en su libro Voces vascas y que yo recojo para hablar de la tensión que se crea en nuestro contexto entre palabra y silencio, entre lo que es posible decir o no, y en cómo la palabra puede ser secuestrada por una ideología, en este caso el nacionalismo vasco. La cita que usted recoge tiene que ver con esta idea. Me refiero al hecho de que las fuerzas de seguridad del Estado ejercieron una violencia real y física, como la represión policial en manifestaciones y las torturas, pero que no ejercieron una violencia en el imaginario lingüístico vasco, en el contenido que adquieren las palabras relacionadas con el «conflicto». Es decir, su actuación no implicaba una injerencia en nuestros sistemas ideológicos o imaginativos. Si para la guardia civil la palabra «vasco» era sinónimo de «etarra», no era algo que los vascos internalizábamos, mientras que para algunos nacionalistas, y no solo de la izquierda abertzale, solo pronunciar la palabra «España» es ya un acto desagradable, si no, fíjense en el uso constante de «Estado» y a veces «Estado español». Y este uso ideológico de la palabra ha tenido gran calado en la sociedad vasca.

Xandru.— Concede usted mucha importancia al papel del silencio en la obra narrativa: cómo en determinadas obras se diluyen ciertos personajes o se calla sobre determinados aspectos del conflicto vasco.

Edurne.— Creo que el silencio nos ha marcado de forma muy radical. Ha sido la herramienta principal para no enfrentarnos a la magnitud del problema que teníamos delante y esto, inevitablemente, se traduce en la obra narrativa. Hay autores, como Jokin Muñoz, que ha tratado este tema de forma magistral: cómo el silencio ha contribuido a crear esta sociedad en la que todavía nos cuesta tanto hablar no ya de los efectos del terrorismo, sino de política en general.

Xandru.— Al respecto de uno de esos silencios, en la novela Twist, de Harkaitz Cano, plantea usted que crea un desequilibrio «tanto narrativo como ético». ¿Cree que la equidistancia es compatible con la elección de un punto de vista narrativo?

Edurne.— Twist me parece una obra interesantísima y una novela excelente. La cuestión que usted cita, del «desequilibrio» tiene que ver con una personaje, un ingeniero asesinado por ETA, en cuyo secuestro participa el protagonista de la novela. Este hecho, que parece tener una importancia fundamental para el protagonista y por el que se siente culpable, va desapareciendo poco a poco de la trama, hasta que se convierte en un recuerdo nimio, en contraste con el lugar que ocupa, hasta el final, el asesinato de Soto y Zeberio (personajes que representan a Lasa y Zabala).  En este momento del análisis digo «Aquí cabe plantearse si el autor está poniendo de relieve esa jerarquía [de las víctimas] a través de la creciente omisión de este suceso en la novela o si realmente ni siquiera se ha dado cuenta de este desequilibrio que es tanto narrativo como ético. Para esto no tengo respuesta.» Insisto un poco en esto porque mi intención no es, ni mucho menos, presentar la obra de Harkaitz Cano como equidistante, que es una palabra muy peligrosa cuando hablamos del tema vasco porque con esa palabra se ha hundido la carrera de bastante gente. La equidistancia significa, en este contexto, estar con unos y con otros, no mojarse, no condenar con la suficiente claridad ideológica, significa presentar demasiados grises. Cuando en realidad, muchos que han sufrido esa acusación lo que han hecho es intentar contribuir a entender mejor el problema, presentar visiones de la realidad hasta entonces ocultas. Creo la palabra «equidistancia» no debería ser parte de la ecuación cuando hablamos de la creación de mundos imaginativos, en los que la complejidad debe ir de la mano de la libertad creativa. Harkaitz Cano escribe una novela compleja, que plantea preguntas muy necesarias e incómodas; que yo pueda ver ese desequilibrio y que me plantee si es algo buscado o inconsciente forma parte de mi interpretación, pero no es un juicio ni una condena de «equidistancia».

Xandru.— Critica la tendencia de ciertos autores (Aramburu, González  Sainz) a presentar al terrorista como un «otro» indescifrable. En cambio, a otros autores (Cano, Montoia) parece afearles justamente lo contrario, utiliza términos como «idealización» o «demagogia». ¿Es posible un término medio?

Edurne.— Señalo que las visiones de Aramburu en Los peces de la amargura o de González Sainz  en Ojos que no ven fueron valientes y necesarias en el momento de su publicación (2006 y 2008 respectivamente). El problema que veo con sus representaciones del terrorista como un «otro indescifrable» es que permiten que aquellos que hemos sido testigos y por tanto hasta cierto punto (unos más que otros) cómplices de la violencia, nos situemos en una especie de superioridad moral. «Los malos», los culpables de todo han sido esos monstruos que han arruinado nuestra sociedad, cuando en realidad todos hemos contribuido a esa ruina. Representar al terrorista como alguien tan ajeno nos permite eximirnos de cierta responsabilidad. En cuanto a los otros autores, no pretendo afearles nada. En el caso de Cano, creo que he contestado con la respuesta anterior. El caso de Montoia es diferente, ahí no hablo de idealización del terrorista porque Xabier Montoia no se centra en su representación, sino en la representación de la represión por parte de la ertzaintza y el Estado español. En su caso, señalo que a pesar de estar hablando de problemas reales, de los que hay constatación, los muestra de forma tan simplista (y por tanto maniquea), que no contribuye a que alguien que no comulgue con sus ideas se ponga en la situación de sus personajes. Es, en un caso como en otro, cuestión de representación y de intentar conseguir ese cambio imaginativo del que hablo que será solo posible si todos avanzamos en cómo construimos al «otro» frente al que nos situamos en esta historia.

Xandru.— ¿Es relevante la cuestión idiomática en el tratamiento narrativo del conflicto vasco?

Edurne.— Si te refieres al uso del euskera, sí lo es. Iban Zaldua escribió un ensayo maravilloso sobre el tema: Ese idioma raro y poderoso: Once decisiones que un escritor vasco debe tomar. Es un ensayo inteligente, documentado, riguroso y al mismo tiempo muy divertido sobre la posición de los escritores vascos (euskaldunes y no) frente al tema del conflicto, principalmente. Habla de las dificultades con las que muchos se han encontrado y recupera a bastantes escritores que, por no estar traducidos, escribieron sobre el tema de forma bastante crítica.

Xandru.— Declara haberse sentido ofendida por Ocho apellidos vascos y argumenta que es pronto para ese tipo de humor, que antes «debemos ventilar nuestros trapos sucios». Y añade: «Tal vez después tengamos derecho a reírnos de ello, aunque yo personalmente lo dudo». ¿Podría explicar los motivos de esa duda?

Edurne.— A veces nos creemos que por el mero hecho de reírnos de algo ya estamos siendo transgresores. El humor es un arma poderosísima y por eso mismo hay que tratarlo muy seriamente. No soy defensora de la censura, y menos en el humor, pero tenemos que ser muy conscientes de qué nos estamos riendo y por qué. Hay un humor blanco, que es el de Ocho apellidos vascos, que oculta la realidad, que nos apacigua y nos ayuda a huir de ella a través de la carcajada. A veces este humor es necesario, pero es muy peligroso encumbrarlo a la categoría de arma política (como hicieron algunos medios) porque en realidad hace precisamente lo contrario: desactiva la autocrítica y la reflexión. Hay otro tipo de humor que desenmascara, que a través de la ironía o de la parodia inteligente, revela un problema oculto. Es un humor que no caricaturiza o banaliza, sino que escarba con uña afilada la realidad, y que, después del instante de la risa, nos hace reflexionar. El escritor Iban Zaldua dice que el primer humor actúa de bálsamo, mientras que el segundo escuece. Cuando hablamos de una tragedia cercana como el terrorismo de ETA y la complicidad del entorno que la ha apoyado, cuando el último de sus asesinatos se produjo en 2009, el humor debería escocer, no calmar, debería hacernos reflexionar, no seguir huyendo. El humor en el cine y en la literatura vasca debería ayudar a entender mejor nuestra tragedia, como lo hizo Borja Cobeaga en su magnífica película Negociador o como ha hecho Iban Zaldua en Si Sabino viviría y en muchos de sus cuentos. Lo que dudo es que lleguemos pronto a encontrar ese lugar de paz y de comodidad, de buena conciencia y de tranquilidad, desde el que reírnos de todo esto. No sé. Será que todo esto a mí me duele demasiado.

Xandru.— ¿Confía en la capacidad de la narrativa (literaria o cinematográfica) para crear opinión, o la aborda como un síntoma o un reflejo de un clima social que obedece a su propia lógica?

Edurne.— Igual soy una ingenua, pero realmente creo que los actos estéticos son capaces de reformar los lenguajes, los gestos y los afectos que compartimos como sociedad. Las intervenciones del arte, de la cultura visual, de la literatura, pueden generar otros modos de sentir, generan pensamiento donde sólo se percibía ruido o no se percibía nada, tienen la capacidad de dar sentido a lo que carecía de él. No sé si diría que la cultura puede crear opinión, pero creo que puede hacer algo más profundo y duradero, que es transformar nuestra forma de ver el mundo y de dar sentido a realidades que, de otra manera, permanecerían ocultas a nuestro entendimiento.


1474472394_579399_1474531340_noticia_fotograma
Edurne Portela. Foto: © Eduardo García

0 comments on “Edurne Portela

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: