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Nacionalismos: auge y deriva (I)

El Cuaderno propone esta primera entrega del cuestionario sobre nacionalismos a los ensayistas y orofesroes José Manuel Querol y Francisco Carantoña.

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Más allá de la inmediatez informativa y del ruido que genera la opinión-reacción en el dinámico universo de las redes sociales, El Cuaderno propone a lo largo de los próximos días un breve cuestionario que toma como punto de partida la situación que han generado los acontecimientos políticos en Cataluña durante las últimas semanas. Además de una contextualización concreta, se propone una revisión del concepto de identidad como motor de arranque de los nacionalismos y una valoración del auge o deriva de los mismos en la actualidad.


 

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 José Manuel Querol (Madrid, 1963). Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido asesor en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid y en la actualidad es profesor asociado en la Universidad Carlos III. Entre sus intereses destacan la Teoría de la Literatura y La Literatura Comparada. El ámbito de aplicación de sus estudios se centra fundamentalmente en la Edad Media y el Romanticismo.


 

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Francisco Carantoña  (Gijón, 1957). Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de León. Fue miembro del Consejo de Redacción de la revista Alcores. Revista de Historia Contemporánea entre 2005 y 2009. Su investigación se ha centrado en la revolución liberal española y, especialmente, en la Guerra de la Independencia y el Trienio Constitucional, aunque también ha abordado otros periodos de la Historia Contemporánea.




1.—¿Qué valoración hace del concepto de identidad como reivindación nacionalista?

2.—¿Cuál es su análisis de la evolución de los nacionalismos en España a raíz de los acontecimientos políticos en Cataluña?




José Manuel Querol: «El peligro es grande, porque detrás de la renacionalización de la ciudadanía no hay nada […] y el vacío provoca el vértigo de quien, como ahora nosotros, nos sentimos en la cuerda floja mientras otros sacan beneficio de nuestra perplejidad»

1.

La identidad es quizás el Santo Grial de nuestro mundo contemporáneo. La globalización y los modelos de fractura que nos legaron los noventa, el trauma del 11S y la destrucción neoliberal de modelos de afirmación del individuo (convertido en consumidor) han dejado a eso que llamamos “Occidente” huérfano de mecanismos de resilencia que durante la crisis económica han debido sustituirse por aquello que en cada sociedad se tenía a mano para ofrecer un lugar de refugio a los ciudadanos. En algunas geografías el papel restaurador ha sido ejercido por la religión, constituida y reconstituida en política y economía (por ejemplo, en el mundo musulmán del Magreb y Oriente Medio, combinándose con multitud de elementos de resistencia afirmativa en el contexto de una definición nueva de los modelos postcoloniales), pero en Occidente, en Europa, la identidad se enredaba en su semántica con el “estado del bienestar”; la definición del individuo aquí se organizaba en torno a ese modelo que, sin embargo, la crisis de 2008 desbarató. No niego que también el falso armazón de la idea del estado del bienestar no acabara cansando a los ciudadanos por su debilidad intrínseca como forma simbólica de definición de lo que somos (somos mucho más que eso), pero las consecuencias de ese vacío se comenzaron a percibir con el fracaso del modelo. A partir de ahí, Europa sólo había generado durante el siglo XX dos modos de desactivar el miedo, el hambre y la soledad de los individuos que la habitamos, dos maneras de reencontrarnos: la lucha de clases y la renacionalización del proletariado. La ciudadanía (puesto que el concepto de “proletariado” es débil en nuestra contemporaneidad), aunque aparece en modelos neopopulistas que en algún caso han tenido en Europa un cierto recorrido, pierde la partida sin embargo frente al otro modelo: el repliegue al clan, a la sangre, como refugio frente al frío exterior de la economía, frente a la enormidad del espacio globalizado e inhumano. Este repliegue no es sino el modelo que ejecutó el nacional-socialismo en Alemania en los años 30 ante el temor del estallido de la lucha de clases. En cierto modo, el neoliberalismo ha propiciado esta renacionalización como elemento de bloqueo de un estallido social contra el sistema, aunque las consecuencias son, precisamente, el alejamiento de ese estado del bienestar que es por lo que de verdad suspiraba el ciudadano occidental.

El nacionalismo, como modelo histórico, nos remite al Romanticismo, el desajuste se produce porque el nacionalismo romántico es la expresión del burgués en expansión, mientras que ahora se aplica como refugio para el burgués perdido, desorientado, cuya identidad le ha sido robada y cambiada por un ser “económico”. El peligro es grande, porque detrás de la renacionalización de la ciudadanía no hay nada, como detrás de la ritualización nacional socialista no había nada tampoco, ya lo decía Benjamin, y el vacío provoca el vértigo de quien, como ahora nosotros, nos sentimos en la cuerda floja mientras otros sacan beneficio de nuestra perplejidad.

2.

A cada geografía le ha tocado sufrir la crisis de una manera diferente. En nuestro caso, la construcción de una identidad nacional está viciada por el robo que el franquismo hizo de la idea de España, pero también es verdad que en nuestro caso la crisis de identidad se ha revelado de forma cíclica desde la propia constitución de España como estado, especialmente a partir de la llegada de los borbones, que impusieron, en la estructura confederativa que los Austria habían diseñado, el centralismo francés. La pérdida de las últimas posesiones españolas de Ultramar a finales del siglo XIX obligó a nuestra generación del 98 a repensar España, y Europa, que se abría como una posibilidad para la siguiente generación, la del 14, se volvió loca en aquel tiempo. El nacionalismo fue alimentado durante todo el siglo XX por una exposición de mitos fundacionales a un lado y al otro del Ebro. Sin mitología no hay nacionalismo, y durante el franquismo el nacionalismo español fue una continua exposición falsa de esos mitos y arma arrojadiza contra quienes habían perdido la guerra. En respuesta, el nacionalismo vasco y catalán ofrecieron las mismas armas, los mismos mitos. De todo esto, la Transición quiso hacer borrón y cuenta nueva, y mientras el dinero fluyó, especialmente para la alta burguesía industrial y financiera, nada había que decir, el nacionalismo se diluyó en categorías mucho menos emocionales (regionalismos, autonomismos) que permitían a esas altas burguesías locales y nacionales el control político y social. No entraré a discutir el fenómeno nacionalista vasco, que tiene muchas derivadas y la mayor parte de ellas dolorosas, pero en conjunto, el nacionalismo se nutre fundamentalmente del descontento social y económico en España, del cansancio de sus ciudadanos de este sistema social-neoliberal que aquí tiene el cáncer de la corrupción en todos sus actores. Lo que ha ocurrido en Cataluña este 1 de Octubre, desde mi punto de vista, no es sino una reacción de cansancio y de hartura de la ciudadanía que ahora acusa todos los sacrificios que ha tenido que hacer y que ha encontrado en un discurso viciado histórica y políticamente una salida en falso, combinada con una estrategia bien meditada a un lado y otro del Ebro para ocultar la vergüenza de la corrupción de dos almas gemelas, el poder financiero, que ahora se retira con miedo del happening político, y la clase política catalana y la central (o del resto de España, como se prefiera), lo que recuerda a esa oposición de aliados de la Lliga y la CEDA en el 34 que al final pagamos todos. La ciudadanía en Cataluña ha gritado su desesperación, pero lo ha hecho con un discurso que es falso, porque ese cansancio lo tenemos todos, esa hartura la tenemos todos, tengamos o no lengua diferente, tengamos o no mar. No se equivocan los catalanes, sólo es que no les han ofrecido nunca otro discurso que les ampare, como a los demás, y de pensamientos lógicos nacen sin embargo palabras equivocadas.

No sé qué pasará. Si Cataluña alcanza la independencia creo que deberemos todos alimentarnos de banderas, ellos y los que vivimos a este otro lado de la frontera, y a lo mejor somos emocionalmente felices, pero muy pobres (y antes he dicho que la identidad en Occidente tiene que ver con el estado del bienestar); si conseguimos un acuerdo habrá que empezar a reconstruir este país con otros mimbres diferentes a los de la Transición, pero sobre todo, recuperando un sentido ético de la política que no sé si alguna vez tuvo España, porque nuestros próceres debieron leer Teoría Política en las reflexiones que hace Sancho cuando le nombran gobernador de la Ínsula de Barataria porque no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador (II 32), y de aquí a pocos días me partiré al gobierno, a donde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos con este mesmo deseo (II, 36).

Lo peor es que quizás no sea sólo un problema de España, sino de toda Europa. Los movimientos ultraderechistas en Francia, en Alemania, en Dinamarca, en Hungría y en muchos sitios funcionan con el mismo modelo de mitología política que los nacionalismos de los sardos, de los del Véneto, de los bávaros; la descomposición del vientre bando de Rusia y el Cáucaso trae ahora su venganza en forma de nuevo orden mundial y recomposición de fronteras, y hasta debieran mirarse los americanos la fractura sin curar del todo de su Guerra de Secesión que la economía redibuja. Las satrapías y las taifas son ideales para que la ciudadanía no tenga fuerza para imponer su criterio, y la democracia, ya estetizada, me temo que anda más en peligro que nunca, aunque los golpes de estado sean postmodernos, sin sangre y apelando a un pueblo que, como Eco y Didi- Huberman se hartaron de decirnos, no existe.






Francisco Carantoña: «El rechazo al extraño, ahora potenciado por el reciente incremento de los movimientos migratorios que se combina con el deterioro de las condiciones de vida de los asalariados y los pequeños empresarios, ha existido siempre en la historia, incluso en sociedades prenacionales. En este sentido, la afirmación de las identidades nacionales aparece como una forma de defensa de la comunidad. Es peligroso, incluso está llegando a niveles alarmantes, pero no nuevo»

1.

No está descaminado Gellner cuando plantea que los nacionalismos y las naciones son fruto, él considera que inevitable, de la modernización económica y la alfabetización de la sociedad. Las sociedades modernas, no necesariamente solo las industrializadas, necesitaron nuevas vías de cohesión cuando las tradicionales –la religión, la monarquía– se mostraron insuficientes. El Estado contemporáneo, el que lo es en mayor medida, ha tendido desde su inicio a ser estado-nación. La identidad nacional lo fortalece y lo justifica. Por otra parte, no debe olvidarse que es a través de las naciones como se construyeron los estados constitucionales y las democracias, gracias a su identificación con una comunidad de ciudadanos libres capaz de gobernarse a sí misma, poseedora de la soberanía que se arrebató a los monarcas.

Estoy de acuerdo con Gellner y Hobsbawm en que son los nacionalismos, ya sean surgidos desde abajo o impulsados desde estados preexistentes, los que crean las naciones, pero no de forma arbitraria. Las naciones son producto de la historia, de una serie de factores, a veces de determinadas coyunturas, que facilitan su nacimiento. Es bien sabido que no hay una sola característica que permita explicar por qué surgen. La lengua o la religión han sido muy importantes en muchos procesos de construcción nacional, pero no sirven para explicar otros, por ejemplo los de América, por otra parte muy tempranos, ya que son naciones que se crean a finales del siglo XVIII o en el primer tercio del XIX, antes que muchas de las europeas. Los intereses de clase o de estados que pueden obtener beneficios de la división de otros influyen, pero no siempre de la misma manera. Reducir los nacionalismos a movimientos “burgueses” haría incomprensible lo que sucedió en Irlanda, Polonia o la Unión Soviética.

El internacionalismo socialista, tanto el de raíz anarquista como el marxista o los de otras tendencias, consideró a los nacionalismos como propios de la etapa de la revolución burguesa, útiles para destruir el feudalismo, pero que debían ser superados por la solidaridad entre los seres humanos, entre los trabajadores, que acabaría con la explotación y con los propios estados. Personalmente, me he sentido siempre más cerca del internacionalismo y del cosmopolitismo que de los nacionalismos, pero lo cierto es que el primero casi ha desaparecido y los últimos resurgen con fuerza renovada.

Si la crisis del internacionalismo es inseparable de la que sufre la izquierda, el resurgir de los nacionalismos, tanto en estados-nación consolidados como en pueblos carentes de Estado, tiene mucho que ver con el rechazo a una globalización que se vincula a la crisis económica y a la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y los trabajadores. Por otra parte, el rechazo al extraño, ahora potenciado por el reciente incremento de los movimientos migratorios que se combina con el deterioro de las condiciones de vida de los asalariados y los pequeños empresarios, ha existido siempre en la historia, incluso en sociedades prenacionales. En este sentido, la afirmación de las identidades nacionales aparece como una forma de defensa de la comunidad. Es peligroso, incluso está llegando a niveles alarmantes, pero no nuevo.

La cuestión se hace más compleja si tenemos en cuenta que el sentimiento de pertenencia a una nación forma parte de la propia personalidad de los seres humanos contemporáneos y su cuestionamiento se ve como una agresión. Podemos discutir cómo y por qué ha aparecido, pero existe y es absurdo obviarlo. Eso no quiere decir que no sea posible combatir ideológicamente los nacionalismos, pero lo que, en mi opinión, resulta un ejercicio inútil es el debate de sordos sobre si mi nación lo es más que la tuya, si fue independiente más o menos tiempo, si se remonta a la prehistoria o al siglo XIX… y menos si esos argumentos se utilizan de manera instrumental, se consideran válidos para unos casos y no para otros.

2.

En España conviven desde finales del siglo XIX o, según los casos, comienzos del XX el nacionalismo español y el catalán, el vasco y el gallego. La historia puede explicarlo, esa es su función, no la de justificar posiciones políticas actuales, pero me extendería demasiado si intentase hacerlo ahora. Lo que importa es que existen y están muy arraigados. El problema se complica porque en Cataluña, Euskadi y Galicia coexisten las identidades propias con la española. Nadie debería olvidar esa realidad, que, evidentemente, puede cambiar, de hecho, cambia, como todo en las sociedades humanas, pero determinadas actitudes políticas pueden conseguir que lo haga rápidamente en un sentido determinado. Es decir, que crezca con rapidez la identificación con un nacionalismo y disminuya el número de los que se sienten reconocidos en el otro.

El nacionalismo xenófobo y sectario que aparece en un sector minoritario de la sociedad catalana debe ser combatido con las ideas, pero el simétrico español, que pretende recentralizar el Estado y acabar con los periféricos por medio del adoctrinamiento en la educación e incluso, se ha dicho, con la prohibición de los partidos independentistas solo puede conseguir alimentarlo. La masa de opinadores que desde los periódicos y la mayoría de las televisiones clama por la vía napoleónica se olvida del escaso éxito que tuvo Franco durante cuatro décadas y eso que utilizó una represión y un monopolio de la escuela que nunca podrían existir en una democracia, salvo que lo que se cuestione no sea el actual sistema de autonomías sino la democracia misma.

La fuerza, el sectarismo, solo pueden conducir a enfrentamientos dolorosos y que solo traerán malas consecuencias. No hay más alternativa que aceptar una realidad que exige que convivan los que se sienten solo españoles con los que tienen identidades compartidas y ambos con los que consideran que su nación es exclusivamente Cataluña, Euskadi o Galicia. Todos tienen que asumir que España es así y hacer concesiones para lograr un marco de convivencia pacífico. La vía de la reforma constitucional es la mejor, pero para que tenga éxito es imprescindible que las posiciones maximalistas se conviertan en minoritarias y que se logre un acuerdo equilibrado, que pueda ser aprobado en referéndum en todo el país. Esto no va a suceder de un día para otro, primero hay que recobrar la cordura, pero no es imposible si hay altura de miras y se actúa con inteligencia.

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