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Nacionalismos: auge y deriva (2)

Pedro de Silva y José María Portillo son los invitados de hoy a una nueva entrega del cuestionario.

Segunda entrega del cuestionario sobre los nacionalismos que toma como punto de partida la situación que han generado los acontecimientos políticos en Cataluña durante las últimas semanas. Además de una contextualización concreta, se propone una revisión del concepto de identidad como motor de arranque de los nacionalismos y una valoración del auge y deriva de los mismos en la actualidad.


 

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Pedro de Silva (Gijón, Asturias, 1945). Fue presidente del Principado de Asturias entre 1983 y 1991. Fundó en 1975 el partido Democracia Socialista Asturiana (DSA), que posteriormente se integró en el Partido Socialista Popular PSP y terminó formando parte del PSOE en 1978. En 1991 se retiró de la política activa, reanudó su carrera profesional como abogado y afianzó una trayectoria literaria como escritor en diversos registros, como el ensayo, la poesía y la novela. El rector (Losada, 2014), obra dramática sobre el asesinato de Leopoldo Alas Argüelles, rector de la Universidad de Oviedo en 1934  e hijo del novelista Leopoldo Alas “Clarín”, ha sido su último libro publicado hasta el momento.


 

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José María Portillo, (Bilbao, 1961), más conocido como Txema Portillo, es historiador. Fue profesor de Historia Contemporánea en la Universidad del Pais Vasco hasta el año 2000, en el que decide abandonar Euskadi debido al acoso de la banda terrorista ETA. Fue miembro fundador del Foro de Ermua. Hasta el año 2013, fecha en que vuelve a la Universidad del País Vasco, en concreto a la Facultad de Letras de Vitoria, trabajó en universidades de España, Estados Unidos, México y Colombia. Su producción literaria se reparte entre el ensayo y la novela.




1.-¿Qué valoración hace del concepto de identidad como reivindicación nacionalista?

2.-¿Cuál es su análisis de la evolución de los nacionalismos en España a raíz de los acontecimientos políticos en Cataluña?




Pedro de Silva

1.

La identidad, igual que la diversidad, son bienes asediados por la tendencia a la homogeneización de todas las cosas. Que un nacionalismo aspire a preservarla me parece lógico y plausible, a condición de que no sirva para establecer barreras que hagan ilusoria la igualdad de derechos de las personas, ni favorezca la exclusión.

2.

La hybris del nacionalismo se produce cuando eleva la identidad nacional a valor absoluto, con las secuelas naturales de dicho exceso: imposición de la identidad, uso del poder político para lograrlo, fomento del aislamiento y el enfrentamiento, adelgazamiento de los valores comunes, etcétera. En mi opinión siempre hay detrás una voluntad supremacista.






Txema Portillo

1.

Considero que los nacionalismos en general tienden a una suerte de apropiación del concepto de identidad. Es lo habitual que sublimen la identidad bajo la idea de la identidad nacional, que no es más que una de las muchas formas de identidad que nos conforman a las personas. Esto puede verse de manera muy clara en las políticas públicas que impulsan los partidos nacionalistas cuando están en el poder. No es que nieguen otras formas de identidad, pero sí que las entiendan solamente como subsidiarias de la identidad nacional. Un ejemplo: para el nacionalismo no tiene sentido la identidad sexual a secas, sino acompañada de la nacional (no un movimiento gay, sino gay catalán, vasco o español) cuando en principio esa forma de identidad no tiene nada que ver con la identidad nacional. Lo mismo podríamos decir de otras formas de identidad. El caso más ilustrativo quizá sea el del idioma: se entiende muy habitualmente que la promoción de una lengua u otra va vinculada como si fuera lo natural a una u otra identidad nacional (el nacionalismo catalán promociona casi en exclusiva el uso del catalán en detrimento del castellano, entendiendo que hablar catalán es un rasgo nacional catalán; pero lo interesante es que la reacción que suele provocar esto es una reivindicación contraria: que no se promocione tanto el catalán y exactamente por la misma razón, porque es un rasgo de nacionalismo catalán). El sentido común, sin embargo, pediría lo contrario, separar el idioma de la identidad. Dicho de manera muy abrupta pero ilustrativa: que el nacionalismo español se expresara también en catalán o vasco, y a la inversa.

2.

Creo que los nacionalismos se han especializado hasta el extremo en el verbo ser y eso es un grave problema. Si discutimos sobre lo que la gente es (español, vasco, catalán…) no llegaremos muy lejos porque en el fondo solo caben dos opciones: el enfrentamiento o la separación de los distintos. Es lo que ha ocurrido habitualmente en la historia de Europa respecto a la religión y las naciones. En mi opinión, la política debería pensar más en el estar, es decir, en cómo distintas identidades nacionales pueden compartir un mismo espacio constitucional y político. Es lo que de hecho ocurre ya en Europa y en España. Otra cosa es que los modelos constitucionales que nos permiten estar juntos siendo cada cual lo que le parezca se agoten y requieran mayores o menores grados de actualización

Por ello no creo que sea justo ni democrático plantear que exista un “derecho a decidir”, por dos motivos. El primero porque bajo ese “derecho” en realidad se esconde la obligatoriedad a decidir conjuntamente sobre la base de una reivindicación nacionalista, que no es sino una entre varias. ¿Por qué debemos votar sobre la propuesta ideológica de un partido nacionalista? ¿No es más democrático decidir considerando conjuntamente las varias opciones que actualmente están representadas tanto en el parlamento catalán como en el español (más centralismo, autonomía como está, autonomía reformada, federalismo e independencia? ¿Por qué solamente sobre esta última?

En segundo lugar, no creo que exista un derecho a decidir sino la libertad de decidir, que es diferente. Lo primero es un sinsentido porque quienes lo proponen afirman también que una vez ejercido ese derecho se desactiva (¿o proponen que se reactive en cada proceso electoral, es decir, que Cataluña o País Vasco estén decidiendo su vinculación a España cada vez que las mayorías cambian?). No se me ocurre ningún derecho al que le ocurra esto. Si yo afirmo mi libertad de expresión escribiendo estas líneas, entiendo que en este acto no se agota mi derecho sino que lo sigo ejerciendo mañana y pasado mañana. Es una condición ineludible de un derecho. Por eso es una contradicción hablar del derecho a decidir. Otra cosa es la libertad de decidir, pero en tanto que libertad tiene que estar abierta a diferentes opciones y no solo a una.

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