Poéticas

David González: poesía en mano

Selección de poemas incluidos en "Siguiendo los pasos del hombre que se fue" (Canalla ediciones, 2017) y presentación de Ana Vega.

Unos gozan la vida, otros la sufren, nosotros la combatimos
(Antiguo proverbio de los urcas siberianos)

Cantar en la miseria

/ por Ana Vega /

Difícil enfrentarse a una trayectoria profesional —también ética y personal— tan amplia y tan lúcida como la del escritor asturiano David González (Gijón, 1964), incluso para sus seguidores y seguidoras más fieles, el autor desborda todo límite, toda frontera, pues escribe y lee de manera incondicional, siendo su ritmo el curso de este manantial imparable de la palabra un flujo constante que sigue sorprendiendo en cada lectura, en cada nuevo proyecto; David tensa la cuerda, ahora la soga, pues es lo único que encontrará quien busqué atrapar esta alma inquieta. El poeta se convierte en un francotirador de la palabra, cuya exactitud y precisión a la hora de disparar y dar en el blanco es tan aguda, tan clara, que provoca un rechazo inmediato del cobarde pues éste no puede aceptar una humillación tan definitiva e imperdonable en todo caso. Rastrear esta trayectoria poética sin fallo —como su puntería— nos conduce a un universo propio pero que no es lejano, puesto que su cercanía con quien lee—esa demoniaca fidelidad o vinculación de la que hablaba Carver— permanece desde sus primeros libros hasta hoy intacta, con esa solemnidad que el horror y la devastación exigen. Es necesario narrar los hechos tal cual sucedieron: “Escribir es contar una historia que ocurre por su ausencia”, Marguerite Duras. Escribir es romper el silencio y también dar voz a otros, principalmente a quien no puede alzarla y es exactamente ahí donde el poeta fija su atención. “Escribo para limpiarme por dentro”, insiste, repite, indaga y por eso ha de ensuciarse en vida propia y palabra. No teme en modo alguno hacerlo.

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Ofrecen sus libros tal vez una escapatoria, pero no se busca redención sino asumir verdades, utilizar el  “lenguaje de los puños”, la lección aprendida del golpe, del pensamiento que llega tras la caída, de un ser humano que se muestra tal cual, en su absoluta transparencia, error y fallo, también deslumbramiento ante la caricia o el temblor. “Los libros, por si estabas pensando en ellos, no son objetos. Ni mercancías. Yo los veo más como puertas por las que sale de sitios como éste”, nos recuerda, y tras la puerta hay otra puerta y tras ésta, otra más, pero adentrarse en el laberinto exige buen diente y una fortaleza que no tema derrumbarse ante su propio rostro en el espejo. Podríamos definir su poesía como principio de resistencia, la de aquel que “no se arrodilla ante un esclavo ni baja la mirada ante una reina” (L’avalée des avalés. Réjean Ducharme). En sus propias palabras o más bien versos nunca le gustó, ni a él ni a su abuelo, que nada ni nadie les azotara… David González es nuestra memoria, quien recuerda que no debemos apartar la vista y así lo impide con su palabra, con sus poemas, recuerda, insiste, aunque la verdad duela y queme sus dedos al igual que la tinta le atraviesa cuerpo y alma. Son estas palabras y este hombre el resultado de un instinto de supervivencia infranqueable que demuestra la humildad, sencillez y respeto absoluto hacia la libertad, conceptos asumidos tan sólo por quien ha cruzado al otro lado y a su regreso lo observa todo con la mirada antigua, pero con un código de honor similar al que conserva el samurái hasta que la espada divide sus entrañas. No hay servidumbre alguna aquí, no se acepta la obediencia al amo, no se teme ya nada, tan sólo reconocer en uno mismo aquello que nos une, el mal que habita en todo hombre y mujer, afrontarlo y vencerlo. Al igual que el tatuaje para los urcas es la forma de arte más pura, David González demuestra su pureza a través de la palabra y no hay en él impostura alguna, sólo verdad, verdad extrema, la que te alcanza, la que transforma: “Cualquier parecido con la ficción es eso: pura ficción”.  Posiblemente será “el último en cerrar los ojos”, este animal de carácter indómito, escritor de raza, que nunca acabará trabajando en circo alguno pues sabe que no es la manzana la que corrompe a los demás: “es el cesto”. Si le echan la mano al cuello encontrarán la soga, pero como bien dice Ernesto Sábato, “el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.

La antorcha de la verdad
quema la mano
del que la lleva.
(Anton Chéjov)


David González (San Andrés de los Tacones, Gijón, 1964)

Poemas

Tinta

mi otro abuelo
estuvo preso en vetusta
en la cárcel provincial
después de la guerra:

todas las mañanas
colgaban una lista
en la puerta de entrada en la cárcel:
en esa lista estaban escritos
los nombres y los apellidos
de todas las personas
a las que el día anterior
habían puesto contra el paredón
o          dado muerte
mediante garrote vil:

imagínate a tu abuela
me decía mi padre
conmigo en brazos
preguntando a gritos

a las otras mujeres
si tu abuelo
se había convertido

en tinta:

gritando su nombre:

charles reznikoff:

 

Berlín

hay dos bares
y          enfrente de cada bar
un muro:

en uno se apalancan
estudiantes que piran clase
delincuentes comunes
jóvenes radicales
algún que otro yonqui:

en el otro se sientan
estudiantes universitarios
licenciados deportistas
y          matrimonios con sus hijos:

a veces paso por allí
pero nunca me quedo
a tomar nada:
aún no he decidido
en cuál de los dos muros

me tengo
que sentar:

haciendo equilibrios:

pedro juan Gutiérrez:

 

Desconcierto

presumo de tatuajes:

pero la estrella
de david ha desaparecido
de los campos
de auschwitz

Coleta ya no está

y          el revólver

no tiene
munición:

nunca
sabemos el final:

ha sido una hermosa
pelea

y              aún

lo es:

charles bukowski:

 

Hilo

una mujer agitaba
un pañuelo blanco
el once de septiembre

en nueva york

desde una ventana

mientras las llamas
como espadas corsarias
empujaban al vacío
a sus hermanos gemelos:

¿pero por qué lo agitaba?

quiero decir:

¿estaba pidiendo auxilio?
¿estaba saludando a la cámara?
¿estaba simplemente despidiéndose?

¿por qué? ¿por qué lo agitaría?

no tengo la respuesta
pero aquella tarde

mientras le prestaba
mi atención a esa mujer

por un momento
llegué a pensar
quise pensar
que tan solo estaba
sacudiendo
el polvo:

no podemos salvar a todos aquellos que queremos:

mohamed chukri:

 

Autorretrato a los cuarenta

la luz del sol no quiere ni verle delante:

con las manos en los bolsillos del delantal se retira
disgustada por entre las rendijas de la persiana
rota: los cristales comienzan a empañarse:
la humedad se granjea el afecto
de varias especies de hongos muy pequeños que
a su vez traen consigo a unos insectos diminutos
que se comen el polvo de los libros pero también
sus letras sus palabras y las historias
que se preservan en sus páginas amarillentas:

las puertas del armario ropero empotrado

contra la pared no en ella están abiertas del todo:

dentro no hay nada: tampoco se ve a nadie:
el monstruo del armario está fuera solo a oscuras nadie

a quién asustar:

soy un personaje al que dejaron olvidado fuera del alcance de la vista:

hayashi fumiko:

 

La hora de pelear

no digas que no:

sí puedes cambiar el mundo:

solo precisas
un brazo
una mano
piedras:

estas son mis piedras:

llevo el pelo largo:

me enfrento en duelos de miradas
siempre que la autoridad competente me desafía:

en el autobús le cedo el asiento a los niños:
los mayores ya tuvieron su oportunidad
y          no supieron o no quisieron aprovecharla:

no uso gafas de sol:
no me avergüenzo de mis lágrimas
y          cuando hablo con alguien
le hablo a los ojos:

no miro a nadie por encima del hombro
y          eso que mido 1 metro con 85 centímetros:

no hablo de lo que no sé:

no hablo:

escribo:

escribo poemas:

estas son mis piedras, parte de ellas:

piensa en las tuyas
y          recuerda:

brazo
mano
piedras

pero
sobre todo

el gesto:

os vais a enterar de lo que es bueno:

hubert selby jr:


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David González nace en San Andrés de los Tacones, Gijón, en 1964. Su bibliografía consta de títulos como El demonio te coma las orejas (1997 y 2008), Sembrando hogueras (2001), Reza lo que sepas (2006), En las tierras de Goliat (2008) y Loser (2009). En el año 2015 da comienzo a la escritura de un ciclo autobiográfico poético narrativo que consta hasta el momento de estos libros: Campanas de Etiopía (2015), De todo corazón (2015), Si te echan mano al cuello, encontrarán la soga (2016) y Siguiendo los pasos del hombre que se fue (2017), al que pertenecen los seis poemas seleccionados. Su obra ha sido incluida en antologías como Feroces (1998), Voces del Extremo (1999, 2000, 2001, 2002, 2004, 2006, 2009, 2011 y 2013), Poesía para los que leen prosa (2004), Once poetas críticos en la poesía española reciente (2008), Disociados (2013 y 2014) o Disidentes (2014). En la actualidad se encuentra rodando un documental sobre su vida y su obra.

 

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