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El espejo y la tinta

Conviven en este libro doble (todo es duplicidad, desde el propio título hasta el contenido del volumen, pasando por el meollo de lo que en él se cuenta) la excelencia narradora de Rico con unas dotes para la fabulación que contienen y conducen la vida por los cauces de una fantasía que se abre paso entre las brumas de lo posible y coloca al lector ante el vértigo de sus némesis.

Me ha costado entender siempre las reticencias que muestran las grandes editoriales hacia la publicación de novelas cortas o nouvelles, no ya porque los textos (relativamente) breves parecen casar bien con estos tiempos veloces o porque algunas de las grandes obras maestras que a todos nos vienen a la mente (El Lazarillo, Pedro Páramo, La metamorfosis) podrían adscribirse a esa tradición, sino porque a menudo sus autores suelen aprovechar para explorar en ellos obsesiones o posibilidades narrativas para las que no hallaron hueco en sus obras de largo aliento, como si el olvidarse de la necesidad de alcanzar una extensión determinada o la alegría de emprender una aventura de final incierto permitiera soltar amarras y liberarse de las convenciones que otros esperan y que uno mismo carga, quizá no siempre de manera voluntaria, sobre su propia espalda.

De Manuel Rico conocíamos los lectores su querencia por indagar en el pasado para iluminar los ecos que deja en el presente, labor que llevó a cabo con solvencia y resultados más que estimables en novelas como Verano, Un extraño viajero o Los días de Eisenhower y que de algún modo también ha venido nutriendo la parte esencial de su poesía. Sin embargo, y aunque se intuyera en alguno de esos títulos, no teníamos tan localizada su afición por las distorsiones de la realidad o el abordaje de los aspectos extraños o maravillosos que esporádicamente aderezan los asuntos cotidianos. Son esos los ingredientes principales de la receta que se cocina en Espejo y tinta, reunión de dos pequeñas novelas que habían visto la luz bastantes años atrás y que ahora recupera la editorial Gadir en la apertura de una colección de narrativa con la que quiere enriquecer un catálogo ya ejemplar de por sí y donde la literatura viajera brilla con luz propia. Se trata de dos narraciones en las que no es difícil vislumbrar el rastro de Poe, de Kafka, de Cortázar, y que abordan el tema del doble desde perspectivas diferentes: si en el primero el narrador se ve abocado a encontrarse con quien él pudo haber sido de haber transcurrido su vida por otros derroteros, el segundo trata la relación de amor-odio entre un delincuente y su víctima futura. En ambos casos se levanta la propia literatura como un telón de fondo que arropa las historias y las cubre de sustancia, y en las dos historias oficia el azar de sumo hacedor a través de sus designios. Conviven en este libro doble (todo es duplicidad, desde el propio título hasta el contenido del volumen, pasando por el meollo de lo que en él se cuenta) la excelencia narradora de Rico con unas dotes para la fabulación que contienen y conducen la vida por los cauces de una fantasía que se abre paso entre las brumas de lo posible y coloca al lector ante el vértigo de sus némesis. Una doble pirueta en la que vale la pena detenerse y con la que se confirma, una vez más, que brevedad y profundidad no son conceptos antitéticos.


 

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