Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

Cerezas, hilillos, esperanza

Es tiempo de cerezas y de lecturas, y a Alberto R. Torices se le engarzan las de Arturo Barea, Ilsa Barea y Juan Eduardo Zúñiga: libros sobre la guerra, la crueldad, la avaricia y la esperanza.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Es tiempo de cerezas y como cerezas en un cuenco se traban las lecturas en mi cabeza, se amontonan con su misma carnalidad y tiran unas de otras, tentándome siempre con otro bocado, otra mordedura agridulce que me llene la boca y el cuerpo todo de jugo y de luz, de gozo y de viejas penas que se encarnan y se renuevan en mí y me dejan transido, abierto, brillante como el ojo de una herida. Leo La forja de un rebelde, el gran fresco en el que Arturo Barea noveló treinta años de su vida en el Madrid de la primera mitad del siglo XX. Madrid del que escapó en 1938 para salvarse de intrigas y purgas, Madrid que con un coste altísimo resistió el cerco franquista durante casi tres años, Madrid que Barea defendió y del que tuvo que salir huyendo de los suyos tras haber sobrevivido a las bombas de los Caproni italianos y los Junkers alemanes que hicieron posible la victoria del golpista, del cobarde, del inmundo Franco, ante la pasividad de otros gobiernos europeos. Con la inocencia de quien no sabe lo que le espera, la misma que tuvimos todos alguna vez, el primer volumen de la trilogía comienza con escenas de enternecedora levedad en las que el niño Arturo y sus amigos, «los chicos de las lavanderas», juegan a embarrar la ropa recién lavada por sus madres, los pantalones de los soldados de la Escolta Real tendidos a secar en «la casa del lavadero». Lo hace en primera persona y en un presente que nos asombra y nos puede, nos convence y nos desarma sin las fatuas pretensiones que a menudo nos atoran la voz a los literatos, así de fácil: «Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados».

Más tarde la voz se desplazará para instalarse en el pretérito tan imperfecto de nuestra historia, pero conservará la primera persona hasta el final y también un algo de esta frescura, la autenticidad toda y acaso un pellizco de la inocencia de ese autor/narrador que describe sus entretenimientos de niño en el Madrid suburbial donde se afanan gentes pobres o muy pobres llegadas a la capital en busca de vidas mejores que las que dejaron en los pueblos de la España rural e inmensa, inmensamente pobre, sometida y atrasada. La trilogía concluye con Barea y su esposa Ilse —también a un tris de recibir el paseo de gracia— refugiados en otra capital, refugiados y muertos de hambre en París, atrás y en sus carnes todavía el Madrid cercado y bombardeado que quiso ser la tumba del fascismo y acabo siendo su trono y su altar; atrás una España sumida en el terror, en la pobreza y en el delirio nacionalcatólico que militares y clérigos impusieron a tiros, a tortazos, a garrote… Por el camino, entre aquel golfillo inocente y este adulto derrotado hemos sabido del Madrid que crecía atrayendo gentes de ese gran suburbio desconocido, ese extrarradio que para cualquier capital es el resto del país, pobres gentes que en la gran ciudad siguieron siendo gentes pobres y hambrientas, humilladas y escarnecidas y por si eso no bastara también bombardeadas por el caudillo que se alzó para salvar a la patria, claro que sí. Por el camino, igualmente, hemos recorrido el gran matadero de soldados que fue la guerra de Marruecos, hemos tenido constancia y detalle del pudridero moral de nuestro ejército, nido de alimañas especuladoras y escenario escandaloso de corrupción e inoperancia, de estupidez e hipocresía al servicio de oligarcas, ministrillos y romanones, con resultado de miles de soldados muertos y una retirada final ignominiosa, saldo que hubiera debido costarle la cabeza a muchos capitostes, empezando por el rey. A lo largo de las mil y pico páginas de letra prieta vamos descubriendo y explicándonos lo que es Madrid, lo que es España, lo que somos. Y el único bálsamo para tanta desesperanza es la rabia inmensa y las ganas de dinamitar instituciones y demás tinglados diseñados para perpetuar el abuso, pero también la compasión sentida por los personajes, la vivencia de su anhelos, sus frustraciones, su agotamiento, su náusea. Las últimas líneas de La forja… nos dejan así y nos posan en las manos de otra novela sobre el mismo Madrid en cuyas calles y casas y cuerpos caían obuses día sí día también: Telefónica, la prosa diáfana y sencilla y pulcra como un vestido de domingo, la autora inteligente y atenta que fue Ilsa Barea-Kulcsar, su mirada sobre las gentes que en el otoño del 36 coincidieron en el edificio más alto de la capital: refugiados llegados de los pueblos y provincias que iban arrasando tropas moras y «nacionales», periodistas que cubrían la guerra para periódicos extranjeros y que eran tan rigurosos e imparciales como los periodistas actuales, milicianos y militares fieles a la República junto a posibles traidores y espías, miembros de partidos y sindicatos anarquistas, comunistas, cada cual con su respectivo ideal, su utopía y su paranoia: toda esa fauna apretada en la colmena que fue el edificio de la Telefónica, blanco privilegiado para los cañones franquistas y escenario de relaciones convulsas que la autora austriaca retrata con atención, con cuidado, como quien maneja las delicadas figuritas de una casa de muñecas, así:

«entonces empezaron a llegar los carros desde los pueblos día y noche, cada vez de pueblos más próximos, con gente conocida, con mujeres de las que se sabía que jamás abandonarían su casa y sus pertenencias si no se tratase simplemente de salvar la vida. Y esas mujeres decían que todo era cierto y que llegaban los moros».

Y así:

«Y luego se fueron trotando junto al burro —¡Arre, burro!— por la calle, y delante iban cientos de carros y muchos cientos de personas con sus cosas de cama, sus hijos, sus perros, todos bajando al trote por la calle que llevaba a Madrid. Como ganado».

Y así:

«habría que ocuparse de todos los niños que están aquí abajo. Hay muchos llenos de piojos. Hay muchos que tienen miedo y no quieren jugar. Y hay tantos niños niños de pecho sin pañales que se respira un olor agrio en el aire».

Y de la mano lenta y cuidadosa de Ilsa pasamos suave a otra trilogía, la de los cuentos que Zúñiga dedicó al mismo Madrid, capital de la gloria y del espanto, y a aquel largo noviembre de agonía y cañonazos. Seguimos degustando estos días su escritura dolorida y carnal, verbosa y honda, sus cuentos que se traban por el rabillo, esa prosa de agridulce sensualidad, inflada de deseo, de frustración del deseo, de más y más deseo que arde y renace, que no se consuma y nos consume: el maestro Zúñiga, su vasta memoria, su atención a lo impensado, su erotismo compasivo, su prosa turgente y despaciosa, su grandeza.

Por el momento no queremos salir de este Madrid del 36, del 37, del 38, de su pasión y su muerte, y nos parece, una vez más, que alcanzamos a entender algo de lo que nos pasa atendiendo a lo que nos pasó. Se entiende, por ejemplo, que al frente de la capital de España estén personas que son epítomes de soberbia e ignorancia, de deshonestidad, de pura y grande hipocresía: fueron los que ganaron, los que se pusieron a los mandos después de ganar. Se entiende que nuestra capital nos siga considerando «el resto de España»: un cuerpo vampirizado, vaciado por chupasangres; que sea un negrísimo agujero succionador de energía, recursos, atención y personas como si no hubiera más país que el que circunda la M30, como si más acá de ese oscuro anillo de poder solo hubiera vacas y paletos, campo y playa para que los de Madrid tengan su segunda vivienda, o tercera o cuarta, y vengan a esparcirse y a ensuciarlo todo. Se entiende pero es muy triste que de aquella ciudad que resistió, de aquellas gentes que se enfundaron monos de trabajo para convertirse en milicianos y hacerse matar en la Ciudad Universitaria o en la Casa de Campo, de aquellos cuerpos destrozados por la metralla cuando cruzaban la calle para ir al trabajo o al hogar, al despacho del racionamiento o al encuentro de otro cuerpo, de aquellos edificios abiertos en canal por bombas y obuses, de todo aquel drama inconcebible, sea hija o nieta esta otra ciudad revieja, envanecida y egoísta, entregada al manoseo de politicastros del tres al cuarto, a la rapiña de oligarcas y oportunistas de hoy y de siempre, al pisoteo de aristócratas y monarcas cuya patria son sus privilegios y su bolsillo. También aquel Madrid de entonces fue objeto de rapiña y manoseo, lo ha sido siempre. De usureros de cuello blanco, de comisionistas espabilados y sin alma, de trepadores, asesores, aduladores, de herederos y rentistas, de nobles sin un ápice de nobleza, de clérigos bien cebados, de señoronas de mucha perla y mucho cinismo. Esa plaga parasitaria la ha padecido Madrid siempre, véase cualquier novela de Galdós, como la sigue padeciendo hoy, más y peor, véase cualquier telediario, da igual que sea de derechas o muy de derechas. De esa plaga trató de defenderse Madrid y su extrarradio, España entera, en el 36, en el 37, en el 38… y la plaga la aplastó.

Es tiempo de cerezas y en mi memoria se traban escenas recreadas en la lectura, adheridas a mi memoria como los restos de masa encefálica que, tras la caída de un obús, chorreaban por un escaparate de la calle Preciados, restos en los que Arturo Barea todavía veía un aliento de vida, hilillos que se movían y serían recuerdos, amores, sueños destripados para siempre; o los vómitos y la creciente fragilidad mental del propio Barea, cada vez que sonaban las alarmas alertando del bombardeo inminente, condicionamiento trágico operado por las consecuencias que esas alarmas anunciaban; también el vientre abierto, las piernas desmembradas y los gritos de una madre en el bombardeo de Vallecas; en la morgue los cadáveres de niños con un número en el pecho, tras la bomba en el colegio de Getafe; o la histeria de Rosa en ese portal de Atocha al que le llevó su frustración, su miedo, su inocencia, su locura. De nada sirve preguntarse qué clase de inmunda criatura hay que ser para ordenar el bombardeo de una ciudad, para orquestar el lanzamiento de bombas y morteros sobre las calles y edificios donde vive la gente, sobre plazas y escuelas, sobre chabolas. La respuesta es mucho más simple que la pregunta y está bien a la mano: «el fundamental motivo de las guerras es la codicia de algunos». Pero propongo que nos apliquemos este otro condicionamiento: que pensemos, que imaginemos esos cuerpos sin piernas que se arrastran y gritan, esos cerebros reventados que chorrean, el cuerpecillo de un niño acribillado por la metralla, que lo visualicemos bien cada vez que se nos ponga delante una guerrera flamante, un pecho condecorado con cruces y banderitas, pues en eso consistió nuestra guerra y todas las guerras desde entonces, eso es «el honor» y eso fueron y son los ejércitos, en Madrid, en Gaza, en Kiev, en Teherán: instrumentos de terror a los que hemos de dedicar el 5% de nuestro PIB porque lo manda el sociópata que nos manda, máquinas que pagamos con nuestro trabajo y que están pensadas expresamente para atentar contra mujeres y hombres, viejos y niños que van en busca del pan o del amor, que acuden a la escuela o retornan al hogar, si es que queda escuela y queda hogar.

«Pasarán unos años y olvidaremos todo», así comienza el relato triste y hermoso que abre Largo noviembre de Madrid, titulado «Noviembre, la madre, 1936», y sigue: «se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos; acaso las fatigas del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cercando las calles solitarias…». Y el mismo cuento, homenaje a una madre que sabía quién era su gente y que entendió la necesidad de defender Madrid frente a la crueldad y la avaricia, a la rapiña sin escrúpulos que encarnaban sus tres hijos, termina así: «es herencia de las guerras quedar marcados con el inmundo sello que atestigua destrucciones y matanzas, ya para siempre nos acompañará la ignominia y la convicción del heroísmo, la exaltación y la derrota, la necesidad de recordar la ciudad bombardeada y en ella una figura vacilante, frágil, temerosa, que a través de humillación y pesadumbres llegó a hacer suya la razón de la esperanza».


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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