/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Quisiera compartir algunas observaciones realizadas durante la visita a dos museos fundamentales de la cultura universal: se trata del Grand Egyptian Museum (Gran Museo Egipcio) y el National Museum of Egyptian Civilization (Museo Nacional de la Civilización Egipcia), ambos en El Cairo. Sin duda alguna, se trata de dos grandes apuestas culturales en el ámbito de la museística.
Ambos museos están ubicados en zonas periféricas del centro histórico cairota, muy distantes uno del otro. El primero está a la vista de las tres grandes pirámides, en Guiza, mientras que el segundo se halla en la zona de Al Fustat, con vistas al lago de Ain Al Sira. Los motivos de ello son variados: desde la seguridad, que se puede garantizar mucho mejor en espacios nuevos, hasta la descongestión de una urbe ya de por si muy densa de patrimonio y contaminada. Sin embargo, ambas instalaciones parten de proyectos arquitectónicos distintos.
El Grand Egyptian Museum fue diseñado por Heneghan Peng, Buro Happold y Arup, mientras que el diseño museístico fue encargado a Metaphor &Cultural Innovations S.A. La superficie de 50 hectáreas, es decir, 500.000 metros cuadrados, desafía a la imaginación. Por su parte, el National Museum of Egyptian Civilization fue proyectado por el arquitecto egipcio El Ghazali Kseiba, y su museografía encargada a Arata Isozaki. Es un complejo con una superficie mucho menor, puesto que ocupa 135.000 metros cuadrados.
No quisiera discutir aquí los criterios arquitectónicos de ambas construcciones, para lo cual no dispongo de suficientes elementos de juicio; solo diré que la Terminal 3 del aeropuerto internacional de El Cairo tiene una superficie de 164.000 metros cuadrados y recibe unos 20 millones de pasajeros. Por ello, cuando el usuario penetra en este recinto museístico, tres veces mayor que la T3 aeroportuaria, debe atravesar un espacio enorme bajo el sol implacable del país del Nilo. ¡Aquí, los faraones se sienten pequeños!
El equipo de arquitectos que ha diseñado el Gran Museo Egipcio ha jugado con las formas triangulares y ha conseguido alinear el edificio con las visuales de las grandes pirámides. Muros enormes de calcita traslúcida cierran la fachada, atrios imponentes para la gran estatuaria, colocada a ambos lados de una inmensa escalera que domina el corazón del edificio. En estos inmensos espacios, el visitante se pierde fácilmente, como le ocurriría en un aeropuerto mal señalizado; y he citado la palabra aeropuerto porque en realidad la arquitectura del museo me recuerda a algunos de los grandes aeropuertos en los que he sufrido esperas interminables y dolor de pies.
Pero si mi opinión sobre esta arquitectura es, sin duda alguna, parcial y discutible, en el análisis de la museografía creo estar mucho mas preparado. Para empezar, los elementos museísticos —unas 100.000 piezas— se distribuyen en doce galerías ordenadas por periodos cronológicos, además de la enorme exposición dedicada a Tutankamón. Y estos periodos se enlazan con los reinados de los faraones. La cronología suele ser uno de los criterios fundamentales, pero en una cultura como la egipcia, en donde los cambios estilísticos son difíciles de observar por la naturaleza tradicionalista y conservadora de la religión egipcia —excepto en los periodos finales—, el criterio puede ser discutible. La inmensa mayoría de las personas adultas no descodifican el tiempo; suele ser igual el 2.500 AC que el 1500 AC o el 600 AC. Por ello la museografía actual suele apostar —desde la óptica de los millones de usuarios futuros— por unos criterios temáticos, tales como: ¿quiénes eran?, ¿cómo eran sus ciudades?, ¿cómo concebían el espacio doméstico?, ¿qué comían y cómo era su cocina?, ¿cómo era el mundo del trabajo?, ¿en que creían?, etcétera. Estas cuestiones, planteadas así, suelen ser más comprensibles que seguir la línea de las dinastías faraónicas, en donde, para la mayoría de los usuarios no expertos en la historia del antiguo Egipto, suele ser lo mismo Julio César que Julián Cerezas,
Ello redunda en un museo con objetos y figuras muy bien expuestos, bien iluminados, como si se tratara de un enorme escaparate de lujo, fascinante, casi emocionante en algún caso, pero sin ideas detrás. Recorrer el museo es una experiencia similar a la de recorrer los grandes escaparates de las urbes modernas.
Por el contrario, el otro museo, el de la Civilización, arquitectónicamente está muy adecuado a su contenido, con una gran cripta subterránea con las momias de los distintos faraones descubiertos en Deir el Bahary, bien explicadas, por supuesto bien ambientadas, tratadas con sumo respeto, a las cuales se impide fotografiar por este mismo motivo, y casi mejor tratadas que los cuerpos de los papas enterrados en la Basílica Vaticana, expuestos a la curiosidad morbosa de los usuarios. Y aquí, la museografía es clara, es temática, con temas como la medicina, la ciencia, la cocina, la música, etcétera, que además, incluye una visión del país hasta mitad del siglo XX. Cuando salimos del primer museo, quedamos aturdidos de la gran cantidad de objetos, impresionados por las dimensiones del edificio pero si preguntamos que es lo que hemos aprendido, la respuesta me temo que en muchos casos sería muy frustrante. Por el contrario, cuando salimos del segundo de los museos, si hemos aprendido conceptos, nos damos cuenta de que los egipcios son un pueblo que ha amado mucho la vida y que por ello mismo la quiso mantener, conservar a toda costa, aunque fuera bajo la forma de esculturas e imágenes.
Al salir de ambos museos me acordé de las palabras del gran museólogo George-Henri Rivière, cuando escribió:
«El éxito de un museo no se mide por el número de visitantes que recibe, sino por el número de visitantes a los que ha enseñado alguna cosa. No se mide por el número de objetos que expone, sino por el número de objetos que los visitantes han logrado aprender en su entorno humano. No se mide por su extensión, sino por la cantidad de espacio que el público puede de manera razonable recorrer en aras de un verdadero aprovechamiento. Esto es el museo. Si no, no es más que una especie de «matadero cultural«, del que se sale reducido en forma de salchichón».

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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