/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
Los libros, las cartas y los objetos personales de un escritor, en su diáspora hacia la almoneda del olvido, siguen trazando una secreta escritura, como si fueran las ascuas de un cometa que aún emitieran algún destello cárdeno. Una escritura velada, difícil de descifrar, por ser la continuación de los trazos aún no irredentos de su autor. Esa caligrafía sigilosa que inscribe el rastro de los objetos dispersos no cesa de urdir historias que se entreveran en los renglones del tiempo.
Quién me iba a decir que en una comida informal —la fabadona que Edu Galán organiza todos los años en Tiñana para que los amigos no perdamos el contacto ni el humor que caracteriza a la mayoría de los habituales comensales— iba a conocer a Raquel Soto, hija del pintor Moisés Soto, quien compró a María Cuervo Arrizabalaga buena parte de las pertenencias de Leopoldo Alas; pertenencias que hoy, afortunadamente, y tras el pago de siete millones por la Consejería de Cultura del Principado en 1985, se encuentran depositadas en la Biblioteca de Asturias como patrimonio de todos los asturianos. Si bien, como me comenta Leopoldo Tolivar Alas, su padre —el prestigioso médico e historiador José Ramón Tolivar Faes— siempre señalaba con dolorosa ironía la poco cuidada selección de los libros provenientes de Guimarán, ya que «no pocos son posteriores a 1901, incluida la obra magna de Hitler», rematando sarcásticamente: «De haber en la época fotonovelas, habría unas cuantas de María Cuervo».
Raquel Soto me muestra una fotografía de cuando era apenas una adolescente, en la que aparece sonriente, sentada ante la mesa de Leopoldo Alas, donde, según me contó, hacía a veces sus deberes escolares. Su padre, al margen de las gestiones del Principado, fue un auténtico custodio y garante del patrimonio de Alas Clarín para los asturianos. Su chalé de Somió fue una auténtica caja fuerte, un arca que ha permitido salvaguardar una parte de su legado, aunque lamentablemente no sucediera lo mismo con las cartas y manuscritos atesorados en Guimarán.
La historia del legado de Leopoldo Alas es la historia de una saga familiar, de sus penalidades, necesidades y estrecheces, pero también la prueba irrefutable de la damnatio memoriae que el autor de La Regenta padeció durante buena parte del siglo pasado.
Los hijos de Leopoldo Alas, tras el fallecimiento de su madre, Onofre García-Argüelles, fueron repartiéndose lentamente las pertenencias familiares. La mayor parte de los bienes materiales e inmateriales, sin embargo, se encontraba —y acabaría reuniéndose— en Guimarán.
El rastro de los libros, de los manuscritos y de los objetos personales es complejo, como sucede con las herencias de todas las familias, aunque puede seguirse a través de un sencillo hilo conductor. El primogénito y el más intelectual de los hermanos, Leopoldo Alas Argüelles, se quedó con los libros de filosofía y derecho. La hermana menor, Elisa Alas Argüelles, conservó los libros dedicados a su padre por otros autores, tanto regionales como nacionales. El segundo hijo, Adolfo Alas Argüelles, por su parte, fijó su residencia en Guimarán, donde se encontraba prácticamente la totalidad del patrimonio familiar.
El destino del legado fue dispar y azaroso en manos de los hijos de Leopoldo Alas, que tuvieron que atravesar los años del silenciamiento deletéreo de la obra de su padre y las hostilidades, apenas encubiertas, de las élites más retardatarias de Oviedo, desatadas con especial virulencia tras el levantamiento militar que desencadenó la guerra civil.
Entre la tragedia, el desconsuelo y el desamparo provocados por el asesinato del rector —el primogénito de Alas Clarín—, María Cristina Rodríguez Velasco logró salvaguardar de la insania y del expurgo violento algunos bienes de su esposo en un chalé de las afueras de Mieres. Entre ellos se encontraban libros y documentos rescatados de aquel naufragio sangriento e irracional, junto con otros pertenecientes al autor de La Regenta. Escasos volúmenes sobrevivieron a las selectivas requisas llevadas a cabo en el domicilio del rector, en la calle Altamirano, durante el periodo en que permaneció encarcelado antes de su fusilamiento. Así parece demostrarlo el hecho de que uno de aquellos libros —la primera edición de Del sentimiento trágico de la vida, dedicada por Miguel de Unamuno— fuera recuperado años después para la familia por Plácido Arango en una librería de viejo de Madrid. Todo ello hace pensar que dichas requisas fueron realizadas por personas versadas —o al menos bajo su supervisión— y no por simples guardias o soldados carentes de los conocimientos necesarios.
Libros y documentos que la familia —los hijos de Cristina Alas Rodríguez, Ana Cristina y Leopoldo Tolivar Alas— ha puesto, incluido el ejemplar de Unamuno, a disposición de investigadores y lectores en la Biblioteca de Asturias, tanto de Leopoldo Alas como de Leopoldo Alas Argüelles.
Los libros dedicados por otros autores a Leopoldo Alas tuvieron un destino no menos desdichado, pues Elisa Alas Argüelles atravesó también en Madrid un angustioso período de penurias y estrecheces económicas durante la guerra civil, que hizo que los volúmenes atesorados por su padre acabaran cumpliendo otra modesta, aunque primordial, función: servir de baluartes contra el asedio del frío mesetario. No puedo imaginar el dolor que sentiría Elisa Alas Argüelles al arrancar cada una de sus páginas.
Los libros dedicados por señeros escritores del orbe finisecular encontraron así a su lector más apasionado: el fuego. Un fuego benéfico y reparador que terminó por materializar, de forma paradójica, uno de los destinos esenciales de la literatura: la de ser salvífica no solo para el alma, sino también, en este caso, para los cuerpos desamparados.
Pero tal vez lo más desolador —y también lo más inexplicable, dadas las fechas en que se produjo— fue el desbaratamiento de los bienes clarinianos atesorados en Guimarán como patrimonio familiar y, aunque acaso de manera ilusoria, también como legado intelectual para los asturianos y los lectores de su obra. Todo ello constituye un indicio más de la sombría damnatio memoriae que Leopoldo Alas padeció hasta fechas relativamente recientes.
Tras el fallecimiento de Adolfo Alas Argüelles, su viuda, María Cuervo Arrizabalaga, inició una lenta pero implacable dispersión del legado clariniano. Los bienes fueron vendiéndose a precio de almoneda, impulsados no solo por las estrecheces económicas, sino también por la incapacidad de calibrar el verdadero valor —intelectual, histórico y aun material— de aquello de lo que se iba desprendiendo.
Entre aquellos bienes se encontraban, afortunadamente, los libros y parte del mobiliario que adquirió el pintor Moisés Soto, hoy depositados en la Biblioteca de Asturias. No corrieron igual suerte las valiosas cartas y manuscritos de Leopoldo Alas, adquiridos el 23 de enero de 1963, por un tentador precio, por Dionisio Gamallo Fierros. El sagaz comprador era plenamente consciente, como investigador y estudioso de la obra clariniana, del valor incalculable de aquello que adquiría.
Dionisio Gamallo Fierros no comunicó a su amigo José Ramón Tolivar Faes sus gestiones para la adquisición de las cartas de Clarín ni el proceso de dispersión patrimonial que comenzaba a consumarse. Cuando Tolivar Faes tuvo noticia de ello, intentó recuperar por todos los medios las cartas y documentos, llegando incluso a ofrecer a Gamallo Fierros el doble de lo que este había pagado a María Cuervo. El erudito gallego, sin embargo, se mantuvo inflexible, ya dueño de aquel extraordinario archivo, y la amistad entre ambos quedó desde entonces definitivamente quebrada.
Un archivo que Gamallo solo mostraba a algunos elegidos. Así lo recuerda Ana Cristina Tolivar al evocar una tarde en la que el profesor gallego enseñó al historiador David Ruiz González un armario repleto de cartas de Clarín bajo una consigna inequívoca: ver, pero no tocar. Bien conocía la transcendencia de aquellos documentos, que utilizó en diversos trabajos y estudios especializados, como «La Regenta, a través de cartas inéditas de la Pardo Bazán a Clarín» o, por citar otro ejemplo, «Dos cartas a Clarín: pésame por la muerte de su padre y reacción ante el primer tomo de La Regenta».
La compra de este archivo generó un gran disgusto en los herederos naturales de Leopoldo Alas, en Elisa Alas Argüelles y en María Cristina Rodríguez Velasco, quienes, con la mediación de José Ramón Tolivar Faes, esposo de Cristina Alas Rodríguez, trataron de llegar a un humillante acuerdo con el investigador gallego, que, pese a sus leoninas cláusulas, se negó a llevarlo a efecto. La familia estaba dispuesta a reconocerle los altísimos méritos como «el más afortunado investigador clarinista» e incluso —y esto es lo más ultrajante— reconocerle como el salvador patrimonial de esas cartas, ya que estaba «seguro de haber salvado las cartas de una dispersión inminente». Gamallo se aseguraba con este acuerdo su exclusividad, tanto de acceso como de publicación. Algunas de las cláusulas de este preacuerdo —cuya redacción exacta y autoría la familia no puede hoy precisar con certeza— parecen responder, acaso, a un intento de allanar la firma del Shylock gallego mediante la adulación y la búsqueda de su conformidad:
1.- Que se le autorice a él, y solo a él, para preparar y comentar la edición del epistolario.
2.- Que se le abone por dichas señoras, en el momento de la entrega de las cartas, la cantidad de treinta mil pesetas que él hubo de pagar a doña María Cuervo.
2’.- Que se le permita participar en las ganancias de la edición, como un heredero más, etc., etc., etc.
Naturalmente, las condiciones recogidas en este preacuerdo están muy alejadas del espíritu de cualquier clarinista y de la cordial reciprocidad que todo investigador debe a la bonhomía que siempre ha mostrado la familia de Leopoldo Alas hacia los investigadores y estudiosos de su obra; son también un triste reflejo de la evidente desconsideración que por entonces regía hacia la memoria del escritor, ya que a muy pocos les importaba su inveterada preocupación por sus hijos —evidente en sus cuentos y en sus escritos— y por la suerte que correrían los suyos. Gamallo, por entonces, no podía desconocer la trágica peripecia familiar de los Alas, simbolizada en el asesinato del primogénito de Clarín, el rector Leopoldo Alas Argüelles, ni dejar de verse interpelado por el contenido del texto presentado a su firma.
La pérdida de estas cartas fue otra herida, sumada a los vitriólicos efluvios de la damnatio memoriae clariniana, como evidencia la carta al director que María Paz Alas Rodríguez, nieta del autor de La Regenta, escribió a La Nueva España el 19 de mayo de 1963 bajo el significativo título de «El epistolario de Clarín». En ella proclama apasionadamente, como alegato de descargo ante la insensible Oviedo —donde algunos de sus ilustrados representantes acababan de aplaudir en un acto público la «conquista» de las cartas de Clarín por Gamallo Fierros—, que:
«Los descendientes de Clarín, sin excepción, hemos rogado al señor Gamallo no hiciese la operación que terminó por llevar a cabo, y después de hecha, le hemos ofrecido cuanto dinero dio por las cartas, así como el derecho a publicarlas y nuestra gratitud si las restituía a la familia. El señor Gamallo, generoso y desinteresado —él mismo lo comprende— accedió a todo. Pero ahora —según La Nueva España— ya no piensa en los descendientes que tanto admira».
La nieta de Clarín termina su artículo con una sarcástica ironía a la altura de su abuelo:
«Ruégole, señor director, la publicación de esta carta. En síntesis solo trata de dejar en claro que los llamados «cauces limpios», más bien son «cauces no legales», y que los descendientes de Clarín —otra vez sin excepción— ni vendieron ni darían nunca a un extraño un solo papel del perspicaz autor de «Colón y compañía»».
Mari Paz Alas Rodríguez se refiere «perspicaz» y oportunamente a un Palique en el que Clarín hace un retrato moral de los eruditos a la violeta que se aprovechan filibusteramente de los egregios escritores.
El destino de ese archivo, de aquellas famosas cartas y documentos, permanece todavía hoy entre sombras, por lo que sería deseable seguir su rastro a través de los descendientes de Gamallo y que el Gobierno del Principado, por medio de la Consejería de Cultura, emprendiera las actuaciones necesarias para recuperarlos. Máxime si se tiene en cuenta que en el acuerdo firmado por Ana Cristina y Leopoldo Tolivar Alas con la Consejería de Cultura en 2010 —prorrogado ya en varias ocasiones— figura, como contraprestación de su depósito gratuito, el compromiso del Principado de incrementar este patrimonio mediante la adquisición de documentos clarinianos que, fundamentalmente, no se encuentren en Asturias.
En ese legendario armario, recalado quién sabe dónde, acaso se encuentren algunos manuscritos de La Regenta, en los reenvíos de los editores, así como toda una compleja urdimbre de las relaciones culturales, políticas y personales de Leopoldo Alas. Quizá permanezcan en él, para alegría de Yvan Lissorgues, de Jean-François Botrel y también para la mía, las cartas de Fray Ramón Martínez Vigil, capaces acaso de esclarecer algunos de los enigmas que todavía plantea su casi mefistofélica relación.
Pero la diáspora del legado de Leopoldo Alas todavía tiene otra coda de la que no existen rastros documentales, o al menos no han podido localizarse. Se trata del manuscrito del Juan Ruiz, comprado por el Principado de Asturias en 2001 a las herederas de Adolfo Posada y que hoy se encuentra afortunadamente —tras el pago de seis millones de pesetas— en la Biblioteca de Asturias.
Los familiares de Adolfo Posada, cuya monografía revela su admiración y amistad con Clarín, señalan que este manuscrito se lo regaló al ilustre jurista tras la muerte de su marido, Onofre García-Argüelles. Pero ningún familiar directo de Clarín —siempre tan concienzudos con su memoria— recuerda que su bisabuela o sus abuelos hayan dejado constancia de este relevante hecho.
Los libros, las cartas, los documentos y los objetos de un escritor siguen contando su historia, pero también la de su familia y la de nuestro tiempo.
Este año, en la fabadona, seguramente volveré a encontrarme con Raquel Soto, transida desde la infancia por el espíritu clariniano y por una historia que también le pertenece. La misteriosa magia de la literatura y de les fabes.

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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